Viene el verano; esta vez parece que va de veras. Las terrazas del bulevar que veo desde mi ventana se han desplegado totalmente y, al atardecer, se llenan de gente. La heladería Siena –no es propaganda, pero hacen helados de los más exquisitos que se pueden probar en Madrid– no da a basto. Tengo que hacer un inventario de heladerías maravillosas de este país, ciudad por ciudad, pueblo por pueblo. No apetece demasiado irse a dormir pronto. La noche castellana, aunque sin alcanzar esa saturación de intensidades de las noches del sur, sabe lograr y mantener un grado de vitalidad muy peculiar; frente a las frescas y húmedas noches del norte; y frente al húmedo bochorno de Levante, exagerado de aromas. El día se alarga y el amanecer nos pilla cansados. A veces da pereza el trabajo que se venía amontonando, ya significativamente, desde días atrás. La calle llama, como en aquel hermosos pasaje –que yo suelo citar para indicar algo de nuestro modo de vida– en el que se pregunta a la Pícara Justina, que ha cogido el manto, que adónde va, responde que a la calle, y cuando se le vuelve a preguntar que para qué, casi se enfada, "pues a la calle", y esa es la única razón, ir a la calle, como si para tal acción hiciera falta justificación de otro tipo. Las conversaciones del ascensor con los vecinos, con los amigos, ocasionales en las tiendas... y ahora ya en estos cuadernos que la ciencia y el progreso nos han dado, son las del verano: me voy al pueblo, al pueblo de la sierra, a la playa, este año no salimos, nos vamos a Gandía, nos vamos a mover por el interior, hemos alquilado el mismo apartamento que el año pasado... Hay que ir preparando las plantas de la casa para que sufran la travesía del desierto, cambiando la ropa de los armarios, preparándose para volver un poquito al estado natural del hombre, que digan lo que digan no es de la esclavitud del trabajo sino la holganza en medio de una naturaleza razonablemente controlada. ¿Han leído ustedes "Esas Indias equivocadas y malditas", el lúcido alegato de Sánchez Ferlosio? Se lo recomiendo como lectura del verano cuando desciendan plácidamente al ocio, los que puedan. Aunque puede producir malestar histórico.
Ahí van unas cuantas ilustraciones de mi lugar de ocio, muy al norte y siempre echando de menos el sur; pero estudié Filología y me arruinaron las mujeres, dos accidentes que ya no me permiten más que elegir y, al elegir, renunciar a.




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