Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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martes, 10 de febrero de 2015

El subidón del chocolate

Ha subido el chocolate. En España ha subido el precio del chocolate, sin metáforas. Antes, cuando deambulaba por otros países, ocurría que en algún momento había que buscar el súper, la tienda, la pastelería en donde lograr el suministro necesario para seguir viviendo: carísimos los chocolates de lejas tierras, carísimos y no siempre generosamente desplegados en tipos y marcas, como ha venido ocurriendo en España, en donde, además de las marcas "de toda la vida", normalmente las multinacionales (Lindt, Nestle, Cadbury, etc.) aparecían las patrióticas, encabezadas por Valor, y hasta –si estabas en pueblo o región– las marcas regionales, provinciales, hasta del lugar, lo que era normal en Cataluña (Torras), País Vasco (Zahor), Aragón (Lacasa) o Galicia (Carmina), por ejemplo, por no hablar de los viejos chocolates, hoy o desaparecidos o adquiridos por otras marcas (La Trapa, Elgorriaga....)  ¡Qué variedad! Llegó un momento en el que cada "superficie" (ahora se llaman así) ofrecía su marca "blanda" (también se llama así): chocolates de Mercadona, Ahorra Más, Eroski, el Corte Inglés (Aliada), etc. ¡Qué despliegue! ¡Qué belleza! ¡Qué satisfacción!.... Los más sencillos no pasaban del euro la tableta –el  del azul sencillo de Lindt, cuando no se hincha artificialmente el precio. Entre el euro y los dos euros se movían los perfumados y exquisitos (con naranja, fresa, licor, avellanas, crema, con un poco de sal....), y en ese abanico se incluían los de Valor. Por encima se iban los lujosos chocolates de los aeropuertos (Leonidas, Rocher...), que no suelen ser tan familiares y ricos como los de la gama primera y se venden a precios desorbitados, imposibles para su consumo cotidiano. 

 En España se podía comer chocolate, abundante y barato, incluyendo los contrafacta de "sin azúcares añadidos", que hasta ahora –por el maltitol– eran peligrosos para otras funciones (lo dice la letra pequeña del envoltorio); pero ya han comenzado a venderse los edulcorados por stevia (Torras, Valor....) Lo de "edulcorados", hay que conocer la jerga, que afecta también a los yugures y a otros alimentos, quiere decir que no llevan azúcar (para esos se reserva el de "azucarados"), sino otro otro ingrediente, sobre el que se pasa de puntillas. Los Lindt, por ejemplo, tienen la gama de "edulcorados", pero no llegan a las tiendas españolas. 

Mi experiencia de chocolates está siendo muy peculiar: en Buenos Aires no encontraba más que los paquetes morados de Milka; en Suiza me enteré –y consumí– los edulcorados de Lindt; en París no hubo manera de encontrar chocolates sin azúcar, dominaba el Côte d'Or; y  a China llegaban Rocher, Nestle y Ritchart (que está invadiendo poco a poco el mercado internacional y ya aparece en algunos súper, como los de Mercadona), pero a precios que triplicaban algunas extrañas marcas locales, que también probé, en momentos de suma necesidad... No entro en los infinitos chocolates artesanales que se fabrican aquí y allá, en su mayoría con irregular comercialización (véase entre muchos: http://www.trendenciaslifestyle.com/tiendas-gourmet/las-ocho-mejores-marcas-de-chocolate-del-mundon. Quizá mi dificultad para encontrar buenos chocolates en Francia (a pesar del Côte'd'Or) estriba en que hay infinidad de pastelerías y chocolaterías locales, que no se someten al imperio de las multinacionales. En este blog me he asombrado de la cantidad de tiendas de chocolates en ciudades como Burdeos o Troyes. 
Es el caso que, finalmente, la vuelta a la patria representaba el consuelo de la vuelta al chocolate variado, cercano, barato. 
Mas hete aquí que de repente y sin previo aviso les ha venido un subidón, en medio de la crisis. He ido entre anaqueles de todos los supermercados cercanos comparando precios y comprobando como mis chocolates preferidos, los de toda la vida, han subido bastante sus precios de mancomún. ¡Qué desbarajuste y qué tristeza! Pero bastante.
Sabido es que el maravilloso vicio del chocolate –casi, casi a la altura del vicio del sexo– se ha propagado sigilosamente por amplias capas de la sociedad y, al contrario que el del sexo, tan salvajemente denostado, goza de cierta simpatía social: uno puede comer chocolate en público, pedir chocolate, ofrecer chocolate y sonrisas a una dama de ojos inolvidables, etc. Ya se sabe cómo sigue la comparación: uno no puede ofrecer lo otro a una dama de ojos inolvidables.
Conozco gente que necesita saber que cerca, en casa, al alcance de la mano y del apetito o del capricho, hay chocolate, de manera que si súbitamente se apercibe de que no lo hay, aun a media noche, se levanta y sale a la calle –con el mono– en busca de su pasión, para tranquilizarse.
¿Qué haremos ahora que han concertado subir los precios y bajar los sueldos? Nos daremos a otros vicios –alguno he enumerado más arriba–, que ofrecen una gama popular no tan cara. Es verdad que entre las iniciativas de nuestros gobernantes se acaba de publicar la de perseguir la comercialización del sexo. No, no quiere decir que se vaya a perseguir a ricos, toreros, futbolistas, poderosos, banqueros, etc. cuando se les vea acompañados de modelos y señoritas de belleza imposible, en donde la comercialización opera de manera más sutil. La persecución descenderá a niveles de la calle, en donde la comercialización es más rudimentaria y no se guardan las maneras de una sociedad católica y refinada.
Necesito chocolate.
¡Oh humanidad condenada al sufrimiento por la codicia de los hombres!

lunes, 14 de octubre de 2013

Crónicas (8): pasión y chocolate

llega la noche     y yo      sin chocolate
ya me he tomado   casi    una tableta
las pasiones    avanzan   con la noche
y nada me queda    ahora     para penas

es pena de la mala       insoportable
que con su rabia viene     y su tristeza,
sobrepasa el dolor  de cada día
y te mantiene     por la noche    en vela

solo se calma    mientras se deshacen
onzas de chocolate       dulce    espesas
trasmutación     de la melancolía
en intensos sabores       que consuelan

añagazas del cuerpo      bien extrañas
que    en los rincones del sentir    se cuelan

Chocolatería San Ginés (Madrid)





jueves, 8 de diciembre de 2011

Las chocolaterías de Burdeos


Una de las vanidades más simpáticas de los bordeleses es la de las chocolaterías, abundantes, sugerentes, a la altura de las boutiques más refinadas de las calles céntricas ("Cours de l'Intendence"), en donde uno se puede gastar un capital y enfermar de felicidad y chocolate. La variedad de chocolates y de su preparación es sorprendente. Todo comienza, por lo demás, por un olor que impregna los alrededores y sigue por el arte de los escaparates, del que doy buena muestra.


A este viajero hace tiempo que el doctor le dijo que bajara las dosis de azúcar; pero creo que es algo que los médicos tienen la obligación de pedir, como lo de no fumar, hacer deporte y esas cosas. Por otro lado, sabido es que el chocolate es un afrodisiaco, a las veces sustituto o acompañante de otros placeres peor admitidos en las sociedades burguesas, como la de Burdeos, en la que abundan –he aprendido hoy la palabra– los "bobos" ("bourgeois + boheme").





martes, 1 de febrero de 2011

Sexo, arte y chocolate

Me di cuenta de que había exageración cuando al guardar la compra del último súper las tres nuevas tabletas de chocolate –Valor, Nestle y Lindt– hicieron montón con dos más que quedaban de la remesa anterior. Inconscientemente había acumulado provisiones para que no me ocurriera otra vez lo de aquel último sábado, maldito, cuando salí, a la desesperada, a  buscar chocolate, pasada la media noche. Fue todo un puro disparate; primero, el haber cedido a la necesidad y no haber sido crítica conmigo misma y consecuente con mis planes; luego, el haberme encontrado, de vuelta, con Antonio, que volvía de su particular chocolate  –cargadito, con los ojos nublados–, sin duda, y el haberle dejado que me acompañara de vuelta a casa, porque era muy tarde y qué que hacia yo con esas pintas; y luego todo lo que sucedió mientras, ya en el ascensor, yo comía chocolate sin el control habitual, porque lo compro sin azúcar, y Antonio, que había adivinado que debajo del abrigo había muy poca defensa de ropa para llegar a mi cuerpo, me había arrinconado en el cuchitril aquel, y me andaba medio hocicando....
Un desastre fue dejarle entrar en casa, porque desde el momento que lo hizo, ya me di cuenta de que iba a ser pero que muy difícil convencerle de que lo que yo quería era chocolate y no sexo. Bueno, me es igual, o que el chocolate me servía como sexo. El caso es que aquello se complicó y, en teoría, yo ya había establecido mentalmente unas pautas de vida en las que el sexo –vamos, sobre todo ese sexo, el concedido porque sí– tenía que terminarse, que iba a ser resueltamente una chica que ya había atravesado las turbulencias juveniles, que no estaba dispuesta a malgastar sus emociones, y que iba a mantener una maravillosa dieta de vida plena, que muchas veces me iba a satisfacer muy por encima del sexo y sus circunstancias. La dieta incluía el cultivo de mi actividad natural como persona culta y formada: el arte, la pasión por el arte en todas aquellas manifestaciones que yo sabía que me sublimaban de manera tal que podía sentirme plena, satisfecha, en armonía con todo.  Huyo adrede del verbo “poner”, para mantener también el relato  libre de contagio. Y ahí entraba el arte con mayúscula, pero también el cine, la música, la creación –mi pintura, mis dibujos, mis labs, mi inclinación cada vez mayor por ver....– Y la verdad, una vez que me entregué con pasión a lo que tantas veces me había salvado de situaciones burdas, me di cuenta de que había elegido bien y que 35 años es una buena edad, pensaba, para alcanzar el placer más refinado en el que habrían de intervenir otras aptitudes más complicadas que las de quitarse la ropa; me di cuenta de que aquello podría funcionar y de que me iba a liberar de las secuelas del sexo. Quizá fuese todo mucho más refinado, quizá no se tratara de un sucedáneo, que mi espíritu crítico no hubiera aceptado así como así, quizá realmente la satisfacción de la vida plena en este sentido alcanzaba algún grado de satisfacción corporal. No es que al ver los cuadros de Renoir sintiera directamente un orgasmo, entiéndase; ni que en el último concierto de los redobles de la batería de Rise Against me produjeran los temblores eléctricos de mis mejores polvos; no, en realidad era un placer más diluido, más sereno, que empezaba por introducirse como sonido y luego se extendía a membranas internas, a donde no llegaba las caricias, y desde ahí se propagaba, como en pequeñas dosis, a toda mi geografía, sin especial insistencia –la insistencia de los tíos– por hurgarme en el sexo o por pellizcarme el pecho. 

En aquellos momentos, final de una galería que me hubiera enganchado, segundo gin tonic del concierto, pinceladas finales para rematar la acuarela, descubrimiento de una actriz que sabe moverse.... en aquellos momentos, hubiera bastado que alguien con un mínimo de delicadeza y sentido común posara su mano en algún lugar –¿la espalda, el cuello, el pelo...?­– o dejara pasar sus labios por mi oreja, casi sin tocarla, o me mordiera los nudillos da la mano, o me obligara a cerrar los ojos empujando con la yema de los dedos mis párpados.... algo enormemente sencillo para que yo hubiera sentido, creo, el mismo o mayor placer que al final de una carrera de caballos jadeantes que ya no saben donde arañarse. Y si en esos momentos, además de adivinar que esos labios que habían ido por los alrededores de mi cuello estaban a punto de llegar a algún lugar incontrolado, si además, me hubieran dado una onza de chocolate, para que se fuera deshaciendo en mi boca.... ¡hummmmm! Pero a ver cómo le decía yo a Antonio que se guardara aquel espectáculo que me había montado quitándose los pantalones y que me diera chocolate, mientras yo ponía el disco deAbdullazh Ibrahim y leíamos algunos breves poemas silenciosos de Ana Gorría. “Dame algunos besitos”, me dijo cuando ya las cosas estaban dramáticamente  mal y defendía mi último baluarte, el del pantalón del pijama, debajo del cual no quedaba más, ahí estaba la madre de la criatura, jugándome una mala pasada. Miré con algo de resignación el lugar del diminutivo y, la verdad, eché de menos la silueta de Mercedes Pedroche en donde el desparpajo del desnudo es arte y me llegaron como paraíso lejano los pasos de aquel festival japonés de reggae –lo más cercano que he visto a la metáfora del sexo–, y hasta alguno de los poetas clásicos, así, al vuelo, me pareció un paraíso....
Fue entonces cuando el chocolate vino en mi ayuda, porque, como ya dije, los tomo sin azúcar, con sucedáneos, por lo de la silueta, en fin. Advierte claramente la etiqueta que su consumo excesivo puede causar efectos no deseados.  Se manifestaron los efectos no deseados con una evidencia tal que el pobre Antonio hubo de renunciar espontáneamente a la exhibición de sus poderes y se le derrumbó el edificio, la ilusión, todo.
–Perdona, Antonio, es que hoy estoy mal, francamente mal....
Me salvó el chocolate.


[Denis Antonio]