Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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lunes, 11 de octubre de 2010

Bimembraciones de cortesías,"amigos y amigas". Cuestión de géneros

Es ejemplar observar cómo el uso de géneros gramaticales se enreda de manera inextricable con el de sus significados, hasta el punto que los quiebros y distingos del gramático no terminan nunca por abocar a quien considere al lenguaje como instrumento domeñable. Desde el momento en el que una representación semántica (un “significado”) se introduce en cualquier esquema de habla y significación, con sus circunstancias, nuestro prurito de objetivación lingüística se va a la porra. Pues bien, eso es lo que ocurre con el llamado “género” gramatical. El uso y valor de las palabras depende del significado que creamos que tienen; de su valor en el uso social y tradicional; de su cara fonética.
La culpa de tamaña confusión procede de dos o tres cruces peligrosos, particularmente del empleo de masculino o femenino para una marca gramatical –por analogía con lo que significan cuando se aplican a seres vivos–, o la clasificación, en la vuelta teórica, de que hay morfemas     que indican masculinidad y otros que indican feminidad. De ahí se propaga peligrosamente a otras cuestiones más peliagudas, por ejemplo, y tomo los ejemplos de la tradición gramatical española: no se puede escribir correctamente (no se pueden utilizar concordancias adecuadas) si no se conoce si el hipopótamo, la avispa o el espárrago son masculinos, femeninos, neutros o epicenos. “Un hipopótamo atrevido o una hipopótamo atrevida”. ¿No se hace un poco duro que nos califiquen lingüísticamente mal porque no conocemos si el hipopótamo tiene pareja o no? Pues no: parece que a la gramática le va a ocurrir como al léxico o como a la cultura en general, tanto mejor la utilizas cuanto mejor la conoces así como la realidad que representa. En otras palabras: es problema insoluble en los términos que yo lo enuncio.
En las dos o tres viñetas que hablan de género en este cuaderno hemos buscado encarar el famoso y discutido problema de “queridos amigos / amigas....” y semejantes. Antes de llegar a esas bimembraciones de sindicalistas, políticos, modernos y demás gentes que hablan en público y para el público  y no espontáneamente he querido enunciar ligeramente el problema.
En primer lugar, quienes así lo hacen intentan romper una tradición que confiere al género gramatical asociado a los masculinos (de los seres vivos) la representación de todo el conjunto. Existe una equivocación de base, por tanto, en el uso de las bimembraciones; pero esa equivocación no es de quien usa la lengua de la otra manera no arraigada, es sencillamente de quien creó la analogía de las terminaciones con seres masculinos/ series femeninos; es decir, es una confusión que procede de la naturaleza misma de la lengua, cuyos signos portan significados, no son símbolos matemáticos.
En segundo lugar, es una postura totalmente defendible, una vez que se ha observado el delicioso caos que se desprende del uso de las lenguas naturales, está bien intentar cambiar la tradición aireando esas bimembraciones, como modo pacífico para restaurar equivalencias masculinas y femeninas. La batalla es social en sus raíces, la sospecha es que la lengua quedó viciada en su uso histórico por esa huella tan difícil de borrar que asocia una marca a masculinos y la misma marca al genérico (el que sirve para ambos). Ocurre que, como todas las batallas contra el uso de la lengua, los contendientes parecen no saber muy bien contra qué luchan exactamente, es decir, están luchando con la lengua contra un uso de la lengua, cuando en realidad ese uso deriva de una inconsecuencia gramatical... Cuanto más cerca se halla un nombre de designar ‘humano’ o ‘ser vivo’ más cerca estaremos de confundirnos. Si se llevara, consecuentemente, lo del doble género a todas las estructuras gramaticales el resultado sería grotesco:  “una/una estudiante universitario tiene que esforzarse para que sus padres/madres sepan que los/las más dignos/dignas son merecedores/merecedoras de que sus hijos/hijas....” Va contra el sistema económico del lenguaje, contra la naturalidad expresiva. Es batalla perdida, aunque algo se pude hacer en el campo de lo ya hecho, es decir, con las posibilidades creadoras del lenguaje, que puede  traspasar morfemas, crear... (poeta, motriz, etc.), jugar en las fronteras posibles, elegir y variar.
Esta viñeta no ha de ser larga; de manera que me contentaré con añadir algunos casos –ya vendrán más– en los que los criterios oficiales (de la RAE) no es que sean discutibles, es que, sencillamente, no los seguimos, así recomienda la utilización de “aquella” + sustantivo que empieza con á- tónica, en contra del bello ejemplo citado por la propia academia “blanca más que las plumas de aquel ave” (Góngora), mucho más eufónico y natural. Y la eufonía es una razón importante en el uso de la lengua.

jueves, 19 de agosto de 2010

DIÁLOGOS DE GÉNERO CON LA MÁQUINA (I)


Uno de los mejores modos de enloquecer el ordenador que nos corrige cuando escribimos es marearle con cuestiones de género, es decir, suministrarle materia verbal que en los casos difíciles es resuelta personalmente, en el momento del habla o de la escritura, por el usuario. En otras palabras: enfrentar al ordenador con la decisión humana.

Porque ante el extenso corpus de palabras con género vacilante que en todas las épocas ha habido, el hablante mezcla unos cuantos principios y resuelve de diversas maneras que, a mi modo de ver, son inmodificables, a no ser que se introduzca una variante “infinito”. Son esos principios: el de la tradición o uso anterior del género, si lo atisba; el de la asociación a la pareja sexuada, si lo columbra; el de la biensonancia o eufonía a la que se haya habituado. Y téngase en cuenta que esos tres principios armonizan y se conjugan de modo diverso, a su vez, según la geografía y la historia.
Sobre estos tres aspectos esenciales juegan otros, puntualmente más o menos determinados: la ultracorrección, el ámbito social, el registro que se esté usando, etc. Una expresión coloquial irá directamente a lo más fácil, rápido y espontáneo; en una exposición pública, probablemente se elija un género con más cuidado, o se evite, o se emplee el ultracorrecto. La máquina no puede con todo ello y, al sentirse molesta con soluciones personales, subrayará –si se está escribiendo– la palabra en rojo. El WORD de mi MAC me ha subrayado en el discurso anterior “biensonancia”, “ultracorrecto” y “escribiendo”, en este último caso, probablemente, por el tipo de construcción empleado, ya que no lo ha hecho esta segunda vez, en este párrafo. Tampoco me ha subrayado “ultracorrección”, lo que quiere decir que con los sufijos sufre de sarampión mental. En un pasaje de arriba escribí adrede “*halla habituado” (en vez de “haya habituado”) y la máquina no me lo corrigió. Pasmarote, la máquina. Ahora me ha subrayado en rojo “pasmarote”. Si será... Voy a probar con un palabro que ayer comenté con mi amigo Mario: “Este tío es un marrajo”. Espléndido, la máquina se mueve mejor en el terreno léxico que en el morfosintáctico, pues me ha dejado pasar “marrajo” y me ha subrayado “morfosintáctico”, lo mismo que toda esta serie que le parece sospechosa y me subraya: “sobreaviso”, “antirrítmico”, “tridecasílabo”...
Invito a que se hagan pruebas con palabras y expresiones que uno sabe arrinconadas –en su pueblo, región, ámbito familiar o escolar, etc.–: “Ha bajado por el arambol corito, el muy zurullo”. Todo le ha parecido bien: la máquina se ha tragado varios diccionarios, que son “contables”, pero no puede con las infinitas posibilidades de la gramática, se le atragantan los morfemas, los neologismos, las diabluras sintácticas, aunque a veces es refinadamente astuta, como si le doy versos de Quevedo: “Soy un fue y un será y un es cansado”; pero no se sabe bien a los clásicos, no ha leído a Lope “nunca mañanamos”, y se le atragantó Góngora, del que subraya “dos déligos capatuncios” y “combleza”, a pesar de que este último vocablo en los diccionarios anda.
El I del título de esta entrada al Cuaderno quiere decir, como en otros casos, que en la secuencia con II expondremos lo referente al género gramatical y sus avatares, palabra recién ascendida a la gloria del uso por el cine.
Por cierto, sigo sin utilizar “eventos” y “obsoletos”. Purista que dicen que soy, gramaticalmente. La máquina no solo no los subraya, sino que los emplea –sobre todo el primero– para explicar normas, en su lenguaje interno.