Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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miércoles, 24 de agosto de 2011

Santiago del Lago y folganzas varias


He aquí un ejemplo sencillo de hito en el camino –inglés– de Santiago: la parroquia de su nombre en Lago, que es una población pequeña, en el camino de Cedeira a Ferrol, a poco de dejar Valdoviño, mirando hacia el lago Frouxeira.


El lugar reúne varias cosas interesantes: el lago es una reserva natural y el lago, el más profundo de los varios que hay en esas costas; estos mismos días, en la playa de Pantín, por ejemplo, se ven cruzar bandadas de aves continuamente, al parecer inician la emigración hacia el sur. El mar de Valdoviño y de Lago es un atlántico abierto, algo desmesurado, con playas muy extensas, normalmente vacías –excepto, los días de sol el rinconcito del baño–, que va dejando en el camino castros, menires, cruces, capillas, ermitas.
Cruzar cerca del mar estas tierras, en la antigüedad, debía de ser aventura peligrosa, de manera que el buen camino trascurre un par de quilómetros hacia el interior, y es allí donde se encuentran los hitos del camino de Santiago. Sí hubo desde el siglo VIII ataques de piratas y de moros en la costa, por lo menos hasta que el obispo Gelmirez –siglos más tarde– construyó una pequeña flota, para defender el comercio; pero no fueron tan frecuentes como en el Mediterráneo. En realidad las poblaciones medievales se fueron al interior, en tanto que las autóctocnas más antiguas –no lo sé las de los asentamientos godos, de los suevos y de los vándalos– no solo estaban en la costa, sino que a veces parecían organizar el castro en islotes, peñas marinas, lugares que sin duda trataba el mar como ahora: con temporales y destemplanza.

Pues en ese camino interior se encuentra –hoy se ve desde la carretera secundaria que va a Ferrol– la vieja parroquia de Santiago del Lago, que he visitado. Se conserva muy bien, con culto todavía, desde luego, y un Santiago matamoros en andas, para sacarlo en procesión, encima de una mesa. Menos belicoso es el Santiago peregrino de la fachada. Es una iglesia pequeña, probablemente de finales del siglo XVI o comienzos del siguiente, a juzgar por la construcción y los dos retablos barrocos, uno de ellos lateral. Indudablemente ha sido ligeramente retocada (¿los techos, las crujías?) para preservarla. Véanse las fotos que hice.
De la literatura local extraigo un cantarcillo medieval –una canción paralelística, de las estudiadas por Eugenio Asensio– del trovador Fernán Esquío o Fernán do Lago, que también vio pasar las aves y, como estaba enamorado, se fijó en ellas, que el amor hace mucho para observar estas cosas:

Vaiamos, irmana, vaiamos durmir
nas ribas lo lago, ú eu andar vi
as aves, meu amigo.

Vaiamos, irmana, vaiamos folgar
nas ribas do lago a eu vi andar
as aves, meu amigo.

Después de cantarla me desvié hacia el mar, buscando el faro nuevo –del que ya he hablado– por las inmensas dunas de la playa de Lago. No había ni un alma –el día era gallego, es decir, nublado, pero sin lluvia por el momento– y la sensación de soledad ante una naturaleza grandiosa se hubiera podido combatir invitando a folgar a la irmana.

Playa de Lago
Todo terminó con un café caliente en el café  Blablabla de Ferrol, servido por una bellísima y rotunda camarera a quien no me atreví a cantarle la canción de Fernán Esquío. Vaya.

Al fondo, el faro frouxeira

viernes, 29 de julio de 2011

Por los caminos de Santiago

En Plural el título, porque muy en breve voy a invitar a acompañarme por el otro camino de Santiago, que la tradición llama "del inglés", y lo voy a hacer en compañía del padre Sarmiento, que lo dejó escrito; aunque él fue en burro con su hermano y yo lo voy a hacer como corresponde a este siglo digital. En el mientras tanto, ya he recorrido este año un par de veces el oficial, el grande: en una ocasión bajando desde Poitiers (también en Francia había varios itinerarios, el de Poitiers iba luego por la costa) y recorriendo –unos mil quinientos quilómetros– y ahora, en sentido contrario, para marcar algunos lugares que no conocía.
Y he ido cantando, como los romeros. Me acuerdo de algunas canciones:

Camino de Santiago
paré en Villaviciosa
y en un huerto escondido
cogí la mejor rosa;
me pinché al recogerla,
que es flor muy espinosa;
en el ojal la prendí
y el corazón rebosa
y más que allí parece
mucho muy más hermosa;
el camino es incierto
y la senda borrosa
si se lleva el recuerdo
donde prendió la rosa.
Lejos el corazón,
lejos Villaviciosa,
la del huerto escondido,
la de la flor hermosa.





Los Caños de Rivero y Capilla de Cristo

Nótese que es de peregrino culto, que lleva artificiosamente al romancillo la rima consonante. ¿Quién ha visto romancillo y consonancia? Por favor.

En esta ocasión he parado en Avilés –que aparte de ser la patria de Campanal– es una ciudad maravillosa, con un casco antiguo recoleto, sencillo y salpicada de iglesias, palacios y soportales. Presume la ciudad de poseer una de las calles más largas con soportales, que es lo mismo que presumir de lluvias; pero es cierto de que son dos, además (Rivero y Galiana), las que los tienen. Sus palacios se conservan bien –excepto el que está frente al teatro Menéndez Valdés–, uno de ellos como hotel de cinco estrellas. El teatro, por cierto, abriendo el siglo XX, con recuerdos de Clarín. Las iglesias más antiguas, sin embargo, han desdibujado capiteles, portadas, arcos.... aunque sigan en pie: así con los franciscanos (en la foto). No he podido ver interiores, porque estaba todo cerrado cuando he paseado; pero a cambio he recorrido casi todo el casco viejo y he imaginado, como hago siempre, cómo sería vivir en esta ciudad noble, tranquila, apacible, a la que llega la sensación de mar cercano y que ha saltado la ría para modernizarse, cosa que tampoco he podido ver más que a través de algunas esculturas modernas –normalmente metálicas, para recordar quizá su pasado industrial– que salpican la ciudad actualmente.
capilla de los Ala

Había fiestas en Avilés, o era sencillamente la alegría del verano apacible: bandas "celtas" –así se anunciaban– tocaban flautas, gaitas y tamboriles por la ciudad, yo escuche una banda francesa, de Brest, tocar delante de la hermosa iglesia y convento de San Felipe Neri; luego, en la plaza donde esta la capilla de los "Ala" (familia asturiana, la iglesia es del s. XV), un cuarteto tocaba jazz ("desafinado", cuando yo pasé); y algún tipo de actuación en otros lugares, aunque la mayor concentración de espectáculos estaba en la plaza Galiana, que tiene como centro un hórreo asturiano y un enorme roble: allí había puestos de todo (crepes, parrillas, etc.; pero tambien quesos de Mahón, extremeños....) Los quesos extremeños los vendía un uruguayo al que cacé el acento y al que me apresuré a felicitar por la copa américa. Pero con todas las vueltas que di, me dejé sin ver el viejo barrio pesquero (Sabugo), como me advirtió la simpática recepcionista del lugar donde me hospedo, que tiene los ojos enormes, como un convento de benedictinos y que es eficiente y cordial.
San Francisco