Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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jueves, 18 de enero de 2018

Sinestesia de los helados chinos

Siempre tuve el vicio de los helados, que cultivo con primor místico; pero ese vicio se me acrecentó en china en donde tenía el hábito de comer tan solo cuando sentía hambre –el hombre es el único animal con ejemplares obesos, que comen cuando no tienen hambre–; pero ese primor místico se doblegaba con los helados, de los que ofrezco una variación mozartiana, porque tres son las variantes de los helados en china: aquellos que despreciaremos, como son los europeos y americanos, que van de los Haggen Dazz (nunca sabré cómo se escriben y no pienso esforzarme) a los de MacDonald, los unos desechados porque cuestan el doble que una comida normal y además son pequeñitos; los otros porque huelen a la fritanga de carnes desconocidas. Incrementan esas variedades los italo-argentinos, que se van introduciendo poco a poco, también tan caros como una cena. En segundo lugar se encuentran los helados “cremosos”, de solo un par de sabores (blancos y rosas) que una máquina expende rellenando un cucurucho: es un tipo de helado primitivo, que todavía se puede comer en España, en ferias y puestos de poca monta. Era el helado dominante en china hasta hace poco, insalubre, dulzón, grasiento…. No tenía mucha gracia.



Y dejo para el final los auténticos pinchilines   冰激凌, los xuegao 雪糕, que así se llaman; y solo de pronunciarlo me dan ganas de tirarme a la calle para intentar buscarlos. Es una variedad generosa, pues engloba todos los que se amontonan en los congeladores de las tiendas menudas, a la entrada de la tienda, es decir, prácticamente al alcance de la mano del paseante, suelen ser de muchos colores, aspectos y sabores. Son baratísimos –aunque a veces aparece entre ellos algún “Magnum”, que hay que despreciar, eh–. Entre todos hay una variedad, que suele costar entre dos y cuatro yuanes, es decir, entre treinta y cincuenta céntimos, que alcanza la plenitud del sabor cuando el viajero está a punto de desmayar: el “pinchilin de niu nai”, 牛奶冰激林,el helado de leche, que a modo de polo se envuelve en un papel blanco, de forma rectangular, textura mordible y esponjosa, sabor celeste. He comido “pinchilines de niunai” en Mongolia, en Xixuanbanna, en Hangzhou, en Giulin, en Jiuzaigou….. Alivio y alimento del viajero hambriento, con su qué de azúcar para mantener el ritmo. 

Aun recuerdo lo que pasaba en Harbin, la gran ciudad rusa de Manchuria, en donde por la noche –es verdad que era verano– producían cajas y cajas de “pinchilines de niu nai” con ligeras y discretas variaciones en el sabor, por el procedimiento de añadir semillas o al haber mezclado la leche con café o  chocolate. Según aparecían las cajas de pinchilines, con cien o doscientos helados, hacíamos cola y los despachábamos en un momento, hasta que traían otros. ¡Que orgías de helados! Y por la calle todo el  mundo iba con su “pinchilin”, gente feliz.
Hete aquí que en mi último viaje, en la estación de Schenzhen, hice mi último descubrimiento, el “pinchilin de liuliá”  (liulian ) que entre nosotros debe llamarse de “durián”, fruta desconocida por estos pagos, medio tropical, que se suele vender por las calles de toda China (en Chengdu, Lijiang, Jinghong….), normalmente pelada, y que se reconoce por lo mal que güele (por eso lo escribo con g-) y lo bien que sabe. Naturalmente que compré y me comí uno.



Pero antes, para que el placer fuera completo busqué una sinestesia. Sí que saben ustedes lo que es una sinestesia: con el helado ya descubierto, sin papel, y la ansiedad por hacerlo mío, miré alrededor en busca de alguna dama hermosa, con exquisita discreción, de verdad; había varías, pero finalmente me centré en una preciosa chica china de grandes gafas, ojos almendrados, cola de caballo y vaqueros calzados a presión. Me senté enfrente y empecé a comerme el helado de Durián. Sinestesia.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Helados, ferias, comisarios... el otoño


En alguna ocasión he propuesto, sin llegar a burocratizar la propuesta, que hiciéramos entre todos los aficionados una geografía de los helados, o mapa, o itinerario, o como se quiera llamar, porque a mí, que debo parte de mi sueldo a las palabras, lo que me interesa en este caso es el helado: su consistencia, sabor, calidad...  Y que lo mismo que se va uno de museos o de catedrales o de bibliotecas, se pudiera ir de helados, probando con mesura los santuarios que nos hubieran recomendado y –ya para los más expertos– degustando sabores, de los de siempre (fresa, chocolate, limón  nata...) a los nuevos (bariloche, tiramisú, menta...). No quiero enmendar la plana a nadie, o sea que no cito las heladerías semiartesanales (venden solo en donde fabrican, no como las industrias nacionales o internacionales del helado) de Santander, La Coruña, Valencia, etc. Los locales sabrán mucho más que yo de esos lugares venerables, que deberían declararse “zona protegida” por los ayuntamientos.

Eso sí, en mi propio terreno puedo dar fe de los santuarios madrileños de mi barrio y cercanías, porque tengo cerca dos de esas catedrales del helado, la de Sienna –en su ubicación de la calle Narváez, semiesquina a Ibiza– y la de Alboraya, frente a la boca del metro de Príncipe de Vergara, en la calle Alcalá. Su nombre –y así vuelvo a las palabras– apunta a sus raíces: es Sienna heladería de tradición italiana regentada por simpáticos argentinos; los dependientes son siempre hispanoamericanos; Alboraya –habrá quien no lo sepa– es el pueblecito pegado a Valencia –absorbido ya por Valencia– con la cosecha de chufas mayor de España y hasta hace poco de las mayores del mundo, junto con Egipto. La tradición de horchatas y helados en Alboraya es sencillamente maravillosa. Allí se mezclan las horchatas con los helados, los “fartons”, etc.
Hace poco un comisario europeo de algo, entre regocijado e hiriente, comentó que a España “se le ha acabado la feria”, en alusión a eso que llaman crisis, es decir, a la degradación de las clases más humildes para que sean más dóciles en el trabajo ganando un poquito menos. Bueno, a lo que iba. Procedería de algún consejo bancario o industrial el tal comisario, para quien la “feria” probablemente iba unida a la circulación monetaria, y no porque se acordara de que así era cuando remataban la recogida de las cosechas, sino porque probablemente ya era incapaz de entender cómo se produce la “feria”, a la que él aludía con cierta sorna, cuando no se asienta en la circulación de moneda.


Y sin embargo, sin embargo... El Retiro ha venido explotando de gentes, grupos, ocio, alegría... ferias del comisario durante los últimos meses. Gentes probablemente con hipotecas reventadas ya en el bolsillo se han ido a pasar la tarde en el Retiro. Casi no había óstugo (= ‘rincón’, es palabra cervantina que se me viene al discurso) sin ocupar por pareja retozona, por tribu latinoamericana, por corrillo de adolescentes, por padres arruinados, etc. Y no digamos la promoción de patinetes, bicicletas, artilugios, la de partidillos de fútbol, partidas de tute, petancas, ajedreces... ¡Y las tertulias de marujas, jubilados, estudiantes..! ¡Y las prácticas de oscuras creencias, religiones, pasiones, gimnasias...! En medio de la ruina y de la crisis, El Retiro era una inmensa feria en la que la gente se encontraba, por fin, con ellos mismos y sus amigos.

Y mi churumbel y yo nos tomábamos un helado de Sienna de 1,20 euros, con  dos sabores, elegidos cuidadosamente en barra de entre los cuarenta que ha llegado a tener este verano: el mío de leche merengada y turrón con fructosa; el del churumbel de mango y pistacho.
Se va el verano. Mientras escribo estas líneas llega oficialmente el otoño: no sabemos con qué intenciones llega, por eso y por si las moscas, nos hemos ido a despedir del verano con un buen helado artesanal.