Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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lunes, 23 de marzo de 2015

Tres retratos de Gabilondo por Zhu Bingren


Para que el lector anónimo que –de todas las maneras y se diga lo que se diga con su etcétera va a votarle– voy a ofrecer los tres retratos del metafísico, pero crecido de pelo, para que no se tome como chacota degradante. Lo encontré haciendo bulto –nunca mejor dicho, no hay que olvidarse de que yo soy un filólogo, si él un metafísico– en una de las espléndidas salas del museo taller de ese gran artista chino que es Zhu Bingren; obra suya es, no sé si porque se conocieron o porque Zhu intuyó en un arranque de pasión que aquella era una cabeza con las primarias ganadas y el verbo vacuo. 
Me sobrecogió verlo allí y le espeté: "¿Eres tú, Ángel?" "¿Eres el de Foucault, ese que tan bien sabe no decir nada?" No me contestó, siguió con el pelo fruncido cayéndole sobre la frente, como en sus mejores sueños, y la barba adelantada de los austrias, signo de empecinamiento socialista, o resabio y baba de ministro, no lo sé.


Más tuve un de pronto: no me entiende porque se lo había dicho en chino –me vigilaba el portero–:  你 是 我 的 好 朋友 吗?Me miró 按期儿。 ¿Eres tú mi buen amigo? 
Durante un momento nos miramos a los ojos; si hubiera tenido mano se la hubiera tomado y de consuno hubiéramos entablado un coloquio gentil sobre nuestros destinos, tan crecido y sublime el suyo, tan menguante el mío; pero era solo cabeza, bulto, hierro y cobre retorcido. Le tomé tres fotos, me sonrió, le dije que me gustaba, ella me estaba escuchando, que en primavera el amor fuera vestido de blanco. 
Cantamos juntos la marsellesa y clavelitos. Luego volvimos a recitar la canción del pirata, pero él metía morcillas de Gadamer, como quien no quiere la cosa. Estaba sublime: se le escapaban los verbos sin conjugar como versos de amor conceptos esparcidos. Recordando la sala en la que le han ponido tan bien puesto a veces lloro sin querer. Mucho muy más mejor hubiera estado al lado de la Cibeles, coronado con la bandera blanca por Raúl. O haciendo pis, como cualquiera de los angelotes de Rubens, en el Prado, al lado de Carlos V venciendo a los infieles, con la dura coraza cubriendo sus partes. ¡Qué destino, Ángel, qué destino! En una sala de forjas metálicas de Hangzhou, peludo y enfadado, donde nadie te reconoce: he tenido que pasar yo por allí para saber que eras tú, piedra pequeña, canto que rueda por las calzadas.


No quiero adornar tus retratos con nada que no seas tú mismo, caro amigo, que las esperanzas cortesanas prisiones son do el ambicioso muere, con la sangre injuriada por el peso de inviernos, primaveras y veranos. No quiero terminar con esa rima, ni con la tuya; hagamos un esfuerzo final: que nadie pierda.

viernes, 27 de febrero de 2015

De la mezquindad ideológica (sobre Ángel Gabilondo)

Un clamorcillo se da, un clamorcillo de efusiones en torno a la candidatura de Ángel Gabilondo para algún cargo político de campanillas, al que optará aupado por un partido decadente y, me dicen, después de una maniobra poco noble en la que se ha derribado un elegido por votación. Huele a mezquindad ideológica. 
Me traería sin cuidado lo que ocurriera en el seno de ese partido que tanto ha contribuido al sistema generalizado de corrupción que nos rodea; pero resulta que Ángel Gabilondo ha sido profesor en la misma universidad en la que yo profesé, también de humanidades, decano, rector y todo lo que se le pusiera por delante, y he conocido muy de cerca las mezquindades ideológicas de que es capaz, anteponiendo ambición a honestidad, simulación política a conducta personal.... La retahíla que podría seguir abocaría a una enumeración caótica, más allá de la de Leo Spitzer, que fue quien puso nombre a esa figura. Siempre tuvo el mismo significado esa conducta: defensa de la propia ambición en términos profesorales –con su qué de metafísico, que para eso dice que lo es–, defensa con palabrería subida de tono y quiebros retóricos que difícilmente puede conjugarse cuando, al llegar la hora de la conducta, hace de su capa un sayo y busca la vanagloria del poder.
He conocido esa conducta durante bastante tiempo, demoledora en el caso de la Universidad Autónoma, en donde se convirtió en pedestal metafísico incapaz de ver más allá de su ambición; mucho me temo que, llevado a Madrid –comunidad, ayuntamiento, lo que sea– se embadurnará otra vez de frases aparentes en las mismas fronteras de la inanidad, para dejar que los madrileños se pudran con sus problemas, de la misma manera que dejó que la universidad se precipitara a la decadencia y la corrupción, sin freno, la que ahora sobrevive, prácticamente incurable.
Es un político revestido de profesor, que para eso convirtió lo de ser profesor en chatarra.
También le conozco personalmente; pero eso no debería entrar aquí, en el juicio a la persona que predica lo que no ha sido, lo que no fue capaz de ser, y da un nuevo paso, quizá con malas maneras, sobrenadando penosamente en el país de ciegos de nuestros políticos.

jueves, 19 de agosto de 2010

Democracia en la Universidad Autónoma de Madrid

Hacia finales del curso pasado, en una de las últimas reuniones de departamento en mi Universidad (la Autónoma de Madrid) asistí a uno de esos linchamientos democráticos habituales en ese extraño lugar, que tanto prestigio puede llegar a alcanzar a quien no sabe lo que allí se cuece. Un profesor muy conocido –nacional e internacionalmente– con más de cuarenta años de dedicación docente y un currículum de muchas páginas, con una larguísima estela de actividades docentes y académicas, que nos hizo llegar en compendio, se jubilaba y, al amparo de la legislación actual, solicitaba del departamento que se tramitara su petición para que se le nombrara “profesor emérito”, lo que le permitiría continuar durante un par de años más con tareas docentes reducidas y completar su sueldo que, en los casos de profesores de universidad, se va a la mitad y a la miseria cuando se aproxima la vejez.
Juzgó el departamento que la petición podría tramitarse a la instancia superior (junta de Facultad, que a su vez la tramitaría a la Junta de Gobierno, que resolvería) acompañada de un informe del propio departamento y que tal informe emanaría de una votación, que enseguida se pidió “secreta”. Todo fue bastante rápido y voy a ahorrar los detalles que, por lo demás, pocos fueron, porque nadie solicitó los documentos objetivos que, según nuestro hacer académico, podrían servir para sustentar un informe: encuestas a los alumnos que fueron suyos (¿no se hacen también para eso?), valoración de comisión ajena o independiente, consideración de publicaciones, tesis dirigidas, tareas extraescolares cumplidas, tribunales... Ni uno solo de esos aspectos apareció por ningún lado y no hubo tiempo de leer la decena de páginas de su currículum o de valorar sus mejores publicaciones –entre las que hay una decena de libros, por ejemplo–, que muchos de los colegas del departamento –de otras especialidades– no conocían. Hubo un profe, el menda lerenda, que pidió que se tramitara sin informes y que, al no conseguirlo, se negó a votar, pues preveía que aquello podría terminar en acorralamiento y degradación. Otra profe hubo que por razones personales pidió no votar. El resultado de la consulta fue, si no me equivoco (“sí” o “no”, sin mayores explicaciones; al informe positivo, sí; al negativo, no): 28 votos no, dos en blanco, ninguno sí. Y se pasó al punto siguiente. Nadie “explicó el voto”, como se hubiera podido hacer, según estatutos y buen sentio. Y en cuanto a las actas, hace tiempo que se prohibieron recoger en grabación y se aprueban, así como las enmiendas, por votación. De manera que el colectivo puede votar si se dijo o no lo que se dijo, aunque el sujeto dicente presente enmiendas. ¿Ven ustedes la pescadilla, perfectamente trabada para el engaño?
La pregunta es: si no se votó de acuerdo a criterios docentes y de investigación, ¿cuáles son los criterios que sirvieron para negar a un colega la condición de emérito? Los personales, claro. ¿Y por qué nadie expuso las razones del voto? ¿Y cómo se puede esgrimir criterios personales para corregir, enmendar, castigar, etc. la tarea docente e investigadora de un profesor y elevarlos a trámite legal y objetivo que impida su promoción final, al jubilarse, a la condición de emérito? ¿Esa condición de profesor emérito depende de las personas con las que tomas o no tomas café, con las que te cruzas por los pasillos, o depende de tu tarea durante décadas, de tus publicaciones, de tu labor profesional?  A mí no me gustaba nada el antiguo decano de la facultad, ni su modo de vestir, hablar, andar, resolver o no resolver las cosas... ¿Puedo apoyarme en ese rechazo “personal” para erigirme en juez objetivo que interviene en su promoción profesional y universitaria? ¿O tendría que intentar objetivar mi opinión, de plasmarla en datos que incluso las personas, los expertos, de otros lugares con función semejante, acordaran conmigo? Bueno. No hace falta seguir por camino trillado.
Se trata, obviamente, de una modalidad vieja de perversión que envenena aún más el inmenso tugurio de nuestras universidades, en donde campa la corrupción y otros vicios peores. Hace poco lo denuncié en medio público (una página de opinión de un periódico nacional, que he visto reproducida por muchas partes; remito a una de ellas: http://www.almendron.com/tribuna/19427/universidad-decadencia/). Entonces regía –rector– nuestra universidad Ángel Gabilondo, catedrático de metafísica, lo que parece que le permitía subir a los aires de la inopia, a donde probablemente le llegaban trasfigurados por su propia inercia metafísica. Lo que le permitió subir a ministro, de educación, claro.
Y así seguimos.
A mi viejo compañero –tan admirado y querido por muchos de sus alumnos; tan polémico en cuestiones de su campo como debe ser un profe de universidad; tan reconocido como entregado al conocimiento y discusión de su campo filológico; tan zarandeado por su profunda honestidad humana y docente; tan alejado de mis principios, ideología y modo de actuar en muchos casos– le envío un abrazo de reconocimiento por la inmensa tarea que día tras día cumplió durante casi medio siglo, aunque unos cuantos coleguillas le hayan negado las migajas de ser “profesor emérito”, condición para la que reservaban “una votación democrática”, es decir y exactamente: lo que nunca será una votación democrática.