Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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miércoles, 9 de marzo de 2011

El desnudo más hermoso. El erotismo y sus consecuencias

El desnudo más hermoso de la pintura barroca. Eso es lo que he leído varias veces durante las últimas semanas en referencia al que reproduzco en esta entrada, mientras trajinaba con archivos de arte, cuadros, museos.  Ando con dos o tres temas de contenido artístico, que enuncio por si acaso alguien puede ayudarme: sigo a la búsqueda del cuadro que pinto Guido el Boloñés del III Duque de Osuna; preparo una charla, que me han encargado en la Biblioteca Nacional, sobre la cabeza de terracota de Quevedo y sus circunstancias; intento recuperar el hilo perdido de muchas referencias artísticas e históricas del Madrid viejo, sobre lo que he acumulado gran cantidad de documentación (por eso voy al Prado de vez en cuando o a la Academia de Bellas Artes de San Fernando....) 
En fin, vamos al desnudo; lo voví a leer el viernes por la mañana en la espléndida biblioteca del Casón del Buen Retiro, la del Prado, y esta vez me decidí a hacer una foto, porque no solo dejan hacerlo, sino que lo facilitan. La foto está hecho sobre libro y no en el cuadro –eso sí que está correctamente prohibido, las más de las veces. Y mucho que lo miré ese desnudo. Luego, comiendo con alumnos y colaboradores en la Biblioteca Nacional, nos salió el tema a la conversación, porque mantenemos conversaciones de esa altura, desde luego, y nos ponemos estupendos, porque ya que esta profesión nuestra –de profes, de filólogos–  solo sirve para una cierta mediocridad  social y económica, lo procuramos compensar con el verbo pedante, y esa pátina que los humanistas franceses desprecian mediante el adjetivo "intelo". Así me llamaba una novia rápida que tuve el año pasado, antes de abandonarme. 
Vuelvo al desnudo. Yo nunca entendí que pudieran provocar emoción estética que proviniera de su, digamos, belleza, los angelotes de Rubens, verbo y gracia; conozco sin embargo colegas a quienes sí que les produce un cierto efecto de ese tipo; pueden provocarme emoción pictórica o algo así, mediante un cierto desplazamiento ideológico. De manera que me he concentrado tercamente en esa dama que el pintor barroco pintó para que nos enseñara su cuerpo rosado e iluminado, apartando la cascada de su rubia cabellera hacia un lado. El erotismo en nuestra época clásica tenía sus preferencias ("soltarse el pelo", los pies desnudos en el agua, el cuello....) Confieso que  la dama del cuadro tampoco me produce ese tipo de emoción, aunque el rostro que se adivina parece interesante y si me arrimo a algunas cuestiones técnicas –escorzos, gestos, colores. luz....– puedo empezar a sentir cierta sensación grata.

Habida cuenta de que damas como esta eran las que encargaban los que tenían dinero para pagar tales cuadros, y que por lo que hoy sabemos sobre mitologías, desnudos y demás, que esas representaciones se contemplaban para que la vista se regalara, la imaginación se enciendera y la perturbación erótica viniera a alegrar esta miserable existencia, habida cuenta de ello, decía, hemos de convenir que las corrientes de erotismo que la historia nos ha legado de aquel periodo (digamos: siglos XVI-XVII, en Europa) lo que hacen es trasmitirnos idearios estéticos totalmente arrumbados en el caso de las artes visuales. No tanto en otros campos, supongo: volveré el curso que viene a explicar teatro del s. XVII, uno de los espectáculos de halago erótico que en la época mejor funcionaba –por eso, precisamente, tanto éxito–: así, la contemplación de dos galanes –Casilda y Peribáñez, pongo por caso– en escena en el tablado, solos (todo un primer plano), regalándose un abecedario amoroso era uno de los platos fuertes del Peribáñez de Lope. 

Y nosotros, pobres filólogos venidos a pedantes eruditos, nos fijamos en el abecedario y anotamos "el juego barroco con el lenguaje": el público se estaba fijando en los dos cuerpos humanos que exaltaban la plenitud de la pasión con sus movimientos, vestidos, gestos, palabras.... Eso sí: aquellos actores que representaban a Casilda y Peribáñez se parecían mucho más a la dama que reproduzco –o a algún Cristo, no se preocupen, eran modelos– que a los que hoy pudieran ser para nosotros motivo de imaginación sublime. Pondré las dos damas una detrás de otra, para que se vea bien; la de ahora será, obviamente una chinita o una oriental, porque yo tengo esa perversión y ya no me la pienso curar. Por cierto, ¿se han  fijado lo carísimos que son los viajes  a China, Corea o Japón?

Todo esto es harto sabido, de hecho nos llama sobremanera la atención cuando vemos tipos humanos de hace unas décadas e inmediatamente nos resultan estrafalarios o estéticamente caducados, frente a otros, muy pocos, en los que sí percibimos su aceptación actual. Conclusión tremenda, demoledora, para apabullarme un domingo por la tarde: ¿Fue una dama fea en su época Isabel de Portugal? ¿Algún día serán consideradas extravagantes, feas, incapaces de perturbarnos con su presencia Beatriz Montañés y Françoise Hardy? Y ya sacando las cosas de quicio y yéndonos a lo peor de lo peor: ¿Algún día Ángel Gabilondo o el secretario de mi departamento serán considerados modelos de belleza que provocan en las masas oleadas de erostismo?
Me ha salido "erostismo", y lo voy a dejar así, porque se barrunta algo ahí.


Vamos aterminar con una de las perversiones de Felipe II, de las que se tapaban con una cortina cuando la reina cruzaba por el salón donde se encontraba el cuadro de Tiziano, que tiene una réplica espléndida en Nápoles, en Capodimonte.
¡Ah! No he dicho, a propósito, de quién es el otro, el de marras, pero doy una pista al añadir el dibujo –esa parte del dibujo––probablemente preparatorio.


miércoles, 22 de diciembre de 2010

Memorias de profe

Hoy he dado la última clase en un curso de literatura, en una universidad española, y aunque he intentado ceñirme a dos o tres cuestiones fundamentales –salvar lo esencial–, no sé si lo he logrado, que es uno de los síntomas del profe cuando termina tareas. Las malditas legislaciones, al margen siempre de la realidad, terminan por desvirtuar lo que hubieran podido ser intentos continuos de lograr algo positivo. Durante el último año la llegada del plan Bolonia convirtió al aula –que venía siendo ya excesiva, de entre cuarenta y cincuenta alumnos– en un tumulto de más de cien, con horarios reducidos, en donde resulta imposible algún tipo de tarea coherente, formativo, realmente dirigida, controlada.... He detectado –y también mis becarios, que me han ayudado con las clases– alumnos de vocación firme, de formación adecuada, capaces de soportar el tedio y la masificación y de seguir manteniendo la ilusión literaria y, de ahí, la del trabajo y del estudio. Pero no creo que sea posible esa atención educadora que refleje el conocimiento personal, los comentarios de las lecturas, el consejo para determinar en cada momento una elección, incluso algo tan alejado hoy de la educación como puede ser el hallazgo y cultivo y disfrute en cada uno de la chispa intelectual, o las razones del tedio y la desgana, que son perceptibles en la mitad de los inscritos.... Adivino la riqueza humana en la formación de Álvaro, la necesidad que tiene de seguir leyendo y comentando María, el entusiasmo de Guillermo, la inclinación hacia la literatura seria de Sergio, la capacidad de entendimiento de Elizabet, la facilidad con la que asume contenidos Mar, esa maravilla que son los dos adultos en primera fila.... Y también he visto la deshilada de muchos, perdidos ya antes de llegar, irrecuperables probablemente, a los que el sistema asestará la última puntilla.
Y en las píldoras finales insistí en apenas cuatro cosas:
– que se reafirmen en ser ellos y en asumir desde su condición individual lo que les van a hacer llegar como “Literatura”, al margen de la marea crítica y de la costra académica, no por desprecio hacia esa tradición –ya les llegará o ya accederán a ella– sino para intentar constantemente romper los esquemas prefabricados que sirven para ahormarles en un sistema que –eso sí que lo saben– tiene demasiados defectos; y sobre todo para construirse camino con sus ojos, sus experiencias, directamente, braceando contra las dificultades a fuerza de lecturas, charlas con los que andan con ellos, pensando por ellos mismos, intentando escapar al organicismo feroz que ahora se llama “globalización”, y a sus secuelas.
– Adopté tono apocalíptico –espero que me lo perdonen– para que eviten la radicalización del juicio matemático y del etiquetado a toda costa más allá de lo necesario. Lo necesario es navegar intelectualmente; pero que sepan volver continuamente a la complejidad del mundo real –y de lo que se llama “literatura”– que pocas veces, al menos en nuestro terreno, se puede resumir sin menoscabo de la verdad o sin dogmatismo. Que no busquen, por tanto, el final bueno o malo de la peli. “Jopelines”, me dijo María, “con lo que a mí me gusta clasificar”. Solo podemos clasificar y dar como clasificado lo que así está en la vida real; para los demás casos, se trata de un juego intelectual.
– Y defendí ardientemente –un punto de emoción sí que experimenté, a veces– su campo de creación, que podía estar en géneros ajenos –la expresión oral, el ensayo crítico, la carta...–, pero que mantenía vivo el circuito de la libertad, el lugar donde cada uno –y los que en ello creen– se construye más allá de las pautas, descarrila con todas sus consecuencias para construir el me da la gana. Que se mantenga vivo ese quehacer, al margen de premios literarios, famas y posibilidades mercantiles –derivado muy lejano. Que nadie les embote la imaginación ni prenda en su modo de actuar el señuelo de imaginaciones prefabricadas.
— Y no les dije, no me atreví, que la Literatura no existe, claro; porque sí que es cierto que, aunque no exista, sí que existe una actividad humana a la que se ha llamado “literatura” y alrededor de la cual se ha creado una formidable mitología.
Tampoco habría que insistir demasiado en todo ello; vayamos a que literatura, conceptos enquistados, crítica, etc. se nos colaran por la puerta de atrás, precisamente cuando les estaba comentando que a mí me parece, que vamos, que yo creo que....
Y además, todo lo que acabo de comentar, puede que, si lo devolvemos a esta tarde lluviosa de invierno, en ella se diluya y su valor como trasmisión de ideas sea escaso.

Mi viejo, querido y admirado alumno Pablo Moíño –lo discutí a veces con él– me enseño a despedirme, en cualquier circunstancia en los c.e., con “un beso”. A lo mejor esa es la razón por la que ya no escribo nunca c.e. al rector, al papa, a esperanza aguirre, a mariano...; y sin embargo me correspondo con muchos de mis alumnos y desearía corresponderme con F. Hardy o con Beatriz Montañés, porque la palabra –aunque no exista la literatura– sí que arrastra, con su concepto, a la imaginación, y a esa dama formidable la mantengo limpia, pulida, despierta, viva.












miércoles, 30 de junio de 2010

Toda la mañana me ha estado cantando Françoise Hardy



Françoise Hardy: Jaurais voulue…


He estado toda la mañana oyendo
viejas
canciones de françoise hardy:
 
l’amour s’en va..., quel mal y-a-t-il a ça?
en mis estudios de filología

no encontré nada comparable, igual:
Il est des choses… que decir no debo,
no sea que me vuelvan a reñir
Viens… Fais moi une place…

Il est trop tarde?  Será siempre muy tarde
para cantar en la era digital
y llenar con su voz y con sus labios

la pantalla en color del mac gigante
mientras nos susurramos los encuentros.
Mais parfois dans leurs yeux se glisse la tristesse…



Y no se crean que FH es esa dama elegante, fina, de pelo cano que a veces canta junto a Julio Iglesias. Esa es otra, porque a estas alturas de la entrada habrán adivinado que la FH de la que yo hablo es inmortal, inmortal su modo de mirar cuando canta, la gravedad de su voz, la emoción de las canciones siempre al borde del exceso sentimental. No pudimos en su momento amarla como se hubiera debido porque todavía no se había muerto Franco. Me dirán que qué tiene que ver. En nuestra historia casi todo tiene que ver con casi todo, y vienen así las circunstancias, que ahora sería largo de explicar –y entretenimiento vano– una cosa la mar de sencilla como esa. Ocurre que, a años vista, con el veneno de la lejanía y con la carrera del tiempo, a deshora nos damos cuenta de que hubiéramos cifrado nuestro ideal de vida en un atardecer susurrando a François Hardy nuestra incompetencia absoluta para la Filología, y pidiéndola que una vez no más, de verdad, volviera a mover los labios mientras nos miraba con los ojos bien abiertos y sonaba lo de "l`amour s'en va", en cualquier callecita del viejo París. Pero la vida se suele venir a su manera y nos pide explicaciones que no estamos dispuestos a dar a nadie. 
Por cierto, hay varios lugares en la red que han logrado recuperar bien a FH: diría que nos queda un 5% de lo mejor, para la pantalla del Mac.