Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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sábado, 14 de mayo de 2016

De vuelta


Granada       el Albaicín       se hace muy tarde
hoy es el día de la cruz de mayo
la Cuesta de María de la Miel
ir de vuelta es bastante complicado

por detrás de la Plaza del aljibe
no busco nada más        ando y desando
un botellón en cada esquina       sigo
la Sierra Blanca y el Mulhacén nevado

contemplo callejuelas y horizontes
un campo de cipreses se ha sembrado
la tarde      que desciende entre arreboles
se arrastra en copas     muros     y tejados

el mirador de San Nicolás     repleto
¿dónde termina lo que no ha empezado?






sábado, 10 de noviembre de 2012

María de la Miel


Se llamaba maría de la miel,
llovía mucho, era de noche, andaba
buscando el mirador que buscan todos:
Granada vista desde el Albaicín,

la torre blanca de san Nicolás,
las plazas solitarias y las calles,
laberinto de sueños extraviados,
antros para turistas y farolas

para alumbrar la lluvia y la tristeza
por haberme perdido en una calle,
en una callejuela retorcida
y no en la miel más dulce de los ojos

que me ayudaran a salir sereno
de la noche, la lluvia y el cansancio.  


miércoles, 7 de noviembre de 2012

Luz de lluvia en el Darro


Durante todos estos días ha estado lloviendo sin parar en buena parte del sur: las tormentas llegaban por el golfo de Cádiz y se iban a regar Levante, empujadas por un viento cálido que dejaba la temperatura en torno a los veinte grados. Sabido es que las arcillosas tierras de Levante no retienen bien el agua, que se van al mar, como nosotros, de manera que toda esta lluvia insistente, tibia, duradera, le estará viniendo muy bien al campo, al alboroto humano de las ciudades y a quien tenga el corazón desierto, para que todo se lave y florezca. No sabía yo que había ido a Granada a lavar el corazón.


En la ciudad la lluvia no espantaba turistas, que salían por todos lados en los centros de siempre (Alhambra, Catedral, Zacatín...) y se refugiaban cuando se hacia oscuro en bares y restaurantes; pero tenía el efecto curioso –a un tris de ser romántico– de vaciar las calles, esconder los tumultos y resaltar los colores de las fachadas, sobre todo cada vez que salía el sol a respirar un poco.  



He callejeado sin parar y he encontrado rincones en los que era necesario parar y hablar con el primero que pasara para volver a ser normal, menos mal que la simpatía del conserje de san Jerónimo, la de los dominicos –el Colegio Mayor–, la que me abrió la puerta del patio de San Bartolomé y Santiago, la dama que me avisó en la calle María de la Miel que aquella estrechura del Albaicín terminaba en la calle de Elvira... menos mal, menos mal que –además de percibir que andaba desvariado– intuyeron que me había dado un ataque de melancolía porque había almacenado demasiada belleza. Y condescendieron bastante; y así no me dejaron, por ejemplo, perdido a media noche en un Albaicín vaciado por la lluvia, una situación nueva.


Esta entrada enseña colores de esa conjunción de elementos: otoño, lluvia, el sol inclinado a lo lejos, fachadas ocres.... Es algo que me sobrecogía cada vez que subía desde Plaza Nueva, por la Carrera del Darro, hasta el Paseo de los Tristes y la Cuesta del Chapiz, ya que me he alojado en una residencia universitaria –estaba cumpliendo deberes, en Granada–: el Carmen de la Victoria, al que dedicaré alguna página de este blog. Esa subida a Albaicín era un camino en el que podía ocurrir cualquier cosa al mezclar lo que los ojos me daban y cómo el paseante lo recibía en las entretelas del corazón.


A mitad de camino, he ahí el árbol que guarda el cauce del Darro y se encarga de encenderse cuando el sol se acuesta. Siempre estuve enamorado de ese árbol, y como todos los amores como dios manda, me enseñó la plenitud, pero cada vez que me alejaba también me enseñó la melancolía, casi nunca llegada a tristeza. En esta ocasión ha querido dejarme definitivamente escorado hacia sabe dios qué, porque ha aprovechado todo lo que ocurría –humedad, lluvia, luz, otoño, ruido del darro, viento....– para ser distinto y hermoso, como una buena novia que se adereza para que no puedas salir de su hechizo.


Y no, no he podido salir de su hechizo. Como esa higuera en lugar y situación imposible alzada, allí también junto al cauce del Darro.