Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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jueves, 8 de diciembre de 2011

Goya en Burdeos

Goya murió en esta ciudad tristona
refugio de la españa peregrina;
su casa es la de un barrio elegante:
una butic muy chic en cada esquina; 

ya forma parte de la tradición
de la alta burguesía girondina
con mauriac y montaigne y montesquieu,
ostras vino fua gras chocolatinas,

los caldos más sabrosos y más caros,
las damas de fular y gabardina,
todo resulta muy francés, sin duda,

un café por seis euros sin propina.
La historia que no sirve para nada,
el tiempo que no duerme nunca atina


sábado, 7 de mayo de 2011

Golub en el Palacio de Velázquez

 


Fidel Castro

El enorme y precioso Palacio de Velázquez en El Retiro (hasta el 12 setiembre), que es –como el Palacio de Cristal– un anexo del Reina Sofía, ha cambiado la exposición de sus salas blancas para ofrecer cuadros y obras de León Golub, artista norteamericano (de Chicago) que trabajó durante la segunda mitad del siglo XX y que hasta este mismo siglo ha ido dejando muestras de su particular visión del mundo, a través de una figuración pocas veces realista, en donde perspectivas y deformaciones permiten interpretar actitudes, funciones y prédicas, suyas y para el el espectador

Uno de los muchos retratos de Franco, el más tardío
Las diversas salas muestran, en general, grandes murales, una galería de retratos de personajes históricos (Octavio Paz, Franco, Kissinger....), una excelente colección de dibujos y cuadritos muy recientes (en torno al 2000), casi surrealistas, pero siempre con referencias reales, y obra dispersa varia. En algún momento he leído que su tarea recuerda la de Goya y que en las obras finales gana la distorsión sobre la realidad: porque la realidad –de violenta, difícil de asumir y enajenada que es– solo puede representarse con estas desviaciones. Quizá sea así; aunque también es verdad que los desvíos y desprecios formales de todo tipo son una característica usual de todas las manifestaciones artísticas que terminaron el siglo que se fue.


A posteriori esos desvíos sirven para
aplaudir al artista, cuando así muestra su disconformidad aceptar los cauces tradicionales de expresión y así genera crítica y reflexión, lo que es evidente por la batería de temas de Golub –cruces raciales, guerras, represiones, marginación....–. Yo suelo aplicar tales criterios esclarecedores y positivos en el caso de obras, autores y corrientes que conocen la tradición –consciente o inconscientemente– y la desechan, para recordar que solo se desecha lo que se conoce. 
Veo que en uno de los blogs que suelo seguir hay también noticia de esta exposición. Remito a él. http://fotopaco.blogspot.com/2011/05/leon-golub-visita.html


sábado, 5 de marzo de 2011

El Prado, Los Jerónimos, Tiziano

Estuve ayer toda la mañana en el museo del Prado, en donde tenía que recoger unas cuantas notas sobre aspectos diversos, la mayoría de los cuales han ido asomando en este cuaderno (El San Hermenegildo de la parroquia de San José, El Milagro del Pozo de Alonso Cano, el retrato de Isabel de Portugal de Tiziano, la escultura de la misma hermosa reina....) En muchos casos tendré que añadir o matizar cosas ya dichas antes; no todo lo que explican las cartelas explicatorias está bien ajustado a la realidad histórica; sin embargo y en general, me he reconciliado con este Prado moderno, oriental –por sus visitantes– y arquitectónicamente mixto, y no solo por lo que desde siempre se sabe –Velázquez, Goya, retablos góticos....–, sino también por algunas de las novedades.

El claustro de San Jerónimo, por ejem plo, vacío en esta ocasión, con solo las estatuas de los Leoni y una luz invernal entrando a raudales por el techo y los vanos acristalados –los arcos–, con muy poca gente, prácticamente solitario, era un lugar perfecto para una "estadía" contemplativa y evocadora, probablemente para un puro estar. Eso sí, no se podían obtener fotos (buscaré alguna en la red).

También recorrí la exposición temporal de Chardin, exquisita y asequible, de la que daré noticia más tarde. Y anduve fijando otra serie de datos quevedianos: nuevamente la ubicación de Carlos V dominando el furor (Quevedo tiene un soneto a esa estatua); intenté averiguar, por ejemplo, si como dice la crítica especializada, el fondo madrileño de los fusilamientos del tres de mayo, de Goya, es la Iglesia de Nuestra Señora de la Almudena –de la que he hablado en este cuadernillo–: es difícil saberlo, hay un juego de torres y tejados al fondo, desde luego.

Y volví a mirar los ojos perdidos de Isabel de Portugal, para enamorarme un poco más de ella. He leído documentos y papeles de la época, cuando allegaba documentación sobre el Lazarillo, en donde se cuenta parte de una historia, que se conoce por otras fuentes. El retrato está hecho unos diez años después de muerta la reina (1539), porque Felipe II así se lo encargó a Tiziano, que trabajó con otras representaciones. E Isabel de Portugal, rodeada de ocres, dorados y salmones, incluyendo el castaño de su pelo, que se recoge en perfectos juegos de peinado, deja caer una mano sobre el regazo –la del anillo, está sentada– y en la otra mantiene un libro abierto; pero no lee, sus ojos grises están ausentes, mira pero sin objeto. Hasta el abrupto paisaje del fondo parece irreal. Maravilla de retrato en el que Tiziano supo preservar la juventud y la belleza, desaparecidas. Las dos cosas al tiempo. Yo no sé si una fotografía hubiera podido recuperar esa situación como lo hizo el pincel.

La historia de la emperatriz –mujer de Carlos V, madre de Felipe II....– está llena de lienzos conmovedores, a los que asoman no solo los dos reyes, sino también Francisco de Borja, Garcilaso, Toledo, Granada, las Descalzas Reales, etc.  



viernes, 17 de septiembre de 2010

En la Hispanic Society of America y en el Instituto Cervantes de Nueva York

Patio de la sede del Instituto Cervantes
En esas dos instituciones han tenido lugar dos sesiones del congreso, y en el Instituto se ha clausurado, esta tarde. Las reuniones de hispanistas sirven no solo para exponer y escuchar comunicaciones o conferencias sobre el tema de la convocatoria, tengo para mí que casi, casi ejercen mejor la función de encuentro entre investigadores, que así llegan a conocer focos de trabajo, la dedicación de los colegas, publicaciones en marcha, proyectos, etc. Y eso también ha sido el encuentro, bien grato, por la cordialidad y la eficacia de sus organizadores, es decir de Lía Schwartz (CUNY), Jeremy Lawrance (Nottingham university), J. O´Neill (HSA), a los que en la sesión final ha acompañado Eduardo Lago (director del Instituto Cervantes de Nueva York). Pero así he conocido a Pablo Valdivia, Esther Villegas, Laura Muñoz, Clayton McCarl,...; me he reencontrado con Trevor Dadson, Antonio Azaustre, Marina Brownlee, Ottavio di Camillo, Elena del Río, Carmela Mattza, Juan Antonio Yeves... Y hasta con Paul Julian Smith, al que creo que no veía desde que ocupé la cátedra BBV en Cambridge (UK), donde él estaba y adonde me llevó. 

Nueva York nos ha dado tres días muy distintos, en este último, como se ve en la foto del patio del Instituto Cervantes, suavizando el bochorno con un orvallo que a veces era casi calabobos. Pocas instituciones podrán presumir, como la HSA, de anunciar alguna de sus actividades imprimiendo como reclamo en el anuncio del programa un Goya (la Duquesa de Alba) y un Velázquez (El Conde Duque), o de iluminar –nunca mejor dicho– sus salas con los cuadros de Sorolla, al que no le va mal el bullicio de los altos de Harlem, arriba de la 150. Cuando ayer nos llevaron en autobús, después de atravesar los elegantes barrios de los museos, se puso la tarde bulliciosa y hasta algo marinera, porque el Hudson se asomaba de vez en cuando a las bocacalles. Y en la HSA nos esperaba Sorolla. Más en conveniencia con nuestro encuentro, el profesor Marcus Burke nos enseñó la galería alta de la HSA –Grecos, Murillos, Goyas, Velázquez...– y desde la esquina donde colgaba el cuadro del Conde Duque se demoró en charla amena sobre el cuadro y los signos que el valido ostentaba (banda dorada, sortija, látigo, bastón o espada..., también golilla, sombrero...) Incluso podría haber añadido detalles de su "tocado", cuidadosamente elegido para la ocasión. Más tarde, el profesor Trevor Dadson disertó sobre algo que él conoce muy bien: impresión y dispersión de los libros de entretenimiento. En la sala Sorolla terminamos todos de manera más informal, por ejemplo yo en conversación con Encarnación Sánchez que andaba cerrando detalles de la próxima reunión de hispanistas en Palermo y Nápoles.

En la sesión final del Instituto intervenimos cuatro personas, además de autoridades, presentaciones y demás. Yeves habló de la colección del marqués de Caracena en el Museo Lázaro Galdiano, sin duda una de las bibliotecas –nos demostró– y una de las empresas bibliográficas más importantes del siglo. El marqués había nacido en 1609 y murió a los 59 años, o sea que su actividad recorre los años centrales del siglo XVII. Me llamó la atención que, como patrono o mecenas, intervino en muchas de las ediciones flamencas de Foppens, entre ellas las de Quevedo. Me referí yo al corpus cortesano de poesía quevedesca; lo hizo luego J. Lawrence, sobre el arte de gobernar y la república de las letras; y terminó, tras una breve pausa, Antonio Carreira, con su rigor característico, recogiendo y comentando la nómina de poetas que llevaron a sus versos –para bien o para mal– al Conde Duque. 
Volví andando desde el Instituto, porque la noche era deliciosa y la lluvia parecía no ser excesiva. Desde la 49, en donde esta la sede del Instituto, salí callejeando a la quinta avenida, para ver si encontraba un A&F ("Aberccrombie and Fitch", me aclaró O'Neill), una de esas tiendas que "todavía no han abierto en España" –me dijo Encarnación– y que resultan espectaculares (música, ¡dependientes!, ropa, diseño de la tienda...) Nos suelen dar un adelanto de lo que va a llegar. No la encontré o se me pasó, porque ya estaba cerrando el comercio y había arreciado la lluvia. Cerca de la calle 32, en donde está el hotel, tomé una última foto del Empire State, para cumplir con el rito turístico. Y luego me sumí en un mundo de orientales-