Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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sábado, 3 de agosto de 2013

Amanecer de adagios (mahler y mozart)



Si suena el adagieto de la quinta
no creo que lo pueda soportar
con esta luz que viene desde lejos
y el clavel asomado a la ventana

menos mal que los otros movimientos
son un raro barullo de estridencias
y permiten alivio y distracción
sin que la insoportable bocanada

de la melancolía nos distraiga
del nuevo amanecer que el viento sube
serenamente desde el horizonte
y deja caer la luz sobre Santalla.

El adagio prefiero en  do mayor
de mozart que acepta todo lo que la vida nos ofrece.

domingo, 28 de agosto de 2011

Travesías de Mahler

Anda Mahler al retortero, por su centenario. Oí pasajes de sus sinfonías por primera vez hacia 1961, 1962.... cuando estudiaba filosofía y letras en Madrid. Había muy pocas grabaciones, tan pocas que con mi compañero más musical, José García Blanco, con Julio Linarejos, no sé si con Pilar (J.G.) y Aníbal G.P.), escuchábamos música en unas cabinas de la Biblioteca Nacional, donde tenían grabaciones y vinilos. Apenas la primera y la cuarta, pero también algun canción de sus ciclos más conocidos. Yo estaba prendado de aquella música que me daba un horizonte romántico y existencial muy extenso: un movimiento lento de Mahler era como la continuación del tercer movimiento de la novena beethoveniana, o la continuación del amanecer wagneriano (en la “Titán”, por ejemplo), o como la continución de mis fracasos amorosos, la meditación que seguía por horizontes inciertos de estratos rojos cuando françoise hardy no me hacía caso.


En aquellos tiempos de Mari Castaña –heroína gallega, por cierto– los arriba mentados, y algunos más, hacíamos guardia durante noches enteras para poder sacar entradas en los conciertos del Monumental. Allí escuché la novena, dirigía Igor Markevich, seguida de una gran pitada; pero allí no sonaba Mahler, que yo me acuerde, cuyos discos y grabaciones perseguía con poco éxito, y sobre todo con poco dinero. Cuando me tuve que ir de Madrid –cursaba segundo de carrera, fue el año de las grandes manifestaciones y yo era alumno de García Calvo–, a Salamanca, llevaba grabadas en un magnetofon mis cintas predilectas, y en un piso de la calle Libreros que compartía con vaskos y canarios –estudiantes de medicina y derecho– me daba atracones del repertorio para combatir el frío y la soledad de aquella ciudad de piedra, dominio de un decano peligroso, que me daba clase: Lázaro Carreter, en lucha desigual con las fuerzas locales. El aprendiz de médico canario llegaba todas las madrugadas completamente borracho, enseñaba como trofeo a sus compañeros de piso las bragas obtenidas aquella noche y nos despertaba, si hacía falta, a todos para contarnos detalles de la hazaña. Y hazaña era, porque conseguir unas bragas –solían ser rojas, además– hacia el año 1965 en Salamanca, era probablemente mucho más difícil que aprobar anatomía patológica.
Una noche en la que venía menos cargado y más triste me pidió por favor que le pusiera aquella música que había oído otras noches en mi cuarto, y que la pusiera muy alta. Como no la identificaba, hice pruebas con los preludios de Liszt; con la incompleta de Schubert, con Dvorak, con los tres conciertos de violín clásicos, con algo de Grieg....; cuando le puse la cuarta de Mahler me pidió que la quitara, que eso no le gustaba.... Lo encontré finalmente: era la Patética. Ya se ve por dónde iban nuestros amores.
Mi siguiente encuentro con Mahler –menos sustancial– fue  tres o cuatro años más tarde, después de atravesar la mili (¡donde nos ponían por los altavoces la sinfonía clásica de Prokofief!), y una larga estancia en Bretaña, donde me enamoré de Dominique, Debussy y Ravel –conjunción cuya trascendencia todavía no he superado–, mi siguiente encuentro, decía, fue en Gandía, con la cátedra de instituto recién obtenida –fui joven precoz, “escandalosamente precoz” al decir del director general que recibió a los doce cátedros de mi promoción. El caso es que mi compañero de filosofía del instituto nuevo de Gandía era José Iborra, persona de bien, de cualidades y conocimiento, joven, creo que catalanista –nos daba clases de valenciano–, con el que hacíamos huelgas, y ¡tenía vinilos de Mahler! ¡Y yo había conseguido algún otro! Nos prestamos la sétima durante algunos días. Me acuerdo de su comentario al chalanear con el vinilo: “Demasiado digresivo”, “La falta algo”. Estuve de acuerdo. “Lied der Nacht” tiene un primer movimiento, un “langsam” de unos veinte minutos. Lo de citar en alemán el “lento” de “la canción de la noche” viende de porque con mis colegas citados (Pepe G.B., Aníbal G.P., Julio L.S. y José G.Y.) estudiaba alemán. Estudiábamos alemán siempre, todos los años, todos los meses, todas las semanas. Y hasta un verano nos fuimos los cinco a Stuttgart, para aprender alemán con los emigrantes griegos, turcos y yugoeslavos de las fábricas y supermercados. Y hasta tuvimos un profe particular que nos daba clase en la cafetería Viena e íbamos al Instituto Alemán de la calle Zurbano, en donde cantábamos villancicos y el coro de la novena. Y así durante años y años. Mi edición alemana de las obras de Kafka lleva mi firma del 12 del 12 de 1966. Desprecíabamos el inglés, claro: cosa del sistema.
No tengo ya ni idea de alemán y mi inglés –tardío y remolón– asusta a mis colegas anglosajones.
Luego vino un periodo de inflación y descubrimientos cuyos hitos son bien conocidos: “Muerte en Venecia” –que vi en un cine de Granada, un domingo por la tarde, con el patío de butacas revuelto (“¡Maricón!”), y el adagieto de la quinta con el fondo de las pipas, los amores de Alfonso Guerra, las primeras colecciones de sus sinfonías.... Da un poco de vergüenza contarlo, pero incluí en mi lista de bodas –esas cosas se hacían–, en Gandía, la edición de las sinfonías de Mahler, recién publicada en España por la Deutsche Gramophon, interpretadas por la orquesta sinfónica de la radiodifusión bávara, dirigia por Rafael Kubelik –de vuelta de Chicago–, que además terminaba con el “andante-adagio” de la décima sinfonía (1910), que en colecciones posteriores no aparece. El álbum lleva ilustraciones de Gustav Klimt (de la Galeria Welz, de Salzburgo) que, aunque de época, tampoco son referente armónico, me temo: sugieren –ismos y no esa llamarada en las alturas que parece no terminarse nunca, que son los mejores momentos de Mahler, es decir, el final de un tiempo que no quiere que se termine.
Y a partir de ahí comenzó otra aventura auditiva, que se mezcla ya con lo que le ha venido ocurriendo a Mahler durante los últimos treinta años. Hace muy poco, al investigar los fondos quevedianos que Fernández Guerra dejó a su sobrino Luis Valdés, y Luis Valdés a sus herederos, Javier Miranda, uno de ellos, se me presentó como el presidente de la asociación de amigos de Mahler. Y el compositor y don Francisco se dieron la mano. Intenté escuchar a Mahler mientras leía algunos poemas serios de Quevedo: no funcionaba la armonía, sino el contraste. Quevedo consuena muy bien con el padre Victoria y alrededores; Mahler va de la mano con los beatles, moustaky y el dúo dinámico, mal que les pese a los mahlerianos. Y así anda en mi vieja viniloteca, con otras muchas armonías, de cuya conjunción sale el retrato musical de hace años.
De modo que cuando leo –en uno de los suplementos culturales de este sábado, el de La voz de Galicia, entrevista a Norman Lebrecht– que Mahler está desbancando a Beethoven en el favor del público y que si patatín y patatán, me pregunto si esta resurreción a paisajes musicales de tonos wagnerianos, adelgazados hasta lo sublime a veces, no nos está devolviendo a un lugar que creíamos superado, abandonado. Lo que nunca significará que la música de Mahler no haya de gustarnos, ¿eh?
Y que el tiempo no es obligaroriamente “progreso”.

domingo, 26 de diciembre de 2010

Libro de sonetos: "Un mahler melancólico, llorón...."

un mahler        melancólico y llorón

ha venido    a estropear toda la tarde
y no puedo     salir    a campo abierto
si no escucho  un cuarteto de Mozart

y me traigo    al recuerdo tus imágenes
las que más     y mejor    se manipulan
y te voy   desnudando     mentalmente
sin tapujos     ni falsa moralina

lo que no entenderás       tampoco yo
es por qué te lo digo   en estos versos
suavemente medidos      y melódicos
que no tienen la fuerza de tu cuerpo

de misterio en misterio    nos movemos
eres tú         solo tú      la realidad 

jueves, 22 de julio de 2010

Let it be...


Let it be…
Cuando realmente me enamoré de lo que hacían los Beatles fue al escuchar el Hey Jude en el muelle bretón de Saint Malo, los sonidos que venían de un barco allí anclado, convertido en lugar de encuentro de gente joven, mientras yo ocupaba mi puesto de asistente o lector o como se quiera llamar en el Lycée Jacques Cartier de Saint Servain Sur-Mer, huyendo de la quema estudiantil del 62-63 y de sus secuelas. Era en 1968 y la canción acababa de editarse. L
legaban los Beatles con toda la oleada francesa –es entonces cuando me enamoré en secreto de Françoise Hardy; sabido es que siempre le amaré, realmente no sé cómo hubiera sido mi vida sin ella; y le he perdonado, por cierto, todas las infidelidades, con las que atormentó mi pasión–, los Credence Clearwater, Aznavour… La lista de  los nostálgicos, en la que no quiero incurrir. Hace unos días colgué en este “blog” mi particular homenaje a los Beatles, unos versos escritos en Roma, que va a publicar un grupo poético inquieto y excelente, de Málaga, del que voy a hacer publicidad en la ilustración (Hipotecas familiares).  Anda por aquí abajo.
Otra era mi intención, sin embargo. Supongo que los musicólogos habrán organizado mentalmente el batiburrillo que significa una encrucijada de tradiciones como nunca se había producido, la mezcla de la música clásica de siempre, con la clásica del siglo XX, con la actual, con la música folklórica, con la canción tradicional…. y con todos los subgéneros que queramos ir añadiendo, ahora que anda Caetano Veloso por Madrid, y Aznavour con Berlusconi: canción francesa, copla, salsa, rap, etc. Agítese y léase el correspondiente volumen de Adorno, el mejor teórico musical, el sesudo y riguroso ensayista, para ver hasta dónde alcanza la reflexión sobre los azares estéticos y sociales de la música, que son los dos grandes pilares de Adorno en sus densas y jugosas páginas.

Le dejé uno de los volúmenes (Akal está publicando así su Obra Completa, a  mí el que más me ha interesado, musicalmente, es el de Escritos musicales, I-III, que es el 16) a Paula, conocedora y degustadora de no saben ustedes qué música actual irrepetible, que buceaba en las tienduchas de Lisboa buscando perlas musicales, discos y sellos que a mí me parecían extravagantes. Paula a quien se le han convertido las orejas en cascos, se fue a Chile, donde está ahora, sin llevárselo para el viaje, buen  criterio, para poder convenir con Maruja Mallo: "... violento oceano Pacífico que baña unas playas cuyas arenas son piedras de colores... y el mar arroja piedras calcinadas por los volcanes y pulidas por las aguas...." Creo que de Maruja Mallo también he estado bastante enamorado.
El espectáculo de Paula escuchando aquella música me hipnotizaba; era el grado supremo que yo no iba a poder alcanzar; y esa es una de las cosas que quería comentar, porque en el intercambio de sonidos con que comercié con ella y con Dinorah –otra especialista, de la que hablaré–, los nombres de las canciones, los grupos y los géneros que ella me suministraba no estaban casi nunca en el Spotify. Bien es verdad que asimilé el golpe de esas enormes lagunas cuando al hacer yo mismo el inventario de los Nocturnos de Chopin (también fueron a este cuaderno, más arriba), un tanto por ciento de más de la mitad, entre los que estaba lo mejorcito (por ejemplo Friedman) tampoco aparecía en el Spotify. El caso de Dinorah era distinto, pues me proporcionaba gasolina musical secundaria, al margen de la que se difundía oficialmente por emisoras y discotecas, que frecuentemente tenía exigua representación en el Spoyify.

Vuelvo al hilo perdido. Quería yo encontrar el lugar adecuado, la perspectiva, la disposición para no solo degustar, sino emocionarme y alcanzar cotas de felicidad como hacía Paula, como de vez en cuando hacia Dinorah, como tanta gente ––claro, claro– logra, cuando uno de mis discípulos más dilectos y más críticos, observando cómo me aplicaba, me comentó: “Es inútil; ya no podrás llegar a gustar esa música, es otra manera de escuchar, de comprender…” Melancolía y frustración en un primer momento, sí: existe una estética que no voy a poder incorporar a mi propia cultura, formada y deformada por Chopin, los Beatles, Mozart, Caetano… No siempre se puede absorber lo que nos rodea, no siempre se puede entender, aunque se quiera y se intente. 
He pensado luego, y no a modo de venganza, en que a lo mejor Paula y Dinorah no le encuentran gracia y no se sobrecogen de plenitud musical recibida cuando escuchan los dos sextetos de Brahms (particularmente el de la opus 18), como a mí me ocurre. Y que no es problema solo de educación, pues Paula me aceptó un disco de clásica y yo le pedí el suyo de actual; y escuchamos los dos el ajeno, con voluntad de empaparnos de todo lo hermoso que la nueva música pudiera depararnos. Y de ahí, de la música, pasamos a su contexto, como una secuela de la creación pura, ¿no les interesará ya a mis jóvenes colegas y amigos el desengaño del Mahler final o el abandono de Chopin, en ambos casos refugiados en creaciones excelsas para olvidar tristezas y abandonos del corazón? ¿Me ha interesado a mí el nuevo “look” de Rihanna o las condiciones personales de Anthony and the Johnson?
Y luego está el problema del clasicismo de los Beatles, de Bob Dylan y de Leonard Cohen, que habrá que plantearse en otra ocasión.
Tendría que tener una larga conversación con Adorno.
Voy a escuchar “Let it be…”