Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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lunes, 18 de abril de 2011

Entre la precariedad, la desidia y la ignorancia

Hace muy poco Patrimonio Nacional compró un manuscrito autógrafo de Lope de Vega, por una cantidad ponderada. Se trata de una especie de diario poético que uno de nuestros clásicos más admirados fue escribiendo entre 1632 y su fallecimiento (1635); un borrador  ¡de casi 600 páginas! en donde se inicia, pule, deshace, vuelve a redactarse... buena parte de la obra literaria, sobre todo poética, de Lope de Vega. Allí se encontrarán inéditos, pero también versiones de las Rimas de Tomé de Burguillos o de la Dorotea, dos de las obras finales de Lope, dos universos de la creación madura, apasionada, desengañada del mejor Lope.  Seiscientas páginas autógrafas de uno de nuestros clásicos más admirados, durante los tres o cuatro años que precedieron a su fallecimiento. Solo un artículo perdido de 1970 había dado noticia de la existencia de este códice. La noticia explotó en algunos lugares, ligeramente, sin exceso.
Asiduo como soy, por vicio profesional, a los suplementos literarios, culturales, etc. de la prensa, tanto de la nacional, como de la regional y, cuando puedo, de la internacional, no he dejado de comentar con algún colega y otras gentes de conciencia clara, lo que noticia de este calibre hubiera significado en otros lugares. Bastaría con remitir, verbo y gracia, a las recientes reediciones de Montaigne, en Francia. Aparte de la nota de agencia, la mayoría de esos lugares en donde hubiera de haberse dicho, valorado, con alegría, interés y sabe dios cuántas cosas más, lo único que iba encontrando eran dobles columnas, dobles páginas, despliegues tipográficos grandiosos... sobre una postal inédita de algún autor anglosajón de segunda fila; reportajes infinitos sobre escritores menores; páginas de creación de poetas escondidos en los pliegues de las enciclopedias. Será que nos estamos universalizando, por fin, y para eso habrá que negar vejeces como la de la literatura del s. XVII español.


En algún otro momento diremos, comentando el "Giro visual" (cito a F. Rodríguez de la Flor), que los giros modernos no podrán barrer algunos lugares del paisaje, uno de ellos tan sólidamente anclado en algún rincón de nuestras vidas que con nosotros va: todo aquello que se sustenta en nuestra lengua materna. Más cerca seguirá sonando para mí Lope o para un catalán Màrius Sampere que Joyce, a pesar de que Vila-Matas, por fin, haya encontrado la novela, precisamente en un viaje extraordinario hacia otra lengua.
La desidia o la ignorancia es particularmente llamativa en esa vaca sagrada del (mal) periodismo que es Babelia, el suplemento cultural de un diario que a fuerza de presumir de "snob" está destrozando sistemáticamente el sustrato cultural, cada vez más escaso, de nuestros lectores: a los que no informa los aleja, a los que informa los mantiene enajenados. Y que conste que leo con particular deleite lugares de ese suplemento, que me deleito con las páginas de Estrella de Diego y que me encuentro siempre de acuerdo con la sensatez de Muñoz Molina, entre otras cosas; pero, ¿sabrán sus hacedores, redactores, responsables, etc. algo de lo que es Lope entre 1632 y 1635 para la historia Literaria de este país?
¿Y cómo les vamos a explicar lo del Lazarillo?
Lo dejamos para otra ocasión.


[La matización, pulimento y mejora de las viejas entradas de este "blog" me ha traído a esta fecha una vieja entrada de hace unos meses, al añadirle ilustración adecuada, cambiarle la letra, etc. Y aquí la voy a dejar ya, porque he cambiado muchas más y, como diría Berceo, es menester cansado].

domingo, 21 de noviembre de 2010

La marea cultural

La llamada “oferta cultural” crece de modo desmesurado e irregular, en Madrid; supongo que como en otras ciudades grandes; y tanto crece que la sensación es la de no poder asumir razonablemente todo lo que va ocurriendo: conciertos, teatros, exposiciones, estrenos de cine, presentaciones, espectáculos... ¿Quién puede mantenerse informado? ¿Quién puede seguir la marea de actos? ¿Habrá que seleccionar y, por tanto, desechar?
Hay que seleccionar y, por tanto, desechar; es cierto; pero sin problemas de conciencia ni reproches: no he leído lo que no he podido leer, no he visto a lo que no he podido acudir, no he escuchado al que no pude oír... y así hasta la saciedad, reconociendo el amplio campo de la ignorancia en donde la maravilla –que otros te cuentan– puede haber sucedido. Es evidente que la “cultura” en cuanto que sucede y nos llega enriquece nuestra condición humana, sedimenta y contribuye a nuestra plenitud  –que, por cierto, no es lo mismo que felicidad. No hace falta que la devoremos, sin embargo. 



Sucede y atraviesa las formaciones sociales, pigmentando individuos, grupos, formaciones sociales, comunidades, etc. No es lo más importante, sin embargo, la cantidad de travesías a las que podemos someter nuestro conocimiento y experiencia, sino precisamente la capacidad que una sola, varias, las seleccionadas, muchas o todas tienen de afectar nuestro modo de ser y de pensar. Y habida cuenta del prestigio que se otorga a ese tipo de experiencias –incluyendo las más dudosas–  parece que cada persona no puede más que fomentar algunas vetas, recorrer unos pocos senderos, cultivar lo que.
Lo que cada uno busca, acepta y cultiva deriva de condiciones sicológicas y sociológicas que andan muy lejos de poderse comentar en estas líneas, provocadas por la aparición simultánea de unas cuantas exposiciones prácticamente al mismo tiempo, y no solo las del Reina Sofía, la Tabacalera, los dibujos del ABC, y demás; sino incluso, ateniéndonos a un esquema mucho más reducido de las artes, la catarata de los ochenta Rubens, el nuevo desembarco de los impresionistas, la reconstrucción pictórica del Salón del Reino...

A lo mejor los impresionistas se van a quedar sin mis ojos, vaya; y no exactamente por esa especie de repulsa modernísima con que los críticos de los que me suelo fiar –en este caso Estrella de Diego, columna en periódico– retroceden ante el avance de flores, cabarés, jardines y calles, no, sino porque es arte asimilado que ya dejó su muesca en mi magín, sobre el que no voy a avanzar nada más ni me va a volver a producir el placer de la contemplación, que suelen ser las dos razones de peso para “repetir”.
Y ya que lo he mentado: no creo que sea motivo de rechazo que el impresionismo sea el modo de regocijarse estéticamente la burguesía, en una de sus épocas doradas, que lo es; no creo que eso aboque directamente a un “no vale”, a no ser que a continuación se lleve ese juicio hasta sus últimas consecuencias: la burguesía como clase social corrompida que reproduce en sus manifestaciones artísticas la perversa situación de la que disfruta. Esas afirmaciones tan radicales se cargan de un plumazo, primero, el valor histórico de aquellas manifestaciones. Y sobre todo, sobre todo, nunca nos explican por qué, aún habiendo desvelado las posibles trampas de ese arte burgués, sigue funcionando como clásico, es decir: sigue provocando emoción y entusiasmo. ¿Permanencia y eternidad de la burguesía, ahora a cien  años vista?
Pero vamos, por el momento, tranquilos: vayamos a nuestro paso seleccionando por aquí y por allá; y hagamos de la necesidad virtud: tomemos esa circunstancia –variedad y deformidad, riqueza y dispersión, publicidad y aislamiento...– como uno de los elementos, y de los más interesantes, para integrar en nuestra experiencia cultural.
Por mi parte, me quedo con este extraño Duque de Lerma del taller de Rubens. Me interesa muchísimo, me inquieta, me trae a mal traer, lo miro y lo remiro...; pero aseguro que yo no me siento individuo de una sociedad cortesana.