Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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sábado, 8 de junio de 2013

Modos de narrar, ahora

Ahora que tanto se habla de la disolución de la novela, percibo quizá con mayor nitidez el arte de nuevos y nuevos modos de narrar –nunca totalmente nuevos, claro, siempre nos movemos en el ámbito de la narración– que atraen, inquietan y, desde luego, satisfacen al impenitente lector en las playas, las última horas del día –mesita de noche–, viajero de avión o tren.... Quiero ejemplificarlo en tres modos narrativos, sutilmente renovados, que encuentro en tres novelas de ahora (publicadas este año) por escritores, dos de ellos argentinos y el tercero español.

Y lo que leo en ellos podría analizarse ortodoxamente, desde la teoría del género, concediendo siempre que la literatura no son las matemáticas y que la realidad se define mejor sin definirse, entiéndase, sin cuadricular, sino como lugar de conceptos que flotan y varían. ¿Cuándo aprenderemos eso?

En el primero de los casos, que es una secuencia de dos novelas, de argumento enlazado, casi como una primera y segunda parte, el lector se encuentra con una narración de hilo argumental bajo, de intriga casi nula, narrado por la protagonista. Otras muchas carencias podrían indicarse de modo nuevamente teórico; pero la lupa no acaba por descubrir tantas anomalías que expliquen el peculiar sabor de la novela. ¿Por qué?

Porque la materia narrada, lo que constituye el texto de esas páginas, se ha seleccionado de modo continuo y peculiar, hasta el punto de que termina por configurar un estilo que crea el hábito del lector. La peculiaridad estriba en que la narradora cuenta fragmentos, aspectos, de su biografía, aparentemente no seleccionados –se impone el orden lineal y el tiempo sin estridencias–, de modo que podría ser desaliñado, porque va de la observación externa al sucederse objetivo, con exquisito cuidado para no profundizar en reflexiones profundas, en vaivenes sicológicos complejos, en consideraciones sobre materia lejana; y desde luego sin extraer ningún tipo de derivaciones ni conclusiones que vayan más allá de una escueta exposición de lo que está pasando. Baroja, nos dirán, y sus secuelas. Creo que es más que Baroja.
Hay algo más que ese modo de desgranar materia narrable: existe, me parece, un propósito tenaz –una voluntad de estilo– para que se pueda contar todo sin traspasar nunca los límites de la descripción; pero en esa descripción cabe la reflexión y la imaginación de la voz narradora –la protagonista–, que discurre con una pasmosa superficialidad, aunque cuando a las páginas de la novela haya llegado la muerte del compañero (Jaime), la grave enfermedad del hijo (Simón), la degradación absoluta de la vida cotidiana.... No importa, la novela sigue impeturbable su deshilvanar sucesos y enseñarnos personajes.

Las dos novelas de Iosi Havilio a las que me refiero dan mucho más de sí, desde luego; pero voy a enlazarlas ahora con otra bien distinta, también de este año, en la que ocurre casi lo contrario y que, cuando estaba pensando en esta ventana, he visto que se ha reseñado con admiración en muchos lugares. Me parece estupendo.

En efecto, es una curiosa narración que pivota sobre el encuentro de dos personajes en una situación espacio temporal muy reducida, acotada, a partir de la cual se irrradia un extraño universo interno, el de las reflexiones de los dos portagonistas, que se mueven con una parsimonia y amplitud curiosísima, que utiliza el poder de la reflexión para crear círculos de pensamiento cada vez más amplios y complejos, aunque casi nunca más profundo, si por tal entendemos la trascendencia hacia universos ideológicos de los que preocupan a la condición humana. Ese dominio de la intrascendencia a partir de la riqueza de la reflexión es probablemente lo que hipnotiza al lector. Nótese que es un movimiento hacia dentro contrapunto del que subrayábamos en las novelas de Iosi Havilio. Es el único caso en el que voy a poner un ejemplo, y eso por razones logísticas y porque es el más difícil o alejado de un exposición teórica:


La tercera modalidad parece recoger de manera más completa toda la tradición actual de la novela moderna, desde los monólogos interiores hasta los diálogos insertados en variedades del relato, de manera que tanto por los cambios de perspectiva como por los juegos de variación en la voz del narrador, el punto de vista y los juegos muy logrados de estilos cambiantes el autor construye un universo casi total y –esto es lo importante– a partir de los personajes, su actuación y expresión, nunca como un narrador que mueve sus marionetas. En efecto, la gran novela de la “crisis”, En la orilla, de Rafael Chirbes, entre y sale en sus personajes y sus circunstancias de modo tan profundo como demoledor, pero en lo que son y hacen, no en lo que piensa Chirbes o un presunto lector. Añadamos que la competencia estilística de Chirbes resulta su mejor instrumento para mantenerse lejos de su credo y regular perfectamente lo que va al texto, con todos los cambios de registro que hagan falta.



lunes, 29 de abril de 2013

Chirbes, novelas y novelas....

Novelas, novelas, novelas.... que se acumulan en los lugares en donde normalmente leo, y siempre alguna en la mochila de andar. Una novela no se lee como un poema, hay que detener algún tiempo y dedicarle mayor interés. El verso te puede atraer por su intensidad, aunque sea muy breve. La novela va modelando tu interés o disponiéndote al rechazo; a quien está acostumbrado a versos la novela le parece, casi desde las primera páginas, o desechable o merecedora de ese tiempo largo –casi, casi galicismo de long durée– que llega al placer del "roman fleuve".  Una cierta glotonería –quizá indebida– me lleva a empezar una o varias cuando todavía no he terminado la que ya va mediada o boqueando. 


El final  de Vila-Matas se encabalgó co dos o tres más rechazadas (al mal escritor se le detecta fácilmente, tras las primeras páginas), hasta que topé con esa curiosidad, casi de laboratorio, que es La experiencia dramática de Sergio Chejfec –de la que habrá que dar mayor noticia– y mientras concedía al último Landero  (Absolución) que terminara, subyugado por estilo y escenas, cayeron en mis manos Iosi Havilio y Rafael Chirbes. 

Ahí fue ella, que me di cuenta pronto de que las dos necesitaban lectura lenta, gozosa. De manera que aparqué la relectura del tocho de Luis Goytisolo –fue la primera tesis que dirigí, sobre sus novelas, a J. Ortega, en universidad americana, ya va para treinta años–, que probablemente espera playas y veranos, y hube de decidir si centrarme en el autor de Crematorio o en el de Opendoor. Eso sí, dejé al lado unas cuantas que habrán de esperar, desde Juan Villoro a Rafael Reig o Antonio Orejudo. 

De todos modos, ya las mismas librerías suelen separar, curiosamente, las novelas de formato ostentoso y lectura anodina, que se venden a miles, de las que realmente exigen al lector un pelín más de interés y una galería de reflexiones que le siguen manteniendo con cierta capacidad de crítica, es decir, que van más allá del consumo y diferencian las novelas de los helados. Dicho sea de paso, ninguna de las que asoman esta página son helados.
Y así llego al viernes pasado, cuando acudí a una mesa redonda o coloquio –el de la foto– organizado por dos colegas –José Teruel y Carmen Valcárcel– en homenaje y recuerdo de Carmen Martín Gaite, atraído sobre todo por la presencia de dos de los novelistas, a mi modo de ver, sobre cuyas obras merece la pena hablar, incluso discutir: Belén Gopegui y Rafael Chirbes, cuyas breves palabras en aquel coloquio, por lo demás, fueron ajustadas y certeras, no en vano detrás de Martín Gaite existe un universo creador y crítico, del que dan buena cuenta los dos volúmenes de Sonia Fernández Hoyos (de los que ya se dio noticia en este blog).

Coloquio sobre Martín Gaite
Y sigo leyendo a Chirbes, un torrente novelesco construido con la fuerza y sabiduría de quien sabe traer a páginas ficticias todo lo que está pasando, pues En la orilla es, entre otras cosas, la novela de esto que llaman "la crisis", es decir de la explotación descarada del llamado "liberalismo", del capital, con todas sus consecuencias, en este caso sobre la maltratada costa levantina, lugar habitual de sus mejores recreaciones. La buena novela afecta sobremanera al lector, y Chirbes contiene dosis suficiente de droga mala que acorralan y que no permiten el sillón de orejas y la caña, lo que no sería válido si al mismo tiempo no estuviera acompañado de su sabiduría lingüística y su arquitectura narrativa, es decir, de lo que se llama una novela del año 2013.