Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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sábado, 19 de febrero de 2011

Dos excelentes bibliotecas más, en Madrid


Son muchas, como ya hemos empezado a señalar, las bibliotecas de Madrid, como lugares de trabajo  adecuados para la lectura, la investigación. Obviamente, las grandes bibliotecas –o las de las instituciones reconocidas– siguen ahí: la Biblioteca Nacional de España, la del Ateneo, la histórica de la Complutense (llamada de “Valdecillas”, popularmente), etc.  Sin embargo, son menos conocidas algunas otras bibliotecas específicas, de importancia para su campo. Me voy a referir a dos de ellas, la de la filmoteca nacional –que he visitado recientemente– y la de la Academia de Bellas Artes de San Fernando –que también he visitado ahora.


Palacio de Perales
La biblioteca de la Filmoteca, en Madrid, ocupa el Palacio de Perales (en la calle de la Magdalena) construido, a principios del siglo XVIII, por Pedro de Ribera, pasó a ser propiedad del estado a comienzos del siglo XX y, desde 1977, pasó a formar parte del Instituto de la Cinematografía y Artes Audiovisuales para albergar la nueva sede de la Filmoteca Española.
Por la amabilidad de algunas personas que allí trabajan he podido entrar, visitar el lugar, saber que tiene un precioso museo, todavía sin posibilidades de abrirse al público –falta personal– y entrar en su biblioteca.


No hace falta que exponga, sin embargo, lo que es arquitectónica y artísticamente la Academia de Bellas Artes de San Fernando, del que se puede empezar a admirar la entrada, las escaleras, los patios, los hermosos ventanales... y cuya colección y museo es deslumbrante, pero sí que conviene que señalemos la riqueza de su archivo y la coquetería de su biblioteca, en pleno centro de Madrid, con una organización excelente, ya que se puede consultar su fondo vía internet, en www   archivobiblioteca-rabasf.com.


viernes, 18 de febrero de 2011

Los autógrafos de Diana


Diana Eguía, colaboradora, amiga, ahora ida a lejas tierras, para experimentar, profundizar, aprender y jugar al ajedrez, viene trabajando sobre los autógrafos, en principio de Quevedo –tema sin tratar debidamente, de suma importancia en sus adherencias textual, autorial, histórica....–; pero, como es lógico y por su capacidad intelectual, con ramificaciones complejas que alcanzan tanto a lo que los franceses llamaban la sociología de la literatura, como a lo que los germánicos llamaron sociología de la literatura, como a lo que los norteamericanos casi casi llaman sociología de la literatura, que son tres derivaciones distintas, a la vez muy distintas de lo que a mí me gustaría que se llamara sociología de la literatura, es decir, del proceso mental que se produce cuando, pluma en ristre, se ejerce el difícil arte de convertir en garabatos codificados el batiburrillo mental y todo lo que semejante gimnasia provoca, esto es, el paso de lo que en el nido mental e ideológico se lleva a su forma dibujada para que llegue –lo que llegue– a los que conviven lingüísticamente.
A veces se ha utilizado la figuración histórica (iluminaciones medievales, cuadros, grabados, etc.) para llegar a este proceso desde otras perspectivas históricas: cuando el ángel anuncia a María a voces, cuando lo hace leyendo; cuando San Ambrosio –o San Agustín, o San Jerónimo....– reciben voces de inspiración directamente en su oído, cuando es un dictado que escriben, cuando se da la confluencia, etc. E incluso yendo a detalles, que si papiros, cilindros, hojas, el propio cuerpo.... Sobre su propio cuerpo las escribía Teresa de Cepeda y prácticamente todos los místicos.
He recogido para Diana cuatro preciosas muestras, las tres de detalle de Zurbarán (fray Pedro Machado y otros frailes), coetáneo de Quevedo, para que sobre ellas reinscriba ese tipo de reflexión y lo integre en su trabajo, allí, en lejas tierras norteamericanas, escuchando a Chartier y a otros maestros.





Hablar a las farolas y la destrucción del patrimonio

Plaza de San Ildefonso
Calle Hortaleza
Calle Hortaleza
Mi oculista –excelente, amable, eficaz– me ha dicho que he ganado vista y que tengo que hacerme gafas nuevas con otros cristales; lo malo es que para llegar a esa conclusión hubo de dilatarme las pupilas. Yo no sabía que la dilatación podía durar cuarenta y ocho horas, de manera que mi trabajo de campo de los viernes ha sido un recorrido lleno de aventuras y peligros, tomando autobuses indebidos, sentándome encima de un señor respetable que leía el ABC, hablando encarecidamente a las farolas, preguntando que cuándo abrían las Descalzas a un poste de anuncios o comiéndome una servilleta como si fuera lechuga.... y eso que de cerca veía mejor. Para saber si una dama era hermosa tenía que acercarme a medio metro y, prácticamente, preguntárselo; creo que he ligado con el conserje de la Academia de Bellas Artes de San Fernando; desde luego lo he hecho con una pareja de  hombres muy amables a la altura de la calle Infantas –porque me han hecho propuestas curiosas–; he entrado en una peluquería china de la calle Leganitos para saber si tenían la monografía de Kusche (sobre Pantoja y Bartolomé González); y he estado hablando un buen rato con una estatua de la planta tercera del Museo que he visitado, atenta ella, la estatua, escuchando sin decirme nada.... Eso sí, he comido el excelente menú (9,50 euros) en uno de los mejores restaurantes de Madrid –Hileras, la verdad es que hay muchos– de la zona centro, lo que compensaré con su foto publicitaria.
La jornada había de rematarse en el Doré, en la filmoteca; cambié a media tarde por los Goldem de Plaza de España y en el último momento tomé la sabia decisión de no entrar, para no pedir a mi compañero de butaca –yo iba solo– que me leyera los subtítulos.

Calle Hortaleza
Algo frustrado he vuelto callejeando y me he regalado la hermosura de la calle de Hortaleza, una de la que pasea los edificios más hermosos de Madrid, para recalar en las dos o tres plazoletas más encantadoras de Malasaña, particularmente en la de San Ildefonso, al ladito de una de mis raíces familiares –la materna, en la Calle del Escorial. De todo ello he obtenido las debidas ilustraciones. 
Calle Hortaleza
Eso sí, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, por la mañana,  he recorrido sus tres pisos y he terminado en su archivo-biblioteca, uno de los lugares en donde me documento para mis viñetas sobre el Madrid histórico. Los legajos que he leído me han ilustrado sobremanera sobre el triste destino de buena parte de nuestro patrimonio –particularmente lo que era y habia en San Felipe el Real, el convento de La Victoria, de mínimos; San Felipe Neri.... 
Me he detenido particularmente en los escritos, lamentos y esfuerzos de esa admirable corporación para que –en 1836, con motivo de la desamortización– no se siguiera destruyendo nuestro patrimonio. Querían salvar San Felipe el Real, San Felipe Neri, la cúpula de los Basilios, las Calatravas.... todo estaba amenazado de demolición. Y todo pereció. No sé si tendré ánimo para contarles –con la documentación histórica en la mano– episodios de esa naturaleza, que sistemáticamente han ido deshaciendo lo que hacíamos. Ya veremos. Quizá en pequeñas dosis.
Ah, y no hay que preocuparse demasiado por lo de las gafas: las quiero raras –ya está bien– y María a lo mejor me acompaña para verme los perfiles, y yo le miro los suyos, que también a lo mejor.