Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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sábado, 14 de septiembre de 2013

Discrepancias millonarias

Las recientes manifestaciones de nacionalistas –catalanes– han vuelto a replantear no el tema de los nacionalismos, ya no solo ese, sino el de las disidencias entre millones de personas, pues doy por cierto que habrá muchos más que son nacionalistas y no se manifestaron, así como que habrá otros millones que no lo son: parece ser que estos abismos ¿ideológicos? cruzan la historia de la humanidad y la socavan, dividen y a veces enfrentan. Sin embargo, no cabe achacar el malestar y la disidencia a los que se manifiestan, porque quienes proclaman el estatuto de “nacionalismo no” se encuentran con un sistema más acorde con su modo de pensar. Digamos que ha brotado, con fuerza, un motivo de discrepancia millonaria que antes no se manifestaba de modo tan evidente.
  
Mi primer movimiento es el de culpar a quienes hayan despertado, causado, agrandado, etc. la disidencia, y a quienes no hayan sabido obrar para que no se manifestara de modo tan exagerado y, quizá, agresivo. En ese despertador entran todos los extremos, desde luego, todos los ultras que quieren imponer su modo de pensar y su dogma personal sobre la sociedad en la que viven, y que no saben separar, distinguir, admitir, tanto de modo brutal (asaltantes de la librería Blanquerna), como cuando ejercen función pública, por ejemplo Gallardón, que impone su moral privada en el ejercicio público. Obviamente no me estoy refiriendo solo a la masa de nacionalistas que han reavivado sus convicciones hasta sacarlas a gritos y banderas –ese es un resultado–, sino a quien hubieran debido cuidar de que la disidencia se atenuara para que todo el mundo viva en paz.

No tengo ninguna fórmula para que los nacionalismos no sean un motivo de disidencia, pero hay miles de personas en este país dedicadas a esa tarea –los llamamos políticos– que deberían conseguirlo sin dejarnos un repertorio de imbecilidades e insultos  a todas horas, cuando no ocupan su tiempo en enriquecerse, carrera en la que parece que también se han distinguido los nacionalistas catalanes.

Tengo una segunda consideración al respecto. Me produce una extraña sensación de fraude y amargura cuando la disidencia entre los unos y los otros se manifiesta inmedita y primariamente en términos de “financiación”, es decir, cuando el nacionalista pide que le den más dinero o el no nacionalista –suponemos– le dice que no. ¿Realmente será para que los dineros se repartan entre todos o con esos dineros que pide el catalán se están financiando cosas como la privatización de la sanidad, el arrinconamiento y la degradación de la enseñanza pública, las armas que ya no vendemos a Egipto, los consejeros de las grandes empresas y de los bancos? ¿Y por eso lo reclaman? Yo creo que los catalanes –o cualquier persona noblemente educada e inteligente– no piden dinero para tener más que los extremeños o los andaluces, sino para que en la nube política donde se cuece todo –una mezcla de ideología y corrupción, en la que pasan desapercibidos los mejores– no se les quite parte de su esfuerzo o de su riqueza inmediata para financiar lo que en buena medida detestan. Los nacionalistas alientan es prejuicio; los no nacionalistas se apoyan en la igualdad. Creo que en ambos casos se miente y se mandan a la calle banderas, gritos, policías y constituciones.

Si se sigue ese ovillo se llega a la misma solución de siempre: la que pasa por el conocimiento real de lo que está ocurriendo; para lo cual se necesita lo que se llama ahora “trasparencia”, con poco temor de dios; se necesita calidad de la educación abierta y profunda; se necesita la dignidad de la condición humana, a la hora de comer y vivir y pensar, pero también a la hora de ir al médico o de trabajar.... Mientras esto falle, crecerán las disidencias millonarias, como una lacra más sobre un país ya lacerado y confundido.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Nacionalismos, identidades y lucha de clases

Los ejercicios de comprensión sobre la realidad actual son mucho más comprometidos que los que se efectúan sobre la historia, porque entramos en ellos cargados con nuestra propia madeja intelectual y sentimental –si es que estas dos cosas no fueran lo mismo. Constantemente cruzamos o nos llevan a lugares en donde se da la discrepancia, que a veces aflora tumultuosamente. En estos momentos ocupa un espacio importante la que proyecta en la península el nacionalismo.
Sería pueril intentar clarificar en unos párrafos los elementos y resortes de esa posible discrepancia, que atañe tan profundamente a tanta gente de los que sí y de los que no; sí que podríamos, sin embargo, asomarnos a ese espacio pertrechados de algunos principios, de esos a los que no se quiere renunciar, porque anclados están con fuerza en nuestro modo de ser.
Primero los enunciamos a bureo: 
1) todo el mundo tiene derecho –es casi un movimiento natural– a vivir su identidad, con muchos de cuyos derivados, probablemente, es feliz, se siente conforme. 
2) Por la misma razón, todo el mundo tiene el deber de respetar –y aun cuidar, proteger y fomentar– los aspectos identitarios ajenos, cuidando sobremanera las zonas fronterizas en donde entran en contradicción con los propios.
3) Si para la afirmación o protección de esos derechos –los propios o los ajenos– se planteara una disyuntiva de esas que se llaman "democráticas" (¡qué mal se suele emplear esa palabra!), nunca podría plantearse como la imposición de unos derechos sobre otros de la misma naturaleza. Al parecer es lo que está ocurriendo en Egipto, en donde la mayoría islamista va a imponer una norma para todos islamista también para los que no lo son y no pueden aceptarlo: para defender su identidad atacan a las ajenas, innecesariamente.
4) La aceptación y defensa de la propia identidad no debería hacerse nunca en términos mercantiles –he añadido lo de lucha de clases en el título–: "viviremos mejor si nos separamos" es un modo inadmisible, pues daría la razón inmediatamente a los residentes en el barrio de Salamanca de Madrid, a los productores de azafrán en La Mancha, a los fabricantes de automóviles de Palencia y Valladolid.... que vivirían mucho mejor si se separaran de los jornaleros de Sevilla, de los labradores catalanes o de los pescadores gallegos.

Y esos son unos cuanto principios básicos, sobre los que podríamos hablar tranquilamente, sin demasiadas banderas ni proclamas, aunque sí con canciones (la música, anclada sobre la lengua además, sí es un resultado de la identidad). 

En el post queda sin definir algo muy importante: los signos de la identidad que permiten ese flujo de la pasión hacia el "nosotros". La verdad es que el más importante de todos es muy fácil de señalar: el de la lengua materna, con todos sus derivados, al que siguen otros dos más ambiguos: territorio (pasionalmente: "paisaje") e historia.

Tienen derecho a defender su identidad quienes sientan colectivamente que tienen lengua propia en territorio diferente y con historia particular; nunca deberían hacerlo para obtener ventajas económicas –el correlato es: para degradar a los que no son como ellos, por ahí asoma el embrión fascista, que siempre acecha a los nacionalistas. 
No tienen derecho a imponer normas propias a identidades naturales (lengua, territorio e historia) los colectivos o mayorías que asumen el control de un estado, gobierno, nación, conjunto territorial o de pueblos, etc.

Podríamos seguir, pero parece suficiente por ahora, ¿no?

lunes, 22 de octubre de 2012

Entre nacionalistas y conservadores

Va a ser difícil sobrevivir en este país: al triunfo directo de los sistemas y estructuras soportados por el capital –para simplificar: las derechas– se van a unir el triunfo de los sistemas semejantes de raíz territorial, es decir, de los territorios que –lo dijo Mas, paladinamente– poseen mayor renta y, si consiguen despojarse de los vecinos, "vivirán mejor". Si se trata de vivir mejor, Narón (La Coruña) podría separarse del viejo Ferrol; el barrio de Salamanca (en Madrid) podría poner fronteras a partir de la plaza de Manuel Becerra; y Marbella o Alicante podrían proclamarse repúblicas independientes de jubilados y millonarios. Y así sucesivamente. Lo de vivir mejor como objetivo, mientras no sea lo más universal posible, siempre irá acompañado de un ramalazo de segregación, es ese tizne racista de todos los nacionalismos que, hay que decirlo llanamente, cuanto más fervor provocan más segregación acarrean.
Sin embargo los nacionalismos –la palabra es bastante fea– tienen un componente racional y muy digno, que se aglutina en torno a la lengua, como elemento natural, histórico y mucho más profundo que otros elementos solidarios; y de la lengua irradia (literatura, costumbres, tradiciones, etc.) y se cuela en la sentimentalidad colectiva. Quienes tenemos la lengua española o castellana como natural somos tan nacionalistas como los vascos, catalanes y gallegos, qué duda cabe; y tenemos la obligación de hacer un esfuerzo para aceptar y favorecer que otros sientan igual, y que obren en consecuencia.
Es en el engranaje de ambas esferas cuando se produce esa jarana ideológica que pocas veces vemos resuelta convincentemente: ser y vivir con una lengua, que convive con otras, puede ser un modo de vida más rico y fecundo que quedarse en paleto, desde luego; imaginar, sin embargo, que al formar una comunidad propia vamos a poder desprendernos –y no integrar– del lastre de los que no son como nosotros es, sencillamente, un modo de segregación contra el que hay que luchar.
Es difícil pensar en este tinglado en todos sus términos, hay que hablar mucho y recomponer posiciones constantemente, para no pecar de injustos o parciales. Y es cierto que, al parecer, ahora, se puede hablar personalmente, cosa que no era factible con una pistola o un banquero apuntándote a la cabeza, al bolsillo, al trabajo o a la vida. Mucho me temo que el triunfo de los nacionalismos radicales –no pensantes– y conservadurismos –nada se cambia– vayan a dar a encrucijadas sin solución, donde se impondrá el que sea más fuerte, más violento.
Mala cosa, mala cosa. La solución –se ha dicho bastantes veces– hubiera podido venir de una razonable mayoría educada, de pensamiento progresista, capaz de dialogar y de conceder, tanto en los territorios con lengua propia como en los ámbitos estatales, es decir, de algo que está desapareciendo a toda velocidad en nuestra sociedad, que en algún momento se pensó que hubieran podido ocupar los llamados "socialistas", clase política que, con sus colegas de otros partidos, ha entrado en estado de descomposición absoluta, porque mientras la gente de desengancha de todo tipo de compromiso que no sea el del dinero, los políticos siguen con su insoportable cháchara atacándose por activa y por pasiva, negándose el pan y la sal, motejándose de mentirosos –probablemente todos tengan razón: la mentira se ha hecho consustancial a la política, y lo sabemos todos. La gente se retrotrae a lugares con perfil cerrado (partidos conservadores, partidos ultras, nacionalismos radicales....), se enquista y vocifera, como las hordas que jaleaban a Bildu con banderas desplegadas, puños y gritos; o como las hordas de escapularios antiabortistas de Gallardón. 
Mal horizonte. Y con la educación pública en retroceso.