Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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domingo, 19 de noviembre de 2017

domingo, 25 de junio de 2017

Lorca, de Madrid a Granada


La Fundación García Lorca se traslada a Granada, lo que quizá es lógico. He acudido a ver la exposición sobre Lorca en la Residencia de Estudiantes, la colina de los chopos, donde yo siempre la había visto, por cierto en marco y lugar incomparable. Resulta que la exposición obedece a ese traslado: se ha organizado en media docena de salas, antes de que emprenda su regreso al Sur. 








La mayoría de lo que se expone es documentación, muy rica, personal –documentos, cartas, apuntes…– acompañada de fotografías, alguna película y dibujos. El catálogo es un poco enteco, más bien para salir del paso. A este visitante le hubiera gustado llevarse y leer tranquilamente muchos de los documentos, algún dibujo, tal cual fotografía…., pero estaba prohibido. Es imposible asimilar este tipo de exposición si no se da cobertura a la lectura del documento. Eso sí, en recepción, muchos libros para completar lo que uno no ha podido fotografiar, pero soy hombre en ruinas. Entre todos: la monografía lorquiana de Andrés Soria –comisario de la exposición– que aconsejo muy mucho.

 Así las cosas, el visitante ha ido tomando fotos de todo lo demás, incluyendo la parcial de algunos dibujos de la edición de Poeta en Nueva York (Tabapress), por Mario Hernández, y trayendo a recuerdo la larga visita, el año pasado a la Huerta de San Vicente, en Granada. De esa huerta son también las rosas con las que termina la entrada.



¿También se llevarán la habitación, que se ve desde las adelfas de enfrente? No podrá ser.


Todo tenía una razón añadida –Lorca no necesita razones–, en Clásicos Hispánicos está a punto de salir de taller “Impresiones y paisajes”, la primeriza obra de Lorca, en edición de Ramón Asquerino. Normalmente Carlos Fernández, nuestro tipógrafo y diseñador, hurga entre varias posibilidades, que luego somete al Consejo de Redacción, para una cubierta acorde. Y le enviamos sugerencias, que yo he tomado de esta jornada lorquiana. Prometo publicar las sugerencias, a ver.

















miércoles, 8 de febrero de 2017

Lorca, recitado y cantado


viernes, 15 de febrero de 2013

Memorias de Manuel Fernández-Montesinos


Manuel Fernández Montesinos, con C. Maurer y Mario Hernández
Todavía conservo el viejo longines de mi abuelo paterno; parece ser que los abuelos antes llevaban un longines.... Hace tiempo que tenía esbozada una entradilla que diera noticia de las memorias de Manuel Fernández-Montesinos (Lo que en nosotros vive), a cuya presentación en el Círculo de Bellas Artes no hace mucho pude asistir, y que luego paladee con gusto: escritas con gracia y nervio empiezan como novela y recorren una historia vivida, reconocible, cercana. Entre quienes presentaron las memorias se encontraba Mario Hernández, autor de la entrañable, ajustada nota necrológica que hace bien poco despidió en El País al autor. En la foto –mía– que encabeza la entrada, MFM lee unas páginas en el homenaje a Mario Hernández, a su derecha, Christopher Maurer. Todavía coincidí con él en la Fundación Mapfre, con motivo de un acto sobre poesía actual, organizado por Blanca Andreu y con lecturas de Rafael Juárez, el gran poeta granadino.


Creo que se puede leer en la foto la página inicial de las memorias, recuerdos del niño que embarca en Londres, con el longines de oro de su abuelo en el bolsillo, rumbo a América, y que recibe el mazazo de un comentario de su abuelo –"No quiero volver a ver este jodío  país en mi vida"– que convierte el triunfo y la aventura en huida y desolación. Es un ligero comienzo in media res, para desplegar un lienzo lleno de vida, sobre un telón de fondo –el de la España franquista– que rezumaba tristeza y apartamiento, pasando por Estados Unidos, México, Castillejo (un pueblo toledano donde cumplió algo parecido a la prisión), Frankfurt.... El lector sigue las peripecias llevado por los comentarios del autor, que siempre superan la amargura y el posible odio, con la secreta advertencia de que Federico García Lorca está al fondo, lo que en muchas ocasiones es cierto –desde luego–, pero sin pugna ni contradicción: son las memorias de este leguleyo educado en Alemania y promotor de las asociaciones de UGT las que al cabo terminan por interesarnos tanto o más que sus obligadas referencias a FG Lorca. 


Para las segundas, lo mejor es que repique la nota de Mario Hernández a la que antes aludía, pues difícilmente se puede mejorar.



sábado, 2 de abril de 2011

Se me llena el barrio de vecinos famosos

Baroja y en la "casa de Baroja"
Margarita de Jesús
Ya existían vecinos famosos antes, aunque eran pocos y cada uno había dejado una huella distinta. En mi barrio, siempre estuvo Agustín de Foxá en la esquina de la calle Ibiza con la de Menéndez Pelayo, privilegio del que disfrutó Gabriela Mistral un poco más allá, mirando al parque, durante una de sus breves estancias en Madrid. 

Moratín, en la C/ Leganitos
Y todavía algo más hacia el nudo comercial en el que se cruzan Goya y Alcalá se recuerda con placa rota a García Lorca, en una de sus últimas casas de Madrid, aunque el color de la la placa que no resalta en la fachada y pasa casi desapercibida; en fin, siempre compuso Miguel Hernández las nanas de la cebolla en la callle Conde Peñalver –antes Torrijos–, hacia su cruce con Juan Bravo.... 


Las viejas placas lo dicen todavía, y lo dicen bien. Las hay de todos los siglos, autores y circunstancias. La de la plaza del Humilladero recuerda que allí estuvo la Puerta de Moros (bueno, por allí). La del Instituto San Isidro, que era el Colegio Imperial (hacia 1628 se empezó), que al lado de la Puerta de Alcalá estaba la vieja plaza de toros, etc.
El padre Victoria
Pero vuelvo hacia mi zona en donde se daba, además, la curiosa incidencia de que en la calle Ibiza –de donde ha partido este paseo sentimental–, en su cruce con Fernán González, ha estado desde siempre cantando Plácido Domingo en una placa enorme: la gloria de inmortalizarse 
Puerta de  moros
urbanamente en vida. A Plácido le han salido dos vecinos nuevos, en la misma casa Adriano del Valle, ya hace algunos años, y enfrente Dionisio Ridruejo, hace muy poco.

Eugenio D'Ors
Lo de recientemente alude a ese noble proceder de nuestro consistorio que, además de poner multas y rebañar las cuentas corrientes del vecindario con los tributos de las basuras, está llenando Madrid de placas unificadas y romboidales, a manera de lo que ya ocurría en otras grandes ciudades de pasado glorioso. Recuperar el pasado, ay, de todos modos es peligroso cuando con tanto primor se le ha destruido, de manera que la placa que tantas veces rememora, otras tantas es un aldabonazo a nuestras coinciencias, y así ocurre llamativamente con algunas, por ejemplo cuando se recuerda a Cabezón, a Margarita de Jesús, al padre Victoria o los agustinos recoletos.... entre otros muchos.

Concha Espina
El "Aquí estuvo" en una fachada de ladrillo de hace unos veinte años, cerca de un garaje y encima de una tienda de suministros eléctricos no puede ser un recordatorio de un monjita de los tiempos de Cervantes; y cuando del "aquí estuvo" de Saavedra Fajardo y los agustinos recoletos levantamos la vista al aire, el espacio y el quiosco del café del Espejo, no podemos imaginar lo que "estuvo" ni lo que fue de ello. Y menos mal, porque en el tránsito del reinado de Isabel II aquel estuvo fue un garaje de Mendizábal. Y no digamos lo que pasa con la aglomeración de placas que sufre la fachada del café de Oriente y alrededores, de la que solo la de Cubiles –el músico– es más reciente, las otras aluden a imposibles: San Gil, Las casas del Tesoro, etc.

Más suerte tuvo la residencia del padre Victoria, al que le ha correspondido un precioso edificio victoriano. Otras son sencillamente escorzos del ayuntamiento, sinécdoques urbanas, como las placas que recuerdan la vivienda de Quevedo o la de Cervantes. Están equivocadas las de Bolivar (en la parroquia de san José), probablemente la de Ercilla (en San Nicolás), etc. 

El Colegio Imperial (San Isidro)
¿Pondremos alguna vez en el suelo de la calle de Santiago una placa especial que diga: "Pasajero, estás pisando lo que hubiera podido quedar de Velázquez"? Y otra al lado de la calle Huertas que advierta, "Oh joven divertido y procaz, recuerda cuando tomes la última copa de madrugada que, pared con pared, en las trinitarias, Cervantes yace en sabe dios qué rincón y no le dejas dormir".

Bartok en la calle de la Paz
Últimamente se nos está llenando Madrid de músicos: preciosa la de Bocherini, en Mesón de Paredes; o la de Chapí en el centro, en casa tan alegre; y muy voluntariosa la que une el barrio de Lavapiés a Albeniz; más precisa la de Prokofief en el Monumental –por su estreno de uno de los conciertos de violín–; y olvidada la de Bela Bartok, en la calle de la Paz (¿leería Bartok a Galdós, escucharía a Chapí....?) Una bien reciente, en plena Malasaña, recuerda a Ramón Barce. Valle-Inclán anda por todos lados, como Galdós.

Bocherini en Lavapiés
Esto de las placas tiene su qué: ¿sabría Claudio Sánchez Albornoz –plaza de Celenque– que durante un tiempo podía encontrarse a la vuelta de la esquina con Baroja? Aunque Baroja terminó viviendo cerca del Retiro, en el barrio de los Jerónimos. ¿Se encontraría Baroja con Concha Espina, al ladito? En algunos casos hay doble placa, la vieja y la nueva, como la que hay que descubrir entre andamios y turistas para recordar dónde estuvo La fontana de oro y, por tanto, en qué lugares se inspiró Galdós par escribir la novela. Muy escondida –y algo incierta– la que recuerda el lugar donde pudo haber estudiado Cervantes en la calle Estudios.

Cervantes, en la C/ Estudios
Y ya, puestos, que es una aventura de la imaginación que a mí me gusta desarrollar hasta sus  últimas consecuencias, ¿esa vecina de ojos oscuros  que pasea al perro al atarceder, a veces noche, sabremos los dos, cuando cruzamos los ojos, los míos con lujuria los suyos con temor, que ella lleva una placa en potencia y yo en insistencia, que rezarán leyendas de nuestros encuentros ocasionales en el bulevar?
De lo que no tengo ninguna duda es de que se pelearán en mi departamento de Filología de la Universidad Autónoma de Madrid por ponerme una placa y recordatorio en el despacho que he ocupado durante décadas, será –siempre se puede soñar– a propuesta inequívoca de Florencio Sevilla, inmediatamente "apoyada" por Mariano de la Campa, en votación secreta que arrojará el siguiente resultado: trescientos ochenta y tres mil doscientos cuarenta votos a favor, uno en blanco, y dos en contra; el uno de ellos intentará una enmienda al acta explicando el sentido de su voto, enmienda que el director actual, Antonio Rey, pasará inmediatamente a votación a mano alzada, y será derrotada por por trescientos ochenta y tres mil doscientos treinta y nueve votos –uno se fue a hacer pis– en contra, con lo que nunca habrá ocurrido oficialmente aquello que uno dice.
Inaugurará la placa, con cortina y flores, Ángel Gabilondo. Y para escribir su leyenda se pelearán las mejores plumas. 
La eternidad me espera.