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| Pomona dormita en los jardines de Boboli |
Son jardines medio civilizados, mejor vestidos y más remilgados que otros botánicos u otros jardines de ciudad. De hecho, así era el botánico (El jardín de los simples); y de tono versallesco, exageradamente versallesco son los jardines de Bóboli y los del palacio Pitti –en la corte de los Médicis hubo varias damas francesas. Los jardines que rodean el palacio, en efecto, tienen algo de grandioso, desmesurado, y dominan las grandes avenidas ("allées") formadas por árboles iguales podados y alineados sin piedad: nunca había visto una avenida de viejas encinas, ni laureles centenarios con apenas tres o cuatro hojas... El laurel es el árbol dominante, aunque obviamente encuentre uno todo tipo de especies, y en caso de los Pitti, muy poca flor: los rincones de flores se concentran en los de Bóboli, pero también ordenadas y agrupadas: rincón de las camelias, jardín de las orquídeas, etc.
En los dos casos, estatuas, muchas estatuas de sabor clásico, casi todas en piedra. En el jardín de los Pitti había también unas cuentas obras modernas, japonesas, de las que hablaré en otro momento.
Un dato sociológico menor: los jardines también se visitan, aunque menos, digamos que en una proporción de un diez por ciento con respecto a la masa que va de monumentos. La verdad es que no habrían de ser tanto para visitar como para estar en ellos.
Sentado al lado de la diosa Pomona, en piedra, leí durante un par de horas en el jardín de Bóboli. ¿Que qué leí? Poesía, particularmente el nuevo libro de María Salgado.
| Laureles desmochados |
Me asustó mucho ver a un colega de la UAM por allí; le hice una foto, y me fui:

