Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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viernes, 10 de febrero de 2017

El Madrid de las exposiciones y museos

Reparte no sé si el Ayuntamiento o la Comunidad unos acordeones –desplegables– con muchas de las actividades que tiene lugar en Madrid:está bien, pero es irregular y equívoco en algunos casos, hay que andar con tiento: la exposición de Sicilia se había terminado el 5 de febrero...., mala suerte. El artista, lo digo en homenaje simpático, había ilustrado la edición que la imprenta artesanal hizo del Cancionero y Romancero de Ausencias, de Miguel Hernández, preparada por Pablo Moíño y por mí. De manera que me escapé corriendo para poder ver la de la Imprenta artesanal, en la calle Concepción Jerónima, que se anunciaba con un bonito grabado del Madrid viejo y el goloso título de: "La Corte de las Letras. Miguel de Cervantes y el Madrid de su ´época". Nada de nada. En sala alta de tan hermoso espacio se habían ordenado unos cuantos dibujos, varios retratos y un montón  de libros de época. Los dibujos, insulsos; los retratos (Cervantes, Quevedo, Lope...) tardíos y falsos; los libros, elegidos a la buena de dios, sin que tuvieran mucho que ver con Madrid. Eso sí, el espacio –pisos y taller de abajo– sigue siendo el lugar adecuado para saber cómo se hicieron los libros; pero de eso ya hemos hablado.


De allí me escapé, por si me daba tiempo, al CNARS, el Reina Sofía, andando, para ver una vez más, al ladito, en la misma calle, el lugar en donde estuvo la casa en la que en algún momento residió Velázquez, con la grata sorpresa de que, en la de al lado, repintada de mostaza, se ha colocado placa nueva para recordar que fue la casa del Abate Marchena. Muy bien. Madrid es historia, sobre todo historia. Fui por la calle Magdalena y recorrí otra vez la calle de Santa Isabel, hasta desembocar en la feísima plaza (que no tiene nombre, por cierto), a pesar del viejo hospital, de sus ascensores trasparentes y, sobre todo, del palacio Sabatini, que alberga el Conservatorio de Música, al que también dediqué una viñeta en este blog.


Llegué tarde al CNARS y pregunté, para no perder tiempo, que donde estaba la exposición de Bruce Conner.... pero se abre el 22 de febrero. De manera que deambulé por las hermosas galerías de ese espléndido lugar (¡qué suerte y qué buena idea convertirlo en museo!), buscando el amor de algún cuadro, y me entretuve contemplando el patio central, con los árboles recién podados. Buscando mis amores pasé por esas salas con presura, y yéndolas mirando, delante del Guernica, había una turba. Descansé en la salita de Solana, por ver si andaba por allí el  Ciego Fidel (sí el de Los Cuernos de de don Friolera, ¿todavía no lo ha explicado nadie?) y me entretuve mirando como Valle se lucía por el Paseo de Recoletos.


 Antes de salir tomé una foto de la Barceloneta –anónimo– a finales del siglo XIX, porque mañana, allí iré a cenar. ¡Cómo ha cambiado!



martes, 8 de noviembre de 2016

Domingo en las playas de Barcelona, mayorista de alcachofas


Probablemente fue el último día del larguísimo verano, y la gente se echó a la calle, en donde –por mor de los turistas– en Barcelona siempre está. Hay dos o tres focos imposibles de recorrer en horas normales: el Born, la zona monumental a veces llamada el gótico de Barcelona y la Sagrada Familia; sin embargo, el gentío se soporta mejor en las largas avenidas que recorren el mar, pues una de las orillas, la del Mediterráneo, está libre desde hace más o menos un mes, aunque ayer todavía hubo un par de bañistas atrevidos que montaron el espectáculo de la envidia. Y además, siempre puede uno echarse a la playa, en donde se atreve menos gente, y allí en la playa, charlar un rato con arena, olas, paseantes perdidos, chinas mayores que ofrecen masajes, indios que venden telas de colores, magrebíes que te ofrecen una cerveza fría....


El domingo en la playa vio pasar tormentas que venían de Galicia, ya deshechas, jugando al escondite con el azul del Mediterráneo, alimentando la brisa para que se embravecieran las olas –nunca podrá presumir este mar de esa gracia, lo suyo son los colores.

Luego, vuelta por la Barceloneta de tascas y vecinos, para subir por la calle Wellington, una de las más hermosas de Barcelona, si se logra ignorar que lo que hay detrás de las tapias de uno de sus laterales, el de los grandes plátanos, es un zoológico, con la música ocasional de la serpiente del tranvía, hasta desembocar en la estación del Norte, y entrar, una vez más, en el parque de la estación, allí donde el modernismo –una americana, en este caso– maridó con los jardines, sobre todo con los abedules.


El ayuntamiento de Barcelona tendrá que decidir que hacer con los ciudadanos que, aun respetando a los perros, no quieren compartir con ellos un par de horas en un banco del parque, porque todavía no se les puede decir que no llenen el prado de excrementos u orines, que respeten el silencio y la tranquilidad de quien lee, que no jueguen a lo bruto entre los niños, sobre todo los que pueden ser repentinamente peligrosos. En fin. 


El parque de la estación del norte es un precioso jardín habitado por un ejército de perros, que no permiten ningún tipo de sosiego. Cualquiera lo dice. También se puede aceptar como lugar de perros e irse a pasear o a leer a otro lado, que es lo que hube de hacer cuando mi banco pasó a ser compartido por dos humanos más.... con sus perros, alegres, juguetones, divertidos.


Nunca imaginé que la fideua –que nació en Gandía– pudiera ser plato exquisito en Segrons Mercat, uno de los muchos santuarios de las tapas en Barceloneta. La ilustración, sin embargo, es la de un plato de alcachofas con virutas de un "mi cui", primero porque siempre me resultó difícil y apasionante –a falta de otras cosas– cocinar las alcachofas, que aquí van cortadas, enharinadas y fritas; luego, porque uno de mis corresponsales chinos en wechat no conoce –como en China, en general– esa sabrosa hortaliza. En la próxima reencarnación seré mayorista exportador de alcachofas a China. Que sí.
Estaban ricas, pero yo las hago mejores, como sabe quien haya recorrido este blog, o quien escriba en su buscador "alcachofas".