Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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jueves, 19 de noviembre de 2015

El Quijote (II) en Clásicos Hispánicos

La colección Clásicos Hispánicos acaba de publicar la segunda parte del Quijote, en edición de Luis Gómez Canseco. Ya se había publicado la primera también (son los números 50 y 51 de la colección), con lo que este año del centenario añadimos nuestro entusiasmo –y dedicación filológica– a la obra.
Contiene una novedad editorial, que esperamos que pase desapercibida al lector, pero que no lo hará al filólogo: la modernización del estilo cervantino ha ido un paso más allá de lo que era usual, modernizando aspectos que tradicionalmente se mantenían –la pátina arcaica–, pero que no eran voluntad del autor. Sí se mantienen, sin embargo, las incursiones en lenguaje arcaico de los protagonistas, cuando emulan con su parlamento el viejo lenguaje de las novelas de caballerías.
Todo ello, con el debido respeto a la integridad textual y al significado literal de la obra, que no se toca, según se explica sucintamente en la nota del editor, cuyo prólogo termina, lo mismo que nosotros, con una invitación a leer la obra.













martes, 19 de abril de 2011

Dos Quijotes más





Doy noticia, una de ellas con cierto retraso –leo muy mal el alemán– de dos quijotes críticos, el de Klaus Meyer-Minnemann y Tilam Altenbeerg (del 2009, con colaboraciones varias), que me envió mi colega hamburgués, con el que paseé por Colonia, va además acompañado de un precioso disco que contiene, entre otras perlas, hasta treinta secuencia fílmicas, de las que he obtenido las ilustraciones.



Y el de Vicente Pérez de León, una contribución de cerca de 800 páginas que recorre toda su obra, de la que cito un fragmento de la introducción.

jueves, 3 de febrero de 2011

Lectura de El Quijote


Una de las cosas que más trabajo me ha costado, bueno, que realmente no he conseguido, ha sido que mis alumnos leyeran El Quijote sin demasiados supuestos previos; quiero decir: obviamente todo el mundo lee cualquier obra desde sus circunstancias, incluyendo las educacionales y culturales: no hay otro modo de hacerlo. Lo que me resulta cada vez más arduo es conseguir que no adquieran y apliquen, al tiempo que leen, los estereotipos añadidos por la cultura postiza, o por la cultura oficial e impuesta, ya sea la que rueda sin ton ni son por los lugares comunes, ya sea la que recoge modos de interpretación simple y fácil, ya sea la que deriva de lugares comunes críticos, ya sea la que proviene de sesudos pensadores, etc. Ha resultado prácticamente imposible que chavales entre 18 y 20 años –los que se estrenaban en la facultad de letras– pudieran leer a Cervantes de manera sencilla y, por lo tanto, pudieran, si ese hubiera sido el efecto, disfrutar de la lectura, ejercer un primer movimiento interpretador sin prejuicios culturales, esto es: sin que se encauzara su lectura por los carriles señalados por la crítica. Y no es que esos carriles no sean ciertos –en casos–, ni es que no los respetemos como modos de interpretación adecuados, es que anulan la apertura del lector, controlan su espontaneidad y, al proyectarle, no le dejan ni ver ni sentir de otra manera.

Resultaba frustrante leer cómo respondían a lecturas sencillas con los clichés de la quijotización de Sancho y sanchificación de don Quijote –en este caso, además, cliché que desvirtúa la obra–; cómo ajustaban lo que les habían dicho de que don Quijote no estaba loco, que los locos somos nosotros; cómo interpretaban de modo ideal y adquirido que Cervantes luchaba por la libertad; o cómo hacian dialogar lo que no conocían –novelas de caballerías, épica culta, teatro de época....– con los pasajes que hubieron debido leer, por ahora, de manera más inmediata y fresca.
Ha sido en vano pedirles que, por ahora, no se atiborraran de prólogos, artículos, estudios y demás, que disfrutaran de los textos, una vez mínimamente ubicados y contextualizados. Con el agravante de que, en bastantes casos, han pasado más tiempo leyendo crítica que textos; y lo que es peor, ¿cuántos habrán leído solo la crítica, con el afán de señalar algo profundo, admitido, que les sirva como opinión?

Esta breve nota es una desahogo, que podría llevarnos mucho más lejos; pero que he querido dejar claramente dicho, fijado, porque sigo viendo a mi alrededor ese afán que aleja los textos del lector. Y que concede el espacio del lector a la autoridad de la cultura oficial. 

lunes, 6 de septiembre de 2010

Creación, clasicismo, actualidad

Son tres conceptos con los que hay que jugar para componer el tinglado de la lectura y crítica de la obra literaria. Como en otras ocasiones, expuesto, explicado y documentado se halla en lugares académicos, en concreto y en este caso en un artículo de una revista italiana (Studi Ispanici); va aquí con la sencillez del coloquio, casi.


Una obra –nos centramos en las literarias, pero es válido para todas las referencias artísticas– se crea en un momento histórico, con unas circunstancias a las que no se puede sustraer. Esa misma obra, si no se agota en ese momento de su creación, puede seguir leyéndose y apreciándose de modo diverso en otras épocas y en otros lugares. Si esa prolongación de su valor –el interés del público lector– se mantiene a lo largo del tiempo y se extiende por diversos espacios culturales distintos, decimos que es una obra “clásica”. Damos la vuelta: clásica es una obra cuya significación, valor y aprecio va más allá del momento de su creación en el tiempo y en el espacio.


El lector convertido en crítico, es decir, el lector que reflexiona sobre la obra y emite juicio sobre ella, puede interesarse por el significado y valor que tuvo cuando fue creada, por ejemplo El Quijote en 1605 y en 1614. Pero también puede interesarse por la actualidad de la novela, que no es sino la lectura de la obra en las circunstancias que lo hace un lector desde su cultura actual, sea del espacio cultural que sea (un indio, un italiano, un japonés, un andaluz…) Todo ese conjunto de significaciones que destila una obra clásica se pueden completar con el juego de significaciones que ha ideo despertando a lo largo del tiempo: el Quijote en el siglo de las luces, el Quijote a lo largo del siglo XX, y así hasta trazar un Quijote a lo largo del tiempo, si es eso lo que se desea saber.


Frente a este panorama que recorre siglos y espacios culturales, el lector de la obra es siempre y también el que ocupa una perspectiva única, definida por sus circunstancias (un niño, un labrador, un mal profesor de universidad –perdón por la redundancia–, un emigrante uruguayo, el verdugo de Rodrigo Calderón, etc.) su tiempo, su época. La circunstancia que más nos interesa siempre –y no nos pongamos estupendos– es la actual, la propia: nada puede liberar a una obra de ser leída “actualmente” por un lector, sea crítico o no. Y nada puede evitar que desde esa circunstancia “actual” la obra provoque un juego de significaciones y reacciones.


Ahora bien, existe entre los lectores cultos y entre algunos críticos el noble deseo de enriquecer ese valor “actual” de la obra intentando llegar, así mismo, a las circunstancias de su creación, al valor que hubo de tener en el momento que fue creada, para lo cual estudian la biografía, la época, la lengua, la cultura en general y aprecian entonces la obra de manera distinta quizá a la “actual”.


Sobre el guión que precede cabe hacer muchas más piruetas; pero es el esqueleto conceptual sobre el que giran los conceptos de creación, clasicismo, actualidad, crítica, lectura… y los que de su cruce se desprenden.


Un taconazo final, que me gusta siempre dar: más rico, mejor situado, con mayor capacidad de captar significados y recibir estímulos se halla aquel lector que, además de disfrutar con el valor “actual” de la obra literaria, y sin renunciar a ella, enriquece su capacidad comprensiva con lecturas históricas, entre las cuales la de la “creación” es fundamental, como bien se entiende.