Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

Mostrando entradas con la etiqueta Denis Antonio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Denis Antonio. Mostrar todas las entradas

miércoles, 24 de abril de 2013

I Los hermanos de Carlos

Siempre que estábamos juntos y se cruzaba alguno de sus hermanos yo le hacía la pregunta, y no tanto por la curiosidad –de sobra sabía que eran diez– como por sospechar que a él le tendría que gustar airearlo una vez más o porque en el peor de los casos era un hecho importante que se debería de subrayar de vez en cuando. Dejar de preguntarle hubiera sido un modo de rebajar aquella situación a normal; indirectamente podría presumirse que no me interesaba ni Carlos ni el universo de sus hermanos. 
– Carlos, ¿cuántos hermanos tienes?
Si me contestaba que nueve, yo añadía la coletilla "¿contigo?", lo que le obligaba a matizar "conmigo diez". El enunciado de ese tema tenía luego muchas posibilidades, la mayoría ya exploradas; yo solía elegir las que pudieran acarrear cierta jactancia en Carlos,  como la golosina para que siguiera contando cosas que a él le parecían absolutamente normales. Esa normalidad era lo que más me asombraba.  Yo admitía la lección de sus explicaciones y añadía preguntas que completaran el relato, aparentemente superficiales, a las que él contestaba con una suficiencia envidiable, como experto en hermanos. 
– Pero ¿y lo de las gafas de Inés? ¿Por qué tiene tantas gafas de colores?
– Porque las rompe, la semana pasada rompió dos.
– ¿Y para qué sirve la goma que se pone por detrás, sujetándolas?
Se le rompe cuando hace deporte o cuando pelea, no sé.
– ¿Y a qué la castiga tu madre?
Cada vez que rompe unas le castiga a estar encerrada en la habitación mientras vemos bob-esponja.
– ¿Sola?
– En la habitación suele estar Susanita, en la cuna, y en el parque casi siempre Ricar.
– ¿Cuántos años tiene Ricar?
– Uno y pico.
Yo sabía todos esos datos, pero si no me los repetía parece que el panorama quedaba incompleto y la historia que tanto nos conmovía se diluía, como si no tuviera importancia. Después de ese intercambio breve de información archiconocida, podía elegir cualquiera de los caminos nuevos que se acababan de abrir.  
La importancia del castigo de Inés estribaba en que lo sufría encerrada en una habitación en la que al menos había dos hermanos más. Todo esto era sustancia de suma importancia, incompatible –pongo por caso– con cualquier castigo semejante que se me impusiera a mí o a cualquiera de mis compañeros "normales", a quienes si se nos castigaba así, el azote inmediato era el de la soledad de la habitación y la TV apagada.
Yo creo que Carlos no se daba cuenta de la magnitud de su situación. Eso de ser de un modo tan peculiar como si nada. Diez hermanos quiere decir que por el pasillo –porque la casa de Carlos tenía un largo pasillo– te podías encontrar a seis o siete. Inés con las gafas de color morado subida a una silla para alcanzar un libro con lomo de colores de una estantería; Ricar gateando entre las patas de la silla de Inés; Mero montando un partido de fútbol en el suelo con cromos; Nela y Bea haciéndose las guapas, disfrazadas de mayores, montando una escena del súper o una entrevista de su madre con algún actor interesante.... Aquello era una procesión. Y al terminar el pasillo, si entrabas en cualquiera de las dos habitaciones que lo remataban, seguía: Alfredo en un ordenador, Carmela protegiendo el territorio de su mesa, Sustantivo jugando a la nintendo....
–¿Y por qué le llamáis Sustantivo?
La elección de Sustantivo como tema por el que podía proseguir el cuestionario no era baladí. Yo había asistido a escenas semejantes en las que algún amigo más lejano había preguntado a Carlos la razón del nombre, provocando un descarte muy claro, un "yo que sé, tío" la última vez. El inquiridor quedaba de ese modo fuera de su círculo, señalado como ajeno. Carlos siempre me contestaba a esa pregunta.
– Es que fue la primera palabra que dijo, cuando tenía dos años la repetía siempre, y si le preguntaban algo, cualquier cosa, mi hermano contestaba: "Sustantivo". Mi padre dice que una vez que aprendió a decir una palabra tan difícil ya no la quiso soltar.
Colocaba su respuesta en su sitio, dejaba un hiato de silencio agradecido; y al rato: 
–Pero, ¿por qué es tan fea Marga?
– Porque es clavadita a su tía Reme, la hermana de mi padre.
También sabía esa respuesta, pero es que acababa de pasar por delante Marga, a quien habían cortado el pelo casi al cero –en su clase habían avisado que se habían encontrado huéspedes en las cabezas– y se destacaban todavía más las facciones exageradas, particularmente la boca, a la que asomaban dientes y huecos a partes iguales. Mirar a Marga era uno de los mayores espectáculos de la casa de Carlos; y él lo sabía, pero contestar a preguntas sobre Marga ya era solo para los más íntimos y fieles, los que teníamos el privilegio de que nos invitaran y que nosotros invitáramos a pasar la tarde en casa.
Me había  tocado a mí ese viernes ir a casa de Carlos, porque cada semana íbamos por riguroso orden y de acuerdo con los convenios tácitos de nuestros padres; y Carlos había estado el miércoles en la mía, cenando hamburguesas, hechas por mi madre por no sé qué historias de carne de caballo: las hacía con carne de ternera mezclada con carne de cerdo y regadas con limón. Eran distintas de las del súper, no sé si mejores o peores. Mi madre insistía en que mejores, pero a Carlos le gustaban más las de toda la vida. En esto de las valoraciones siempre he andado un poco perdido. Perdido no es lo mismo que indefinido, me acuerdo ahora de esa frase de mi padre cuando hablaba de mí con medias palabras, al borde de la discusión, una vez que me pasé un par de horas jugando con Marga a "operar" muñecos, es decir, a abrirles para hacerles un trasplante de corazón.
– Marga, ¿tú vas a ser médico? De los que están con sangre....
– Solo voy a ser médico de los que se mueren, para luego ver lo que tienen dentro.
– A mí me da cosa. Marga, ¿tú ves normal?
Marga tenía unos ojos desmesurados, oscuros, como cucarachas gigantes, y ahora que le habían rapado al cero, cuando miraba de cerca, daba un poco de miedo. Me aliviaba que me hablara, para no pensar que era solo unos ojos, unos huesos, una boca....
– Pues ¿cómo quieres que vea?
– No sé, según los ojos con que miras podrías ver de modo distinto, Inés por ejemplo puede ver todo roto y de colores.
Me miró como miran los mayores cuando creen que además son superiores en algo, como dejándome en mi ignorancia. Callé y volví a destripar a Josy, que era el que estaba en quirófano. Levanté los ojos y vi que mi madre me contemplaba con preocupación o con exceso de cariño, no alcanzo a saberlo excactamente, mientras hablaba con la madre de Carlos. No me suelo fijar en esas miradas, porque mi madre las prodiga, las exagera, por cualquier menudencia, pero en esta ocasión creí percibir que la mirada había sido el antecedente de la conversación camino de casa, en la que mi madre había puesto toda la ternura posible. Un sentimiento de peligro me llevó a interpretar que la modulación de la ternura tenía que ver con el riesgo o la importancia de algún tema escondido. El caso es que cuando volvíamos a casa me llevó de la mano y me hizo un montón de preguntas, espaciadas, de las que se entonan para quitar importancia, sobre los muñecos destripados, la fealdad de Marga "que parecía un chico", mis mejores amigos. Y cada vez que yo contestaba, con monosílabos –las preguntas eran de respuesta obvia– notaba cómo me apretaba la mano, animándome a que no le contestara de modo tan breve, a que le respondiera de otra manera. Todos aquellos indicios me retrajeron y me fui a monosílabos y encogimiento de hombros, que mi madre interpretó como cansancio de los viernes a la caída de la tarde.
Pelée inútilmente para que no hubiera ducha. Los viernes se puede uno acostar más tarde. En el largo pasillo que termina en el "salón" –que así se llama el sitio de la Tele– solo hay libros aburridos y cuadros en los que, la verdad, nunca me he fijado. Cuando lo recorro para irme a acostar no me encuentro a nadie; porque ya voy medio dormido y en pijama, pero si no fuera por tanto sueño, sentiría nostalgia del pasillo de Carlos, las gafas de Inés, los ojos de Marga y hasta de Sustantivo.


[Denis Antonio]

domingo, 18 de septiembre de 2011

Denis antonio. Indices


Depresión (11 de noviembre de 2010)

A veces ocurre que ....  (6 abril 2010)

La ducha de mi marido (20 de junio 2010)

Veintitrés días (13 de noviembre de 2010)

Noche  (30 diciembre 2010)

Clara (29 de diciembre 2010)

Antonio (22 diciembre 2010)

El ascensor (14 diciembre 2010)

La decisión (14 diciembre 2010)

Todas las mañanas (7 diciembre 2010)

Historia de Luisa (5 de diciembre 2010)

Clara lee (4 de enero 2011)

Estar  (27 de febrero 2011)

Desconchados en la pared de enfrente (24 de febrero 2011)

Una de churros (9 de febrero del 2011)

Sexo, arte y chocolate  (1 de febrero del 2011)

Serenidad (30 de marzo 2011)

El senador (23 de marzo de 2011)

Nada de nada  (17 de marzo 2011)

Némesis (15 de abril 2011)

Variación y libertad  (11 de mayo 2011)

De finales  (2 de agosto 2011)

De cuando y Clara y yo nos sentamos en un banco  (9 de setiembre 2011)





viernes, 9 de septiembre de 2011

De cuando y Clara y yo nos sentamos en un banco

Me gusta llegar a alguna conclusión cuando pienso las cosas así, como si fuera en profundidad; en realidad, integrando experiencias, que creo que es el único modo de pensar. El resultado de la tranquilidad de esta tarde, en la que he podido disponer de tiempo para recuperar algo de mi propia historia es bien sencillo: amamos lo que conocemos, lo que hemos permitido que se nos acerque, lo que ronda, con lo que nos hemos mezclado y rozado, a veces imperceptiblemente, sin que nos cause rechazo y, desde luego, sin que nos repugne, que es la razón de que lo permitamos cerca. He llegado a esa conclusión –que no sé si mantendré mañana, porque eso me suele pasar– después de recorrer mi historia con Clara; quizá ella hubiera podido proceder al mismo viaje reflexivo, pues no recordamos bien cuándo nos conocimos, solo que estábamos en el mismo grupo, círculo, durante los años finales de la carrera y que compartíamos algunas actividades, bastantes compañeros, probablemente, y sin saberlo o hacerlo explícito, intereses, problemas y otras muchas cosas. Nunca, sin embargo, recuerdo que me hubiera fijado especialmente en ella por otras razones que no fueran las que compartir circunstancias con un montón de gente. 
Años después los dos nos confesamos, un tanto avergonzados, que no éramos ninguno el “tipo” del otro, y que nuestras picardías juveniles o nuestros sueños de adulto aburguesado habían andado a la deriva, con mayor o menor intensidad, fijándose en otras personas y soñando escenas en las que no entrábamos como protagonistas. Y en mi caso –al menos en mi caso–, mucho más que fijarse y soñar. Clara, como mantiene una discreción, que le respeto, ha sido menos explícita al contarme detalles de sus bandazos.
Lo que sí recordamos muy bien ambos es cuándo nos empezamos a decir algo que no fuera compartido con todos, sino un “te lo cuento a ti y ahora solo y aquí”. Hubo algo de azar: habíamos quedado para ir a un concierto de Pablo Milanés todos; pero ella había acudido como lánguida o enferma; andaba tan mal, tan mal, que acabó por arrepentirse, que se volvía a casa. Que se volvía. Lo hizo –lo iba a saber enseguida– porque no podía aceptar aquella tarde nada que no fuera ponerse triste, llorar y arrinconarse. Yo me apunté a esa deserción porque estaba saturado de música compartida en local con humo y botellón; hubiera preferido otro plan más tranquilo. De manera que cuando se dio la vuelta, me fui con ella, y así permití a María, su amiga del alma, que no faltara a un concierto del que nos había venido hablando hacia tiempo; de hecho estuvo a punto de suspenderse porque al cubano le pusieron muchos problemas para el viaje.
– ¿Seguro?
– Seguro.
Me miró con los ojos grandotes en donde se leía algo raro.
– No voy a ir directamente a casa, Antonio; voy a andar un rato....
– Te acompaño.
– Como quieras.
Y así una calle, dos bancos,  tres esquinas, cuatro bares y el paso de la tarde a la primera oscuridad de la noche de setiembre; casi sin hablarnos. La verdad es que yo iba pensando mis cosas, sin preocuparme mucho de la situación, que era normal entre todos nosotros, habituados a estar juntos sin obligaciones ni cortesías. Se detuvo en el banco número dos. Se sentó y me miró. Entonces me di cuenta de que los ojos más que grandotes reflejaban una intensidad que provenía de la humedad, y que la humedad bien pudieran ser lágrimas. Salí de mi ensimismamiento amorfo y le pregunté.  Me explicó que no quería volver a casa con esa pinta, porque su madre le iba a preguntar y no quería contar a su familia lo mal que lo estaba pasando. Y así fue que me lo contó a mí, para liberarse; y que yo le correspondí, para que se sintiera cómoda, contándole algún secreto de penas y melancolías. Hacía fresco y estábamos, al cabo de media hora, bastante animados insuflando ironías y sarcasmos al baúl de las penas. Un momento hubo en el que eran tantas las penas aireadas y los fracasos compartidos, y tanta la acumulación de sarcasmos liberadores, que terminamos por reírnos. Y al reírnos agarramos la esquina de la felicidad, que luego –doce años­– hemos ido invadiendo.
Acaba de entrar en casa y pide ayuda –no me ha dado tiempo de salir a su encuentro–, porque dos chavales juntos, bien que lo sé, necesitan una logística especial, y el único que se vale solo es Javi, no por sus nueve años, sino porque se sabe el mayor y acepta la responsabilidad de cuidar a sus padres en el difícil oficio de ser el hermano mayor. Y sobre todo ahora que le he explicado que si Clara está tan guapa –y bastante más gordita– es porque dentro de poco tendrá que cuidar también de Nacho, que así le vamos a llamar.

[Denis Antonio]

martes, 2 de agosto de 2011

De finales

Llevaba casi dos semanas –diez días– en los que la apatía de cada mañana no acababa por desaparecer, ni aun con el incentivo del espléndido verano, ni de la racha de buen estado –un catarro durante las última navidades– ni con la regularidad con la que mis pequeños negocios, de los que ya ni apenas me ocupo, generan ingresos cómodos que me mantienen en una especie de limbo laboral. Sin embargo, cómo me cuesta arrancar cada mañana y remar contra la corriente de una melancolía que no tiene modo de curarse porque no sé de dónde procede, quizá no provenga de nada y esa paradoja sea la razón de mi lamentable estado.
La reiteración de esa desgana se ha convertido en rutina; por eso me he dado cuenta de que ya había adelantado sentimentalmente esa situación, al fomentar mis hábitos solipsistas: leer, pasear, no entrar en discusiones, oír música, dejar que los demás hicieran y yo dejarme llevar....
Siempre había opinado que cuando la dulce gangrena de la vida cumplida se fuera apoderando de mí sabría aceptar ese declive, salir a su encuentro, y encontrar el modo sencillo y normal de terminar las cosas. Y recuerdo que aquella pretensión llenó de apuntes algunos de los textos que entonces escribía –que si ensayos modestos, versos rotos, cartas literarias....; que si esbozos confesionales, relatos quebrados....–, que fui  conservando en cajones y carpetas.
No es raro, por tanto, que durante los últimos días haya vuelto a retomar un blog viejo que andaba por casa con recetas de cocina, le haya arrancado unas cuantas, y haya conservado el resto para ir objetivando verbalmente mi reflexión  primera. El descubrimiento del nuevo estado que había alcanzado, y la clarividente y prometida solución de aceptar y facilitar la resolución. La primera hoja se la ha llevado el título, de manera algo pomposa para tratarse de unos borrones que son derivados de una situación sin horizonte, bueno, en realidad con un horizonte ya cumplido en donde no parece haber absolutamente nada que genere inquietud, interés, emoción, lo que sea. He aceptado ese título, pero con la intención oculta de cambiarlo más adelante, ya que casi de inmediato han ido un par de caras más, expresando indolencia, nuevos borrones que no sirven nada más que para experimentar por escrito la sensación de superficialidad.
De manera que he debido perfilar con mayor cuidado –profundizar en la reflexión antes de entregarla a las palabras– las dos páginas siguientes, para que el conjunto no fuera a resultar una serie de incongruencias difíciles de conjugar; y una vez que lo he hecho he sentido la necesidad de defender la congruencia frente a la acumulación irracional.... La verdad es que me está resultando difícil dar todo por acabado de manera digna, es decir, sin que la gente le dé en pensar que todo ha sido resultado de algún fracaso vivido como despecho. Y esta última consideración ha ido a parar al blanco de otra hoja, desde donde pienso que podría servir de eslabón a las páginas finales del mismo blog.
Hoy por la mañana, al despertarme, he sentido que mi cabeza estaba totalmente ocupada por el problema de cómo organizar las más de 20 páginas que ocupan las anotaciones del blog; y de que hasta en la duermevela de la última madrugada, casi incoscientemente, he borrajeado un nuevo texto, fundamental, que se me vino hace unos días a la pluma al observar una escena de madre-bebé en el super a donde voy cada dos o tres días. Sería importante que supiera captar la exaltación de la madre –muy joven– que compraba de manera desaforada cosas para el bebé en la zona de droguería, mientras quien debía de ser el padre se perdía en los mostradores de los vinos. Había algo desencajado y extraño en aquel triángulo.
La verdad es que hacía tiempo que no sentía esta inquietud creadora, que incluso me despertaba antes del amanecer y me mantenía alerta, dándole vueltas no solo ya a lo que había de escribir, sino a que tendría que volver al super para ver nuevamente el escenario, incluso a lo mejor buscar a la joven pareja y al bebé. Creo que la madre estaba comprando, además, colonias infantiles; y que el bebé jugaba con un muñeco o una masa de peluche. No sé....

[Denis Antonio]




miércoles, 11 de mayo de 2011

Variación y libertad

Interpretado de modo positivo, como he venido intentando hacerlo siempre, esa conducta resumía en la vida diaria una constante defensa de la libertad; al fin y al cabo había además algo de esfuerzo, sin llegar a lucha, por no caer en rutinas nimias, ni siquiera las más insignificantes y procurar constantemente, siempre que me diera cuenta, comportarme y actuar de modo distinto a como lo había hecho la vez anterior o las veces de las que me acordara: no recorro nunca el mismo camino para ir al trabajo, no siempre compro en el mismo supermercado, ni elijo la misma barra de pan, ni me visto con aquella mezcla que me resultó tan cómoda la otra vez, ni llevo el mismo horario, ni como a la hora fijada, procuro no acostarme a la misma hora siempre, no creo jamás haberle dicho a la misma mujer la misma frase, no me enfado por la misma razón.... romper, quebrar, variar, elegir siempre algo que no conduzca inexorablemente a un esbozo de la rutina. Creo que la repulsión se me enquistó al salir de la última fase de mi vida familiar, tan complicada que mejor no recordarla, porque también en los hábitos mentales se da ese rosario decadente de la insistencia: siempre la misma frustración con la misma mujer, siempre el mismo recuerdo del viejo mar de la felicidad adolescente, siempre la reproducción detallada de las circunstancias del éxito o del fracaso, siempre la belleza colocada en la luna o el poniente, siempre el verso romántico, siempre la reflexión sesuda, etc. No y no. 
Me asustó sobremanera, eso lo sé bien, el hábito de la vejez, que vi cumplirse inexorablemente en la vida obligatoriamente casera de mis padres, en donde –desde las medicinas de por la mañana hasta la pastilla para dormir por la noche– nada había que no fuera la rutina, el esquema, la máquina del tiempo convertido en sucesión de ritos.
Bocanadas de frescura en cada caso, sin rendirme nunca a la calcificación de las ilusiones, de los recuerdos, de los actos.
Iba a comenzar este párrafo con “La gente que me rodea....”; pero claro, bien se echará de ver que no hay gente que me rodee mucho tiempo y que mi círculo humano es una feria; eso sí, tampoco hay censura en ese aspecto: sencillamente entran, van, vienen, aparecen, desaparecen, sin que en ningún momento yo me plantee fomentar una relación y que se convierta en costumbre, pero tampoco rechazar a nada ni a nadie cuando vienen. Insisto mucho que todo eso tiene su explicación teórica, casi emotiva: la libertad.
Por eso, esta tarde, sentado en la misma terraza del bulevar en la que me senté ayer, tomando nuevamente una de las primeras horchatas del verano que se avecina  y dejando que este sol de mayo, como un perrillo fiel, vuelva a acariciar las acacias, poniendo en ellas la misma luz que ayer tanto me emocionó, por eso pienso que por fin me he liberado de la peor de las rutinas: la que me imponía siempre la elección de lo desconocido.
[Denis Antonio]

P.D.: E ilustrando adecuadamente lo que me envía Denis Antonio, le vamos a poner ilustraciones de la rosaleda del Retiro, que son del mismo tipo que algunas de las precedentes.









miércoles, 30 de marzo de 2011

Serenidad

La sombra del fotógrafo
Como una especie de balanza que se había ido compensando; a ese equilibrio parecía haber correspondido la etapa en la que, como dicen, alcancé la madurez: el momento, los años en los que actuaba tanto como contemplaba, en los que actividad y energía se compensaban con recepción y conocimiento; ni joven ni viejo, con la plenitud cumplida. A esos años habrían correspondido los periodos en los que viví en compañía –los años con Clara, los dos hijos, el progreso y la intensidad laboral, los viajes....–; bueno, visto así, en la lejanía, parecen apacibles, pero eran enredosos también. Meditar es serenar. Y de todo había, menos serenidad, en aquel torbellino que fue Clara y la vida con Clara. El torbellino provocó la pasión; la pasión, la vida en común; la vida en común, los hijos; y luego, todo junto, el estallido de la ruptura, al que no sabe muy bien cómo llegaron. Aquel torbellino de ojos claros y decisiones temperamentales, cuando se fue hacia otra vida, ya no tenía la misma gracia, lo que antaño era melodía, atracción, belleza.... ahora era fuga, desdén, sensación de pérdida y de distancia; y todo junto provocó la mayor depresión imaginable. Y Clara se fue a vivir su pasión, como si no hubiera pasado diez años conmigo. De repente el universo se trastornó y todo el equilibrio pareció un embeleco, milagro de un instante, falsedad.  Entonces no era posible meditar, sino tan solo dar vueltas y vueltas al recuerdo, sin alcanzar nunca el horizonte de la serenidad, la serenidad desde la que se hubiera podido recuperar el sentido de la orientación. Se cegó todo. Los dos hijos fueron creciendo, viviendo su niñez y su adolescencia y la hija empezó a tener mis maneras; pero Javi, el hijo, aprendió a vivir como había vivido su madre y reprodujo muchas de las circunstancias más dolorosas. Las dos cosas me preocupaban, en algunos casos las dos cosas me daban miedo; por mucho que todos se rieran aduciendo que mis hijos eran adultos, me daba cuenta yo de que al ser adultos pasaban a ser mucho más frágiles, más conscientes de carencias, más expuestos. Parece una contradicción, pero yo creo que fueron los desvelos y preocupaciones sobre lo que hacía o dejaban de hacer Javi y Clarita –ya se ve que es la hija, que no había dicho el nombre– lo que me sacó de mi falta de serenidad, de mi depre, sin que yo lo notara demasiado. Con el tiempo, Clara, la mujer de mi vida, la turbina de ojos claros que había ocupado todo, mis sueños y mi imaginación, la que había entregado la hermosa lagartija de su cuerpo a otro cuando yo menos lo pensaba.... Clara, Clara, Clara.... se había esfumado también de mi vida interior; y otra vez me encontraba a la descubierta, mirando vacíos, trazando planes, ocupado en desocuparme de tanto trabajo. Es como si alguien dispusiera por encima de todos nosotros las líneas gruesas del tiempo y las carambolas de nuestros sentimientos,  y no fuéramos capaces no solo de cambiarlo, tampoco de modularlo. Lo que más me confundía es que no alcanzaba a resolver si aquello había sido positivo, un logro, o negativo, una decepción, una renuncia; no me era fácil intentar desechar criterios de valoración y quedarme con saber sencillamente que aquello es lo que había pasado: el pensamiento mueve, no reproduce; la reflexión cambia los términos de la realidad para rodearla de elementos que no eran evidentes o que estaba alejados o que pertenecen a elementos insolubles unos con otros. La meditación que lleva a la serenidad, esa de la que hablaba, acostumbra a clasificar, aunque sea con prudencia, moderadamente, tiempos, hechos, circunstancias.... ¿He de estar contento porque cuando Javi y Clarita se fueron a su vida, Clara ya no significaba absolutamente nada en mi vida? ¿Debo considerar que el hombre maduro y algo envejecido que entonces volvía a tomar las riendas de su vida debía estar contento? ¿Era aquello un triunfo o el resultado de un fracaso?
Clarita se ha acercado al sillón y me ha subido ligeramente la manta para que me cubra un poco más, en realidad para regalarme ese gesto de cariño antes de que suene el timbre del final de visitas. Como apenas habla nos sentimos cómodos y nos basta con cruzar la mirada para saber, más o menos, lo que hubiéramos podido decirnos; poca cosa después de los primeros diez minutos en los que, por encima, me ha comentado el panorama familiar, el suyo –se acaba de separar–, porque de Javi no sabe casi nada; y de su madre, que murió el año pasado, nunca habla. La verdad es que tampoco echo de menos hablar. Voy a cumplir pronto los dos años de serenidad que me da esta continua meditación, aderezada siempre con la música, que, mira por donde, se ha convertido en prácticamente la única pasión de mi vida. Pasión, pasión. Con esta quietud física, la música es como una inmensa burbuja de aire en la que vivo y en la que respiro. Y me sorprende, todavía me sorprende, lo lejos que ha quedado todo. La lejanía de mi propia vida. No sé si es indiferencia o serenidad.

[Denis Antonio]








miércoles, 23 de marzo de 2011

El senador

Le tenía ya un poco sin cuidado a estas alturas que le hicieran llegar el enésimo reportaje o chismorreo sobre su decadencia política, por “corrupción”, que cuando se leía despacio consistía en que se había ido a vivir con una peluquera, cuyas actividades, y eso había que adivinarlo por las insinuaciones, se financiaban de modo oscuro. ¿A qué actividades se referirán? El párrafo estaba tan mal redactado que no se sabía si el posesivo se refería a la peluquera o al senador; y eso era algo que le repugnaba, que un periodista no supiera ni siquiera expresar lo que quisiera con un mínimo de propiedad. De manera que tiró el semanario, que venía con el diario, con desprecio en la mesa e hizo un repaso mental de las corrupciones que hubieran podido sacarle de esta relativa miseria a que le había condenado el retiro. Nunca había vendido nada, pensó, pero la verdad es que as estas alturas tampoco le quedaba nada que vender; mejor dicho, nadie querría comprarle lo que hubiera querido vender: influencias, amistades, relaciones, publicidad, ideas.... Podría vender historias de las que sí que parecen pagarse bien: famoso senador socialista, caído de las últimas listas por su oscura relación con una peluquera, doctor el leyes, ensayista de prestigio, algunos de cuyos libros se han traducido a cuatro o cinco lenguas, conferenciante en casi todas las universidades de este país y de algunas de las más afamadas de fuera, etc. se compra unos vaqueros de la talla cuarenta y cuatro, una camisa subida de tono XXL y espera en una habitación de su pisito madrileño de Moratalaz la llegada de la peluquera –después de una larga jornada de trabajo– para acompañarle a la habitación y sublimarse –creo que el verbo está bien elegido– mientras ella se quita la ropa para darse una ducha. El momento más dramático –bueno, aquí el vocablo no es el más adecuado– suele ser aquel en el que, después de volar el jersey por encima de la cabeza, y desabrocharse la blusa o camisa, Andrea, la protagonista o peluquera, se lleva las dos manos a la espalda para soltar el sostén, y en ese momento y en los que siguen inmediatamente, el abultamiento de los pechos y su liberación irrumpen en la vida del senador, bastante entrado en años, que navega por sus delicias visuales a la buena de dios. Me río yo de las votaciones de Zapatero, de las insinuaciones sobre la Chacón, de los modales del pp.... Nada, nada, nada sustituye aquella secuencia, a aquel oasis de mi existencia, a aquel hallazgo de la materia fundacional, que puede o no puede estar seguida de todo tipo de escabrosidades. ¿Habrán querido decir “corrupción sexual”? Hombre, ese hartazgo visual, seguido de una clarísima exhibición de plenitud corporal de Andrea y, no tantas veces como quisiera, de un adelanto de zalamerías para después de la ducha, no deberían interpretarse como corrupción. ¿Me darían algunos miles de euros para poder viajar estas vacaciones si yo les contara el detalle, como hacen tantas gentes en este país? El detalle, el detalle. La peluquera tiene treinta años menos y el senador no siempre puede sosegar sus ansias (hay que notar que este “sus” también es ambiguo), lo que remedia Andrea dando algunos pasos de baile delante mientras se levanta la falda o se quita el pantalón –bien se entiende que según se hubiera vestido– y al tiempo que le tira las bragas a la cara y se aproxima, canturrea: “¿Qué te pasa, pequeñín?”, frase que termina acunando en el óvulo de sus manos al pequeñín hasta elevarlo a sus besos. Y otra vez el "sus" ambiguo. Ya lo decía yo cuando hablaba en la cámara alta: "¡Qué falta de precisión, señorías!". Esas historias venden, sobre todo si se saben hilvanar bien con las esferas públicas y se traza un fondo o bien sórdido o bien mercantil o bien político, siempre embadurnado con incisos o reflexiones que remitan al mundo del desorden sexual.
La cuña indefectible de la posesión, la maldita posesión capitalista, de la que tanto me ha costado librarme –todo se lo fueron quedando las mujeres a las que amé o la causa política por la que anduve trajinando– solo me ha dejado ese rescoldo, que ahora, en un gesto final de hastío, en un nomedalagana rotundo, me hace conservar, guardar, disfrutar para mi solo de esa última, corrupta, gozosa posesión: el pecho de Andrea, avanzadilla de una marea de felicidad que esta vez no voy a compartir con nadie. 

El senador ha oído ruido en la puerta de la entrada, y deja en la mesa también el libro que le había caracoleado las ideas aquella tarde, el de Richard Macksey y Eugenio Donato sobre Los lenguajes críticos y las ciencias del hombre; según se había dicho con frecuencia, divagaba esa antología crítica en un campo en el que él era autoridad. La autoridad se pone las gafas –es miope, lee sin ellas– y mira hacia la puerta, porque no se quiere perder lo que viene. Andrea ha entrado, como siempre, hablando y cantando en la casa: la ve cruzar por el vano de la puerta en dirección hacia la habitación; sigue hablando y hablando; le ha debido extrañar el silencio del senador, sentado en el salón, más bien salita, del piso que comparten en Moratalaz;  quizá por eso luego vuelve y se asoma, le mira y le dice algo; el senador no contesta; Andrea se sonríe y entra decididamente, lleva ya las dos manos detrás y la blusa desabrochada. Mira. Solo un momento se cruzan las miradas. Y se acerca.
–¿Qué te pasa pequeñín?


[Denis Antonio]

jueves, 17 de marzo de 2011

Nada de nada

César Paternosto
Nada de nada. Creí que esta oscuridad venía porque Clara había echado las cortinas o cerrado las venecianas o algo así, para que no entrara tanta luz como estos días pasados, cuando me trajeron; por las mañanas hasta entraba el sol y lamía parte de la cama, hacia los pies, como un perrillo fiel. Mi nuera siempre se ocupa de esas cosas, ve lo que puede ocurrir alrededor, se preocupa de lo que nadie se preocupa; mujer maravillosa, todavía no he entendido por qué Carlos y ella se separaron después de haber sido felices –o eso me decían– durante más de diez años. Antes no separábamos y se abría un océano. Ahora se separan, por lo visto, y hasta desayunan juntos. A saber lo que hacen juntos además de desayunar. Nos vamos los que no entendemos, ley de vida. Clara ha cumplido durante estos días su turno de guardia en la habitación y, haciendo gala de su nombre, se ha ocupado de luces y sombras. Se lo agradezco, no sabe cómo le agradezco que enrede por aquí, que se mueva, que de vez en cuando venga al borde de la cama y mueva la almohada y deje una mano cerca de la mía. Ahora ya no puedo mirarle, antes le seguía con los ojos para que viera que sabía lo que estaba haciendo, que recibía las discretas maniobras de su cariño; ahora me tengo que concentrar en llevar el ritmo de la respiración, que se ha ido espaciando, espaciando, y ya no puedo traer aire de ningún sitio. He cerrado los ojos y me he concentrado, por instinto quizá, en alimentar mis pulmones, que hoy por la mañana me han intentado limpiar dos enfermeras despiadadas. No tuve fuerzas para decirles que me dejaran en paz. Resistí. Cerré los ojos y resistí, sabiendo que aquello iba a terminar, como ahora que sé que va a terminar, aunque todavía oigo un runrún de voces alrededor. Distingo solo las agudas de las graves y quizá el timbre frágil de Almudena, su voz de niña que va diciendo cosas sin percatarse, probablemente, de que este año ya no le regalaré nada cuando cumpla los cinco años. De vez en cuando le mandan callar –sin duda que su madre, Antonia, que estará ejerciendo de madre de todos, papel que ha asumido en esta vida, qué le vamos a hacer. Tuve una hija que ha sido desde pequeña como una matrona, que atravesó la niñez y la adolescencia sin enterarse de para qué se tienen esos años. No se lo explicó su madre, demasiado metida en corsés sociales, y no me atreví a decírselo yo, porque pensé que no era misión de padre. Y ahora, mírala, escondió lo que se suele llamar felicidad detrás de un montón de tareas insulsas, vacías; la vida convertida en hojarasca.  Ya no le puedo decir nada, ¿para qué? Los árboles adultos no de pueden moldear. Y además, ya no puedo, no puedo hablar; ya no puedo mirar; solo oír al fondo un rumor de voces continuas y un timbre infantil. Si lo intentara, a lo mejor podría todavía distinguir alguna palabra, alguna frase, decir que sí o que no, preguntar con un quejido, esbozar un gesto; pero ya no puedo. Me he asomado al borde de algún lugar en donde no veo nada de nada, solo silencio sin color y espacio sin dimensión. Ahora ya he debido dejar de hacer fuerza para alimentar el hilillo de vida que me quedaba, siento que me mantengo en vilo durante unos segundos, y todavía pienso y miro hacia la oscuridad. ¡Con qué rotundidad el abandono y la calma y el sosiego! ¡Con qué evidencia se apaga todo! ¡Cómo se entrega uno por fin a esta verdad! ¿Cómo vamos a poderlo decir? ¿Quién va a contarlo?


[Denis Antonio]

domingo, 27 de febrero de 2011

Estar

Estar es lo que le gustaba a Nani. El mejor estar era el que conseguía no ser más que eso, estar. Recuerda con fruición los estares en algunos sitios sorprendentemente adecuados para ese no más que: la plazuela de san Ildefonso en Madrid, una mañana invernal de sol, mirando a los grupos de jóvenes que compartían pizzas y porros, sentados en el suelo alrededor de una conversación perdida; a la sombra del roble de las penas, en el Retiro, cuando ya se buscan las penumbras de junio; la ventana de su casa que da a los desconchados de la fachada de enfrente; la salida tumultuosa del colegio de la esquina que esparce niños por todos los alrededores.... Y luego aquellos estares algo más sofisticados y elegantes, pero que al fin y al cabo no eran nada más que eso: en la hierba de la plaza de los Vosgues, en el Marais; en el banco que mira cómo se va el Charles hacia el atlántico; en el muelle de Palermo, mirando el ajetreo del puerto sin verlo; aquel lejano y sencillísimo estar playero mirando al Grand-Be, imaginando las tristezas de Senancour, y la vejez de Chateaubriand... La quietud y la serenidad llegaban por un descenso a la armonía con las circunstancias, y quizá –ay, que este quizá es problemático– porque el descenso casi siempre repelía cualquier tipo de acompañamiento. Entre las circunstancias que se atemperaban parece ser que era conveniente la de una cierta dosis de soledad, porque de otra manera se entraba en contacto con el universo del otro, y se entraba en fase distinta, no sé si mejor ni peor, pero sí distinta: el otro tenía sus estares y representaba un universo en buena medida desconocido, un engranaje infinitamente más complicado, por le general un revulsivo del estar al que me estoy refiriendo.
De manera que cuando alzó los ojos desde su apacible estar y vio aquellos otros oscuros que se habían dejado caer en los suyos como quien no quiere la cosa, adivinó que aquella presencia estaba, a su vez, saliendo de algún pozo de quietud y entraba en fase de perturbación, de ligera perturbación.
Supo que podía obrar de modos muy distintos: volver al estar distante y secreto, lo que era un escorzo ligeramente falso, porque la perturbación ya se había iniciado en algún lugar donde se cruzaron luces; alimentar la perturbación con cualquier sencillo gesto –bastaba un mohín, un movimiento imperceptible, un cambio de postura....– para crear un campo nuevo en el que sabe dios lo que iba a pasar; salir decididamente de aquella fase previa de estar –ya volvería a ella– y entrar a saco en aquellas otras circunstancias, con desparpajo, incluso agresivamente. No saber nada y no hacer ni decir nada.
Nani se dio cuenta perfectamente que en el quicio de esa conducta se fundamentaba  buena parte de lo que se suele etiquetar como “social”, y durante unos breves segundos exhumó de su memoria recuerdos, historias, experiencias  que se habían resuelto por circunstancias semejantes a esta. Y también recibió información precisa y rápida de que los estares a los que a veces llegaba, los que constituían oasis y logros de su vida, se alimentaban, y eran casi vitualla exclusiva, de aquellas otras perturbaciones, aceptadas, rechazadas, vividas, combatidas, buscadas y sus etcéteras. Que nada se podía serenar si antes no se alcanzaba la pasión.
Se volvió, miró a fondo aquellos ojos y sonrió con dulzura.

[Denis Antonio]

jueves, 24 de febrero de 2011

Desconchados en la pared de enfrente

Todo estaba pasando en el cuadro de la ventana, un azul de invierno por arriba y un ocre irregular de la fachada de la casa de enfrente. Era el lugar de pensar y de recordar, casi siempre todo junto, sin muchas posibilidades de llegar a deslindar limpiamente lo uno de lo otro.
Todo empezó cuando Carol se rió mientras comíamos y, al acompañar su risa infantil con la mía, comentó “¿Te acuerdas cómo se reía Nani?”. Al rato, solo con algunos extraños restos de risa, me volví y pregunté: “¿Y quién es Nani?”.  Tardé en comprender que a la  niña se le había escapado algo que yo no hubiera debido saber: habían estado viendo una peli de dibujos animados con alguien que así se llamaba, Nani. Dada la mirada rápida de mi pareja y todo lo que fue sucediendo después no hicieron falta muchas más explicaciones. Apenas unas semanas más tarde, cuando ya se había ido de casa, Nani tenía un cepillo de dientes azul –nuevo comentario de Carol– y un pijama con dibujos extraños. 
Las paredes de la fachada en la casa de enfrente estaban bastante desconchadas y no me dejaban descansar la vista: hubiera necesitado cierta limpieza, cierta lisura, apaciguamiento que viniera de algún lado probablemente. Creo que no llegué a entender nada de nada, solo que entonces sí que se me embotó el modo de pensar y sí que vinieron oleadas incontrolables de sentimientos, recuerdos, reflexiones.... que nunca pude reconvertir en situación pensada, es decir, situación controlada al menos por el animal racional. Me entregué a los vendavales y durante unos meses, quizá durante más, un par de años –se trata de un proceso irregular– me fui convirtiendo en, en.... en algo así como aquella pared desconchada, con sus irregularidades, sus cambios de luz, sus quebraduras, sus si se cae o no se cae. Al fin logré la serenidad mediante un curioso escorzo –un subterfugio, que diría mi amigo el poeta– que consistió en dotar a la inestabilidad y al vendaval de estatus regular, es decir, que eso era lo razonable, lo establecido, lo real,  con lo que había que convivir, etc. Vivir en los desconchados. Lo  otro era lo falso. Pero ¿qué era lo otro? Lo otro probablemente era la vida falsa que hasta la risa y el comentario de marras había llevado.


[Denis Antonio]

miércoles, 9 de febrero de 2011

Una de churros

Lo que solía opinar sobre las personas, a las que valoraba por sus “experiencias de muertes”–ajenas, claro– no servía en esta ocasión, porque la monjita aquella, que se había negado a subir la dosis de morfina, habría venido experimentando varias veces cada día esos trances, sin duda, y aun así me parecía plana, absurda, probablemente revestida de un barniz ideológico impenetrable, de charol, con el que pensaba ir a alguna parte cuando a ella le tocara su turno. Imposible pelear removiendo palabras, de manera que lo único que hice fue, con suma cautela, subir imperceptiblemente el nivel de la botellita de morfina, una de las tres que le mantenían con vida, respirando fatigosamente detrás de la mascarilla. Todo estaba impoluto, excepto los olores, una mezcla de droguería y farmacia. Cuando llegaron las dos enfermeras de turno, con su conversación jovial debajo del brazo, inconscientemente ajenas al dolor de las salas y a la tristeza de los pasillos, me salí, como pedían, para que curaran a mi padre: en realidad le iban a hacer un lavado pulmonar que era una auténtica tortura, de la que se supone que iba a salir aliviado, aunque “el fallecimiento podía ser cosa de horas o de días”, me dijo el médico cuando le ingresamos.
En esta ocasión recorrí el pasillo sin querer mirar hacia las otras habitaciones, pasé por delante del mostrador desde donde la monjita mantenía el control del sufrimiento de sus enfermos en niveles insoportables y busqué el frescor de la calle, porque la noche había sido larga y tenía el olor del hospital pegado a la ropa.
Era un recodo de un parque; en realidad no llegaba ni a parque ni a jardín, era un recodo que no se pudo aprovechar para más edificio, y que algún benemérito arquitecto, en fase final de la construcción del nuevo hospital, había solucionado colocando un par de bancos detrás de unos pitosforos, probablemente la planta más torpe con la que los ayuntamientos y los diseñadores de espacios urbanos acotan rincones; ni siquiera era un agracejo, de esos que intentan mantener su color granate en medio de la polución y alejan depredadores con sus espinas. Un banco entre pitosporos.
No conduje mi pensamiento, le dejé, que hiciera lo que quisiera. Hartazgo de ordenar tanta gente, tanto ruido, tantas cosas; y sensación de que ya no podría más que mirar, imprimir imágenes y almacenarlas tal cual. Si hubiera que hacer algo con ellas, el tiempo lo diría, ya vería. Mirar solo, mirar y dejar que las cosas sean, que las gentes sean, que todo suceda. Incapaz ya de contribuir activamente a nada más. Y no tanto por cansancio físico como por incapacidad mental. O quizá por las dos cosas. Pensé que no había desayunado. A lo mejor esa pasividad provenía de la dejadez física. Me levanté. Había varios bares en la acera de enfrente del hospital, normalmente llenos de trabajadores, enfermeras, médicos, y también de familiares. Crucé la calle respetando lentamente todo tipo de cautelas urbanas y entré en el más cercano, abarrotado –me di cuenta enseguida– de gente que desayunaba. Los cinco o seis camareros que se movían detrás la barra mantenían un riguroso vocerío de órdenes: “Tres de churros con naranja y doble de café”;  “dos andaluzas”; “cruasant plancha”.... “¿Señor?”. El señor era yo, el imprecado. Pedí la fórmula de “zumo de naranja natural, con café y una de churros”. Fue decirlo y llegar el vasito de zumo, copa con trampa en la que cabía apenas un sorbete. Me sorprendió la avidez con que me lo bebí. Al dejar la copa en la barra llegó el café con cinco churros de buena planta. Jamás había disfrutado tanto de un café con churros como en aquellos momentos. El primer mordisco al primer churro, que cogí con cuidado, pues todavía quemaban, llenó de crujidos mi boca y propagó por todo el paladar el sabor de la fritura bien hecha; después de ese primer bocado, mojé con lujuria el resto del churro en la crema que sobrenadaba el café y me lo llevé a la boca. Debería escribir “delicioso”, pero es que todavía era algo más, era algo más que sabor, suculencia, apetito saciado.... era la sensación de un tránsito por algún lugar necesario en donde el animal humano abreva; y eso duró el tiempo de aquel desayuno, y se atemperó lentamente a la altura del último churro y del sorbo final de la taza de café. Sereno, feliz quizá y no muy consciente de todo lo que estaba haciendo allí aquella mañana, pagué –cuatro cincuenta euros, los cincuenta que quedan para cinco, de propina, que así estaba pensado–, salí a la calle, volví a cruzar la avenida, entré en el área del hospital, pasé por delante del jardincillo en ciernes, subí las escaleras, me dirigí al pasillo de la derecha y al cruzar por delante del mostrador de control recibí una mirada rápida de la monja de marras. Llegué a la habitación. Entré. No había nadie. Mi padre seguía respirando fatigosamente, con los ojos entreabiertos y toda la parafernalia de tubos alrededor. Le acaricié un momento la calva. Volví a subir mínimamente el nivel de la morfina y me senté en la butaca, al lado de la cama.


[Denis Antonio]

martes, 4 de enero de 2011

Clara lee

Clara cerró el libro, lo dejó sobre el regazo y acarició sin saberlo, desganadamente, mirando hacia otro lado, la cubierta en la que se reproducía una escena esquemática de una mujer con varios niños. Dos días casi enteros.
Dos días casi enteros había estado leyéndolo, prácticamente sin hacer o pensar en otra cosa, con brevísimos descansos para meter la ropa de Juan y de Emilio en la lavadora, para tomar un bocado con la nevera abierta, para encender o apagar las luces de la casa, que se iba quedando grande según iban espaciando su estancia sus dos hijos; el más pequeño se había ido hace tiempo, a pasar un erasmus a Italia, y aunque teóricamente todavía conservaba su habitación, cada vez dormía o estaba menos en casa. ¿Que donde dormía? Pues dejó de preguntárselo la tercera o cuarta vez que apareció, sin pasar la noche, a la hora de comer. Y lo sustituyó por un suave “Ve con cuidado”. También desechó el “¿qué tal Almu?” con que recordó las ausencias de la primera chica que había traído a dormir –bueno, para ella, a desayunar– y la cambió por otra; a la tercera ya no preguntó los nombres, que luego se equivocaba y casi era peor. “¡Que maja tu madre!” es lo que le dijo aquel torbellino de pelirroja de la semana pasada, de una noche también, mientras se tomaba grandes tostadas de miel con mantequilla. Juan, sin embargo, prefería las largas ausencias, de las que volvía para periodos cortos, de una semana o así, para que le lavaran la ropa; montañas de ropa, casi toda desconocida para ella, su madre, que tenía que preguntar, a veces: “Juan, estos pañuelos de colores, ¿se han lavado más veces? Podrían desteñir”. La melancolía de Juan y el olor de la ropa contaban historias que a ella le hubiera gustado conocer. No sabía de qué modo se habían ido planteando la vida que ahora, apenas cruzados los veinte años, los chicos no le contaban; no es que no contaran nada, no contaban nada de lo que realmente hubiera querido saber. Y tampoco le preguntaban, eso sí, con una fórmula cariñosa que no esperaba contestación ni explicaciones. Se habían hecho adultos y se estaban fabricando un mundo en el que daban por descontado que ella no podría estar.
Seiscientas y pico páginas. Ahí estaba todo, admirablemente contado, expuesto, como si le hubieran ido recorriendo con lupa cada uno de los recovecos del corazón. El caso es que compró el libro casi por casualidad, porque se avecinaban unas navidades largas y caseras y había programado reiniciar las lecturas; como Aurelio, el de la tienda, le había comentado que ese señor, el viejecito del quinto, había escrito una novela “del barrio” pensó empezar con algo ligero; luego casi se da de bruces con él al coger el ascensor –subía él, bajaba yo. Un saludo breve, sencillo, una mirada cortés y cierta torpeza ya al intentar mantener abierta la puerta para que ella entrara. Se le veía ya muy tocado por la edad, no en balde habían pasado tantos años desde que le saludó por primera vez, igualito que ahora, murmullo, cortesía, reverencia. En los más de veinte años que hacía que se conocían nunca habían cruzado más que esos saludos, y eso que por la obligada vecindad de patio –él vivía en el quinto de enfrente, un piso más arriba– a veces veía su sombra en la ventana, o que iba y venía regando plantas, incluso alguna vez creo que recordaba haberle visto tender algo de ropa. Poca cosa más.
Y sin embargo esas seiscientas páginas cuentan toda su vida, con tal detalle, con tal conocimiento, que solo ella sabía hasta qué punto era todo cierto: se sobrecogió cuando en la novela la protagonista duda sobre el pijama que vestir, porque durante cuatro páginas se describieron todos los que había usado durante esos veinte años, incluyendo los que ella misma no recordaba apenas. Tembló de emoción cuando en otro par de capítulos se describió, sin muchos comentarios, la separación, la marcha de Emilio –el padre–, y escogió las palabras adecuadas para narrar las noches inconsolables. Y la música. ¡Una por una se citaban todas las músicas que habían formado el telón de fondo de su vida!, desde las horteradas de los primeros tiempos hasta el refinamiento dulzón de los Cowboys Junkies. Y así todo.
Pero lo que ya no le permitió abandonar el libro hasta terminarlo fue que en aquellas páginas se contaban verdadera y fielmente los ritmos diferentes de su vida interior, incluso se explicaban escenas y pasajes que ella no había llegado a pausar todavía, como el de la última vez que permitió que Gregorio –insistente, machacón, cariñoso....– se quedara a dormir en casa, lo cual fue para el mejor amigo del padre de sus hijos, y de la familia, la aventura de su vida; y para ella un hito más en su campo de melancolías. ¡Si incluso analizaba las inquietudes que pasó con Antonia, aquella vez en la que de la amistad pasaron al consuelo mutuo y del consuelo mutuo a plantearse algo más! Llegó de improviso esa tarde Juan y el plan, tácito, tácitamente se dejó para otra ocasión, que ya no hubo, que ya no me quise plantear. Todo eso estaba también en aquellas páginas. Las noches de llanto. Los viajes. Las mañanas de exaltación.... Todo, todo, todo.
La novela no tenía final. La protagonista, una noche, sentada en su sillón preferido, cierra un libro que ha estado leyendo, acaricia su lomo y mira hacia la ventana que da al patio. 


[Denis Antonio]

jueves, 30 de diciembre de 2010

Noche

Al poco de apagarse la luz la sombra de la silla se convirtió rápidamente en la de un animal quieto, que me miraba y estaba esperando a que me moviera o a que hablara para saltar sobre mí; y si entreabría los ojos y, sin  moverme apenas, atisbaba la medio oscuridad del otro lado, el cambio de luz de la puerta abierta favorecía el juego de oscuridades, y la del pasillo era mucho más profunda que la de la habitación, tan profunda que allí podría ocultarse cualquier cosa, de manera que mejor no moverse y no intentar explicar a mi hermano, que dormía a la infinita distancia de otra cama, que ese silencio de la casa, con algún crujido de madera vieja en el pasillo o dentro de algún armario, era en realidad un toque de trompetas que iba a anunciar el asalto definitivo de los monstruos hacia nuestras camas. Y he aquí que entonces, aquella aciaga noche de invierno, una entre varias en las que el ataque de los monstruos se cebó en mis pocos años, a unos mocos desprevenidos se les ocurrió salir de las narices a ver qué pasaba, y se fueron deslizando bonitamente por hacia el labio superior durante un tiempo eterno; era ya tarde cuando pensé que una buena sorbida les devolvería a su lugar natural, porque el salado ya se degustaba en el labio de arriba y porque había de ser, obligadamente, una maniobra con poderío absorbente, que iba, sin ningún lugar a dudas, a alertar a los monstruos, que entonces ya, resueltamente, dirigirían el ataque contra mí. La desazón, en el colmo de las desgracias, me produjo angustia y pena, y la pena, no sé si por su natural o por el llamado de los mocos, envió un par de gruesas lágrimas, carrillo abajo. Recuerdo perfectamente que no podía controlar todo: la puerta, la silla, los mocos, la pena, las lágrimas.... ¿cómo mantener todo aquello en silencio, como prolongar la quietud que no alertara a los monstruos sobre los objetivos prioritarios, si el cosquilleo inicial de aquellos malhadados mocos, conchabados con la avenida de las lágrimas y la angustia había empezado a provocar ramalazos y sudores en el resto del cuerpo, que, como es obvio, mantenía a duras penas una quietud pétrea?
Todo se iba a ir al traste si no tomaba una determinación. Sabía que podía perecer en la resolución del conflicto, pero había que resolver, porque las narices, animadas quizá por el éxito de la primera expedición, acababan de enviar una segunda remesa que, aprovechando la carrera de la primera, se dirigía con sus refuerzos a mayor velocidad a taponar todo lo que encontrara su paso. Y del ojo derecho, que se apoyaba prácticamente sobre la almohada –dormía acurrucado, de lado–, manaba una fuentecilla lacrimosa que ya había mojado la funda de la almohada. En fin, era necesario algún tipo de rascado en zonas en las que se había concentrado el picor, particularmente a la altura del muslo derecho, encima de la rodilla, y el algún lugar de la pantorrilla izquierda, en la zona de la corva.... lugares alejadísimos para poder llegar sin revolución. Y esto por no querer darme por enterado de que parecía que se me estaba durmiendo un brazo, el derecho, y de que la negrura de la puerta estaba cada vez más cerca y era, por tanto, cada vez mayor. Hice un esfuerzo supremo y arriesgué la vida:
– ¡Agua! ¡Tengo sed! .... ¡Mamá....! ¡Tengo sed!


[Denis Antonio]

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Clara


Llevo un tiempo mirando a Clara, discretamente, creo que sin que ella se dé cuenta. Es demasiado joven para saber lo que puede haber detrás de algunas actitudes y gestos de los adultos. Nos vamos a ir, pero le pido que me espere un momento mientras entro en el bar y le dejo sentada en la terraza. Eso me permite, por lo demás, rebajar la emoción que me produce y disimular. Atardece en madrid, una hora mágica para mí.
La memoria selectiva no me deja recordar muchos otros detalles del madrid destartalado y ruidoso que yo conocí, y sin embargo, sin embargo, mantiene contra viento y marea detalles absurdos que no tendrían por qué haberse conservado con tanta nitidez, en este caso inextricablemente unidos al atardecer. Me acuerdo por ejemplo y con precisión fotográfica,  de la mirada casi suplicante de aquel hombre –solo ahora pienso que era bastante viejo– mientras yo esperaba en el metro de Goya no sé qué; fue el tiempo que calle y cielos pasaron de los azules suaves, que se iban diluyendo, a los azules densos de la noche. Volvía de un partido de fútbol, y tendría que ser verano o poco antes, porque no me había cambiado el pantalón de deportes, los calcetines gruesos me picaban y constantemente me agachaba o me movía para rascarme las pantorrillas, o me hacia un hueco en la camiseta para soplarme y refrescarme el pecho; cansado como debía de estar, me acuerdo que buscaba asiento cómodo y me movía de un lado a otro, arrastrando una bolsa de deportes, que estaría, como yo entonces, sucia, maloliente, desordenada.... Modo despreocupado de vivir que solo se permite la adolescencia. Tenía ganas de llegar a casa, hacia calor, sentía sed y no me afectaba tanto como otras veces el juego de colores del atardecer; una sensación que más tarde he intentado describir de mil maneras, y que casi nunca lo he conseguido. Sensación de pérdida, que entonces probablemente, no relacionaba con ninguna otra circunstancia, se quedaba en sensación. Y aquel hombre me volvió a mirar; pensé que se había confundido; los pocos años que yo tenía no me llevaron a extraer ninguna otra explicación, sencillamente, no me paraba a pensarlo. Aquella mirada tan peculiar, sin embargo, prendió en mí durante unos segundos; la sentí, y me fui con ella: ternura, pasión, deseo, secreto, vergüenza, tristeza, soledad.... cuántas cosas he ido descubriendo en aquella mirada, que no supe interpretar, como el comentario jocoso del quiosquero, que debía de haber observado todo: “¡Cómo le tienes, chaval....!”, que se reía mientras yo entraba en el metro.
Al pasar hoy por delante de los espejos del bar y decirle a Clara, que me esperaba, que volvía enseguida, mientras, desaliñada, jovial e indiferente buscaba sabe dios qué en el bolso, he reconocido aquella mirada en mis ojos.

[Denis Antonio]

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Antonio

Llevo toda la tarde dando vueltas como una tonta, con el teléfono en la mano, con lo fácil que hubiera sido llamar y ya está. “Antonio, estoy sola en casa...” No, no; mejor: “Antonio, puedes venir si quieres...: sin la condicional: “Antonio, ¿vienes?....” ¿O sin la pregunta? Ya está. Como empiece otra vez con este rosario de dudas se me pasarán otras dos horas y no lo decidiré. Pero ¿por qué tiene que ser tan complicado una cosa tan sencilla? Antes, cuando estábamos juntos, él venía o yo le llamaba y sanseacabó. Quizá lo complicado sea recuperar aquella situación que, de puro simple, ni siquiera la pensábamos; ahora están de por medio este par de meses malditos y lo que haya ocurrido durante todo ese tiempo sin vernos. A mí no me ha ocurrido nada inconfesable, de eso estoy segura; bueno y lo que me ha ocurrido, pues ha ocurrido y ya no se puede remediar, lo del guaperas; bah, menudo gilipollas el guaperas, al final un precioso pedazo de carne incapaz de sugerirme nada de nada; lo único que quería es que le mirara cuando se ponía en calzoncillos, como si tuviera la gracia en el ombligo. ¡Qué mierda de tío! ¿Y a Antonio, qué durante este tiempo? No sé, no sé; cuando ayer me dijo con cara de desgana que andaba solo y todo eso, no supe adivinar si era verdad o la técnica del machito que se hace el dolido y abandonado, cosa que Antonio no ha sido nunca; menuda pachorra tenía; salía yo por una puerta y entraba otra por la de atrás, y la otra casi siempre era la Adelita, moviendo culo. Bueno, bueno. Si tanto le gustaba que le movieran el culo,  que se vaya de pasarelas y que hable como habla él, como quien sabe de todo, con un buen culo. El caso es que ese no es el tema ahora. Quiero verle, quiero que venga, quiero mucho más; es como una obsesión de repente, como si solo me interesara él, sus narizotas que se me clavan en la cara y me hacen daño cada vez que me besa, los ojos de susto cuando hacemos el amor, las patas de elefante que no se terminan nunca de descalzar... ¡qué tío!  Y que me hable y me diga todas esas mentiras que me dice, sabiendo que lo son y que yo no me las creo. Lo que más gracia me hace es que no tiene ni puta idea de qué es lo que más me gusta de él; ni de cómo me gusta; al final, se fue o le eché o lo que sea y ahora me estoy volviendo loca por volverle a ver. Joder, Antonio, si te pillo ahora no me duras ni medio minuto, te devoro. Pero tendría que llamarle. ¿Y cómo coño le llamo para que venga?  Esto es desesperante. Llamo y ya está. Pues no, porque si no lo hago bien, el tío me va a sacar el tema del guaperas y de ahí no pasamos. Me lo tengo que pensar pero que muy bien.
Llaman. ¡Joder, es Antonio!
.... Sí, sí, hola tío... claro.... no.... si.... pues....
– Mira, Antonio, te tenía que decir.... ¿Y por qué cojones te tenía yo que llamar...?.... Pero....
– Mira, Antonio, sabes lo que te digo: que no vuelvas a marcar este teléfono en tu puta vida.


[Denís Antonio]

martes, 14 de diciembre de 2010

El ascensor

Este tío me ha morreado. ¡Pero bueno! No vuelvo a subir o bajar sola.  Y todo porque le he sonreído, porque me parecía un señor mayor educado y agradable que de repente se ha inclinado para decirme algo cortés y, hala, me he encontrado con que me ha atizado un beso en toda la boca, casi casi como si se lo hubiera dado yo, de puro intempestivo que ha sido. ¡Pero bueno! Me he quedado con una sonrisa helada justo en el momento que se abrían las puertas; y habrá pensado que la sonrisa viene de su gracia. A mí no se me ha ocurrido más que escapar de las cuatro paredes de ese ascensor; voy a tener muchísimo cuidado cuando lo vuelva a tomar para que no coincidir con un carota como ese, que, por cierto, se ha quedado como anestesiado, mirando al infinito. Claro, ¡en su vida se habrá visto en otra igual! ¿Y yo que iba a hacer? ¿Ponerme a gritar? Decirle, ¿caballero, por qué me besa? Anda, que no se iba a reír poco la gente. Si es que hay cada tipo por ahí, el que no está salido está pirao. Y me ha tenido que tocar a mí, porque habré puesto la carita de boba que dice Jose que pongo cuando estoy con desconocidos. A ver quién se lo dice a Jose; a lo mejor le da por sentirse macho y busca a ese señor.... ¿Y quién será? Un zumbao más, de esos que se ven en esta biblioteca, de los que vive en los pasillos y entre libros, aburrido, a la búsqueda de tontas como yo. Pues es lo que me faltaba: perder el tiempo por aquí y andar dejando un rastro de babosos. Mírale, ahí va, a la cafetería, haciendo el ganso con unos y otros. Pues ojito, vayamos a que venga a pegar la hebra. Entonces sí que....
– ¡José, José...¡


[Denis Antonio]

La decisión

Inmensa sensación de alivio porque al fin, al fin, después de una mañana tan complicada y de no haber podido ni siquiera descansar un ratito después de comer, como solía, tras mover papeles, llamar por teléfono, torturarse cada vez que desechaba una solución y entonces, lógicamente, se iba hacia las restantes, por fin por fin por fin.... lo tenía todo claro. Su teoría sobre las decisiones y los problemas había sabido encontrar una fórmula, además, que le venía dando excelentes resultados. Y era esta: ante la complejidad de una situación que está reclamando un acto, una resolución, una toma de postura, una vez elegida, se ejecutaba, se cometía, se resolvía, pero siempre sabiendo que en cualquier momento –cuando ya se había resuelto y se había dejado atrás trance e indecisión– podría aparecer intempestivamente, por cualquier causa, algo que determinara que hubiera sido mejor cualquiera de las soluciones desechadas en el arduo camino de actuar. Era como un seguro especial para poder seguir viviendo, para que el tira y afloja no se prolongara más allá del acto resolutivo, que quedaba como hito irreversible, ni mejor ni peor, el adecuado en el momento mismo que se decide: esto sí, esto no. Conductismo, defensa de la actio, capacidad mental para armonizar dos imposibles en un universo complejo, variado, a veces con ribetes de infinito.
Se sonrió, consciente de que su técnica era adecuada, prácticamente la única que aseguraba, no la equivocación, sino algo mucho más sencillo: la capacidad de obrar, hacer, avanzar, sea cuales fueran las condiciones y su evolución inmediata. Y mientras se sonreía había terminado de vestirse, de coger el paraguas y de asegurarse que llevaba el manojo de llaves –piso, portal, buzón– para el rito diario de salir de casa. En el descansillo de la escalera coincidió con María Antonia, la vecina de la derecha, que cruzó con ella una rápida mirada y movió el mentón ligeramente como signo de interrogación. Luego detuvo el gesto de abrir la puerta y esperó.
Se tomó unos segundos para contestar, interiorizó la respuesta para que la contestación no sonara vacilante y luego levantó la cara como desafiante, antes de verbalizar la decisión:
– Sí, va a ser el gris marengo de cuello de pico y punto fino, el de 35 euros, que con el 20% se quedará en unos treinta.


[Denis Antonio]