He pasado la tarde viendo chinas
en la plaza de San Sulpice, sin tregua,
y todas, al pasar, tomaban fotos:
de la iglesia, de la fuente, las palomas,
de la luz, de los pájaros, las nubes,
de las campanas, de las otras chinas,
de un señor que escribía versos tristes
en un banco delanté del café
de la
Mairie, donde se refugió
y se tomó un serré de siete euros,
servido frío y sin edulcorante
–sorry–,
que esto es parís y soy turista.
De vuelta a casa, los ojos rasgados
de la luna alumbraban mi camino.
