Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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jueves, 23 de noviembre de 2017

Esther Ferrer nos dice que "Todas las variaciones son válidas...."


Y eso es lo que, parcialmente, se encuentra si uno entra en el hermoso Palacio de Velázquez del Retiro, en donde va a seguir hasta finales de febrero. El párrafo inicial del tríptico para el público lo explica meridianamente: abrir y romper el arte tradicional para que en el campo de la creación pueda ir todo, particularmente porque el arte tradicional siempre fue o ha terminado por convertirse en un tiempo y un espacio acotado por las clases privilegiadas, es decir, un lugar de poder.


De tiempo, espacio y tema van las variaciones de esta donostiarra, que atraviesa en varios momentos el arte zaj y que elabora cuidadosamente sus "obras" para que el espectador cobre conciencia de las posibilidades de la creación. He ido acompañado a la exposición, y mi acompañante ha estado durante un buen rato recorriendo el interior del palacio moviendo sillas y sentándose en cada una de las siete que aparecían allí. Imposible delimitar las dimensiones de esta "obra", claro, en la que entre otros elementos, se juega con el cuerpo propio, con las sillas, con su disposición, con el tiempo que se emplea en realizar alguno de aquellos experimentos.


La gente deambula, y se detiene bastante en un piano –que el espectador puede tocar– o en el rincón de aviones, pistolas y otros artilugios de guerra, que terminan no con un cañón o tubo, sino sencillamente con un miembro genital masculino. No está mal esta versión de "haz el amor y no la guerra". 


A mí me han interesado sobremanera las variaciones ordenadas desde supuestos matemáticos y geométricos: los números impares, los primos, los desarrollos geométricos, etc. Después de admirar a todos me pregunto si cualquier variación, cualquiera, tiene una razón, real u oculta.


Hay cuadros y mensajes que no son sino creaciones basadas en lo que se suele llamar "lenguaje fático" (repetir "sí" veinte veces, para terminar "no estoy en absoluto de acuerdo"). 


Toda la exposición realzada queda por el amplio espacio interior del Palacio, uno de los lugares emblemáticos del Retiro.











jueves, 24 de septiembre de 2015

Carl André


Entre el Reina Sofía (edificio Sabatini) y el Palacio de Velázquez (en el Retiro), de Madrid, se reparte la exposición de Carl Andre (1935), el artista norteamericano que, lanzado por los movimientos de vanguardia, ha invadido muchos de los campos expresivos del arte tradicional, para intentar despojarlos de hojarasca y dejarlos reducidos a un objetivismo tan simple como feroz: ladrillos, metales, vigas de madera, objetos "tirados" por el suelo, mosaicos, etc. Curiosamente la reducción se opera, como se ve, sobre los materiales, pero enriquece como contrapartida la disposición y, en el caso de esta exposición, recibe una desproporcionada carga semántica del lugar, por ejemplo del blanco, amplio, hermoso y vacío Palacio de Velázquez, en donde el metal, la madera, el barro y el mosaico recuperan algo más que las intenciones minimalistas de este artista y, a lo mejor muy a su pesar, hasta producen la emoción de la belleza. Desde luego que de la belleza en su sentido tradicional.


El final de una de las ventoleras artísticas de Carl André puede ser una escombrera; y el final de su quehacer literario (ha escrito centenares de poemas) un diccionario con las palabras descolocadas. Ahora bien, la mayoría de lo que se expone tiene su tempo, es decir, se ha dispuesto en razón de elementos básicos de la disposición: horizontalidad, distancia, verticalidad, principios geométricos, etc. entre los cuales vale también, como demuestra una de sus creaciones, el azar, que puede dejar que los objetos se dispongan de cualquier manera, como si hubieran sido arrojados.

 



Parece que al autor le traiciona un escondido principio de la armonía, lo mismo que a los defensores del verso libre, que quizá sin percibirlo, engrosan otros procedimientos rítmicos no tan evidentes como los del verso tradicional (por ejemplo, los elementos anafóricos). Se desnuda aquí al arte tradicional para encontrar los elementos "mínimos" con los que parece haberse elaborado; pero se disponen de manera tan medida, y en un marco tan especial, que no parece sino que contradicen la reducción anterior.


Y uno sale luego, frente al lago del palacio de cristal, donde beben los cipreses de los pantanos y se vuelve a mirar la hermosa fachada del Palacio de Velázquez, que ha regalado al artista norteamericano la belleza de sus proporciones clásicas. Como cuando el poeta de vanguardia recoge sus versos rotos, los imprime en papel exquisito y busca una encuadernación clásica que los convierta en libro regalado.

jueves, 2 de enero de 2014

¿Pintura fuerza?

Idea: Pintura Fuerza. En el gozne de los años 70 y 80



Una exposición en el Palacio Velázquez del Retiro (Madrid, depende del Reina Sofía), lugar majestuoso y poco conocido –a pesar de su ubicación y de que la entrada es gratuita–;  dispone una muestra de pintura española de hacia 1970-1990, la que creó la generación de los nacidos hacia 1940, la que empezó a crear cuando, a la muerte de Franco, se pudo liberar del compromiso histórico social. Mucho me interesa: ponerse puede en relación con todo lo que se hace en aquellas dos décadas, por ejemplo, con las nuevas formas narrativas, una vez superados los realismos, los socialismos e incluso la primeras rupturas con todo el aparato político-social. ¿Que aparece en esa exposición? No soy experto en movimientos artísticos ajenos a la palabra y he pedido a los reyes magos que me traigan la renovada –supongo– historia de la pintura en el siglo XX que acaba de publicar mi antiguo colega de la UAM Valeriano Bozal. 



Da la sensación de un retorno al punto en donde se dejó –conceptualismo, minimalismo, compromisos sociales, rupturas....–, pero con todo aquello asimilado, lo que suele ser normal en todos los juegos que suceden a rupturas muy sonoras o a compromisos que no terminan por avenirse bien con la libertad artística. Tampoco creo que se haya recuperado –vía el culturalismo– la dimensión no necesariamente histórica del arte, o que se haya intentado, por más que los matices de estas manifestaciones sean más ricos; antes bien parece que hay un retorno a superar la tradición desde la misma tradición. Yo veo al menos la abstracción pulida, el ejercicio de la imaginación sobre territorios desfigurados (¡cuantos espejos y cuantas caras borradas!), el refinamiento de la figuración en modelos exquisitamente trabajados, la repetida aparición de la ironía y las ganas de volver a saludar al buen público.... y de su mano al mercado, desde luego, y no lo digo como crítica.



Es bastante probable que durante esos años el territorio vacío se haya convertido en lugar de tanteos y de ensayos –como en literatura– y que la tarea más libre, en general destrabada de funciones políticas muy concretas, pueda volver su mirada hacia aspectos menos domésticos de nuestra historia y de nuestra cultura. Ya nunca se va a volver a la fotografía colectivamente, desde luego, que queda como territorio conquistado; pero quizá tampoco a la exacerbación estética de la pintura abstracta y la generación anterior (Zóbel, Laffon, Sempere, Gordillo, Genovés...); ni tampoco hacia el conceptualismo –aunque otras cosa nos van  a volver a decir apenas un par de décadas después–, del que hay una muestra única y muy llamativa, que se le dice al espectador nada más abrir la puerta del Palacio (la de Juan Navarro Baldeweg).



Junto a él, los cuadros de Alfonso Albacete, Miguel Ángel Campano, Ferrán García Sevilla y Manolo Quejido, que ilustran esta entrada. Se hubiera podido estirar todo a otros nombres, como siempre pasa con las antologías: Barceló, Sicilia, Romero... Pero bien está la muestra como tal, para que el paseante entre y salga de los cipreses calvos del palacio de cristal, que se aparecen en cuanto uno sale, a los saltos de una imaginación pictórica dispersa y renovada.




Como tengo la suerte de que Sicilia ilustró una edición que hice del Cancionero y romancero de ausencias, de Miguel Hernández (Madrid: Imprenta Artesanal) y jamás he visto el libro en el mercado, me parece  buen motivo para cerrar la noticia de la exposición. Edité el libro con Pablo Moíño hace unos años por encargo de Claudio Guillén, director de una colección exquisita, que no se distribuía bien, desgraciadamente terminada, como actividad cultural del Ayuntamiento, cuando hubiera sobrado el sueldo de cualquiera de las decenas de consejeros para mantener tres o cuatro actividades como esta.