Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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viernes, 28 de septiembre de 2012

Callejear



Paris encuentra su estación, sin duda, en otoño: le gustan los paraguas, las gabardinas, iluminar tiendas y restaurantes mientras fuera llueve; el juego de las luces al cambiar las estaciones, que la gente vaya deprisa a donde todos van. Es la estación más adecuada para ejercer ese arte que tanto les gusta a los franceses –bueno, a quienes allí viven–: hablar, el arte de dar importancia a todo a través de la palabra, con una copa de vino delante, degustada lentamente y tratando de cobrar carácter exhibiendo verbo. Es el París medio.


Ciudad de mendigos silenciosos y de barriadas inmensas que mueven la gente desde el amanecer al anochecer –metros enormes, riadas de coches, autobuses....–, en mezclas raciales que se mantienen milagrosamente sin demasiada hostilidad, a pesar de que es el París más duro.

Y luego está el país del lujo, refinado hasta la excentricidad: el mejor escaparate para el mundo.
El rapsoda tenía cierta avidez por callejear, por consumir ciudad, por descubrir calles, rincones, escenas, gentes antes de que se haga tarde, porque la ciudad se vacía pronto, después de haber ocupado todas las terrazas de las cafeterías para ejercer el otro arte: el de mirar y ser vistos, prefentemente vestidos de negro, con alguna nota de color –pañuelo, gorro, guantes....

La Butte aux Cailles
He callejeado por mis calles: la Estrapade, Saint Jacques, Pot de Fer, la Mouffetard, Glacier.... y antes de irme a descansar me he asomado a la rue Souflot para ver el Panteón, coronado por una luna llena, probablemente uno de los monumentos –o lo que sea– más horroroso que jamás haya podido imaginarse, por lo de dentro y por lo de fuera. Y ahí estaba, entre la lluvia y la niebla, en una plaza, sin embargo, proporcionada, gracias a la biblioteca Sainte-Genevieve, la vieja universidad.


Todo va cambiando poco a poco aquí también. Lo noto en cada viaje. La Mouffetard es cada vez más una callejuela de extranjeros y advenedizos que buscan comida barata –crepes, libaneses, griega, perritos....–; apenas quedan tres o cuatro restaurantes franceses (desapareció una de las mejores creperís), alguno regional y todavía las tiendas de quesos, vinos y tartas. Nada sé del mercadito, porque la he recorrido tarde, nocturna, cuando iba a comprar un par de naranjas (un euro cada naranja).

Probablemente la erosión atañe a casi todo: hoy han anunciado en este país que ya están en más de tres millones de parados. Las diferencias sociales pueden resultar más dramáticas en París, si sigue siendo, también, la ciudad del lujo, la ciudad de paso, la ciudad de los turistas tópicos, en la que una gran masa de gente, a pesar del paro, nunca aceptará trabajos humildes: no aceptará la miseria y las carencias (de tiempo, dinero, comodidades, etc.) en la ciudad a donde todos vienen a gastar y disfrutar.

Port Royal
Y luego está el otro pequeño parís, el de las librerías, los barrios residenciales medios, los museos y las tiendas sencillas, las colas para comprar el pan a la vuelta del trabajo, los lugares en donde se respira libertad y placer de vivir razonablemente. Es el parís cordial, hermoso que uno no se cansa nunca de pasear y que te permite andar durante horas por los bulevares, descansar razonablemente en el parque de Luxemburgo, le Jardin de Plantes, Mont Souris.... 

¡Las hayas y los ginkos de Mont Souris!, al salir del campus de las residencias universitarias, otro remanso de quietud, que ahora ambienta la música de un elegante tranvía que pasa cerca.
Ciudad que siempre va de paso y que parece que se queda esperando cuando nos vamos; que siempre se queda lejos.
Habrá que volver. 
La cola del pan

martes, 24 de abril de 2012

La Butte aux Cailles


Estaba paseando la Butte aux Cailles, como yo por otras razones, que venía de la Rue Alphand y en vez de volver por la Rue de 5 Diamants, tomé el Passsage Sigaud hasta la Rue Barrault, para callejear un poco, a ver si había suerte y salía otra vez a la Place de la Commune, y estrenar el café de la esquina, frente a la Boulangerie, en donde quizá pudiera ordenar los apuntes que había tomado; cuando la vi estaba buscando no sé muy bien qué perspectiva, pues no había allí lo que las guías llaman "edificios singulares", sino precisamente callecitas ordenadas, limpias, antiguas, en donde lo que más destacaban era unas sencillas farolas con aire antiguo y el sabor de barrio recoleto, en realidad con muchas casas nuevas, incluso vanguardistas, pero sin superar la altura media de cada calle, por lo que no se rompía la perspectiva general. Debió verme apuntar una sonrisa y eso sería lo que le hizo atreverse, cuando  iba a pasar a su lado, a mover la cámara de fotos –pequeñita, digital, probablemente japonesa. Era fácil saber lo que quería, así que prolongué la sonrisa, la acentué sin exagerar, y asentí, claro; sin darme cuenta casi mascullé algo en francés ("bien sûr..."), lo que resultó ser la fórmula definitiva, porque desplegó actividad, dejó la cámara en mis manos, y se empezó a mover por la acera, emitiendo monólogos sugerentes... en español. "Aquí...." "¡Dos...! "Así..." y a cada retahíla de monólogos cambiaba de postura, o buscaba un fondo distinto, y me dejaba una sonrisa de agradecimiento fugaz. 
Apunto estuve de del comentario: "Tranquila, sí, que las voy a hacer, saldrán bien...." en español; pero, primero algo embobado por el despliegue de entusiasmo al que estaba asistiendo, y luego por intuición, amplié mis sonrisas y callé, mientras seguía más o menos sus consejos sobre la luz, la calle, el día de otoño y otras circunstancias que parecían colmar la felicidad de esa dama joven, que probablemente estaba cumpliendo sabe dios qué ilusión y que había sabido ir al barrio parisino menos turístico para fotografiare en él. Así que durante un rato hice fotos, hablé muy poco, en francés, ella me devolvía monólogos confusos en español y sonrisas de satisfacción y agradecimiento en idioma de la tribu humana. Hubiera podido decirle que era mejor hacer las fotos con la avenida de manzanos otoñales de la propia calle, de la Butte, al lado, delante del Temps de Cerises, o que tomáramos un café en les Cailloux –el nuevo, que parecía muy agradable, dominando la plazoleta de la Commune, con su graciosa fuentecilla de cariátides....; pero no dije nada, porque de seguro se hubiera roto el encanto de que un parisino, del barrio, le ayudara a hacer las fotos en aquel rincón. Cuando explicara su viaje lo contaría, a su manera: una anécdota más para el cumplimiento de sus ilusiones.

No está nada mal el café de Les Cailloux; estos galos han mejorado bastante en una de las cosas que no acababan por lograr: el café. Otra asignatura que tampoco terminan por aprobar, pensaba ante la dejadez del camarero que me sirvió, es la de la simpatía natural. Aquella española volvería contando que los parisinos eran muy agradables y que, por ejemplo, a uno le pidió que le ayudara a llevarse recuerdos fotográficos de la Butte, y se entretuvo con ella un buen rato, sonriente, cordial, biendispuesto. 
El café está bueno, pero lo que resulta excepcional es la media luna, será de la boulangerie de enfrente, que yo solía frecuentar hace unos años, a la vuelta del site François Miterrand. 

[Antoine Denis]