Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

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miércoles, 29 de diciembre de 2010

Clara


Llevo un tiempo mirando a Clara, discretamente, creo que sin que ella se dé cuenta. Es demasiado joven para saber lo que puede haber detrás de algunas actitudes y gestos de los adultos. Nos vamos a ir, pero le pido que me espere un momento mientras entro en el bar y le dejo sentada en la terraza. Eso me permite, por lo demás, rebajar la emoción que me produce y disimular. Atardece en madrid, una hora mágica para mí.
La memoria selectiva no me deja recordar muchos otros detalles del madrid destartalado y ruidoso que yo conocí, y sin embargo, sin embargo, mantiene contra viento y marea detalles absurdos que no tendrían por qué haberse conservado con tanta nitidez, en este caso inextricablemente unidos al atardecer. Me acuerdo por ejemplo y con precisión fotográfica,  de la mirada casi suplicante de aquel hombre –solo ahora pienso que era bastante viejo– mientras yo esperaba en el metro de Goya no sé qué; fue el tiempo que calle y cielos pasaron de los azules suaves, que se iban diluyendo, a los azules densos de la noche. Volvía de un partido de fútbol, y tendría que ser verano o poco antes, porque no me había cambiado el pantalón de deportes, los calcetines gruesos me picaban y constantemente me agachaba o me movía para rascarme las pantorrillas, o me hacia un hueco en la camiseta para soplarme y refrescarme el pecho; cansado como debía de estar, me acuerdo que buscaba asiento cómodo y me movía de un lado a otro, arrastrando una bolsa de deportes, que estaría, como yo entonces, sucia, maloliente, desordenada.... Modo despreocupado de vivir que solo se permite la adolescencia. Tenía ganas de llegar a casa, hacia calor, sentía sed y no me afectaba tanto como otras veces el juego de colores del atardecer; una sensación que más tarde he intentado describir de mil maneras, y que casi nunca lo he conseguido. Sensación de pérdida, que entonces probablemente, no relacionaba con ninguna otra circunstancia, se quedaba en sensación. Y aquel hombre me volvió a mirar; pensé que se había confundido; los pocos años que yo tenía no me llevaron a extraer ninguna otra explicación, sencillamente, no me paraba a pensarlo. Aquella mirada tan peculiar, sin embargo, prendió en mí durante unos segundos; la sentí, y me fui con ella: ternura, pasión, deseo, secreto, vergüenza, tristeza, soledad.... cuántas cosas he ido descubriendo en aquella mirada, que no supe interpretar, como el comentario jocoso del quiosquero, que debía de haber observado todo: “¡Cómo le tienes, chaval....!”, que se reía mientras yo entraba en el metro.
Al pasar hoy por delante de los espejos del bar y decirle a Clara, que me esperaba, que volvía enseguida, mientras, desaliñada, jovial e indiferente buscaba sabe dios qué en el bolso, he reconocido aquella mirada en mis ojos.


[Denis Antonio]

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