Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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sábado, 9 de octubre de 2010

Calabazas a la siciliana y otros platos




La formula para preparar las calabazas comienza con una conversacion con Elsa Guggino, pretigiosa profesora de Antropología de la Universidad de Palermo; a la conversación asiste Enrica Cancelliere, conocida gongorista que ha versionado el Polifemo, y de vez en cuando se pide la asistencia de otros investigadores, entre los cuales, María Caterina Ruta ejerce el verbo explicatorio con cierta autoridad. Tales manejos suceden a una cena en Il Brodo, en la que Giuseppe Mazzocchi –profesor de la universidad de Pavía– y yo mismo, nos llenamos de exclamaciones con las calabazas que nos habíamos servido, como condescendiendo, en el bufete de este reputado restaurante de Palermo. Empezaron por recordarnos alguna carne jugosa y dulce, luego sacamos el tonillo del “agro” y solo muy, muy al fondo nos vino algo del ajo. “¿Pero morado o blanco?”, ajustaba yo con la antropóloga mientras me dibujaba –“un dedo”– la anchura que habían de tener las calabazas, como gajos desbordados, quizá de pomelos, para que el resultado fuera jubiloso. La fórmula era “sencillísima”, ya se sabe que eso es lo que dicen los mejores cocineros cuando se les pregunta por el plato más exquisito de su repertorio, que solo a ellos les sale. Trazadas las líneas maestras, inquiero por los detalles imprescindibles que, como es natural, no se me han dado en el primer despacho: “¿Es el aceite de oliva?”, “¿se fríen o son de vuelta y vuelta?”, “¿van los ajos –y cuántos– enteros o picados?”, “¿se doran o no se doran?”, “¿cualquier tipo de vinagre o tiene que ser uno de sidra, envejecido en cuba de roble escupida por un habitante de Rueda y frotada en Logroño?”, “y el azúcar, ¿de caña, fructosa, de pilón...?” Dense ustedes cuenta de cómo fue la cosa derivando que se nos añadió al contubernio Jacqueline, la mujer de Agustín Redondo, excelente cocinera francesa, a la que rogué que no interviniera con “modalidades” gabachas, porque aquello que nos había sublimado era fórmula siciliana. Jacqueline es prudente pordemás y asistió al acuerdo sin intromisiones culinarias galas.

El resultado ha sido, hoy, mi primera experiencia siciliana. Confesaré sin rubor y con vanidad que me ha salido una calabaza agrodulce realmente majestuosa; ¡y eso que tuve que emplear vinagre de manzana, porque no tenía del “normal” de vino, encarecimiento que se me hizo desde el coro de expertos! Majestuosas.
En los agros se conjugan dos características de la cultura mediterránea: la mezcla de lo agrio y de lo dulce –como corresponde a los productos de la tierra, que tienen otra muestra en los tomates secados al sol–; y la conservación de los alimentos frescos mediante recetas que incluyen el vinagre como conservante, que frena el calor y, además, alivia la sed. Anda por ahí, como se habrá observado, la madre naturaleza haciendo de las suyas.



Dos haceres de cocina más me traje como obligación: una pasta con sardinas, espolvoreada con esa curiosa mezcla de pan rayado y frito mezclado con especias (es la de la foto). Y esa hermosa berenjena que miraron a través de los rayos x en el control policiaco del aeropuerto, por si ocultaba algo en su interior; ocultaré en su interior –troceada en triángulos– queso de sabor fuerte, pues así la probé.

martes, 5 de octubre de 2010

Góngora y las calabazas de Enrica


Porque Enrica Cancelliere es una gongorista que se ha atrevido a traducir el Polifemo de Góngora al italiano –recuerden la hazaña de Robert Jammes– y no tiene la enemiga de hace cuatrocientos años contra Quevedo, hemos hecho unas migas preciosas, que pasan por arroces, calabazas y Guido el Boloñés. No pasa nada si ustedes por el momento no entienden de qué va todo.

La parte que dicen seria afecta a los sonetos que don Francisco escribió al Duque de Osuna, que han sido objeto de comentario por parte de Enrica; uno de ellos se refiere al retrato que pintó Guido Boloñés. La parte ignominiosa se refiere a que yo no había podido saber de qué retrato ni de qué autor se trataba, cosa que ha empezado a aclararme Enrica y que, junto a la identificación de la autoría del busto de Quevedo de la Biblioteca Nacional de España, que estoy haciendo con mi amada discípula, hoy colega, Mercedes Sánchez, objeto será de publicación en esa maravillosa revista que Javier Maldonado y Diana Eguía llevan (manuscritcao).


¿Y las calabazas? Enrica y yo tenemos asuntos serios que tratar además de cómo el "infame turba de nocturnas aves" se ha traducido por un escorzo metonímico, sobre todo a raíz de las antipasta del restaurante (Il Brodo) del primer día, en donde, entre las antipasti o entremeses nos servimos unas calabazas agridulces que hicieron temblar los cimientos de la filología. Supe que Enrica sabía la receta, y desde entonces, Góngora y Quevedo volvieron a unos amores que nunca debieron perder. Estaba por copiarla, pero no así, al menos hasta que ensaye proporciones y tiempos y llegue al chupado de dedos, lo que haré, mientras Enrica me vigila con el SKYPE, que para eso está también la civilización.

De manera que ni corto ni perezoso me he ido hoy por la mañana, aprovechando un hueco, al mercado de Ballaró, al lado de la biblioteca "comunal" y he buscado calabazas (van en la foto); yo no sé si las encontraré de ese calibre y hermosura; ya de paso, he fotografiado a las "tunecinas" (¿una clase de berenjenas?"), los higos chumbos, el pez espada fresco, etc. En la biblioteca, sencillamente, no me han dejado ver el manusctrito del Discurso de las Privanzas de Quevedo... y me he tenido que marchar. En el mercado, no solo me dejaban mirar, sino que me reclamaban voceando la mercancía. ¡Qué tiempos!
Los mercados de Sicilia son catedrales.