Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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domingo, 7 de julio de 2013

"Y otra vez pensaremos lo de siempre...."





en el muro, el macizo de heliotropos
Las flores estrelladas del cornejo
nos dicen    que llegó     por fin    verano
en el muro     el macizo de heliotropos
pendientes de la fucsia     en el baladro 

el valle     que no puede con la lluvia
ya todo su verdor    ha desplegado
ausencia y lejanía     también vuelven
y empañan   mares   cielos   montes   campos

atardecer desprenderá     su aroma
de tiempo      que se queda     remansado
por un momento     suspendido     lejos
ignorante de entonces    y de cuandos

y otra vez     pensaremos     lo de siempre
y amaremos    una vez más    lo amado

el valle que no puede con la lluvia

pendientes de la fucsia en el baladro




lunes, 20 de agosto de 2012

Ofrenda de abruños

Ofrenda de abruños para los buenos lectores
despliegan sus colores rojas fucsias

los abruños entregan su cosecha
florece el toronjil junto al baladro
despliegan sus colores rojas fucsias
y descarga su fruto el avellano....

acude el jardinero a la tarea
y tala poda corta busca un ramo
que llevar a la mesa de los libros
para que sepan que llegó el verano

el de la intensa noche la más breve
el del día más cálido y más largo
el que cosecha luz del horizonte
y cubre con azul manto estrellado

todo comienza acaba sigue llega
y se renueva y empieza lo acabado.

Viejo abruño cargado de fruto


viernes, 22 de julio de 2011

Cortar y el camino del jabalí


La casa vieja de los veranos se encuentra en un lugar cuya vegetación se define bien por cómo llaman los lugareños a lo que yo diría “cuidar o arreglar el jardín”: cortar es el nombre más usado, porque se trata siempre de librar a la tierra –o a los cultivos, si se tratara de huerta– de todo lo que crece sin permiso, sean malas hierbas, sean semillas de castaños, laureles, eucaliptos, nogales, higueras, guindos, abruños, etc. que sencillamente han prendido siguiendo el curso natural de la reproducción “no asistida”. 
De manera que debajo de los guindos del camino hay siempre retoños de guindos, que se han de arrancar; y debajo de los avellanos, avellantitos; los retoños de los laureles son más viajeros, y suelen aparecer en escondrijos sombreados, como arbolitos diminutos; los de los castaños, si uno se descuida, aparecen un buen día con un metro de altura y ramificaciones, normalmente en cunetas o cruces de terrenos, quizá como los eucaliptos.... 
el camino del jabalí, entre enebros

Da pena, a veces, arrancarlos, pero no hay otra solución, si de verdad esta zona es la que tiene uno de los índices de crecimiento mayor de Europa, casi como la selva. Y así debe de ser: la glicinia, año tras año, echa sus brazos al horreo y se propaga por todos lados, con centenares de ramificaciones, con una fuerza inaudita; los varios tipos de boj necesitan podarse casi constantemente, lo mismo que las fucsias –sobre todo la que llamana de “pitiminí”, a la que no arredran las zarzas, con las que convive propagándose casi a ojos vistas.... Y así podría seguir ejemplificando con varias decenas más de especies (ortigas, celidonas, aucubas, lavandas, enebros, deutzias, saúcos, camelias....). De entre todas las especies, señeras las hay, que mantienen su jerarquía solitarias: un tejo dorado, la enorme secuoya, el ciprés del himalaya, un alcornoque, algunos chamecíperos, etc. De ellos se encarga lo que aquí llaman “el temporal”, que a mí al menos me ha derribado los árboles más viejos: un nogal, o más grandes: un chamecípero. Sin embargo, cuando uno desea quitar un árbol porque está mal situado o es peligroso o sabe dios qué, hay que ver como se resiste a desaparecer por las buenas. Por peligroso quise suprimir el estramonio o datura –sabido es que es muy venenoso y de una fragancia, sus flores llamativas, embriagadora–:
invasión de hortensias

durante dos o tres años, después de cortarle, seguí persiguiendo sus raíces y abortando los brotes nuevos. Pues este año me lo he vuelto a encontrar, hecho y derecho, rozagante, con más de metro y medio de altura; algo semejante a lo que pasa con una de las dos grandes higueras que había: la que derribó el viento hacia un barranquillo –una serventía– rebrota todos los años, y el año pasado dio buena cosecha de higos, que yo no vi madurar. Y esa es la manera de comportarse de los saúcos, que bien se ve que son de la tierra –se le consideraba árbol sagrado–, y que rebrotan una y otra vez, como si la poda no fuera con ellos.
saúco
Seguir hablando de árboles, arbustos, plantas y demás sería nunca acabar, habida cuenta de lo que he señalado del crecimiento exagerado que humedad y temperatura suave causan en esta comarca. De manera que ya me he habituado también a llegar y “cortar”, sobre todo para despejar los caminos necesarios para moverse alrededor de la casa. Lo más inmediato siempre es cortar la parra virgen, que ya ha llegado a las tejas; la glicinia que devora el hórreo; hacer camino para moverse entre las hileras de bojs; rebajar la altura de todos los hebes, aligustres y demás, para que dejen pasar el sol a otras partes; contener la masa de hortensias, celindas y laureles, sobre todo para que no se conviertan –los últimos– en árboles imposibles de podar; atajar los caminos de las mil enredaderas y trepadoras que ya han ascendido por los muros; o de las vivaces –como las fresas– que están invadiendo todo....
Curiosamente, es una tarea condenada al fracaso: si cualquier año yo no “cortara”, por la razón que sea, el saúco dejaría sin luz a los limoneros; el castaño ahogaría a los manzanos; las ortigas terminarían con las azaleas; los acebos serían atacados por enormes aucubas y el membrillo del Japón, aliado con los agracejos, terminaría con una especie muy valiosa de pino que allí al lado medra.
Y me río cuando paso la tarde, tijera en mano, “cortando” y amontonando lo cortado –que ahora no se puede quemar– en montañas enormes, porque es una tarea, casi, ya se habrá adivinado, como la de la existencia misma: salir al paso siempre de lo que ocurrirá, inevitablemente, cuando ya nos queden fuerzas para seguir.
fucsia de pitiminí

Y mientras tanto, aprovechando estas moralejas existencialistas, he comprobado que el jabalí ha cambiado su ruta, en vista de que se lo puse difícil en la anterior, cuando bajaba desde el monte cruzando la carretera, al lado de uno de los castaños; ahora se ha abierto dos caminos, uno de ellos descarado y mucho más cercano a la casa, entre tres enebros jóvenes (se ve muy bien la foto); el otro, un poco más allá, aprovechando un hueco en la cerca de bojs, a modo de desafío. Tú me cierras uno, yo te abro dos. Me dijeron que le gustaba dormir (¿con la familia?) debajo de un gran castaño que está en la esquina de un ferrado, algo alejado de la casa, posiblemente esperando a que haya cosecha de castañas, que yo no puedo recoger, porque para octubre yo estaré ya hablando con mis alumnos de los versos de Garcilaso y de cómo Lope se ganaba la vida escribiendo comedias, y se distraía en un pequeño huerto que tenía en casa.






viernes, 27 de agosto de 2010

Que se va el verano

La hortensia blanca empieza a abrirse
Y las últimas tareas se amontonan. La tarde se ha ido en una larga sesión de jardinería, de la que doy cuenta generosamente ilustrada, antes de recoger aperos, ramos, tiestos, esquejes, semillas y recuerdos nuevos, los de este verano, que ha sido generoso con los visitantes, pues ha prodigado la luz y ha reducido las lluvias. Por aquí, si la lluvia no llega en dos o tres días, fruncen el ceño y “hay sequía”, dicen. Pues ha habido una larga sequía y hasta ha habido un día, ayer, que el viento del sur elevó la temperatura hasta unos insoportables 27 grados. Fueron solo unas horas, eso sí. Lo contaré en “El paso de las borrascas del Atlántico”.


He visto, verbo y gracia, que muchas de las hortensias –rojas, azules, blancas...– están preparando la floración para setiembre. La floración depende de cómo y cuándo se hayan podado. Las blancas del porche, que alcanzan más de dos metros, han empezado a estallar, primero como botoncillos amarillentos y luego en fases paulatinas, que no duran más allá de las 48 horas, hasta alcanzar ese blanco purísimo que tienen en este caso. Luego se ajan lentamente, y entonces pueden cambiar el color, a veces radicalmente, por ejemplo pasando de azul a rojo. Estrella me enseñó en Boston de qué manera componía ramos secos de hortensias, muy decorativos, como si fueran ramos de encajes.



Las ilustraciones muestran las fases de floración de las blancas [la variedad es siempre la macrophylla]; en una de ellas aparece el jardinero –cosa rara– canturreando con el IPod era una canción de Moustaky, la de “le jeune facteur est mort”: es un testimonio de la verdad, pues todas las fotos de este cuaderno –menos las históricas (yo no fotografié a Blas de Otero, por ejemplo; no le conocí) y las más de las erótico verdes, que son fáciles de encontrar– están tomadas por mí, desde luego, sea con el teléfono, sea con una pequeñísima cámara doméstica, que guardo en la funda de gafas que se ve en la foto.



También seguirán fructificando las zarzamoras: los ramos sostienen por igual moras agraces y maduras. Casi siempre en el camino, serán alivio del peregrino goloso. La zarza es muy difícil al comienzo, dura y espinosa, pero si se le deja madurar y meterse entre árboles y plantas, termina por ofrece su fruto. No, no voy a hacer la comparación fácil con uno de los géneros de nuestra raza, porque además creo que no es verdad. Con las moras hubiera debido hacer la clásica mermelada, pero me han dicho que pare de meter azúcar en mi cuerpo, y era literal, no se referían a ternuras, alicientes, viajes y otras dulzuras. Por cierto, se me ha olvidado el nombre que aquí se da a los muros de piedra que sostienen los caminillos, el mío es una falsa “serventía”, y cuando me lo dijeron, por conocido, creí que me acordaría. He buscado en la b- del DRAE y no lo he encontrado. 

No sé cuándo pierden flor y hoja las fucsias –los “pendientes de la reina”, que en lugares más piadosos llaman “pendientes de la virgen”– que están ahora en su mejor momento, precisamente hermanados con las zarzamoras, con las que ya dije que les gusta hacer camarada: en los tallos espinosos se apoyan sin que parezcan asustarlas. Y las zarzamoras mezclan su “morado” de finales de agosto con el reventón de la variedad más frecuente de fucsias, que yo creo que es la de la foto, aunque muy abundante e invasora es la de “pitimini”, es decir, la de flor menuda. Mi amigo y colega Mario tiene una enorme variedad de hortensias y de fucsias en su jardín de Villarrube, pueblecito cercano, de donde también son otros egregios filólogos; pero no hay que preocuparse, cuando nos vemos tratamos poco del campo filológico, que ha sido muy mal cuidado y abonado y está dando una cosecha infame.

La siguiente viñeta exhibe tres plantas que no he controlado: las pequeñas violetas silvestres, que están por todos lados, y son bien simpáticas; las fresas salvajes, que a modo de enredadera van invadiendo el suelo y que ya dieron su fruto a comienzos del verano (en esta tierra), a modo de fresas pequeñas y muy sabrosas. Y la glicinia o glicina, que ya se ha ido tan alto, por el hórreo, que no he podido cortar más que los tallos de dentro y los que habían invadido el tejado: esperaré al invierno, cuando deshoje, que resulta más fácil; pero hay que hacerlo, porque los tallos que echa se endurecen en tronco de un año para otro y son capaces de derribar un campanario. Y aquí sí que se podría extraer moralina para la conducta humana, claro. Lo mismo he tenido que hacer con la parra virgen, que me tapó ventanas, y que ha quedado mal. Lo que hace daño hay que arrancarlo de raíz, para que no rebrote con el mismo mal debajo del brazo.
avellana recién caída
De los avellanos, he visto que uno de ellos, el que ha dado fruto, tiene todavía bastantes avellanas madurando en rama, y como a diario recojo unas cuantas, decir quiere eso que va poco a poco suministrando alimento a los cuervos. Aunque no he visto nunca a los cuervos comiendo avellanas –sí nueces–. Verdad es que el fruto de la avellana se esconde doblemente, debajo de las hojas, por un lado, y con una falda ocre por otro, como se ve en las fotos. Incluso he podido fotografiar una recién caída en tierra. Cuando llegue la próxima primavera, habrá media docena de avellanitos pujando a la sombra del actual; y tendré que arrancarlos. Hoy he quitado algunas varas, “más rectas que las de un avellano”, porque arañaban la pintura del coche.
Los retoños de avellano no medrarán, pero sí lo hacen los tres retoños de enhebros con los que quiero tapar el lugar por donde entra el jabalí –recuerden que duerme bajo el castaño–: parecen pequeños, pero los dos más grandes tienen año y medio, y la mitad es la que tiene el menor. 

enebros para tapar el hueco del jabalí
No tengo a mano toda mi biblioteca de  jardinería, pero se trata de una variedad que en los manuales señalan como de “crecimiento lentísimo”. Aquí medran a ojos vistas: ahí están los que planté hace dos años en un ferrado, el de abajo –el único que tengo, todo esto es muy reducido–, a partir de esquejes, son ya mayorcitos. Todos son retoños, por esqueje, de los grandes enebros que el temporal dejó escorados. El que me derribó el nogal. Pero ya hay otro nogal abriéndose al aire y al sol; le pueden ustedes ver bien lozano, con solo doce meses de edad desde que lo planté a partir de una nuez enraizada y un año en tiesto. ¿Cuánto tiempo tardará en dar comida a los cuervos? 

nogal joven en el ferrado
Retoño de castaño
Dicen que las manchas que afean de vez en cuando las hojas no son enfermedad, que es el ácido de la central de “As Pontes”, que riega sulfuro en cien kilómetros a la redonda (es de carbón). Todavía guardo una caña para varear nueces que me hice cortando el cañaveral invasor de un frente de la casa y para hacer licor de nueces (que se hace con frutos todavía verdes); pero no lo he plantado “a marco real”, veo ahora, y le acecha cerca un árbol jabonero, creo que es un “serval” o “mostajo”, que Antonio de Ortigueira regaló a Javi, a poco de nacer; y un arce pequeño, que quizá haya que trasplantar. Los retoños de los laureles y de los castaños son los más abundantes; los laureles –romanos, en este caso– ya no proliferan, porque el temporal tumbó todos los que sostenían un talud que baja al río, aquí como en todo el valle. Siempre me suelo llevar uno pequeño a la corte, que tengo en una ventana, para menesteres culinarios. 
Lo de los castaños es más grave, porque medran mucho. El que he fotografiado ha ido a brotar en un lugar imposible, en medio del jardín al lado de unas piedras, y habrá que arrancarlo; no merece la pena trasplantarlos.
enebros, tuyas y ciprés plantados hace dos años
capullos de camelias
No hay que preocuparse por estas pérdidas, ni por la llegada de un tiempo sin flores. Lo camelios ya han empezado a echar capullos, y darán flor a partir de enero: los hay blancos, rosas, rojos... Quizá unas semanas antes haya florecido el jazmín de invierno [Jasminum Nudiflorum], de flores amarillas, y sin olor, como casi todas las de invierno. Y en cuanto se descuiden, enlazarán con las azaleas, que son muy tempranas, y luegos los lilos –que he conseguido que florecieran–, las varitas de san Juan [deutzias], etc. etc. etc. El tiempo dispone sus cosas con cierto orden. Se va el verano ahora. Lo anuncian las últimas hojas del árbol de Júpiter [lagerstroemia indica] que divide los caminos del jardín: han empezado a cambiar el color, en cuanto me vaya ofrecerán sus fuegos artificiales. Perennes quedarán, presidiendo todo, el libocedro [libocedrus decurrens], la secuoya (que me regalaron en Edad de oro, y me traje desde Madrid; hoy sube unos quince metros), la tuya, el cedro del himalaya, los enebros, el pino, los acebos, el olivo, el Tejo dorado [Taxus fastigiata aurea]... sobre un fondo de aligustres, Bojs y laureles.
La parra tiene mala solución