Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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martes, 6 de septiembre de 2011

Sexo, sexo, sexo







Sexo, sexo, sexo. Es lo que la gente quiere. Los índices de audiencia son tan claros. Los índices provocan audiencias, las audiencias provocan índices; la desinformación y la falta de imaginación provoca que las audiencias vayan a donde los índices obligan. Nunca he creído en los índices; y seguiré escuchando la pavana de Ravel aunque nadie ya nunca jamás la escuche; y seguiré leyendo las odas de fray Luis aunque ya nadie jamás las lea; y seguiré manteniendo mi espacio de creación aunque no tenga índices....



Fútbol todos los días y en la tele. Motos, al mediodía. Y pornografía cuando la noche asciende. Hasta me dará estipendios si “monetizo” las entradas y frecuento, con un buen hacer, el maravilloso mundo de la sexualidad, en cualquiera de sus manifestaciones más descarnadas –no hay que tomar las palabras literalmente, en este caso.
Luego, el material es tan amplio, tan diverso, tan variado. Millones de cosas que no sabía. El sexo que se extiende por las galaxias, los tebeos, la comida, la fauna y la flora, las desviaciones genéticas.... ¿Sabe Vd. que se pueden lograr excitaciones diversas con hormigas, cucarachas, peces, elefantes; dejando que te peguen con varas de ortigas allí donde más te duela –está en Font-Quer, de Roma–; aplicando una lupa o derramando cera en los pezones de alguna dama; intentando mezclar bestialismo y ecología; escuchando canciones de bicet o de antoñita moreno....? ¿Qué mundo nos estábamos perdiendo? ¿Será verdad que se alcanzan cotas de felicidad inauditas mientras te pinchan los testículos con agujas japonesas sin que puedas gritar, porque una bola te ocupa la boca? Y si yo en un vagón de metro decido hacer guarrería con alguna japonesa, ¿será verdad que no solo nadie me ve, sino que la japonesa en cuestión –que emite grititos­ y cierra los ojos– terminará por hacerme una fellatio a mí y a dos buenos señores que iban por casualidad en ese vagón a la estación de Pueblo Nuevo?

Ay, mundo desconocido, procaz, sin fronteras, como este universo del que se dice ahora que se nos va eternamente en expansión hacia un lugar que antes no existía. ¿Cuál será el futuro del sexo? ¿Haremos guarrería hincándonos materia cósmica en salva sea la parte mientras una estrella fugaz derrama lluvia de oro –como en los cuadros de tiziano– sobre el ombligo de un trisexual trasformado en mariposa? Como en la película de Lee Chang-dong (Milyang, Secret Sunshine, 2007: se puede ver en el Doré –no la vean, es muy amarga), nos llenaremos el pecho de mariposas cuando vayamos a los polvos imprevistos que una pulsión sanguínea te reclama. ¿Serán todo metáforas o vamos al infinito y más allá? Y serán mariposas con insospechada forma de efebos epicenos.




Inquieto me tiene la cuestión porque, se mire como se mire, se trata de uno de esos viajes constantes de la imaginación humana, cuyas bridas mantiene a duras penas, primero, la moral heredada, luego el temor social, finalmente la estructura misma de nuestras formaciones sociales con su paso por estos momentos históricos. Y en la caverna de cada individuo las “cárceles del alma” (bien sé que es el título de una novela del húngaro 

A. Huxley, el que se fue de España cuando vinieron los Beatles) mantienen encerrado al animal, como bien saben los socialistas franceses o, para no salirme a muchos ejemplos, el “pastor” de la película citada de Lee Chag-dong, que termina por sucumbir a las mariposas de una feligresa.


La viñeta, que habrá de tener su continuación, para cebo de lectores inquietos, habría de considerar al menos dos cosillas: ¿qué hacer con la materia de esas cárceles, con las mariposas, con Strauss; qué hacer? Segunda: añadiremos las ilustraciones cazadas en los millones de páginas eróticas, pornográficas, humanas –clasificables desde otras muchas perspectivas, desde logradas y bellísimas hasta irritantes– recogidas en un par de horas de los de no te digo nada, que den color –obligadamente desde mi perspectiva y con pequeñas censuras– a esta parte reflexiva que no, desde luego que no, puede liberarse de la otra más que por un pudibundo ejercicio teórico.

Y con un aplauso final. ¿Dónde estaba todo este mundo, dónde los millones de páginas con sus espectadores y sus índices de audiencia imbatibles cuando no estaban? En las cavernas, en las sombras de los individuos, en los asientos oscuros de los cines baratos, en las revistas millonarias que nunca ocupan las mesitas de las salas de espera, en los correlatos pensativos de las canciones de ritmo más salvaje, en la llegada de la noche en medio de una ciudad de rasgos poco marcados....

Algún tapón se ha destapado, algo ha quedado al descubierto y se extiende sin fronteras también liberando a la gente de esa sensación de culpabilidad. No está mal. Para corresponder a todo ello, he elegido las curiosas –y muy logradas– ilustraciones de la parte más imaginaria del asunto, de manera que el sexo, en esos momentos, crea e inventa a partir de una realidad descompuesta para que dibuje los deseos.

Porque, ¿dónde estaba toda esta fantasía y su correspondencia real cuando dominaba el gris, la mojigatería, el disimulo, el recato, la contención, el ocultamiento....? ¿Quién ocultaba todo esto y para qué? Etc.

viernes, 27 de mayo de 2011

Sexo, arqueología e historia








Es bastante curioso que en el impresionante Museo Arqueológico de Nápoles –uno de los mayores del mundo, por sus colecciones, por su ubicación y por el edificio– después de haber recorrido las salas de las medallas, o de haber visto la colección Farnesio, a la estancia de los papiros, las ruinas de Herculano, de Pompeya, etc. en un extremo del museo nos avisen de que hay una exposición solo para mayores de catorce años o de menores acompañados. Se exponen y en cierto modo arrinconan en aquel lugar las representaciones de carácter sexual de todas aquellas excavaciones. 


La dificultad de discernir sobre el tema ha obligado a llevar allí cosas muy diferentes, que, además, al ser juzgadas por criterios actuales, se mezclan con poco temor de dios y producen una extraña sensación de batiburrillo, porque uno se encuentra pinturas y mosaicos enternecedores al lado de imágenes grotescas, escenas mitológicas o priapos descomunales. Es decir, si el criterio ha sido "aquí lo que es sexo" y se ha desechado lo que hubiera podido ser: "aquí lo que es humor" o aquí lo que es "intensidad erótica", etc. el resultado es extraño. Al lado de la escena de dos varones estilizados y musculosos que se engarzan buscando la tensión emocional, el falso realismo de un fauno de proporciones descomunales; al lado del falo gigantesco que en la pared serviría para colgar ropa o luces, una escena realista de cópula hombre-mujer; al lado de la representación de Dafne convirtiéndose en laurel, una escena de bestialismo.... hasta llegar a imágenes como la del monigote que en la frente lleva los órganos sexuales (¿en el lugar del pensamiento?).







Emperadores, escritores y artistas se representan con solo el busto: interesa su parte intelectual, su cabeza; los soldados, deportistas, bailarines y militares, estatuas de cuerpo entero, porque así interesan, por el conjunto de sus habilidades; las escenas sexuales parecen ocupar ámbitos más cerrados, quizá familiares, pero se representan y se exponen, quizá como un índice de que la moral más pacata que habrá de venir no ha logrado todavía encerrar el cuerpo en el rincón secreto de los peligros que acechan al alma.
Me temo que no se puede ampliar el tema de aquellas salas a, digamos, el erotismo del mundo clásico en aquellas excavaciones, pues no lo hay en las representaciones burlescas; y sin embargo sí lo hay, disperso por todo el museo, en la representación marmórea de algunos desnudos, en la postura de gimnastas y efebos, en la ropa mojada de matronas, el el descanso descuidado.... 



domingo, 10 de abril de 2011

Sexo y prostitución

El tema de la prostitución estaba en mi cartera, sobre todo desde que asomó a propósito de otras cuestiones. Sé que debe ser tratado con prudencia, precisamente porque de la buscada confusión de términos y otras manipulaciones surge la fácil postura condenatoria; en realidad se intenta referir todo a generalidades, desde las que se mezclan unas y otras cosas para concluir de modo interesado, sin hacer distingos. Y además, el tema prostitución anda contagiado –y nunca se curará– del tema de la sexualidad y de su realización: apunta el de la sexualidad a la condición animal (no es peyorativo), apunta su realización al devenir de las ideas sobre el hombre, la sociedad y su formación. ¡Qué mezcla!
Recuerdo que una primera desviación de la doctrina condenatoria general me vino cuando vi la abnegación de todos aquellos que dedican parte de su vida a combatir las carencias de la condición humana, y particularmente a determinadas actividades propias de ayudantes sanitarios, enfermeros, médicos, asistentes sociales, etc. Todos ellos se ganan la vida con tareas que, en muchos casos, exigen habérselas con enfermedades, carencias, dolor, maldad, etc. Y lo hacen. Frente a los que realizan voluntariamente esa actividad como modo de hacer funcionar su vida y su contexto social, puede haber personas que realicen actividades que busquen no aliviar el dolor o la enfermedad o la carencia, sino provocar el placer, la delicia, el desahogo.... Así enunciado, pocos habrá que se atrevan a condenar a los que han elegido voluntariamente –y quizá con menos resistencia o repulsión– cuidar las carencias de placer de sus iguales.
Es en esos momentos cuando se añaden argumentos nuevos:
1º) los que así obran lo hacen obligados. ¿Eso es cierto? Condenemos, por tanto, a los que se les obliga a ejercer la medicina, la cura social, la prostitución.... Ocurre, sin embargo, que el término “obliga” es vidrioso. Creo que a los vigilantes que pasan más de ocho horas en el sótano 3º de un aparcamiento  –verano o invierno– obligarles, obligarles nadie les obliga, y vocación exactamente para ese trabajo no creo que tengan, ni en ese caso, ni en miles de casos más. Sencillamente hacen lo que pueden en el mundo laboral y social en el que sobreviven. El término “obligación" depende de complejas circunstancias histórico sociales, que se deben de analizar cuidadosamente.

2º) No es lo mismo, he oído argüir en otros casos, realizar una tarea o trabajo –hospitales, centros asistenciales, trabajo con deshechos, con material peligroso, etc.–, por negativo que sea, que realizar un trabajo en el que se pone en juego la “intimidad” propia (la ajena no cuenta, porque quien solicita ese tipo de trabajos quiere que lleguen a la suya). Nuevamente el problema tropieza con otro concepto vidrioso, el de “intimidad”, un santuario que sabemos cómo se fue forjando históricamente, cómo se desarrolló al mismo tiempo que las civilizaciones burguesas, como se sacralizó.... Y cierto es que no podemos tratar como objeto inocuo algo que ha alcanzado históricamente el carácter de logro de la civilización (sociedades modernas), que a veces lo ha convertido en altar intocable (su sanción religiosa); antes de destruir ese estado de cosas habría que cambiar la urdimbre de nuestra estructura ideológica, la alcanzada, la lograda, la sacralizada o la consentida, lo mismo da.

3º) A estas alturas de la argumentación, dos cosas pueden quedar fijadas: sea la primera que estamos hablando exclusivamente de aquellas personas que individualmente optan por entrar en ese comercio sexual, no de aquellas a las que por medio de un chantaje o imposición directa se le está obligando a esa conducta. Resolver esa situación ha de ser tarea, finalmente, de carácter policiaco, social y judicial; de la misma manera que cualquier otro tipo de esclavitud. Y segunda cuestión: hemos entrado en terreno histórico, en donde los conceptos básicos no son dogmas, sino resultado de juegos ideológicos muy complejos, que definen, en cada caso situaciones individuales.
4º) No cabe, por tanto, hacer funcionar como lema único el paraguas general, y dejar que ese paraguas lo empuñe un conservador, un calvinista, un anarquista, un naturalista.... Una vez más –era de esperar– la definición e interpretación (y no digamos la valoración) de la conducta sexual que lleva a la prostitución ha de ser considerada a partir de un conjunto de elementos variables, delicados, cambiantes, que como las nuevas teorías de la física sobre materias mínimas, se asocian de manera inextricable para ocasionar una conducta, sea reaccionaria, sea progresista, sea misteriosa.

5º) En toda la parafernalia conceptual que precede han aparecido –pero no con el subrayado que se merecen– dos aspectos fundamentales: el de la mercantilización y el de la graduación de la apertura sexual. Es evidente, en el primer caso, que el imparable y moderno proceso de mercantilización de todo hace mucho que llegó a las conductas sexuales y las mueve y las orienta. Muchas damas abren su conducta sexual a campos íntimos no por “obligación”, sino para logros que socialmente no conseguirían sin el dinero. Muchos varones hacen uso –directo o indirecto– de ese mismo poder para logros sexuales que no alcanzarían de modo más individual y simple (el poder, la fama, etc. cumplen el valor del dinero). La veta mercantil introduce, por tanto, un argumento muy sólido, nada desdeñable, a veces determinante, sobre las conductas de las gentes; y esa veta se remonta a sistemas de producción con estructura ideológica, que no se despachan de un solo plumazo (por ejemplo: toda las conductas sexuales fuera del matrimonio son perversas; todas las perversiones sexuales son reprobables; todo comercio sexual es innoble....) 
En cuanto a la graduación de la conducta sexual, no voy a terminar esta sencilla y humilde entrada haciendo distingos en las páginas de publicidad de los llamados “contactos” entre lo que es masaje, griego, beso negro, tántrico y demás curiosas variedades; pero es evidente que cada persona gradúa el tipo de “intimidad” que vende, cambia, compra o permite.


Esta entrada hubiera debido conectar con el abate Marchena, cuya invención de un fragmento del Satiricón la había provocado, y cuya conducta estaba en consonancia con su actuación histórica, desarrollada, finalmente, en un momento histórico en el que las ideas naturalistas –Rousseau al fondo– corregían para bien el triste triunfo de la castidad.
Y como tantas veces cuando hablamos y pensamos, no se trata de resolver sino de reflexionar: la historia nos da datos y secuencias, no se trata de llegar a una solución, sino de intentar que esos datos no se tergiversen. 
Las ilustraciones, que no pueden ser retratos de Rousseau, servirán para medir el grado de intimidad que cada uno conserva y dónde empieza a sentirse invadido y donde no. Yo aconsejo, sinceramente, que se sea muy generoso a la hora de invadir y ser invadido.