Se llamaba maría de la miel,
llovía mucho, era de noche, andaba
buscando el mirador que buscan todos:
Granada vista desde el Albaicín,
la torre blanca de san Nicolás,
las plazas solitarias y las calles,
laberinto de sueños extraviados,
antros para turistas y farolas
para alumbrar la lluvia y la tristeza
por haberme perdido en una calle,
en una callejuela retorcida
y no en la miel más dulce de los ojos
que me ayudaran a salir sereno
de la noche, la lluvia y el cansancio.



