Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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viernes, 17 de febrero de 2012

Los negocios de Quevedo con los frailes

Los negocios de los frailes con Quevedo y ambos con la villa de La Torre de Juan Abad, pues para lo que se reúnen en una notaría de Madrid en 1618 –tres días después de que por allí pasara el Conde de Villamediana; y dos antes de que lo hicieran los frailes de San Jerónimo– es para convenir qué hacían con el censo que la villa les había vendido a todos. Quevedo tiene dinero fresco, acaba de volver de Italia, y está organizando cabalmente su hacienda. Como explica este documento de julio de 1618, por el que se reúnen, como han por costumbre los mínimos del convento de la Victoria "llamados por son de campana tañida" con el regidor de La Torre, en representación del concejo, justicia y regimiento, ya que la villa vendió e impuso sobre los propios y rentas un censo a favor de María de Santibáñez, viuda mujer que fue de Pedro de Quevedo, escribano de cámara de la reina doña Ana.... en 1598.
María de Santibánez –la madre del escritor– murió y en la partición de sus bienes correspondió parte de esta renta a su hija María –la hermana menor– quien en una  de sus cláusulas testamentarias dejó una memoria de misas que habían de pagarse también con esas rentas de la Villa, de la que se hace cuenta, porque la deuda de los intereses corridos es grande y la Villa, arruinada, ha venido en quiebra y concurso de acreedores. Es entonces cuando "el señor don Francisco de Quevedo caballero del hábito de Santiago vecino de la villa de Madrid, por tener el resto" de la deuda, y por comodidad "y buena obra" compra el principal y corridos de la deuda que el convento posee...
El documento sigue, es largo y prolijo (12 folios, y apéndices), porque, como era costumbre reproduce además todos los documentos anteriores implicados. 
Está bastante claro que, a estas alturas, el escritor ya había pensado hacerse con el señorío y que estaba comprando las deudas de La Torre, para tener todo en sus manos, como así va a ocurrir un par de años después.
Otra curiosidad de este documento: uno de os firmantes es Lucas Montoya, afamado predicador en la corte y amigo de Quevedo.


domingo, 20 de marzo de 2011

Quevedo y La Torre de Juan Abad

En noviembre de 1598 se protocolizan los censos de La Torre a favor de María de Santibáñez, la madre de Quevedo, con licencia del rey, y se presentan y firman, por tanto, las escrituras. Ese importante conjunto documental ocupa medio centenar de folios del protocolo 1644 del AHPM, de Gonzalo Fernández. Y este censo está en el origen del señorío del escritor sobre la villa manchega, lo que rematará a su vuelta de Nápoles, hacia 1620, obteniendo, en efecto, el señorío, como compensación o adquisición por las deudas que la villa no pagaba. El conjunto fue integrado como hecho documental en mi propia biografía de Quevedo. Lo que ahora publico, con la referencia correcta por si se quiere utilizar de modo más extenso, son: la licencia del Rey, la nota de protocolos dando noticia del censo adquirido por María de Santibáñez, y las primeras y últimas hojas del conjunto que describe la transacción.



sábado, 15 de enero de 2011

La Torre de Juan Abad y Quevedo

Existe una prolija documentación que relaciona al escritor con este pueblecito "entre andaluz y manchego", del que acabó por obtener el señorío y a donde se retiraba –o le desterraban– cada vez con más frecuencia. 
Algún día se elaborará al menos una cronología documental, que por fuerza habrá de contar con lo que se guarda en el archivo municipal de La Torre, entre otras cosas, pero cuyas raíces alcanzan, nada menos, que a las enajenaciones de bienes realengos que Felipe II comenzó a hacer a mitad de su reinado, para recaudar fondos, en la imposible misión de mantener el imperio de los austrias.
El documento que difundo ahora en su forma original –del AHPM– tiene, me parece, un valor peculiar: creo que es la primera vez que el escritor interviene directamente, en nombre de Margarita de Quevedo, en asuntos de la administración de La Torre. El documento es de 1611 y no es de lectura excesivamente difícil, arriba resume: "Poder que otroga soña Margarita de Quevedo en favor dedon Francisco de Quevedo".


martes, 28 de septiembre de 2010

Castalia, el libro electrónico



despacho de la dirección de Castalia en Madrid
Mantuve ayer una de las reuniones habituales en Castalia, la vieja editorial en la que, desde hace unos diez años, dirijo algunas colecciones, entre ellas Clásicos Castalia. En su local de la calle Zurbano tiene la sede, y en la sede un despachito, entre otras habitaciones, que es donde habitualmente se mantienen las reuniones para dirigir y proyectar la editorial, que desde hace ahora unos cuantos meses, ha cambiado de propietario –y en consecuencia, de editor–; ahora pertenece a Edhasa.
Lo que yo quería indicar, no obstante, ahora que libros, editoriales, papel impreso, etc, han entrado en zona confusa de porvenir azaroso es que ese lugar –editorial, despacho– es como un pequeño santuario de un pasado literario muy peculiar, que se ha contado muchas veces, desde luego. Dirigieron la colección Rodríguez Moñino, el gran bibliógrafo, que la inició; José Fernández Montesinos, cuya foto entre elegante e irónica, presidía las reuniones; poco tiempo estuvo allí Fernando Lázaro Carreter –yo le tuve como profesor, en Salamanca, pero apenas le conocí en sus funciones de director de la CC– y Alonso Zamora Vicente, con el que más tiempo compartí –era mi maestro– tareas.  En ese despacho conocí y traté a muchas personalidades de nuestras letras, entre las cuales solo voy a recordar a Amparo Soler (“Gráficas Soler”), la antigua impresora y promotora de la editorial, elegante, emprendedora, activa.
El despacho ahora padece de la “crisis”, como todo en este extraño país, e intenta remontar el vuelo con el impulso que los nuevos dueños quieren dar a la editorial. Recuerdo, en los últimos años, las concienzudas reuniones de quienes habíamos inventado la REC (“Revista de Erudición y Crítica”), que dedicábamos largas sesiones, con los editores, para montar cada número: Mario Hernández, Pablo Moíño, María Fernández  y yo mismo.
La reflexión sobre qué va a ser del libro no es de un rincón tan corto. Lo último que he leído –en Argentina– y lo último que he visto –en Nueva York–  es desconcertante, pero alentador: el libro recobra el vuelo perdido y se envalentona frente al libro electrónico, al que doblega curiosamente, con elegancia e historia. El libro remite a un concepto de escritura, se erige en centro de un lugar desde donde se despliega todo un ámbito, recorrido antes por la historia, con mayúscula. Incluso su formato futuro está empezando a beneficiarse del  libro electrónico que, hay que subrayar este hecho, "le imita" hasta en su textura.
Añado un enlace para un estupendo artículo de Irene de Benito (la referencia argentina de marras) en La Gaceta argentina.

miércoles, 30 de junio de 2010

De cómo el trabajo no agota la vida

Entiéndase bien: no podremos reconstruir nunca con nuestra tarea ni con nuestra inteligencia un fragmento mínimo de vida real, de existencia. Confesión paladina, que a tantos historiadores ha hecho meditar, viene a cuento de quienes me preguntan que para cuándo la segunda edición de una biografía de Quevedo, que publiqué en 1998. Para nunca, digo de modo entre tajante y dramático. ¿No hay nada nuevo?, me dicen, de alguna manera.

Sí, muchísimas cosas se han ido acumulando y algunas otras habría que corregir; pero me he dado cuenta ya hace tiempo de que, aunque rehaga minuto a minuto su vida  –o la de un día–, el esfuerzo no me va a servir más que para reproducir elementos externos, algunos ideológicos, otros alejados... de algo que nunca obtendré totalmente, a  no ser que fabrique otro quevedo y con la máquina del tiempo me traslade a 1580. Es al contrario, en algún momento el historiador ha de saber salir de ese esfuerzo documental hacia fuera, para trazar el "objeto mental" que le permita adquirir el conocimiento histórico de la persona o de la época; y eso es lo válido, no lo otro. Cierto que hay que saber guardar una adecuada proporción entre distancia y proximidad: no se puede intentar obtener ese conocimiento histórico adecuado sin un mínimo de conocimiento de los datos reales; pero se perderá esa posibilidad del panorama si tanto nos acercamos que solo somos capaces de ver anécdotas de la vida diaria. 
De manera que si encuentro en el ms. 12962/66 de la BNE,  entre los papeles que se copiaron de los de Moratín, un par de hojas con las casas que ocuparon algunos cómicos durante el s. XVII en Madrid, en donde dice que Quevedo tenía una casa en la Calle del Niño, tasada en 30 ducados, “y había sido de María de la Paz”, pues lo copia, sin mucho entusiasmo, y lo dejo ahí. O si en la caja de ms. 12964/52 de la misma biblioteca topo con una carta de Gerónimo de Vera en la que critica el Para todos, de Montalbán, fechada en Salamanca, a 4 de julio de 1632, pues más de lo mismo. Un centenar largo de veces me ha debido ocurrir eso, en ocasiones con datos más o menos golosos (libros anotados de su propiedad, censuras a libros ajenos, autógrafos, colecciones documentales enteras...) Trabajan a mi alrededor investigadores jóvenes, alguno de los cuales podrá aprovechar todo el material acumulado.


Y no se trata solo de datos biográficos, también los hay sobre su obra y sus ediciones. En la RAE, el ms. RM 6880 [colección Rodríguez-Moñino], el Cancionero de Fabio, no citado por Bonneville, dice en lomo Cancionero del siglo XVI; lleva una nota autógrafa de Rodríguez-Moñino al comienzo que señala que es del Dr. Garay (en la p. 177 un copista lo identifica con el citado Fabio) y que procede de la biblioteca de Cotarelo; se vendió a la muerte de su hijo Armando y RM lo adquirió junto con el Buscón, (en Anuario de Letras [UNAM], VI-VII (1966-1967), 81-134.] Habrá que reconstruir con datos como ese la historia de los ejemplares del Buscón.

Y en fin, también se trata de circunstancias históricas: siempre quise saber si Quevedo asistió al "estreno mundial" del Requiem del padre Victoria (por cierto acaba de salir nueva edición discográfica), en las Descalzas Reales, compuesto a la muerte de la Emperatriz; y tenía localizado el sermón, inédito, de fray Juan de los Ángeles (no se publica en la edición de la BAC); en donde no se dice nada, pero hay que conjugarlo con las pp. 560-566 del ms. 11773 de la BNE en las que Diego de Urbina, criado de su majestad, nos relata las honras a la Emperatriz el martes y el miércoles 19 de marzo de 1603. Quevedo no estaba en Madrid esos días, vaya por dios.

Las noticias vienen de documentación perdida frecuentemente, pero en otros casos de fuentes directamente informadoras, como las gacetas: el 17 de diciembre de 1617,  Gerónimo Gascón de Torquemada, (en la Gaçeta, ms. 10303,  f. 46):  "A los 17 hiço su magestad merced de dos hávitos de Santiago, el uno a don Juan de Salazar, secretario del duque de Uceda, con dos mil ducados de renta, y el otro a don Francisco de Quevedo, con mil". Yo había publicado y creído que no le reportaba más ganancia que la casi simbólica del pan y la sal.

El noticiero y el papeleo está por todos lados, como corresponde a la actividad del autor; por ejemplo, para el asunto del padre Mariana, España defendida y la actuación de Quevedo durante esos años convendría echar una ojeada al "L'antimariana" de 1610 (Bibliothèque Mazarine de Paris, FD 835-7)...

En fin, también estoy esperando que los descendientes de Quevedo me permitan publicar los datos históricos sobre su genealogía y patrimonio, que no son los que se dice que son. 
Es tanta la acumulación de datos, fuentes, documentos... que naturalmente alguien habrá de emprender con nuevas fuerzas nueva biografía; yo insistiría que sin caer en la tentación de acumular más y más datos. En todo caso, los mejores fondos documentales sobre la vida y la obra de Quevedo han aparecido durante los últimos años y ahora se pueden consultar, en su mayoría se pueden consultar. Yo mismo poseo uno de ellos, de unos 500 documentos y un centenar de microfilmes que se está catalogando, para depositarlo en el centro y quevediano de La Torre de Juan Abad y que allí pueda ser consultado por todos.


Lo más difícil de llevar es cuando noticias que son patrañas y supercherías acaban por convertirse en datos históricos "irrefutables", como el de los huesos de Quevedo, o el de sus restos, o el de la celda en la que murió en Villanueva de los Infantes. Va un par de fotos  de la celda tal y como la amuebló y dispuso –para que la vieran mejor los turistas– un cronista local: yo estaba presente, hablé con él, le aconsejé que lo dijera, que no era realidad sino reconstrucción y obtuve varias fotos. Quede como testimonio.
De otra naturaleza son las mentiras filológicas, que muchas hay, verbo y gracia Roncero –que se dice "catedrático de la universidad de Nueva York", cuando edita España defendida... como si nada tuviera que ver con la leyenda negra, como un eco más de un motivo literario ("laus"), sin historia. Pero esas nos llevan a otro terreno.

Ya va muy cargada esta noticia, que voy a ilustrar con autógrafos recién descubiertos, retratos inéditos, documentos nuevos...