Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

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jueves, 6 de octubre de 2011

Silva de la dignidad

Hay dos preocupaciones que me tienen
acorralado, sin saber qué hacer:
son ya seis las camisas sin planchar
–es la primera–; me han reconvenido
para que no comente en las poesías
el feo asunto de las seis camisas
–la segunda–, que tal cuestión sería
pasarse cuatro pueblos, de verdad,
que es tema que no va a ninguna parte;
reconvención leída en la doctrina
de los poëtas con doctrina a quienes
respeto cantidad, porque, debajo
de la lograda gravedad, sus versos
propagan la nobleza del hacer,
y los matices de la humanidad
pensante, emprendedora y resoluta.
De modo que ando un poco simple y torpe
sin saber resolver la encrucijada.
Y su qué tiene lo de las camisas,
porque cuando Moíño trabajaba
en nuestro grupo me reprochó un día
que planchara la ropa, actividad
inútil propia de un ser vanidoso,
que no conduce más que a la perdida
de tiempo y tontería. No sabía
Moíño que hasta damas hay que adquieren
y guardan agua perfumada, oliente,
comprada a precio de oro en la occitane
y que lo de planchar con tal rocío
produce sensaciones de placer.
Pero en cuanto me pongo a razonar
esas cosas me acuerdo de que son
los versos un quehacer ennoblecido
por el arte de bien decir aquello
que nos rodea, que es, que se argumenta.
Cosas en esta vida habrá inservibles
y que no dignifican como versos.
Planchar tantas camisas y decirlo
una tarde casera, ¿dignifica?
¿Y dignificará ir desorientado,
a la deriva por los corredores
de mi “dificultad”, y al ver que llega
el secretario del departamento,
emitir un suspiro con agudos
e iniciar una rumba a lo duquesa?
Lo de las dignidades.... ¿no irá unido
a lo de las prebendas y dineros?
Si se enteran en mi departamento
que no plancho camisas, ¿me abrirán
expediente otra vez? Y finalmente
con mayor sutileza y pucheritos:
pretendí hace muy poco leer mis versos,
engolando la voz, a una chavala,
como prëámbulo a un atodasluces,
y en llegando a una de esas paradojas
que me atormentan y me paralizan,
me contempló aburrida, se abrochó
la camisa y me dijo que tenía
que marcharse; de modo que quizá
más mejor que la silva no progrese
y que no alcance los desbordamientos
de las antiguas silvas gongorinas.
Quede carreira en paz por el momento.

jueves, 27 de enero de 2011

De por qué no existe la Literatura (Silva en homenaje a mis alumnos de la UAM durante este curso 2010-2011)

Hace ahora unos cien años
que se perdió definitivamente
la costumbre de escribir y decir
lo más difícil
–que habitualmente coincidía
con lo más emotivo–
mediante una musiquita verbal
que la tradición mejor aceptada
venía denominando poesía en verso.
Hubo de ser la pérdida porque el artilugio,
gastado y vulgarizado, ya no servía
para decir nada de nada,
gorgoritos, exabruptos sociales,
caprichitos de enamorados,
depresiones de adolescentes y de inmaduros....
eso acabaron por ser finalmente
aun cuando se los engalanara con los fastos
antojadizos de la distorsión,
recogidos en los rincones,
en lugares no frecuentados, que llamaron
vanguardias.
Y el caso es que desde mucho antes,
en nuestra sociedad,
por lo menos durante quinientos y pico de años,
se creían, cada vez que se sometían
a tamaño ejercicio de pericia
verbal y rítmica, que hacían algo distinto
a hablar, a emplear palabras,
pues eran palabras concertadas, que al fijarse
de manera peculiar se les confería
una cierta cualidad y valor
de permanencia, como si pasaran a ser
perlados privilegios de memoria,
para reproducirse sin esfuerzo,
de lo que se deriva imitación
en fórmulas parejas, sobre las que,
los más afectados por aquella propiedad
–que en principio poseían naturalmente–
se lanzaron a meditar y produjeron
el primer desarrollo de una nueva
disciplina, que vamos a llamar preceptiva,
que así entonces y aun mas luego se llamarían
hasta llegar a rodríguez pequeño
y albadalejo, entre otras derivadas.
Curioso era como algo que en rigor no existía,
más que cual distorsión o acendramiento
y variedad de la lengua común natural,
desarrollaba de ese modo
a su lado un nuevo campo, lo que hoy llamaríamos
una ciencia auxiliar. Nada sobre nada. Nada.
Hábito es de la humanidad
ese juego de vientos en el aire,
las más de las veces como materia consciente
o incoscientemente interesada. Pero aquella
nada envenenó el prurito desarrollista
de la humanidad, engatusada, hasta feliz,
creyendo que podría obrar
como le diera la real gana
empleando aquella facultad natural del habla.
Hasta tal punto esto fue así, que a poco
tiempo se convirtió en quehacer de todos,
y vinieron los distingos, las clasificaciones,
modalidades y los demases. Era la era
en que las definiciones se daban por buenas
con poco temor de dios, al que muchas veces
se referían, en último término, como
inexplicables en los ámbitos de un feroz
organicismo, con sus resquicios y fronteras,
bien es verdad. Ha llovido cien años
desde entonces y aun aun no hemos establecido
las bases de este tinglado que da de comer
a nuestros profesores de literatura,
que van y vienen y recitan versos
endecasílabos de Garcilaso,
hablan de la estructura de la novela antigua
y se entregan a otras diabluras inconsistentes,
de poco fiar, que en los planes de estudio
–que suelen ser los planes
de integración de descarriados en cajoncitos
de pensamiento controlado–
se organizan según los intereses domésticos
de un gentío desmesurado,
al que se llama profesores,
gente por lo general gris,
mediocre y de poco valer
que compra corbatas de seda en los aeropuertos
y con su primer sueldo adquiere varios calzoncillos
de Calvin klein, gente que usualmente atrofia o pierde
la capacidad de hablar de modo natural
y espontáneo y que maldita la idea que tiene
de su campo de trabajo y sus competencias.

Volvamos empero a aquella lamentable pérdida
de intentar decir rectamente, 
que hurga que te hurga hemos alcanzado a convenir
que es cosa que viene con las palabras, esto es,
con los ruidos o garabatos
a los que encomendamos, debi
damente trabados: el proceso necesario
de la comunicación. Podríamos hacerlo,
comunicarnos también de otras maneras, cierto,
verbo y gracia
mirándonos a los ojos, tosiendo, llorando,
recitando con el dedo en la espalda
un corazón, como escribe maría,
gritando, haciendo señales de humo, con palomas,
poniéndonos una corbata con el pijama,
pero la comunicación
encomendada a las palabras
constituye un modus operandi
concertado y universal que caracteriza
a todas las tribus humanas;
goza de tanto prestigio como imprecisión.
Y la imprecisión es lo que envenena a los que hacen
versos, gente desesperada
que desde hace cien años
huye y huye sin acabar
de escapar para lograr decir algo
que no podremos explicar
porque entonces lo diríamos y es que no, que no.
Alrededor de esta angustiosa
situación de los hacedores
de versos, a veces llamados también escritores,
se ha venido a generar una industria especial,
como la de Lourdes, quiero decir, derivada,
basada en lo que no sabemos,
y la sobre dicha industria hueca ha generado
toneladas de productos que han servido para,
debidamente distribuidos y consumidos,
retroalimentar –como se dice ahora– al fantasma
de la literatura. A desarrollar cumplida
mente la creencia de que existe
una cosa que es la literatura, cuando en verdad
lo que existe es una actividad
histórica que hemos llamado literatura,
cosa harto diferente,
como voy a intentar seguir demostrando ahora
en este discurso, que tiene
la carencia de que va sobre palabras, contra
corriente, dificultades que habrán de vencerse
con una de las más nobles situaciones que
confiere carácter a la relación profe-alumno:
la de la docilidad. Yo te enseño discípulo,
amado, lo poco que sé cierto, y te presento
como duda todo lo que
no ha conseguido la certidumbre
en mi estimación; tú, caro discípulo, toma,
recibe esa doctrina conociendo
cuál es mi intención, no dudes de lo que te doy
te lo presento como objetivo y como cierto,
que Cervantes nació
en 1547 y que no hay tiza
en la clase.
Pero ay ay ay que ese concierto
exigiría que el llamado profe
estuviera seguro
de lo que sí y de lo que no
está seguro, de lo que opina y discerniera
entre lo objetivo y lo opinable, materia ardua,
con resabios ideológicos, que nos lleva a una
conclusión hiriente: a los profes
clasificables como de “de derechas”
les resulta muy complicado
cumplir su noble tarea, porque han asumido
mayor cantidad de verdades,
incluyendo las que andan
por ahí como opinables, discutibles, falsas.
Es mejor profe el escéptico,
el inseguro, el que me da que no,
el de vaya usted a saber, etc.,
retahíla que se suele ajustar –mas no siempre–
al llamado profe de izquierdas,
o dicho de manera más sutil,
al que tiene muy pocos dogmas en su magín
y aun esos estaría dispuesto a discutirlos
y a renunciar a ellos
si le convencieran con razones y discursos.

Pero decíamos que no,
“no existe la literatura”;
y entonces ¿qué es lo que me hace llorar
cuando leo una rima
de Bécquer? Imposible enumerar
el conjunto de rasgos
que nos ayuden a diferenciar
el volverán
las oscuras
golondrinas
del más coloquial “los gorriones ya están aquí”,
porque a cada motivo
que enumeremos, fácilmente
saltará el listillo y  dirá
que, si es estilo, está en el lenguaje publicitario,
infantil, y en el de los vicerrectores cuando
intentan ponerse estupendos;
que, si es el tema,
no hay modo de encontrar
los que son exclusivos de la literatura;
que si es la invención –el más sutil de todos– hasta
Hayden White convenció 
a los historiadores
de que ellos también inventaban cuando escribían,
y no sería nada difícil demostrar
la invención –en el contenido,  en el artificio,
en la presentación, el conjunto, etc.–
del Diccionario de la RAE o de las clases
en mi universidad de mis colegas
los lingüistas. Se escurre el concepto, que ha creado
una industria auxiliar y feroz, prestigiosa,
que embadurna la sabiduría de filósofos,
historiadores y críticos –la de los teóricos–,
que debidamente organizada, presentada
como logro, injertada
en el plan Bolonia, y demás
zarandajas, dará de comer a buena parte
de los humanistas de este país, de países
que se dicen desarrollados.
¡Pero hace falta la teoría!
me protestan de todas partes.
Claro, claro. En realidad
con “hace falta la teoría”
no dicen que mis alumnos de la Autónoma tengan
que estudiarse los géneros literarios con
rodríguez pequeño, lo que en verdad dicen es
que los humanos piensan
y como los humanos piensan
las cosas suceden dos veces:
una en la realidad
o en el exterior, la otra
en sus cabezas,
por donde pasa –por casi todas– y no puede
pasar con su realidad a cuestas, trabajosa
mente, sino adecudamente
disminuida a esquema mental,
capaz de ser integrada en la máquina
del cerebro, del que tardaremos en saber
mucho tiempo cómo funciona;
a ese “pasar” le llamamos teoría,
sobre todo cuando combinamos el conjunto
de los que se van amontonando de algún modo
para construir la red de nuestra perplejidad,
que se llama conocimiento.
Solo la animalización
–proceso que entra en fases
de crecimiento en señaladas
épocas históricas, como la nuestra– ofrece
no resistenica  a la teoría, sino
asepsia y molicie,
para que la teoría circule por los altos
andamios del cuerpo sin romperlo ni mancharlo.

Quizá de esta manera
lleguemos al punto que quisiera defender,
queridos alumnos, con el que pueda concluir
este exabrupto invernal, provocado
quizá por el desamor que barrunto en S.S.:
no existe la literatura,
pero existe una actividad
y una industria creadas en torno a ese concepto
hueco, que proyecta sobre una
parcela natural del quehacer humano, existe
una actividad –decía–­
a la que se ha convenido en llamar
“Literatura” que, por el papel
histórico que ha jugado en nuestra sociedad, 
en nuestra historia, es muy importante. No es lo mismo.

miércoles, 19 de enero de 2011

Silvas y madrigales: "Normas para buscar por las esquinas...."

normas para buscar por las esquinas
pero siempre falta una sílaba
en donde está la ausencia presente
                                                    y
membrillo y flor de loto     allí ponemos lo lejano
la tarde entona su melancolía
se la enseñó machado para siempre
y ahora     el problema       será     como     salir
si las instrucciones del viento
no se las saben más que las hojas       y las hojas
digan lo que digan los poetas    no hablan   no besan
no se venden en las ferreterías  todo son confusiones
se mezclan los tiempos               y decirse cosas       
parece que es un modo de aceptar lo que se llevan de dentro]
esas palabras
esas palabras
esas palabras
que yo no inventé para que tú supieras algo tan solo algo]
y hubiera un momento en algún lugar de estos madrigales]
en donde pudiera colocar         sencillamente
esto
que te acabo de no decir