Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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lunes, 3 de marzo de 2014

Un relato de Munir

Se disfruta leyendo el relato de Munir; primero se disfruta, luego se sospecha que en muchos momentos son páginas aquellas valiosas, finalmente el lector se entrega a las torsiones de su prosa y lamenta que se acaben. Más tarde, el lector viejo –o el viejo lector, soy las dos cosas– anota al margen cosas que no quiere que se le escapen, sobre todo cuando se reiteran o cuando afectan a la construcción de un relato en donde las virtudes están, la mayoría de las veces, en no haberlas buscado o en ir descartando todas aquellas que pertenecen al aburrido mundo de la Literatura –apunto he estado de quitarle la mayúscula, tiempo habrá.


No es fácil hacerse con el relato si se viene con las gafas de leer novelas, porque a poco que uno deje que viva aquella prosa observa que va esbozando caminos y a muchos se asoma y muchos toma, pero para atisbar nuevos senderos e iniciar otros –campo traviesa– sin decidirse firmemente por ninguno, de lo que dan cuenta los incisos, arrepentimientos, frases parentéticas y demás, hasta el punto que los verbos dicenci tipo “digo”, “decía”, etc., espigan el texto para reconducirlo por alguno de los vericuetos ya iniciados. O hasta el punto de que a veces se necesitan cerrar al mismo tiempo dos o tres paréntesis. ¿Será que lo accesorio del relato es más interesante que lo sustancial?  A juzgar por la cantidad de digresiones que asaltan al lector resultaría que ese es uno de los “temas” del relato; pero en eso de buscar un tema parece que hay ya una traición, una desviación de crítico resabiado incapaz de sumergirse en relatos frescos que no quieren ser una novela al uso, bien conformada, lo que sería un modo de rendirse y, por ahora, Munir no se rinde.

Mala cosa para un prosista que no esté avezado en los sortilegios de la sintaxis y en el arte de embaucar al lector. Sin embargo, Munir posee ese arte y lo posee sin que se note, es decir, discurriendo siempre al filo sutil de la ironía (por ahí anda de vez en cuando Vila Matas), que pocas veces se quiebra (quizá en el título y en el exceso de la nota inicial).  Detrás de esos sortilegios suele haber lecturas bien asimiladas. Si me da espacio esta brevísima reseña, diré de qué manera ese modo de narrar afecta a lo que cuando era profesor de literatura (ahora ya va con minúscula, como prometí) llamaba "estilo".

En estos momentos vendría bien –al fin y al cabo soy un experto en estas cosas– señalar la apoyatura en los modos narrativos en algunas formas que recogen adecuadamene el tono del relato, tales las de la amplitud de la oración. Se me asustará el autor si le digo que desde fray Luis de León no había visto oraciones reales (otras cosas son los ensayos hacia la extravagancia) que ocuparan páginas enteras sin llegar al aliviadero de un punto, oraciones extremas, eso sí, construidas con el cuidado y la perfección de una catedral gótica, sin que ningún nervio se acomode, tras venir de los arbotantes, pasar por los medallones de la cúpula, y terminar en su columna respectiva. Así se da uno cuenta de que eso de “escribir bien” es cosa de “particular juicio” –cito a don Miguel–. Algunos maestros de rupturas extremas anteriores asoman al relato –como La saga-fuga de J.B–. 
No estaría completa la flor anterior si no añadiera otro curiosísimo rasgo, del que probablemente no es consciente el autor mismo: la escasez –con alguna irregularidad– de los signos diacríticos, que quiere decir: la libertad y amplitud de la expresión que no suele quedar constreñida por las hormiguitas de la puntuación. Precisión fluida sin tormento. Una cierta "nonchalance".   

Tampoco se produce la peligrosa distorsión léxica: el palabrerío es sufientemente rico como para bailar al aire del discurso y no se va de pedante ni desciende de registro tanto que esconda lo que decir se quiere, peligro tan abundante hoy que daña a la inmensa mayoría de los relatos de gente joven, todavía poco duchos en manipular registros y situar el suyo, el del relato, adecuadamente.

Pero entonces, ¿de qué va Los pistoleros del eclipse, que es el título, demorado porque no me gusta demasiado? Va de ahora, lo que no es poco. Consigue ir de ahora. Es un ahora juvenil, poliforme, confuso, irritante, festivo, marginal.... que termina por contagiar a todo, en el que dominan dos o tres polos: drogas menores (o mayores), relaciones juveniles, desorientación,  insatisfacción, desprecio  o, mejor, indiferencia ante los valores al uso, asimilación de culturas multiples.... 
Sin embargo, a medida que avanzo en la sarta de motivos me doy cuenta de que traiciono al relato, que no es eso, sino bastante más, y que como los buenos relatos solo se define cuando se lee y se acompaña al protagonista en sus exabruptos sobre Vodafone-Sol, sus paseos por la escalera de servicio del Corte Inglés, sus diálogos con el diario, o en la deliciosa narración de la disputa entre el ciempiés y el caracol, pongo por caso. O en sus salidas constantes del propio relato:  

Un día, din embargo (“sin embargo”, como en todas las buenas historias) el hombre empezó a oír ese rumor....
de no haber sido porque su esposa, que lo amaba profundamente, como solo se ama en los relatos....

lo que delata una sana desconfianza hacia la literatura –quizá, a veces, hacia su propia capacidad para ir con ella.

No está, desde luego, el atractivo del relato en todos estos rasgos que se producen por la disecación de la criatura, mucho más viva y jugosa de lo que dicen estas notas: un escalón más abajo aparecen continuas perlas expresivas, dichas casi al paso, que ofrecen en el tejido medio el mismo delicioso sabor que los rasgos del estilo o que la lectura total del relato: “sociólogo en ciernes”,  “sobredosis de ficción”....  También los hay en las capas novelescas, por ejemplo con esos dos acertados finales de “Cuarto” (p. 117) y de “Uno” (p. 107), que acompañan al del comienzo absoluto.

Editado por una pequeñísima editorial, solo he localizado una errata mínima (“insifrible”, p.  75) y unas cuantas tildes (“dais” y “huida”, “reirse”, etc. ) de más o de menos. Poca cosa para el notable esfuerzo de haber mantenido una prosa tensa y divertida.

Mucho me gustaría ampliar este tipo de observaciones, pero la invitación a la lectura puede convertirse en ese demoledor y aburrido aparato crítico que, durante décadas, ha venido siendo el lastre  de la literatura –otra vez con minuscula–, de manera que quisiera volver otra vez al comienzo. El relato nos trae a nuestro mundo, al actual, con pocos filtros, es casi un fluido de ideas, pensamientos y ocurrencias de una persona que no quiere engrosar “la masa amorfa de los que fracasan”, pero que si lo hace –no ocurrirá– habrá sido sin detenerse  a recrear o poseer toda la falsa hojarasca que nos ahoga.

Y he querido dejar un hueco para el ejemplo de algún pasaje realmente cogido al azar:






domingo, 2 de marzo de 2014

Los lugares de la literatura

La poesía –la literatura en general– aparece en los entresijos de esta ciudad, a veces más viva de lo que aparenta los días de fútbol. No tienen la fuerza para anunciarse en otros lugares los que sobreviven recitando versos en bares, cafeterías, centros ocasionales de su inspiración o de su voceado. Allí se encuentra uno con pequeñas editoriales desconocidas, revistas de uno o dos números, escritores de todas las edades y condiciones que se reúnen, por lo general con poco público y mucho entusiasmo, para leer versos y hablar de literatura: son locales madrileños como El Dinosauro (C/Lavapiés, 8), la biblioteca pública Rafael Alberti, la cafetería Galdós, etc. 

Danloux
Suelo interpretar todo este movimiento, que probablemente siempre ha existido, como la incursión en el campo de la creación, lugar en donde se encuentran grandes dosis de libertad, en donde la imaginación discurre generosamente (la técnica de la creación literaria empieza por el uso de una herramienta natural: la propia lengua, la lengua materna) y los ramalazos de plenitud prenden en quien logra hacerse allí un hueco.

Los lugares en donde se produce esa conjunción de entusiasmo y creación suelen ubicarse, cuando no son totalmente conocidos, en barrios (Argüelles, Lavapiés, Cuatro Caminos....) incluso en las ciudades satélites (Alcobendas, Getafe, Móstoles....) Alguien podría trazar el mapa de su geografía cambiante (muchos cierran, recuerdo ahora el Bukowski o el Bella Ciao) y su rebote de un en otro lugar. Se mantienen milagrosamente –nunca dieron mucho dinero las letras– y funcionan a la altura del barrio mejor que proyectados sobre toda la ciudad.

El sábado por la noche descubrí otro lugar, en la calle Galileo, 56. Vergüenza Ajena, con actividad periódica –me dijeron– los jueves por la tarde, en donde recitaban dos poetisas –mantengo el sufijo femenino, contra viento y marea–, dialogando la una con la otra e intercambiando versos: Gema Baños –de cuyo libro ya se ha hablado en este blog– y Yasmín C. Moreno. Poesía lírica en ambos casos, leída o recitada frente a público escaso, devoto, interesado... 


La ocasión se aprovecha para intercambiar ideas con unos y otros. Allí estaba por ejemplo Munir, cuya novela reciente (Los pistoleros del eclipse) pude conseguir y que será tema de comentario cuando la termine, lo que será rápidamente, hoy, pues es evidente que nace con ritmo trepidante, casi volcánico. 
Con todas las etiquetas que aparecen en unas y otras publicaciones se puede hacer simpática retahíla: "ebediciones", "artesequienpueda", "la noche boca arriba" (local), "los escritoresbárbaros", "solysombra", "ediciones paralelo".... por allí discurre con frecuencia lo más interesante de lo que queda de la Literatura.


He aquí unas cuantas direcciones de las que se han aireado antes, unas cuantas entre decenas más:

domingo, 16 de febrero de 2014

La complicidad con Gema


Si yo conociera a Gema Baños y tuviera algún predicamento sobre su modo de escribir le comentaría que, ahora que ha conseguido que brote tanta cantidad de poesía, tanta floración, controlara ese universo para ir recogiendo o extremando solo lo mejor, estableciendo las fronteras para que esa inmensa sinestesia no acabe por ahogarla totalmente, al menos al comienzo, cuando ya ha conseguido abrir los versos, que se suceden como una marea que todo lo inunda, cargados de tantas imágenes, señalando tantos caminos, recogiendo en fragmentos, palabras y versos absolutamente todas las posibilidades: mi ansia germina / y escribo y no me atrevo y me fragmento. El derramamiento se acrecienta, si cabe, por esa forma suelta sobre la página y sobre la tradición versal, que remite a otra nueva liberación, que todo lo justifica, y que produce el mismo desamparo que la oferta total a la pasión (no tengo donde esconderme), aunque también la agridulce frustración de la soledad creadora (.... ahí van todos esos hombres / infinitamente más vacíos que tú.) No es tal, en realidad, si uno se detiene –suele ser un signo– sobre los endecasílabos ("endecapétalos") que se aprovechan para centrar, abrir o cerrar los espacios más abiertos, encuentra la mejor poesía:

.... envejeces contigo en la penumbra.
.... la muerte está asombrosamente lejos.
.... yo apuesto doble o nada a la palabra.

Particularmente cuando logra el ritmo y se alía con la sintaxis semántica renovada:

.... en tu barba de luego me refugio
tus sabores cada tanto en la nuca
nuestra vida es ya latido impaciencia....

que es un territorio que cada buen escritor sabe que ha de explorar, pero que no está, curiosamente, al alcance de cualquiera y que suele producir resultados impredecibles. La mayoría de las veces que Gema Baños ensaya ese salto (por ejemplo en "Alas") el resultado es poético: se logra la expresión renovada, aunque se deba tener cuidado con la reiteración de esos hallazgos (por ejemplo con "cada tanto"). Un modo escueto de esta factura: ....pero si lo hago es para tú....

Rothko (Madrid, Tyssen)
Curiosamente los mejores endecasílabos son versos finales, o arranques o centrales: 

.... empieza a desnudarme por arriba: / mis pies están hundidos en el suelo.

todavía no llegan las libélulas....
.... acá donde tu cuello se está bien.

... ahora el centro es el centro imprevisible...
.... varias capas por debajo mis temblores....

rizada y absoluta entre la gente
te acercas a mi vida y la levantas...

.... nunca tus ojos fueron tan süaves.   (La diéresis es mía).

Y muchas veces aparecen como refugios en los que se quiere encerrar la conclusión poética: .... no tengo más silencios para darte....
De la misma manera que el verso desciende al heptasílabo para la expresión dinámica de la vehemencia o la pasión (que no paren los cuellos / que no se venza el tigre / que no me llames niebla / que no las partituras que no el tiempo....; poema en el que el flujo rítmico es el contrario y la sujeción –ya se iba a endecasílabos, como en el último verso– termina en libertad (.... que no te pido cosas / y si acaso / haz de mi vientre un hogar accidental). 

En muchos lugares la poetisa –lo siento, yo soy de ese sufijo todavía– al mirar alrededor y entregarse ha resuelto no rechazar nada sino, por el contrario, llevar hacia fuera lo que se llama poesía, como en muchas versiones de la creación actual, al menos desde mediados del siglo que se fue, lo que hurga en un mundo imaginario, que se renueva por aquí y por allá (tus ojos me dan patadas....) y que convive con las imágenes ennoblecedoras, en las que predominan la luz y la sombra, una cierta naturaleza (animales, sobre todo: caballos, tigres, camellos, peces, pájaros, ranas, moscas, libélulas, pingüino, gatos....), las imágenes del cuerpo, la de los espacios.... El cuerpo, en concreto, se esparce a lo largo del libro, se entrega a todo lo que le rodea, y asoma en uñas, garganta, brazos, dedos, corazón, párpados, piel, pezones, muslos, axilas, cuello, clavícula, hombros, labios, pupilas, etc. o a través de un despliegue sensorial exquisito, que va de los sabores al tacto (Como un plátano no del todo sabroso....; .... cuando me dejarás morderte el papel....) a las sensaciones animales (déjame tocarte las escamas), en donde predomina la metáfora primitiva y animal de la consumición (devorar, morder, lamer....) y se renueva constantemente en hipálages continuas, sin duda el resultado más frecuente sobre el lenguaje artístico, lo que no es sino otro modo de referirse a la invasión poética, a la marea que no controlan ni los márgenes de las hojas ni los signos de puntuación. El resultado final bien pudiera ser el de la elementalidad desatada, consentida y placentera (muy pronto seremos devorados), que tiene sus poemas (como en "Penúltima cena" o en "Small words for very big things"). 

Botánico de Buenos Aires
Bien se ve, por el párrafo anterior que ha aparecido en estas notas, que el universo poético de Gema va de dentro a fuera, que es ella la que invade y que todo el movimiento metáforico (sobre todo sinestesias) que produce ha de interpretarse al contrario: va de la imagen a su mundo interior. Por ahora no se ha atrevido al objetivismo, que le ha de resultar demasiado frío; y aun faltan los enlaces hacia la música, el arte (pintura, dibujo....), la naturaleza real, el mundo urbano, etc. que dialogue o se contraponga a la invasión emocional humana, que resulta arrolladora. ¡Qué camino tan excitante el que le espera!
La verdad es que el libro es un territorio interesantísimo para ver cómo está derivando la poesía de hoy, incluso la de rasgos más persistentes, como los de la fragmentación, el desencanto y la ironía. Para esta última se puede leer el curioso poema "Experiencias pseudomísticas o una otitis monumental", que se balancea, efectivamente entre el placer –con que termina– y el ofrecimiento al lector para que interprete las imágenes excesivas (.... cien gritos  como alondras / resbalan de tus manos y me elevo...) sin creérselo demasiado. Ese modo de presentar los estados emocionales asoma constantemente, quizá porque la poetisa –vuelvo a sentirlo, vaya– sabe que va de hipérboles, que es lo que mejor traduce su vida en vilo, y teme caer en Garcilaso. La atenuación se busca en la ironía y en los quiebros hacia registros coloquiales y familiares, aunque a veces asome solo en el título (como en "Complicaciones del parto") y en otras el lector no sepa hacia dónde va la ambigüedad (Te vas / y a tu paso se apagan las farolas....). Por cierto, con ese modo de escribir, el versículo se ofrece como lugar natural (así el primer poema, "Hambres") y la catarata poética sin diques, también:

... sus ojos me están diciendo tantas cosas 
que se quedan mis puntos sorprendidos....

Buenos Aires
En fin, Compañeros del crimen es claramente un libro de los primerizos de muchos quilates, hasta en esa cubierta algo desaforada y en la edición de amigos, con prólogo de "Munir", que no se ha atrevido a ser tan inteligente como es, quizá por el empaque de ese lugar, de la misma manera que la poetisa –ya no lo digo más, que a mí también me empieza a sonar raro– no se ha atrevido a señalar otros puentes poéticos, los que delatan sus versos, y ha oficializado las citas (Bolaño, Valente,  Bataille....) Estupendo el arranque del poema de la última de cubierta (Soy la noche que va rompiendo flores / y busca chocolate en la nevera....) Mejor esas flores que las mediocres de Sevilla o que los tufos académicos, y mejor ese chocolate que los cantos de sirena mercantiles, las voces ajenas y otros muchos peligros evidentes que pueden agostar su voz y privar a los lectores de poemas tan logrados como "Hoguera", "Rumor de títeres", "Don del plagio", "Leda"....
No me dan para más estas breves notas con las que me hago cómplice de los crímenes de Gema Baños, para los que he buscado alguna ilustración, y que termina con una flor de verdad, en la que también la madre naturaleza ha mezclado colores.













domingo, 7 de abril de 2013

"Van a por nosotros" (Poesía actual)

En varias ocasiones he escuchado recitar –algunas veces cantar– el poema cuyo título va al lomo del libro que reseño, la última, en un bar ya cerrado de Malasaña, el Bukowski, a Sergio García y Víctor Sierra. Parece, en efecto, una bandera, lo que explica la nota que precede a su versión en el delantal del libro: "Cuando usted lea este poema se sentirá rejuvenecer. Léalo en compañía de otra voz, y creerá que forma parte de una generación. Léanlo ante un mínimo de una persona, y se sentirán poetas- Fue versionado por Luis Auserón y Enrique Sierra en su CD Klub". Lo he fotografiado para este post.
Al margen de esa avenida poética de formas anafóricas que incurren en lo que antaño llamó Spitzer "una enumeración caótica", el poema conecta sugestivamente con varias circunstancias: de carácter critico, satírico, acomodado a formas retóricas pero sin identificación exacta con ninguna tradicional –a lo más con el versículo o la retahíla bíblica–, con posibilidad de pasar a canción, a melopea (como el rap) e incitando a la comunión, a su degustación colectiva. Nótese, por tanto, la distancia que establece con las fórmulas más comunes de la poesía tradicional, versión lírica, trago dulzón para ser consumido en la intimidad y que apenas roza lo que de ese círculo salga.


Antes he aludido a las fiestas raperas como ocasiones en los que se produce consumo –digamos– literario de este tipo, bien estudiado, por otra parte. No son las únicas. De hecho, la más reciente fue para mí la clase que organizamos (La universidad en la calle) en las escaleras de la Biblioteca Nacional de España hace poco, uno de cuyos momentos fue la lectura por parte de un excelente alumno –Munir– de un texto de características semejantes, referido a la literatura. No le he pedido permiso para reproducirlo.
El libro al que aludí algo más arriba, recién publicado por la librería Arrebato (Madrid, 2013), tiene bastante interés, empezando por la autoría: "Accidents Polipoetics", ampliamente conocidos en círculos literarios de aparición pública no solemne, y de contenido extraordinariamente divertido.

Por una casualidad estoy terminando una nueva edición de El Libro de todas las cosas y otras muchas más (1629) de Quevedo, para la colección ClásicosHispánicosEDOBne; muchas son las veces que he sonreído al comprobar que bastantes poemas o páginas son casi calcos de algunos apartados quevedianos, por ejemplo "De aquí y de allá" (p. 163-4), o hubieran podido entrar en el viejo libro de don Francisco (por ejemplo "Ser enidad", p. 157; "Consejos para todo buen soltero", p. 137-8).
No extraigo conclusiones sobre este clamoroso caso de poligénesis.