Debo a la gentileza de su poseedor actual la espléndida reproducción y detalles del cuadro adjunto, del que ya había dado noticia –lo había perseguido en vano– en entrada anterior de este cuaderno, a partir de la amabilidad y exquisito conocimiento de los recovecos de la investigación de Fernando Bouza. Después de muchas idas y venidas, he aquí la efigie, solemne y cabal, de don Pedro Girón, III Duque de Osuna, virrey de Sicilia y Nápoles, protector y amigo de Francisco de Quevedo.
El retrato circulaba por ahí, escasamente, como de "un gentilhombre"; pero el bastón de mando, el fajín, la armadura, la pose casi oficial del retratado, a manera de reyes y grandes, y otros detalles indican bien a las claras que se trataba de un personaje poderoso y conocido. Sobre otros detalles más particulares –cuidado de la imagen, pelo oscuro, ocultamiento de la estatura....– ya tendremos ocasión de hablar.
La tradición dice que se trata de pintura de Bartolomé González, uno de los retratistas oficiales de Felipe IV, lo que me perturba algo, pues me gustaría pensar que está hecho del natural y no a partir de dibujo o copia ligera –el pintor vallisoletano trabajó muchas veces a partir de esos pequeños modelos; estoy intentando rehacer el catálogo de lo que entonces pintó. Y me perturba porque, según mis cálculos, Bartolomé González y el Duque no se pudieron ver en la fecha que determinan otros rasgos; y la fecha está casi clavada por el cuello escarolado (anterior a la pregmática de comienzos de los años veinte) y por el bastón de mando (de la época napolitana), es decir, de entre 1615-1620. Me extrañaría sobremanera que se hubiera hecho a la vuelta del Duque de Osuna a Madrid, con el cambio de reinado, es decir, a partir de 1620, pues los acontecimientos que entonces se suceden y no solo en Nápoles –con el Cardenal Zapata– van a terminar con su fortuna.
El retrato circulaba por ahí, escasamente, como de "un gentilhombre"; pero el bastón de mando, el fajín, la armadura, la pose casi oficial del retratado, a manera de reyes y grandes, y otros detalles indican bien a las claras que se trataba de un personaje poderoso y conocido. Sobre otros detalles más particulares –cuidado de la imagen, pelo oscuro, ocultamiento de la estatura....– ya tendremos ocasión de hablar.
La tradición dice que se trata de pintura de Bartolomé González, uno de los retratistas oficiales de Felipe IV, lo que me perturba algo, pues me gustaría pensar que está hecho del natural y no a partir de dibujo o copia ligera –el pintor vallisoletano trabajó muchas veces a partir de esos pequeños modelos; estoy intentando rehacer el catálogo de lo que entonces pintó. Y me perturba porque, según mis cálculos, Bartolomé González y el Duque no se pudieron ver en la fecha que determinan otros rasgos; y la fecha está casi clavada por el cuello escarolado (anterior a la pregmática de comienzos de los años veinte) y por el bastón de mando (de la época napolitana), es decir, de entre 1615-1620. Me extrañaría sobremanera que se hubiera hecho a la vuelta del Duque de Osuna a Madrid, con el cambio de reinado, es decir, a partir de 1620, pues los acontecimientos que entonces se suceden y no solo en Nápoles –con el Cardenal Zapata– van a terminar con su fortuna.
Me gustaría insistir en que no se conocía verdaderamente la imagen, ni el rostro, del III duque de Osuna, y que las referencias precarias del perfil de una moneda o del esbozo de una estatua no eran suficientes para corroborar ese gesto de osadía y grandeza que el retrato nos enseña. Tampoco eran muy de fiar las imágenes tardías (la de Caraceda, por ejemplo).
El mejor acompañamiento para este retrato ha de ser la canción que le dedica Lope de Vega justo en estos momentos (reproduzco la edición de Sancha), a la vuelta de Italia; Lope, como Góngora, no fue muy afortunado en sus amistades nobiliarias, de manera que el repiqueteo de campanas (nótense las trimembraciones al terminar cada estrofa) y elogios de la canción contradicen la prisión y muerte, muy poco después (1625) de don Pedro.







