Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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viernes, 20 de mayo de 2016

Las virtudes del pájaro solitario


Un espacio blanco en un lugar recuperado de Granada, el palacio anterior a la Alhambra, que se puede admirar en esta ciudad de contrastes tan acusados, pues mientras tanto se pierden los patios de San Juan de Dios o se deterioran y maltratan otros bienes patrimoniales –y eclesiásticos.
Le viene bien a Juan Goytisolo el traje impoluto que le han cortado Santiago Arranz y Hassan Bourkia, y que procede de Toulouse y ha pasado por Zaragoza, como le vienen bien los aderezos de tierra pura –en algunos cuadros– y de restos arqueológicos de la cultura hispanomusulmana, de lo que da cuenta este entradilla, que bien se podría colocar bajo uno de los textos de Arranz: "Fuimos pájaros sin tierra ni raíces, y nuestro único alimento fue su literatura....", que deriva de  Las virtudes del pájaro solitario.




martes, 6 de mayo de 2014

Se aplauden

Raro es el día en el que no asoma al noticiero hispánico la distracción de fondos por parte de alguien que vio pasar a su lado el dinero público. ¿Cuántos habrán logrado su operación sin que nadie se entere? El caso es que, cuando estas noticias se explican, las cantidades que suenan lo son casi siempre de millones de euros, en flagrante constraste con las noticias que del otro lado vienen: las de los eres, sueldos, subidas de pensiones, pagos por cuestiones sociales (discapacitados, etc.) que se suelen mover dificultosamente por debajo de los doscientos, trescientos, cuatrocientos euros. Un ladrón de guante blanco equivale casi siempre a un centenar de viejos, enfermos, discapacitados, jornaleros, hambrientos.... y a un millar de emigrantes. Bastaría con vaciar los bolsillos de un consejo de administración de cualquiera de los bancos socorrido por fondos públicos para dar trabajo a todos los emigrantes que llegan penosamente a lo largo del año.

El movimiento de los emigrantes proviene del mismo motor que el de la jerarquía política catalana –y de alguna más. Si quitamos las banderas y los cantos patrióticos de todos lados –los emigrantes vienen sin ellos– unos y otros quieren “vivir mejor”:  los catalanes porque son los que mejor llevan lo de la “marca españa” (Mas  dixit); no creo que me equivoque si sospecho que idéntico desamor se puede operar –si las condiciones se dan– en canarios, riojanos, extremeños o castellanos. Parece que es un tumorcillo de la condición humana que, bien trabajado, produce las hermosas ramas de las banderas y las nacionalidades.

En nuestros pagos, el temor opera en doble dirección: como desembarque toda la juventud africana vía Melilla se nos va a acabar lo de ser una sociedad burguesa y bien alimentada. No hay ningún secreto: eso se llama desde hace mucho lucha de clases, con todos los aditamentos de la formación histórica actual, pero lucha de clases. La sensación de que si te desprendes de los molestos vecinos que menos tienen o peor saben hacer las cosas o son más feos o la tierra donde nacieron no da para tanto, nos va a ir de perlas lleva inexorablemente a levantar banderas. Todavía me acuerdo de aquel nobilísimo empresario vasco que declaraba paladinamente en la TV después de un asesinato de un conocido industrial bilbaíno: “¡Es que es uno de los nuestros”! Los emigrantes a los que se rechaza como se puede –vigilan las cámaras– “no son uno de los nuestros” y, como decía Goytisolo, han cometido el delito de que les nacieran en donde solo hay miseria, miseria en la que conviene que se mantengan, para llevar allí la explotación. Arreglar aquella lejana miseria es algo que no cabe en el magín de un pobre funcionario que toma el metro todo los días y no sabe qué hacer con su pena o con su rabia, con su perplejidad:  situar el problema a donde solo llega, muy ocasionalmente, el corazón y no la ayuda es uno de los grandes triunfos del capitalismo siglo xx-xxi.

Y mientras tanto los políticos “se aplauden”, utilizo el reflexivo con plena conciencia, porque se trata de una de las escenas más grotescas de nuestra triste realidad, esos noticieros en los que aparecen las concentraciones de unos y otros, con trajín de autocares y colorito de banderas y escapularios, y aparecen con tres o cuatro virtudes sistemáticas: se sonríen, se aplauden y se insultan mintiendo. Lo de que Rajoy circule por alguno de esos campos o gimnasios sonriente y aplaudiendo a los que, a su vez, sonríen y aplauden, resultaría una de las escenas más divertidas de nuestra feria nacional si no fuera por todo lo que hay detrás. ¿Y por qué se aplauden? ¿A quién? Se aplauden a ellos mismos, desvirtúan radicalmente la alabanza a gesta ajena que lleva implícita el aplauso; es como si yo me levantara aplaudiéndome por haber dormido bien, después de desayunar unas ricas tostadas o cada vez que me lavo los dientes, sin que nadie me viera. Voy a proponer a los vecinos de mi comunidad que en la próxima reunión nos aplaudamos mucho, después de haber discutido el problema de las bajantes.

Y el aplauso nos lleva al final. ¿Se dan cuenta en esos festivales de aplausos y banderas que quien no vaya en los autocares a la fiesta de los escapularios sabe perfectamente lo que se va decir y cómo allí? Es inútil que Pons o Valenciano intenten refinar su retórica, mucho antes de que rompan a decir tonterías sabemos de memoria que la sustancia de su diarrea mental consiste en dejar retóricamente fijado que los de enfrente son unos descerebrados. Y a los pobres socialistas, enajenados por la falta de cariño que sufren, antes de que se pongan a aplaudirse, ya se les adivina que no tienen nada más que decir que los abanderados del pepé son malos, se han equivocado en todo y este país va al desastre. Ganen los unos o los otros, medio país quedará convencido de que todo está mal, que vamos a peor y que no hay nada que arreglar. El espectador normal de estas borracheras absurdas –en las que se gastan millones– extrae la lógica consecuencia de que todos mienten, de que cada parte obra con la única intención de ocupar la parcela de poder desde donde se puede seguir robando con calidad e impunidad.

Pero, por favor, que no hablen, que no digan lo mismo ya tantas veces, y que si lo hacen que no se aplaudan.



jueves, 5 de mayo de 2011

Céline, Quevedo y los réprobos

Auto de fe (Pedro de Berruguete. Museo del Prado)

Al comentar la decisión del gobierno francés de suspender el homenaje a Louis-Ferdinand Céline, escritor cuya conducta e ideología es incompatible con lo que hoy se juzga comportamiento humano, Mario Vargas Llosa medita en voz escrita sobre esa flagrante disyunción que frecuentemente opera entre obra y conducta. Le sigue en su argumentación Juan Goytisolo, de cuya dignidad ideológica –incompatible con cualquier mácula de exclusión– no hay ninguna duda; y en sus argumentaciones sale a relucir, como suele ser frecuente, Quevedo, su vida y su obra.
También hubiera podido argüirse con las pirámides de Egipto, Verlaine, Strauss, la Capilla Sixtina o las pinturas de Berruguete en Santo Tomás de Ávila, sede de los dominicos y de la Inquisición durante nuestros siglos dorados. Tanto Vargas Llosa como Juan Goytisolo son, afortunadamente, dos escritores necesarios en nuestra formación social, que mantienen con honestidad, rigor e inquietud un campo de ideas –distintas, por cierto– que azuza la inercia pensadora de nuestro tiempo y promueve la reflexión. 
Se necesita, sin embargo, matizar con algunas precisiones históricas, que quizá ayuden a moverse en ese mismo sentido, el de las ideas, con mayor seguridad, pues afectan a otro debate frecuente: el de la confusión entre criatura y realidad, que dejo de lado ahora, porque ya ha tenido dos viñetas en este cuaderno.
Buena parte de la confusión reinante en este campo proviene de la indefinición asumida de lo que se suele denominar obra de arte, que incluye como tal la Literatura, sobre lo que ya se ha argüido sistemáticamente en este cuaderno de pantalla, hasta conformar una especie de introducción breve.
Se considera que el resultado de la actividad humana ha dejado una estela valiosísima de productos –yo ya no les voy a llamar "artísticos", para ir definiendo– que forman parte de nuestra historia y hacia los que nos volvemos con interés, deleite, etc. cuando queremos prolongar nuestras ideas y nuestro conocimiento más allá de un partido de fútbol. Y así leemos el Viaje al final de la noche, vamos a Egipto, releemos los Sueños de Quevedo, o admiramos el vigor de Berruguete.... aunque detrás de cada obra y, presuntamente, de su autor haya elementos negativos de tal calibre que, al menos hoy día, provoquen la repulsión y el rechazo.
La perspectiva cambia totalmente y nuestra actitud se entiende mejor si pasamos a considerar que no es que nos deleiten las pirámides de Egipto como etérea obra de arte, ni los obscenos poemas finales de un Verlaine que ya no puede salir de su degradación, ni el hieratismo de los inquisidores reflejado por Berruguete (la mayoría de esos cuadros se pueden ver en el Museo del Prado, hoy), ni el esclavismo que se esconde detrás de cada catedral.... Lo que nos satisface es la adquisición de un conocimiento histórico responsable, actualizado y contrastado con nuestras propias ideas, en el que entran en juego todos los elementos que aquella creación nos suscita, y del que podemos hacer una abstracción triple: primero histórica, luego de elementos sueltos, finalmente referida o no a los artífices. La verdad es la verdad la diga el carbonero o el científico, vamos a subrayar para pensar con mente clara de poeta. 

Pedro de Berruguete: Milagro de Santo Domingo (procede de Santo Tomás, Toledo)
De manera que hay una doble actitud, en primer lugar la de situarnos históricamente al par del momento de la creación. Pondré un ejemplo múltiple, como pudiera ser la lectura de las crónicas de Francisco Cervantes de Salazar, el elegante humanista del s. XVI –a veces se le ha atribuido el Lazarillo–, cuya prosa puede ser ejemplo de un buen decir, salpicado aquí y allá por la armonía y caballerosidad de su formación renacentista:  mayor contraste si el lector actual recorre aquellos pasajes en los que se tortura a un indígena estrujándole los "compañones" ('testículos') hasta deshacérselos, y abandonándole moribundo, porque nada confesó; o levantando con un "cuchillo de escribano" la tapa de los sesos a un herido para que se pueda confesar antes de morir; o amenazando con que "les había de quemar hasta los niños en las cunas"; o describiendo la escena de "tres mujeres metidas por su natura por unos palos muy agudos que les venía a salir por la boca", "en castigo de sus adulterios.... para que pagasen por la parte que habían pecado".

Ciertamente el "conocimiento" de la historia no es la "aceptación" irreflexiva de esa historia, saber lo que fuimos, cómo obramos y qué hicimos no es lo mismo que  aplaudirlo; y aceptarlo es aceptar la historia, no aprobarla.
En segundo lugar anda lo de la abstracción. Al lector moderno puede repugnarle, habida cuenta de los pasajes que cito, leer a ese digno humanista del siglo XVI; o pude repugnarle escuchar una canción de Verlaine musicada por Moustaky; o puede negarse a entrar en una catedral si se le cuenta detalladamente de dónde procedía el dinero para amontonar aquellas piedras.... En realidad, lo que hacemos en todos esos casos, es abstraer y analizar: la prosa de Cervantes de Salazar anuncia la serenidad de la prosa cervantina, el lenguaje más rico de la historia de nuestra lengua; en las tablas de Berruguete podemos admirar la capacidad de llevar a pinceles las imágenes y de mantener quieta la realidad cambiante; y en muchos versos de Quevedo nos admira la intensidad de su sentimiento amoroso expresado de forma precisa. Si hay algo noble en la recuperación de nuestro patrimonio cultural estriba precisamente en esa capacidad que nos permite desechar el lastre histórico en el que no querríamos volver a incurrir y aceptar como noble todo aquello que fue producto de nuestra capacidad creadora –a eso se le llama "civilización"–. Y ese juego de abstracciones  y rechazos afecta tanto al artista como a su obra, de manera que la beatería, mediocridad y conducta turbia de Cervantes deambulando con un escapulario por el Madrid cortesano no debe privarnos de la lectura de su obra. Ese rasgo, por cierto, suele ser el culpable del "no leo a mis contemporáneos" de Valle Inclán, es decir, de una conciliación aun mucho más ardua entre vida y obra cuando el artista está presente, se le conoce, tiene "circunstancias" como las nuestras que dificultan ese proceso de idealización que abstraer produce.
Un último apunte sobre Quevedo, casi siempre en el centro de estas ejemplificaciones. Los pasajes aducidos como reprobables –tal el de Goytisolo sobre su misoginia en La hora de Todos– se podrían contrastar fácilmente con otros de signo contrario, y en este caso en la misma obra. La historia, me parece,  nos trasmite ahora un dato más: el de su dispersión y confusión ideológica. Yo suelo explicarme muchos de sus mejores versos "existenciales" por el resquebrajamiento íntimo de su ideario adquirido, que no le dejaba asumir sin desgarrarse el nuevo tiempo, el de Galileo y Descartes, sus contemporáneos.