Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

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domingo, 23 de junio de 2019

Otra edición de "España defendida...."




Editada por SIELAI en la Coruña, aparece una nueva edición de España defendida, de Francisco de Quevedo, por colegas latinistas que trabajan en la Universidad de Murcia, y que ya habían asomado al campo de Quevedo, por ejemplo examinando libros (lecturas y físicos) del polígrafo madrileño, con acertado tino, en la estela de Carlos Fernández y Sofía Simoes, cuyos trabajos sobre la biblioteca de Quevedo forman la base de todo ese aspecto.



Es bastante notable que haya sido una edición siempre poco y mal editada hasta nuestros días, incluso en las ediciones recientes de Victoriano Roncero (que debe andar por Stony Brook), que consiguió transcribir el texto y publicar la peor de todas, en la que extrajo el texto de ese pegajoso campo de la leyenda negra –que ni se cita– y consiguió vaciarla con su propio vacío ideológico, escorzo mediante de que aquel texto juvenil de Quevedo no era más que una cuenta en la sarta de un motivo o fuente exclusivamente literario, la laudatio. Jamás se había leído a Quevedo con tal gelidez histórica, que traduce, probablemente, el vacío del crítico.  Puede verse, entre otras páginas:
Porque España defendida es exactamente lo contrario: el esfuerzo de un joven Quevedo que aspira a competir con los Scalígeros, Casaubones, Mercator, etc. para así hacer patria, que era un estreno histórico en aquellos tiempos de los ejércitos, la burocracia, la geografía.... Lo que un espíritu inquieto y combativo estaba consumiendo –le venía de Europa– mientras seguía profundizando en los clásicos, que era lo que había estudiado en Ocaña y en Alcalá. Quevedo no pudo nunca conciliar ambas formaciones y terminó negando todo lo que no creía, lo que le produjo la inmensa desazón de sus versos. Todo eso es complejo, como lo es la figura del escritor, al que no se puede despachar sin hundirse en sus raíces históricas.



Precisamente por eso empecé a transcribir el texto y a estudiar sus circunstancias; la malhadada edición de Roncero –que dan por buena los colegas murcianos– tuvo no solo la mala fortuna de difundir una imagen falsa de Quevedo, sino también de atajar muchos otros trabajos, entre ellos el que estaba realizando, que ya no publicaré, desde luego. En su momento y en este mismo blog ajusté:

"Proseguimos con la transcripción de España defendida..., después de haber consultado la malhadada edición que ha aparecido recientemente de esta obra de Quevedo y que ha querido condenarla a mero eco de un tópico literario, el de la "laus (Hispaniae)", sin ni siquiera atisbar lo que allí hay de carácter histórico y personal. Es muy de la crítica mocha de fuentes, la que está habituada a vaciar los textos de contenido, convertir cualquier texto en un motivo hidráulico, es decir, a vaciarlo de contenido para mirarlo como un eslabón de una cadena que se explica por insertarse en esa cadena y no por otra razón: de ese modo se anestesia su valor histórico y se le vacía, como a toda la literatura, de cualquier cosa que no sea un repertorio formal. Lo malo de esta actitud es que se vocea y, en el terreno educativo y crítico, ocupa el lugar de lo que hubiera debido ser una lectura seria, real y comprometida. Es el procedimiento habitual y consagrado para anestesiar las ideas y analizar la historia."

Y seguí transcribiendo y editando el texto, de lo que di algún ejemplo:

El pueblo de Quevedo, según Darío Regoyos
La edición que acaba de aparecer tiene de todo: es indudablemente un paso adelante sobre la de Roncero, que debería olvidarse, particularmente por el ajuste de citas clásicas –y no clásicas– identificadas y localizadas. También representa un ajuste paleográfico para una lectura cabal, en muchos, en más casos de los que yo había pensado. 
Luego vienen los peros: históricamente olvida casi todo lo más interesante, nada extraño en quienes arrancan por admitir que el libro es una "laudatio": ahí se ve el daño que ha causado la lectura simplona de Roncero, evidentemente tiene mucho de la laudatio, pero eso es lo que hay que explicar biográfica e históricamente, dos aspectos que se han escamoteado sistemáticamente de la obra; bien está, así lo insinúan muchas veces.
Otro pero: es curioso que no hayan echado mano de la llamada crítica genética –está entre mis páginas sobre la obrita, por cierto– sobre todo porque tienen los mimbres y entran en ella: la de un borrador incompleto. Es evidente que huelga lo de edición "crítica" en este caso, que ellos analizan bien hasta que topan con la Filología. ¿Y allí que ha pasado? Pues que han entrado en el terreno de la modernización con criterios tan poco limpios que hasta han resuelto la vacilación del timbre de las vocales átonas, los grupos de consonantes, etc. O que han conservado tildes de otrora. La verdad es que no me explico por qué han actuado así: para modernizar el texto y que el lector actual lo lea. Pero, ¿de verdad piensan que un texto espigado de citas clásicas lo va a leer el lector actual, al que va a molestar el modo de escritura de Quevedo? ¡Además se trata de un autógrafo! es decir, que representa real y verdaderamente (salvo erratas, que las hay) el modo directo que tenía el joven Quevedo de manejar su lengua, con todo tipo de vacilaciones, muchas de época. Ese comentario filológico, sin embargo, nos llevaría lejos muy lejos. Reenvío a la edición remozada de "La edición de textos", que apareció en VOZ Y LETRA hace algunos años, y que saldrá en el nuevo número de esa revista.



La edición merecería una larga y cumplida reseña, en la que se podría terminar, como ahora hago yo, aplaudiendo el esfuerzo por entregar o editar los viejos textos de Quevedo, señalando cabalmente sus lecturas, ensayando una edición más rigurosa, poniendo en juego –como hacen los editores– todo ese caudal de conocimientos paleográficos, histórico-culturales, humanísticos. Por lo menos, y en lo que me concierne, será en adelante mi edición actual de referencia.

sábado, 4 de octubre de 2014

Un Quevedo mal leído

No me ha quedado más remedio que haber leído la reciente edición de España defendida, el libro juvenil (29 años) de Quevedo, con el que intentó emular a los grandes humanistas europeos que entonces circulaban. La obra, en cierto modo inédita hasta ahora, pues apenas se conocían transcripciones, que seguían la que hace un siglo difundió Selden Rose en revista, ha caído en manos de un quevedista manchego asentado en Stony Brook. Mala suerte, porque ha leído el texto solo y simplemente como si se tratara de un viejo género histórico (laus hispaniae), y aun así lo ha hecho superficialmente, degradando obra truncada –Quevedo no la terminó– tan interesante, mocha aquí de sus aspectos más peculiares, particularmente de lo que significaba en la trayectoria ideológica del joven humanista, que miraba a todos los frentes: pronto iba a embarcar para Sicilia, como secretario y confidente del duque de Osuna.
El medio centenar de páginas del editor son de una superficialidad desesperante, porque va repitiendo párrafo por párrafo lo que Quevedo escribió, incapaz de profundizar en sus lecturas, de calibrar sus intenciones o de configurar el ambiente histórico que produjo el impulso de escribir. 
De la misma manera, al editor le hubieran venido bien algunos principios sencillos de la crítica genética, a la que tanto se presta el borrador, que ha interpretado de modo disparatado, como obra concienzuda de redacción continuada; o la profundización en aspectos históricos que ignora, como todas las referencias al padre Mariana (no parece conocer la correspondencia –autógrafa– de Mariana con Tomas Tamayo de Vargas –en la BL, buena parte); o el hito que la obra significa en la toma de postura sobre la "leyenda negra"... Es como si hubiera ido borrando del texto de Quevedo todo lo que había detrás.
He dudado mucho sobre si redactar una reseña más amplia sobre este disparate editorial, pero al final he decidido que me costaría mucho más trabajo desmontar la ignorancia que hacer caso omiso de ella. Y no lo voy a hacer, allá ello; ¡aunque sé que ya ha recibido reseñas encomiásticas! La factoría de libros de papel de Navarra tiene esas ventajas: difusión, dinero, publicación y vocerío; pero no suelen ser las que califican una delicada tarea filológica.
La obra va anotada a lo wikipedia, es decir, vuelve a repetir lo que el original señala, más o menos; tampoco refina demasiado los aspectos filológicos, es decir, la pura edición, que pomposamente se anuncia como "crítica" (?). 


En fin, le muestro una de mis primeras notas, la dedicada a Muret, que, quizá algo reducida para que el lector pueda asimilarla, hubiera debido al menos esbozar, para no seguir leyendo a un Quevedo plano, pobre, insulso. En mi edición, esas notas ya irán remozadas, con cita concreta de ejemplares de época realmente manejados por Quevedo, pero incluyo la nota provisional para que esta breve noticia no sea un mero brindis al sol:

MURET, Marc‑Antoine (1526‑1585). Es otro de los disparos iniciales de la obra. vi... a Mureto, un charlatán francés, roedor de autores, llamar en un comento a Catulo... El párrafo, con algún anacoluto, reprocha a Muret de blasfemo y desvergonzado, porque trata a Lucano de ignorante y a Marcial de bufón, y ridículo y sucio, solo por ser español... 
Humanista francés, profesor de retórica, maestro de Montaigne, bandera de la joven poesía en sus primeros años parisinos. En la década de los ochenta había venido publicando sus trabajos filológicos, comentarios, epístolas y poemas latinos. Entre todo ello, los referidos a Ciceron, Tácito, Horacio y Propercio. Son numerosísimas sus ediciones anotadas de Horacio. En 1587 edita a Séneca (Opera quae extant omnia... (Paris, 1587). Cuando Quevedo le dirige este ataque acaba de poner en circulación un ensayo político (Tractatus aureus de iurisdictione et imperio..., Francfurt, 1603) y su comentario a los Anales de Tácito y las notas de Salustio (en 1604). El problema de Quevedo era dónde leer a Catulo, si en la edición de Muret o en la mucho más depurada de Scaligero. Curiosamente no cita nunca la de Achiles Stacio, el portugués que trabajaba en Roma (era secretario del Cardenal Sforza) y que podía muy bien ser el representante de la oficialidad católica frente a los clásicos. Quevedo se refiere al prólogo de un comentario a Catulo: Catullus, et in eum Commentarius, Venetiis, P. Manutius / Aldi Filius, 1554 (BNE, R. 34.672), que con los textos y comentarios a Propercio y Tibulo se reedita en 1559: Catullus, et in eum commentarius. M. Antonii Mureti, ab eodem correcti et scholiis ilustrati. Tibullus et Propertius... Lugduni: apud Gulielmum Rovillium, 1559 (ej. de la BUC). He aquí el prólogo, con el arranque del pasaje: ... Hispani poetae praecipue et Romani sermonis elegantiam contaminarunt, et, cum inflatum quoddam, et tumidum, et gentis suae moribus congruens inuexissent orationis genus, averterunt exemplo sua ceteros a recta illa, et simplici, in qua praecipua poetarum sita las est, et in quam superiores omni studio incubuerant, imitatione natural, itaque fere post Ausgust tempra, ut quisque versum maxime inflaverat, sententiam maxime contorserat, eo denique modo locutus fuerat, quo nemo serio soleret loqui, ita in pretio haberi coepit. Quinetiam fucatus ille splendor, et adulterina eloquentiae species ita non nullorum, qui verae eloquentiae gusto non habent, accacavit animos, ut his quoque temporibus extinterint Hispani duo, hominis ceteroqui et in primis eruditi, et scriptis editia nobilia; quorum alter Lucanum Virgilio, alter Martialem Catullo anteponere veritus non est... Al margen de la nota reducionista de Muret, Quevedo no supo colocar el texto cincuenta años atrás, cuando Muret comulgaba con los créditos poéticos de la Pleiade, de la Brigade, antes de tener que escapar, prácticamente, a Venecia. Catulo había sido recuperado desde el primer momento (en la preciosa edición de Wendelin von Speyer, en Venecia, 1472) por la imprenta, junto a los inseparables Tibulo, Propercio y Stacio. El texto fue poco a poco depurado, por Francisco del Pozzo, Angel Poliziano (cuyas notas se quedaron manuscritas e inéditas en su ejemplar impreso, en Roma), etc. que inician sobre Catulo una tarea ecdótica digna de historiarse, como lo ha hecho Julian Haig Gaisser, Catullus and his Renaissance Readers (Oxford: Clarendon Press, 1993). Después de las lecciones magistrales de Antonio Partenio, en Verona (publicadas en 1585), los tres grandes exégetas de la poesía de Catulo fueron, por este orden cronológico, Muret, A. Stacio y J. Scalígero. La edición de Muret, a la que se refiere Quevedo, es un arma arrojadiza de Manuzio contra los humanistas florentinos. El prólogo al que alude Quevedo recoge el espíritu de la Brigade; Muret acaba de llegar de París apenas hace seis meses, particularmente el de la Ode a Michel de L'Hospital, de Ronsard, que distingue entre los poetas griegos clásicos o divinos y los alejandrinos o humanos. Esa extraña alusión, por lo demás, a dos poetas españoles contemporáneos resta oscura. J. Haig Gaisser (p. 155) piensa que se refiere a dos poetas venecianos, realmente. Para Muret la división es entre los poetas de la época de Augusto (Catulo y Virgilio) frente a los de la Edad de Plata, los "hispanos", que pervirtieron el buen gusto: Lucano y Marcial. La idea permancece tácitamente en Scalígero, que aprovecha también los avances de Stacio a través de la edición de Victor Giselinus (Amberes: Plantin, 1569). El final de esa tradición llega a Quevedo, indudablemente, a través de otra obra monumental, las Opera omnia de los tres poetas (Stacio se ha descolgado ya hace tiempo, lo que puede explicar la especial atención que le está dedicando Quevedo) cum variorum doctorum virorum commentariis, notis, observationibus, enmendationibus, et paraphrasibus: unum in corpus magno studio congestis... cun indice rerum et verborum copiosissimo. Lutetiae, ex officina... Marci Orry..., 1604. Los comentarios ocupan en este soberbio volumen en folio casi las mil páginas, que se completan con otras 200 de textos e índices. La obra no arredró a los lectores, pues tan solo cuatro años más tarde se reprodujo a plana y renglón. Para algunas pistas de cómo conseguía Quevedo estos libros, el ejemplar de la BNE de la ed. de 1608 lleva firma autógrafa de Rodrigo Caro. No era el único modo de difusión, los comentarios gozaban de tanto prestigio, incluso sin los textos, que se editaban y circulaban encuadernados juntos en libritos de faldriquera, así los he visto frecuentemente. Por ejemplo, el de la BUC X.6.81 recoge en tamaño de bolsillo, eso sí, muy regordete (cerca de 1.000 p.) la ed. de Plantino con los comentarios a Catulo de Dousa (1582); la de Stoer (1583) con los de Ausonio, por Scaligero; la del mismo Harsy (1607) con los del propio Scalígero a Catulo; etc. Quevedo fue uno de los pioneros en traducir a Catulo al castellano, después de los conocidos poemillas de Castillejo, de algún fragmento de Mal Lara y de un solo carmen de Lupercio Leonardo que había aparecido en las Flores de poetas ilustres (1605). En el Anacreón Quevedo inserta versiones de "Vidamus, mea Lesbia, atque amemus" y de "Quaeris quot mihi  basiationis". Abren el camino a versiones, también muy fragmentadas, de Villegas, Rodrigo Caro y Cascales. Cfr. M. Menéndez Pelayo, BHLC, II, 7‑31 (Santander, 1850). No me he referido a msnuscritos, pues no creo que afectaran, en este caso, a la postura de Quevedo. Véase la ed. crítica de D. E. S. Thomson (The University of North Carolina pres, 1978).