He aquí una dama a quien le gustan
las natillas caseras, las de siempre;
ahora ocupar puedo ya la cocina
y armarme de artilugios adecuados
para dejar cada mañana un cazo
de natillas, dispuestas para enfriar,
luciendo su tersura jalde y dulce,
con el aroma de canela en polvo,
que tú te tomarás, encandilada,
feliz, brillándote los ojos negros,
rebañando rincones y cuchara
hasta arrasar con todo lo que quede.
Felicidad al fin lograda y nuestra.
Natillas matinales que te esperan.