Experimenta poco el agricultor gallego, muy apegado al cultivo mayoritario de maíz y patatas, lo primero me dicen que por servir para alimentar al ganado; entre las hortalizas, cultivan mucho el tomate –grandes y jugosos, pero con menos sabor que los de tierras del sur–, las lechugas y las judías. Entre las frutas, además de las muchas variedades de “peladillos” y “blanquillas” (las nectarinas de otros lugares), tienen una gama extensa de peras y de manzanas, que lamentablemente se va empobreciendo a favor de las dos o tres variedades globalizadas (la golden, verde doncella, starking, gran smith...) De los cítricos, Galicia es tierra de limoneros; raro es la finca o la casa donde no los hay, con fruto durante todo el año, aunque éste el temporal dañó muchísimo al limón, lo que se nota en su precio desorbitado. Se ha aclimatado muy bien el kiwi.

Sería interesante –quizá se esté haciendo en otras zonas de Galicia– intentar aclimatar productos de huerta y tropicales, todavía exóticos y caros en el mercado español, pienso en frutos como el de la papaya, la frambuesa, la lima, la guayaba, los helquenques (¿...?)... Pero hay muchos más que, a veces, por curiosidad, hemos plantado y que se han dado muy bien. En otro momento me referido asimismo a productos florales (citaba el caso del heliotropo, con dos ilustraciones en esta página), en una comarca en donde reinan camelios y hortensias.
Yo no tengo nada de huerta, pues no puedo cuidarla, no podo mis manzanos, recojo en agosto las avellanas y estoy esperando que se renueven mis limoneros, que ya tienen mucha flor y algún fruto pequeño empezando a medrar (ilustración).
Los ingenieros agrónomos del gobierno gallego de Santiago sabrán de ello.

El último y dramático temporal al que he aludido en alguna ocasión, que tuvo su lugar de mayor virulencia en esta zona, se llevó los árboles mayores, en mi caso: un nogal, un chamecípero, una hilera de laureles romanos...; y los que habían alcanzado la frondosidad, a pesar de sus raíces poco profundas, como un madroño o un espino blanco (“albar”, en el romancero). Resistieron a duras penas los más esbeltos y que ofrecían menos cuerpo a los embites del viento, como los espigados enhebros –que se han quedado escorados hacia el oeste, como se ve en la ilustración–, el tejo dorado (foto), el cedro del Líbano –apenas se inclinó–, el árbol de Júpiter, con su juego de ramificaciones huesudas; y resistieron castaños –de la tierra–, avellanos –de una dureza peculiar–, arces, el cornejo, los acebos... Vivió su aventura un alcornoque, que me había traído pequeñito hace unos años del sur, y que medraba despreocupadamente en medio del prado. El temporal lo tumbó y casi lo desgajó; pero tumbado el tronco principal, ha torcido una de sus ramas que se ha erigido buscando azules –como hace la secuoya cada vez que pierde la guía cuando el cuervo la utiliza como atalaya– y anda ya con aires de árbol volviendo a ocupar su lugar.
Mucho más discretos y humildes, los limoneros se quedaron en el esqueleto, y se han empezado a recuperar lentamente ahora; dicen los lugareños que al limonero le gusta que le castiguen y que más limones da cuanto más se le quiebra, derriba, dobla, corta... Si así fuera, estarían en el límite de su felicidad; pero esta vez el castigo casi acaba con la población de limoneros que confiere a toda esta tierra un sabor peculiar con rincones llenos de árboles como iluminados por viejas bombillas.

Le pasa al limonero lo contrario que al saúco, uno de los árboles más frecuentes en este rincón, árbol que de verdad nunca termina por morir y al que ya se le puede cortar una y mil veces, que siempre rebrota (como el de la foto), primero como arbusto de caña fofa y hoja de un verde vivo, y luego, poco a poco, cobrando el porte de árbol generoso, que según dice Font Quer, se consideraba árbol sagrado. De todos estos árboles existe una tradición culinaria y farmacéutica, que se está perdiendo a favor de la botica, en donde uno encuentra todo hecho pastilla. Tengo, empero, varias plantas que todavía utilizo directamente, como contaré en la última viñeta, y no solo las típicas de las infusiones (mentas, hierba buena, hierba luisa, romero, salvia, toronjil o melisa...), sino las propias de ungüentos y cremas.

Precisamente, y para terminar con bien, quisiera aludir a una última planta que se me ha aparecido como de uso directo en un restaurante del lugar (“A Revolta”): las ortigas. Ya me habían avisado que se empleaban, debidamente rehogadas, en ensaladas y revueltos; pero no me he atrevido nunca a cocinarlas, porque las recetas siempre eran algo vagas. Tapeando hace unos días en ese restaurante vi que en la carta se ofrecía “revuelto de ortigas” (tapa a doce euros, por cierto), pregunté al camarero, me dijo que sí y que exquisitas, y aun no las pedí. En algunos lugares me han narrado anécdotas de personajes que las guisaban y tomaban, pero yo no he visto nunca a los lugareños que las recojan o las empleen, ni siquiera para el uso erótico que de ella hacían los romanos. ¿Sabe alguien, de verdad, cómo se cocinan?