Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

Mostrando entradas con la etiqueta Monasterio de la Encarnación. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Monasterio de la Encarnación. Mostrar todas las entradas

jueves, 20 de septiembre de 2012

Cómo se hace una hagiografía

Iglesia de la Encarnación (Madrid)
En varias ocasiones nos hemos ocupado en este blog de Luisa de Carvajal, cuya biografía real se resuelve en los sucintos datos que ahora encadeno, empezando por la portada que culmina el proceso de lograr una hagiografía: 



Su biografía se condensa en estos datos
Jaraicejo  (1566, Extremadura) - Londres (1614). De uno de los grandes clanes nobiliarios, los Mendoza, huérfana (1562) pronto, se educa en la corte con las infantes y la madre del futuro Cardenal Sandoval, con su tío el Virrey Francsico de Mendoza, en Almazán (1576) y Pamplona (1579), luego en Madrid –donde se independiza, c. 1590– y en Valladolid (1601). Deja toda su fortuna a los jesuitas (1604) y en enero de 1605 parte a Inglaterra, donde vive nueve años bajo el amparo de los embajadores ayudando a los católicos e intentando convertir herejes. Detenida varias veces. Muere en enero de 1614. Uno de sus valedores, Rodrigo Calderón, se hace cargo de su cuerpo cuando se trae a España y lo lleva a Portaceli de Valladolid, de donde lo manda exhumar Felipe III para depositarlo en el monasterio de la Encarnación de Madrid, en donde hoy está y ha recibido varias veces la visita curiosa de este rapsoda

Informe del Conde de Gondomar (es copia del original, en el Archivo del Palacio Real)

Primer panegírico, de Salom
El proceso crítico se condensa en este párrafo
Acabo de terminar, para una reunión sobre  Vies d’écrivains, Vies d’artistes dans l’Europe moderne (Espagne, France, Italie, XVe-XVIIIe siècles) que va a tener lugar en París la semana que viene, acabo de ordenar, decía, los materiales con los que se va construyendo  la historia de su vida, deslizándose poco a poco hacia la hagiografía; y lo que allí expondré tendrá que ver con esas significativas derivaciones de los biógrafos que parten, primero, no de la historia, sino de lo que les ha llegado de la historia, y sobre ese material seleccionan y desechan al mismo tiempo; y después de tan arriesgada operación –desde su condición histórica y de su formación ideológica– se lanzan a redactar la vida: la biografía en la que culmina este proceso veinte años después de la muerte de la Mendoza (en 1614) aboca a un verdadero tratado doctrinal cuajado de pasajes sermonarios: todo lo que la dama hizo, trasfigurado por el tiempo y el biógrafo, es ahora materia sacra. Véase el modelo e este arranque de capítulo, uno entre muchos:


Los pasos que han jalonado esa construcción comienzan por las honras fúnebres y los panegíricos, a poco de morir o de conocerse su muerte. En el caso de Luisa de Carvajal se acrecientan con las numerosísimas deposiciones de testimonios para su beatificación. Si ese es, digamos, el material ajeno; como material propia se echa mano de las cartas –muy numerosas– y del propio relato de Luisa, el que le mandaron escribir sus confesores. Existe un conjunto de textos menospreciados: sus poesías, que sin embargo ella copió con esmero y conservó con cuidado. Son poesías místico-pastoriles, que fácilmente podrían leerse como profanas.


Plaza de la Encarnación, en Madrid, con la fachada del monasterio en donde se encuentra el cuerpo de Luisa de Carvajal
Obra: dejó papeles varios, entre los cuales, un regular conjunto de poesía lírico-religiosa; un rico epistolario; un conjunto de escritos y papeles referidos a sus actividades, como el relato de sus propias experiencias evangelizadoras. En 1626 se abre expediente para la beatificación, que no se termina, y que también se conserva.

Camino hacia la hagiografía (testimonios)
1616 Informe del Conde de Gondomar, embajador de España en Londres. Manuscrito.
1616 papeles biográficos de su proceso de beatificación en el Achivo del Palacio Real
1616 Oracion panegirica, es a saber exortatoria y consolatoria de la muerte de... doña Isabel de Velasco y de Mendoça, Marquesa de Carazena...: con una breue Relacion de la muerte de doña Luysa de Carauajal y algunas cartas suyas... / compuesta por... Fray Miguel Salon (Valencia: Patricia Mey)    
¿1618?  En las honras de doña Luisa de Carvajal…. sermón fúnebre por el padre Juan de Pineda, de la compañía de Jesús, en el seminario de los alumnos ingleses de San Gregorio de Sevilla.
1632 Luis Muñoz, Vida y virtudes de la venerable virgen doña Luisa de Carvajal y Mendoza…., Madrid: Imprenta Real, 1632  Empleado en las colecciones más conocidas de la BAE (1965), en la ed. de Barcelona (1966), etc. hasta los trabajos críticos actuales.

El libro de Luis Muñoz (1632) culmina el proceso hacia la hagiografía.




miércoles, 2 de noviembre de 2011

El Conde de Gondomar notifica la muerte de Luisa de Carvajal

No me he olvidado de esa extraordinaria figura que es Luisa de Carvajal, no, quien emprendió el camino del Quijote  y se fue a convertir herejes a Inglaterra, cuya documentación –y textos– se conservan, en su mayoría autógrafos, con sus poesías; muchos publicados en la BAE. De hecho, asistiré a una reunión de hispanistas franceses en París, el próximo enero, para hablar de ella con mis colegas galos, en el contexto de una reunión sobre herejes, magos, inquisidores y demás gentes que vivieron en las fronteras de la religión durante el tiempo de Cervantes, con el que comparte tiempo y espacio antes de viajar a Flandes primero, a Inglaterra luego. 


Mientras tanto, voy a dar a conocer algunos documentos sencillos. La noticia que va aquí, extraída de entre otras muchas de la Biblioteca del Palacio Real de Madrid, es la notificación del Conde de Gondomar, embajador español en Londres, de que la "señora Luisa de Carvajal" ha muerto. 

Seguirá enseguida una viñeta sobre la condesa de Castellar, corresponsal habitual de Luisa de Carvajal, que tenía a gala corresponderse con toda la aristocracia española: la condesa de Miranda, mujer del presidente del Consejo Real; Rodrigo Calderón; etc. A la condesa de Castellar llega hasta a pedirle dinero. Bueno, ya lo veremos, pues la noticia se inscribe en un panorama más amplio, el de la fiebre conventual en los años de la picaresca y la corte en Valladolid (1600-1606).
Transcribo los párrafos de referencia (la letra, de amanuense profesional, es muy limpia):

".... a mi señora Luisa de Carvajal le ha cumplido dios lo que deseaba, que era morir en Inglaterra y mártir, porque hoy ha espirado de una larga enfermedad, o muchas, causadas todas de su gran abstinencia y penitencia. Hanos dejado en grandísima ternura y soledad, y por otra parte, con muy gran consuelo de la paciencia con que sufría sus achaques y las persecuciones que tuvo en este reino, y la alegría y contento con que acabó su vida y su muerte ha sido cosa rara. El padre maestro fray Diego de la Fuente, mi confesor, y el padre Miguel Valpolo, que lo era desta sancta señora,que es aquí cabeza de los padres de la Compañía, y gran persona, estos dos padres asistieron continuamente, así en enfermedad y muerte, y toman muy a su cargo escribilla, que pienso que será mucho de ver y de grande edificación, de que enviaré copia a vuestra excelencia.
Murió mi señora doña Luisa en el cuarto que tenía en esta casa en que yo vivo, y así hemos hecho junto al altar mayor de mi capilla un arco donde depositalla, por no enterralla en las iglesias con los herejes y por conservar esta reliquia en mi casa y podella llevar a España cuando me vaya. si place a Dios.......


El cuerpo "incorrupto"  –embalsamado, se quiere decir- de Luisa de Carvajal está hoy visiblemente depositado en la sala de reliquias del monasterio de la Encarnación, en Madrid.


viernes, 16 de septiembre de 2011

Desarraigos; el Quijote y Luisa de Carvajal

Partiré, creo, en dos días. Voy sola de todo lo conocido, y esto me consuela, viendo que nuestro señor me quiere así; y de una vez parece lo he querido arrancar todo

Patio del Palacio Real, desde la puerta del archivo
Pertenece el párrafo al epistolario de Luisa de Carvajal.
Al mismo tiempo que se publicaba la primera parte del Quijote, casi hasta el mismo mes y casi en los mismos lugares (enero de 1605), y en Valladolid, hay otra persona, y bien real, que harta de su situación o enloquecida por los libros que estaba leyendo, por su educación o por sus circunstancias, también decide desarraigarse. "Desarraigarse" es el verbo que en la época se utilizaba para "irse", romper las raíces y buscar los lugares en donde el ideal pudiera cumplirse o donde, al menos, la libertad permitiera que llegara no se sabe qué. Es el "arrancar" del párrafo de arriba. 
Los desarraigos colectivos con incidencia literaria más sonada eran entonces los de la picaresca; y el desarraigado que se va más famoso es don Quijote de la Mancha. El paso de una sociedad feudalizante a otra precapitalista había colocado en situación de elección y libertad a muchas gentes, El sesgo especial que Cervantes impuso a su relato es bien conocido: los lectores de entonces –casi todos, no los Sanchos– y los posteriores saben que es una locura, literalmente, y que su empeño está condenado al fracaso: por eso el relato se llena de matices, que son los que despiertan el apetito crítico. Los desarraigos de los pícaros son, sin embargo, prototipos de la realidad: se producían. Elegían una libertad ciega, la de la miseria.
El desarraigo de Luisa de Carvajal, sin embargo, también es peculiar: es históricamente bien real, lo cuenta en un epistolario –y otros textos– reales, y tiene una finalidad que los lectores posteriores sitúan al mismo nivel que el del Quijote: se va a Inglaterra a convertir infieles y a imponer, por las bravas, el catolicismo. Es decir, nos damos cuenta de que era una locura.
Hay varios momentos en los que expresa su decisión. He elegido algunos. Este es del 21 de enero de 1605: Yo me he resuelto en ir sin aguardar a nadie, que es nunca acabar, y sin coche, por la misma causa; y así he vendido dos mulas y comprado dos machuelos grandes, mansos, y de fuerza, y otro me dio la duquesa de Frías, y la de Cea: uno para mí, en que iré, porque es muy bueno y a mi propósito. Con éstos y la mula grande partiré....
Antes, ha arreglado toda su hacienda, que era bastante y se la ha entregado a los jesuitas: Todos mis negocios se han acabado.... Ya sabe vuestra merced que la hacienda ha de ser de la Compañía de Jesús, como lo es su dueño... (14 de enero de 1605). 
Como don Quijote, muda el nombre, se despreocupa de los bienes terrenos, causa el estupor allí donde va, embrolla a unos y otros en Londres.... y no consigue alcanzar el martirio, aunque lo intenta, sino que muere de enfermedad natural, de cansancio, el mismo año que el héroe literario (1614). 
Sus restos se traen a España en extraño peregrinaje que estoy documentando estos días, pues se los lleva Rodrigo Calderón, uno de sus corresponsales, a Portaceli, es decir a San Pablo de Valladolid, de donde se había hecho patrón el poderoso ministro. San Pablo todavía se estaba construyendo y adornando, de manera que le abren nicho privilegiado; pero las agustinas de la Encarnación reclaman a Felipe III que el cuerpo de su admirable amiga venga al convento de Madrid. Y así se hace (también hay documentación, pues se levanta acta del desenterramiento y viaje a Madrid).
Su cuerpo –alguna vez lo he contado desde otra perspectiva– yace en un sarcófago de terciopelo rojo en ese convento, visible en una de sus salas.
Sus escritos y otros muchos papeles se encuentran hoy en el Archivo del Palacio Real, donde yo voy leyéndolos pacientemente.

Iglesia de la Encarnación

sábado, 26 de febrero de 2011

Luisa de Carvajal

Voy a hablar hoy informalmente de Luisa de Carvajal; dejaré para otra ocasión la referencia exacta y erudita a muchas curiosidades de su vida y de su obra. Ya hace unos días, con motivo de una visita al monasterio de la Encarnación, en Madrid, dejé unos versos conmovido por esa oscuridad tétrica, de cuatrocientos años, que mantiene su cuerpo "incorrupto" en la sala de reliquias del monasterio de las agustinas recoletas, uno de ellos –al otro, el del opus, no me dejan entrar– de Madrid.
Está incorrupta porque el Conde de Gondomar, en cuya residencia de Londres murió, justo al publicar Cervantes la segunda parte del Quijote (1614), ordenó que se embalsamara y que se llevara, luego, a España. Bueno lo de llevarse  España fue insistencia de quien entonces mandaba, de Rodrigo Calderón, que eligió la Portaceli de Valladolid en vez de La Encarnación. Sus viejas amigas quería que volviera allí, con ellas, a recordar las tertulias de Valladolid, cuando todavía vivía la reina Margarita y la corte adornaba el Pisuerga. Y así se hizo, porque intervino el Monarca,  y por eso está ahora allí su cuerpo, en un rincón de la sala, en un arca tapizada de rojo con ribetes dorados; y eso que nunca profesó de monja. 

El segundo apellido de Luisa puede ayudarnos a entender más cosas: "y Mendoza", sí, de una las familias nobles más reputadas de España. No quiso ser monja, en cierto modo como Teresa de Cepeda: se le quedaba estrecho el convento, el tiempo, el país.... Todo. Eligió la vida espiritual y desde adolescente prefirió emanciparse y vivir intensamente, acallando su cuerpo desnudo que le reclamaba el demonio: el dolor en su carne acabó por ser alimento necesario, cubrió sin duda los apetitos de la naturaleza. Al final de su vida, en Londres, hasta llaves ponía en los hijuelos de los látigos para lacerarse. No es extraño que muriera relativamente joven, a los 42 años, allí, en Londres, en casa del conde de Gondomar, el embajador, a quien no hizo más que causar problemas diplomáticos, pues ¿a quién se le ocurre viajar hacia 1604 a Inglaterra para convertir herejes?
Iré publicando en este "blog" noticias y documentos de Luisa de Carvajal y Mendoza. 
No siempre se llamó así. El 24 de enero de 1605 Rodrigo Calderón escribe a Juan Ruiz de Velasco: "El Duque [de Lerma], mi señor, dice que su Majestad quiere saber quién es una doña Antonia Enríquez que va de Flandes y cuyo era un pasaporte que el otro día envió V.M. a firmar y me ha mandado su excelencia que lo sepa de V.M....."  A lo que contesta Ruiz de Velasco: "Esta cédula de paso se hizo por orden que para ello tuve de su excelencia el Conde de Miranda; y ahora he entendido del secretario Juan de Amezqüeta que esta señora doña Antonia Enríquez se llama por otro nombre doña Luisa de Carvajal, conocida en esta corte por muy espiritual y devota, la cual dice que va a una romería secreta. Y por que no se entienda que es ella quiso que en el pasaporte se nombrara así, y que no ha querido decir adónde va, y desea que no se sepa su jornada...."  Y luego marginalmente, en la minuta, añade: "Pienso que V.M. debe de conocer a esta señora, que posa junto al colegio de los ingleses, por Carvajal, y mi señora doña Inés también; hase concertado con su hermano y creo le da alguna cantidad de dinero. Puédese pensar que de la vecindad de los ingleses y de su bondad haya dado en ir a procurar ser mártir como ellos". Rodrigo Calderón será uno de sus corresponsales habituales y, como dijimos, el encargado de gestionar el traslado del cuerpo y su depósito en la Encarnación.
Su viaje es otra aventura. Por cierto, ¡no sabe ni una palabra de inglés! Cuando consigue llegar –le mandan un guía desde Londres y llega disfrazada–, se esconde durante un año, aprende el idioma y luego se lanza a su misión, lo que es otro capítulo, el final, de su biografía. A través del epistolario se puede seguir bastante bien la parte más aparatosa de su biografía.
Al poco de llegar la noticia –y el cuerpo– de su muerte a España, se multiplican las relaciones de su vida y las exequias hagiográficas, una de ellas, por cierto, del padre Pineda, que por el momento estaba censurando a Góngora y que iba a hacer luego lo propio con Quevedo. El padre Pineda era un jesuita de mucho prestigio y Luisa de Carvajal, que no había querido profesar en ningún convento, se había arrimado a la compañía, cuyo modo de vida le era, sin duda mucho más afín. A fundaciones de jesuitas dejó todos sus bienes, casi todos. Jesuitas fueron los editores de sus obras, primero en 1635; ahora, en 1965 (volumen de la BAE). 
He estado buscando los originales de sus obras. Todavía no los he podido ver, pero sé que existen, lo dice, sin ir más lejos, precisamente Camilo María Abad (s.j.), que es el que edita el Epistolario de Poesías (1965) a partir de un trabajo muy serio de Jesús González Marañón. Espero poderlos consultar a través de Patrimonio Nacional.
Antes de despedir esta primera asomada a Luisa –le voy a llamar a partir de ahora así, como a una novia portuguesa que hace tiempo tuve–, vamos a dejar aquí un romance "espiritual", y me duele poner ese adjetivo que no sé si proviene de su pluma o de sus piadosos editores, que así intentaban evitar que lo leyéramos de modo profano. Y no es el más subido, no.
Yo lo leo de modo profano:

En la dura superficie
de la tierra recostada
y de una mortal herida
de amor, que el alma le pasa,
con mil vivos sentimientos
del tierno pecho arrancaba,
Silva, profundos gemidos
que por la posta despacha.
Del grave dolor que siente
constreñida y apremiada,
más que a toda diligencia
les ordena que se partan,
y dice: "Andad, mis suspiros,
pues me veis desahuciada,
en busca del bien que pudo
herir de este modo el alma,
con cuya mano divina
solo podré ser curada,
que de males rigurosos
de amor jamás nadie escapa
con vida, sino en las manos
del mismo que de amor mata".


Véase un excelente enlace, que recupera textos idos con la colección Fernán Núñez:
http://www.ehumanista.ucsb.edu/projects/spanish_black_legend/03.htm

domingo, 20 de febrero de 2011

Madrid Histórico: Monasterio y convento de la Encarnación


Para conocer los orígenes de La Encarnación hay que trasladarse a las crónicas y relatos sobre el cambio de capitalidad de Madrid (1600-1606) a Valladolid y a la vuelta de la emperatriz de Praga para refugiarse en Las Descalzas, en donde va a morir (1603). No podía la piadosa Margarita competir con aquel santuario de la nobleza europea que eran Las Descalzas, a donde además había ido a encerrarse también la infanta real. 
El caso es que en Valladolid la reina se había encontrado muy a gusto saliendo al convento de las agustinas recoletas, en donde se encontraba con la hermana del marqués de Poza, el círculo de Luisa de Carvajal y otras mujeres nobles, piadosas y emprendedoras al mismo tiempo. Así es que cuando la corte vuelve a Madrid, la reina Margarita anda queriendo traerse a su tertulia de damas devotas, a las que veía, de todos modos, en sus frecuentes y largas estancias en Lerma o sus alrededores; pero eso no es suficiente, de manera que piensa en abrir convento de agustinas recoletas en Madrid, para lo cual contaba con la pericia de la salmantina Mariana de San José, que había fundado ya los de Palencia y Valladolid, entre otros (existe una biografía suya, publicada en 1646). 

La ocasión o el pretexto va a ser otro hecho histórico: en 1609 se emprende la arriesgada expulsión de los moriscos, y Margarita ofrece fundar el convento si las cosas salen bien. En 1610 se trae a Madrid, a Santa Isabel, a las agustinas de Valladolid –que van a ir recibiendo adhesiones de novicias de la nobleza–; pero en 1611 la reina muere de sobreparto –las malas lenguas dicen que muere envenenada por Rodrigo Calderón; pero eso parece legendario– y Felipe III ordena que se acomoden sus monjitas en las llamadas casas del Tesoro (actual café de Oriente) donde van a residir algo más de cuatro años, hasta que en junio de 1616, recién aparecida la segunda parte de El Quijote, leyendo la gente los dos grandes poemas gongorinos y mientras Quevedo soborna a los funcionarios, se organiza el solemne espectáculo de la consagración del altar mayor y traslado de la nueva comunidad a su convento. Dicen las relaciones que aquello fue de un lujo y una solemnidad fuera de todo encarecimiento, con las calles alfombradas, adornadas con tapices reales (¿dónde estarán?), etc. 

No vamos a descubrir a estas alturas el significado histórico y el valor artístico de este pequeño conjunto de edificios que se comunicaban directamente con el Alcázar –por un pasadizo– y que acogieron  a un selecto grupo de agustinas recoletas, por iniciativa de la reina Margarita de Austria (+1611), que llevó allí a la madre Mariana de San José y a otras monjitas, formando una comunidad que todavía existe –creo que son quince las monjas en la clausura actual. En consecuencia, detrás de los dos tornos, al menos, que he visto, y probablemente disfrutando del claustro alto –que no se visita, tampoco he visto los tapices, que no sé si siguen existiendo– y otras estancias siguen viviendo y rezando las agustinas, lo que no se deja de observar en pequeños detalles decorativos –flores frescas, alfombrillas, pañitos limpios cubriendo las partes pudendas de algunas estatuas, limpieza....– 









Lo que mejor parece que se conserva parecen ser los modesto y bellos suelos –barro cocido y madera– así como los mosaicos (por ejemplo los que rodean el torno de la sacristía), y la impresionante galería de pinturas del claustro bajo (¿las habrá en el alto también?), casi todas de Carducho y Juan Vander Hamen, o las que se han colocado en la sala de los reyes, una colección de retratos de Bartolomé González, el pintor vallisoletano del III Duque de Osuna, del que volveré a hablar en este cuaderno. La colección artística va de lo religioso a lo palaciego: yo destacaría varias figuras de Gregorio Fernández, entre ellas la del Cristo Yacente, tenebroso, como todas las de este tipo, así como el San Agustín del coro; y la colección de cristos de marfil; y un San Juan de Ribera, iluminado. Gracia especial sigue teniendo el famoso cuadro de las entregas (hay tres copias, esta es una de ellas, no muy bien dilucidado el problema de las autorías), justo a la entrada, que fotografía el río Bidasoa y la entrega de Isabel de Borbón al príncipe Felipe (1615) en la Isla de los Faisanes.

Los turistas han de pasar por la cámara de torturas que es la sala de las reliquias, con la historia de la sangre de san Pantaleón y demás, quizá sin reparar en dos excelentes figuras de Salcillo y en otros detalles. Como signo de época, la sala es impresionante, como lo será la colección de El Escorial, que no recuerdo haber visto. La guía, ponderada y correcta, no explica que cada monjita tenía su cofrecillo con reliquias varias y que solían añadir una propia (un anillo, un mechón, un diente....) Eso sí, montada encima del cementerio conventual y con el nicho y monumento de las dos primeras abadesas, en la parte baja de un lateral, cofre forrado de terciopelo rojo, el cuerpo incorrupto de Luisa de Carvajal, amiga de las fundadoras, cuyo cuerpo se trajo de su aventura inglesa, que seguirán embalsamando las monjas año tras año.

La iglesia, aunque conserva parte del viejo trazado –se han suprimido las capillas y sufrió un gran incendio en el siglo XVIII– y algunos cuadros, entre ellos el de Carducho en el altar mayor, ha recibido la mano ordenada de Ventura Rodríguez y de una tropilla de artistas sensatos y aburridos del s. XVIII (Isidro Carnicero, Juan de Mena, Jose Castillo, Gregorio Ferro....) Su joya puede ser la del órgano, que aun admira al auditorio cuando, como hoy, domingo, se toca.
Fuera, un día de sol espléndido, con Lope de Vega dando la espalda al convento, mirando hacia Madrid: Gallardón acaba de poner una fuente de granito donde estaban los caños del Peral (¿y qué se hizo de los que aparecieron, incorruptos también, al ensanchar el metro de "Ópera"?). Tampoco he podido ver la biblioteca, que creo saber que es una de las mejores bibliotecas musicales e históricas de este país (¿se mando al monasterio de Ripoll?). Cualquiera lo intenta: todavía me acuerdo de que me echaron del colegio de Santa Isabel, también de patrimonio.
Hablaremos de Luisa de Carvajal.



domingo, 23 de enero de 2011

Iglesia de San Gil. Paseos por el Madrid histórico



Las noticias sobre el convento y la iglesia de San Gil, frente al Alcázar, en el viejo recinto de Madrid, son muy antiguas; hoy, sin embargo, solo quedan huellas y vestigios en una cafetería y en unos nombres. Para reconstruir su historia he usado demasiados retazos todavía sin comprobar, pues hay que trazar un itinerario que, en lo que se me alcanza, todavía no se ha hecho de modo completo, aunque cuenta con dignos apoyos por aquí y por allá, como el articulito de María Isabel Gea Ortigas, “El convento de San Gil”, en Madrid histórico, del año pasado (2010); las constantes alusiones de los historiadores del arte (por ejemplo, las de Pérez Sánchez, a propósito de las pinturas, en “Un retablo de Mariano de Vicente Carducho reconstruido”) en donde se ha rehecho varios retablos perdidos antes de la desamortización, pues algunos se venden en 1820;  etc. En realidad los derribos se comenzarón en 1809, cuando se empieza la remodelación de toda esa zona; entonces se dispersó o se vendió todo lo que había dentro; algunos de los objetos y pinturas  hubieron de ser adquiridos por el marqués de Salamanca. PS piensa que uno de ellos pudo ser  un  retablo de Carducho de la Vida de la Virgen.
Anónimo madrileño dels s. XVI en el Museo Municipal de Madrid
Hay todo un conjunto de preciosas referencias literarias y documentales, a veces recogidas de modo más exhaustivo, como es el caso de la prieta página que Ponz dedica a sus tesoros artísticos: de Carducho, –dice– al menos un Cristo a la Columna, un San Gil en un trono de nubes acompañado de ángeles, Una Concepción, un San Antonio de Padua....; además de obras de Carreño (“un San Pascual”), Luis Salvador, Miguel Meléndez, Van der Hamen,  Francisco Rodríguez Miranda, y una estatua de San Francisco de Juan de Mena, que debe de ser de Juan Pascual de Mena, el escultor toledano del siglo XVIII (el de la fuente de Neptuno, por ejemplo). Y ya que citamos a Ponz, una de las cosas que hay que hacer es recuperar la noticia exacta de los objetos rápidamente enumerados, al menos para imaginarnos cómo fue el interior de la iglesia, al menos después de la nueva planta que se erigió con motivo de las obras del viejo alcázar, ya en tiempos del Emperador. Incluso su imagen resulta perdida en los conocidos panoramas de los pintores flamencos o en algún cuadro del Museo Municipal de Madrid (que nos sirven de ilustración). El plano de Texeira, tan preciso siempre, nos da una miniatura preciosa de su ubicación y trazado, estorbando la entrada a Palacio, lo que fue probablemente una de las razones de su demolición.

ampliación del plano de Texeira, San Gil es la XXVII
Bodegas del café de Oriente
Parece ser que San Gil era la sucesora de la vieja parroquia de San Miguel de la Sagra (que ya se cita en el Fuero de Madrid, como la de Santa María, del s. XII). La tradición dice que se llamaba así porque estaba en un campo o 'sagra' (nombre árabe) plantado de cereales. Al darla  nueva planta y resituarla se le llamó San Gil Abad, enseguida "San Gil el Real" porque era la parroquia de palacio donde se realizaban muchas ceremonias reales (1548), por ejemplo  aquí fueron bautizados entre otros los infantes don Fernando, don Diego Félix, y el rey Felipe III. Fue este último monarca, que quería tener cerca a los franciscanos descalzos de San Pedro de Alcántara, quien extinguió la parroquia, agregándola a la de San Juan, y la convirtió en convento franciscano, que es como la cita Texeira. El 22 de marzo de 1606 los religiosos fueron desde las Descalzas a un lugar próximo, donde se establecieron, hasta que en 1613 se empezó a construir , por Juan Gómez de Mora, el nuevo convento. Todo ello relacionado con la fundación de agustinas recoletas que en 1610 (enero) hizo la reina Margarita, trayendo a las de Ávila, y a la madre Mariana de San José, a las que llevó, momentáneamente al convento de Santa Isabel (entonces en la C/ del Príncipe); al morir la reina (1611) pasaron a las casas del Tesoro, justo detrás de San Gil, mientras ese labraba "La Encarnación", a donde se trasladaron el 2 de julio de 1616. La noticia la recoge así Cabrera (el 28 de marzo de 1606): "Danse gran priesa en Madrid a hacer el monasterio de frailes descalzos franciscos donde era la iglesia de San Gil con pasadizo a Palacio, cuya invocación dice ha de ser del santo fray Diego, como el que hay aquí en Palacio, y también mudaban los frailes agustinos que había en el colegio de doña María de Aragón, que había a las espaldas de Palacio, y pasaban a él las monjas carmelitas descalzas del monasterio donde estaban". El pasadizo, como otros de la zona, hacia Palacio, pudo ser uno de los descubiertos recientemente con motivo del aparcamiento subterráneo, y parcialmente sometido a las necesidades de la obra.


La reordenación de la zona durante la invasión napoleónica terminó con ella, de manera que aparece en todas las descripciones de Madrid hasta comienzos del s. xix. Una lápida actual en el restaurante del Café de Oriente, con bóvedas de ladrillo todavía, dice que esos son restos de la iglesia.
Existen dibujos y una litografía de la colección de Antón Van den Wyngaerde (circa 1570) en la BN de Viena, con vistas de Madrid, en donde se distingue la iglesia. Es la que hemos reproducido arriba. Véase Richard L. Kagan (dir.) (1986) Ciudades del Siglo de Oro: las vistas españolas de Anton Van der Wyngaerde, Madrid, El Viso, 1986. Aun es mejor, históricamente, la del anónimo madrileño del Museo Municipal de Madrid, que encabeza esta entrada, en donde uno de los pináculos frente a palacio es el de San Gil.
El nombre siguió pegado al barrio e incluso se pensó en reconstruir la vieja parroquia, por eso la llamada  Sublevación del cuartel de artillería de San Gil, en 1866, se refiere al intento del golpe de estado en el cuartel de artillería que allí estaba, contra la Reina Isabel II de España que se produjo el 22 de junio de 1866, y que fracasó.

Vista actual del Palacio Real desde el Café de Oriente