Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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sábado, 10 de marzo de 2012

Jardines de Madrid

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Existen bastantes libros y publicaciones sobre los jardines de Madrid, de la que se dice que es una de las ciudades europeas con mayor masa arbórea; si así fuera, también habrá de tener muchas zonas áridas y muchos bosques de cemento y hormigón, que es una de las impresiones que agreden al paseante. En uno de los libros que yo suelo utilizar para moverme por los espacios verdes de Madrid (Jardines de Madrid..., de Carmen Ariza  y Óscar Mascats), sin embargo, ni se citan ni se recorren los dos jardines que yo traigo a colación; uno porque probablemente es tan nuevo que no existía –al menos como yo lo he visto– hasta el año pasado; el otro, puede ser porque se trata de un rincón –bellísimo–, olvidado, del viejo Madrid, el bellísimo y exquisito Madrid del s. xviii (Salesas, San Miguel, Palacio Real, etc.)

jardín interior del palacio de los Condes de Paredes
quinotos
El primero ocupa un espacio descubierto del viejo palacio del Conde de Paredes, con estanque incluido, cuidadísimo –como todo el bello, finalmente, museo de los orígenes del Ayuntamiento de Madrid–: albaricoqueros jóvenes, un espino negro, algunos chopos recientes, un buen madroño y, sobre todo, un viejo olivo, lo más viejo del joven jardín, que se ha alfombrado con casi todas las olorosas castellanas (romero, lavanda, tomillo, mirto, salvia....), concediendo un lugar a un granado –están muy de moda, en Madrid es difícil que den fruto–, encendiendo unos cuantos quinotos del japón, de los que colgaba el fruto, y dejando en el rincón un bosquecillo de cuatro o cinco ailanto ("ailhantos"). Es un lugar grato y apacible en donde, si hubiera conseguido pasearlo –cuatro pasos y tres bancos metálicos, modernos– como en principio pensé, me hubiera sentado cerca del olivo y habría tenido algún coloquio sentimental, mirando el agua correr y los quinotos colgar.

Se abren los rosales del jardín del Príncipe Angloma, mirando tejados
Solo un coloquio sentimental, porque la ternura en regla y la humedad en los ojos la hubiera reservado para el jardín del palacio del principe Anglona (de la segunda mitad del siglo XVIII), cuyas tapias hacen esquina al final de plaza de la Paja y pocas veces se puede visitar.  El enramado de rosales no ha hecho más que apuntar, para mirar las torres lejanas de las Carboneras (¿) –al fondo– y los tejados galdosianos; el cenador del rincón está desmadejado, pero cuando crezca la hiedra y cuelgue por el muro hacia fuera, sin duda será un lugar en donde no podrá uno más que emocionarse, y a él iré para enamorarme, eligiendo con cuidado la compañía, claro. Además ese palacio, su jardín, tiene plátanos altísimos, acacias, algún granado y hasta una higuera, bien orientada, que perfumará los veranos.

Esquina del jardín del Príncipe Anglona, con la torre de san Pedro el Viejo al fondo

martes, 8 de febrero de 2011

Madrid histórico: El Palacio de los Condes de Paredes y su entorno

 

Las Cavas, la alta y la baja, llevan ese nombre porque eran los desaguaderos que bajaban desde las murallas del viejo Madrid hacia las afueras: es fácil descubrir esa estructura todavía en el entorno de esas dos callejuelas que vuelven a estar en el centro de todas las diversiones gastronómicas y nocturnas de Madrid. A la caída de la tarde, la plaza que forman la embocadura de las cavas, la calle de Segovia y las fachadas de San Andrés y la capilla del Obispo se llenan de niños que salen del colegio y juegan, si hace bueno, por allí, como en la ilustración. La gente se sienta como puede y las terrazas de los bares cercanos se llenan. Al fondo de esa plaza se distingue un palacio de fachada central baja rematada a ambos lados por dos torretas –almohadillado y ladrillo–, como si el palacio hubiera dudado si ser castillo todavía. 
El plano de Texeira muestra un aspecto muy distinto, aunque sí dibuja la fuente y el palacio parece ser el edificio con ancho patio que forma ángulo con San Andrés.



Allí se levantaba el palacio de los Condes de Paredes (de Navas), población palentina y título que data de finales del s. XV. Hoy uno de los museos municipales de Madrid. Se dice que antes de ser palacio –de los Lujanes– lo había sido de los Vargas, cuyo escudo está en varias edificaciones de aquella parroquia; y luego se añade –ya entramos en zona legendaria– que Isidro Labrador, el San Isidro patrón de Madrid, había sido criado de esta familia y había vivido en aquel lugar. 


Lo cierto es que el viejo palacio fue la Nunciatura, que en 1681 pasó a ocupar la sede nueva –en la actual calle del Nuncio, claro– y el edifico adquirido por los Condes de Paredes, que dieron lustre y nombre al lugar, hasta que lo perdieron, como tantos bienes nobiliarios, a mediados del siglo XIX, cuando paso a ser propiedad de los marqueses de Peñafuente. Se mantuvo en vilo porque sobre el pozo, los vargas, los recuerdos, etc. se levantó toda la leyenda de San Isidro y el ayuntamiento tuvo que hacerse cargo de él, de su demolición por ruinoso (c. 1973, se compró en 1986) y de un proyecto de reconstrucción (desde 1989), que todavía debe colear, pero que ha terminado por convertirlo en museo variopinto, con salón de actos, y centro cultural. Allí, lo cuento como egregio, presentamos Pablo Moíño y yo la edición del Cancionero y romancero de ausencias, de Miguel Hernández, editado por el ayuntamiento, e impreso en la imprenta artesanal.


Lo he visitado. Es difícil hacer un museo de la nada, y así es el de San Isidro, con ese pozo inmenso conservado en el centro de lo que había sido una capilla, unas cuantas maquetas de papel y algunas pinturas y figuritas de mala calidad, cuando no francamente desagradables. En una sala de al lado, vitrinas y expositores  de descubrimientos “arqueológicos” –Getafe, Vallecas, Palacio Real....–, estampas de época. La reconstrucción ha rehecho el patio interior y ha conservado una escalera, que no sé si es la primitiva. En una de las salas grandes, con sillas para público, se ha instalado una maqueta del plano de Texeira, excepcionalmente trabajada, aunque es una pena que no se haya terminado con algún tipo de dibujo, que la hubiera acercado al original. Al lado del pozo, finalmente, se ha colgado una copia del famoso cuadro del Milagro del pozo, que estaba en la vieja parroquia de Santa María y ha terminado en el Prado; se suele decir que es de Alonso Cano, pero documentación antigua habla, con cierta ambigüedad de Herrera Barnuevo también, es decir, de su discípulo: es posible que fuera obra en colaboración.

Como me gusta añadir algún que otro dato nuevo, ofrezco uno de los testimonios más viejos y sólidos que conozco sobre la invención de San Isidro, la del manuscrito 17649 de la BNE que se rotula como Vida de San Isidro Labrador –sí que es de finales del siglo xvi– y que se organiza e inventa como un  libro “oficial”, con sellos incluidos (1595), para autentificar y testimoniar milagros y demás, incluso echando mano de pergaminos y latines. Añade curiosas autentificaciones fechadas en 1421; así como la visita en 1504 al sepulcro de san Andrés, del Cardenal Cisneros y otros, historietas que luego jalonan el siglo… hasta 1595, que ha de ser la fecha de la falsificación, que culmina con el primer documento (1597) en el que se narra el milagro de haberse conservado el libro, casi como si fuera un relato borgiano. Preciosa invención.