Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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domingo, 6 de diciembre de 2020

El "Sermón estoico"

Un conocido gongorista ha escrito que lo más parecido al actual verso libre son las Soledades de Góngora. Aparte de que en le época, desde Garcilaso, existía el verso suelto, sin rima, lo más parecido al verso libre actual es el Sermón estoico de censura moral, de Quevedo, que escribió hacia 1625, cuando ya todo el ambiente poético respiraba con las Soledades y, un poco menos, con el Polifemo. Quiero decir que el poeta madrileño había leído --se había empapado– de los grandes poemas del cordobés, y que estaba optando por escribir la misma silva que estaba ensayando desde comienzos de siglo, pero más extensa, como la de Góngora, y sin embargo ahondando en el tema moral y en la advertencia a sus compatriotas. Quevedo jugaba, como todos los que tienen alguna inclinación política, a su favor: el sermón era, sobre todo, una oferta para que el nuevo gobernante, el Conde-duque de Olivares, le acogiera en su círculo de poder. Y así será. Pero no es eso lo que más nos interesa ahora, sino su forma.

Quevedo diferencia meridianamente el tema, pero también la forma, sin renunciar a las silvas, que invención suya habían sido. Del Sermón quedan varias copias, pero también se editó en el Parnaso español (1648), señal de que lo daba por acabado. González de Salas, que se ocupó, a su muerte (1645), de terminar la edición, escribió cuatro o cinco páginas a modo de delantal, en las que predispone al lector a leer un sermón horaciano.

En las ediciones actuales del poema, tanto Blecua como Alfonso Rey (1999) o Arellano (2020) transcriben adecuadamente la disposición del original con algún tipo de separación, muy marcada en el caso de Alfonso Rey –el más respetuoso–, pero no señalan la estructura métrica y, por tanto, se les escapan los versos sueltos, que son muchos, demasiados, como para que el poeta no lo haya hecho intencionadamente. Por ejemplo, a poco del arranque, se encuentra uno, no ya solo con el primer suelto (el 5), sino con tres seguidos (10-12) después de un cuarteto lira, al que sigue otro (13-16), con dos pareados (17-20), que se continúa con otro suelto (20)… Pronto uno aprende que la estructura melódica del Sermón es muy peculiar, y está bien trabado, pero concediendo amplio lugar a los versos sueltos. Quevedo prefiere la estrofa corta, frente a Góngora, que las dilata según va entrando en materia; y además, cuando emplea sueltos, muchas veces recuerda la melodía con la asonancia, que enlaza sutilmente los sueltos con alguna consonancia próxima, por ejemplo en el caso del v. 124, que rima en asonante con el pareado anterior (122-123).


La crítica ecdótica debería fijarse en los vv. 142-148, y 184-194 en donde hay alguna irregularidad. Y debería fijarse en a acumulación de sueltos (24, 27, 32, 62, 68-69, 74, 84, 87, 109, 112, 118-119, 124, 129-130, 132, 140, 147, 153, 161-162, 169, 172-174, 179, 182,185-187, 190, 192, 194, 196, 199-200, 207, 212, 217, 220228, 230, 243-244, 260, 263, 268, 274, 277-278, 283, 285, 289, 294, 307, 316, 325-326, 329-330, 336, 342, 347, 350, 353-354, 357, 364-365, 368-369….) Con este final majestuoso:

……………
Y la encina en la cumbre
teme lo que desprecia la legumbre.
Lección te son las hojas
y maestros las peñas. 
Avergüenzate, ¡oh Clito!, 
con alma racional y entendimiento, 
que te pueda en España 
llamar rudo discípulo una caña, 
pues si no te moderas, 
será de tus costumbres, a su modo, 
verde reprehensión el campo todo. 

[Sigo siempre la edición de Arellano –2020–, y señalo en negrita los sueltos]. 

Es curioso que frente a las Soledades, Quevedo opte –y digo conscientemente “opte”– por acumular sueltos hacia el final, lo mismo que Góngora acumulaba catedrales métricas, que es otro de los rasgos a los que “opta” Quevedo, pareados, cuartetos, algún quinteto-lira (se abren en 47-52, reitera en 96-100), una sola sexteto-lira, su estrofa preferida antes (42-47); todo lo demás son pareados y cuartetos. Qué austeridad.

A la severidad de tema acompaña la austeridad métrica, qué duda cabe. Eso sí, la estructura de los versos sueltos exigiría algún tipo de análisis posterior. En otro momento.

Quevedo es, como se ve, quien más cerca está de la moderna poesía libre.









 

jueves, 3 de diciembre de 2020

Sobre las "Soledades", de Góngora

Desde que hace casi cien años Dámaso Alonso editó las Soledades de Góngora (1927) y cambió lo que nos daba el manuscrito Chacón (que cuidó también Góngora) ha habido pocas variaciones, aunque los gongoristas de pro –Carreira, con vacilaciones; Jammes, resueltamente– han decidido volver a las largas series del manuscrito Chacón, al fin y al cabo al propio Góngora. De manera que hoy se mantiene una cierta confusión sobre cómo editar las silvas. Por lo general el editor actual rompe la secuencia de tiradas de hepta y endecasílabos para formar estancias…. Así vimos que ocurría con las silvas de Quevedo, que se pueden comparar con lo que hace en el famoso autógrafo de Nápoles. Pero voy ahora a otra cosa. La comparación con el autógrafo, en otro lugar.

En el caso de estudios más serios –como el de Jammes, de cuya métrica, por cierto hace tiempo que me ocupé– opta por seguir la secuencia del Chacón, con largas tiradas. El hispanista francés, en la sesuda discusión que precede a su edición (1994), discute, sin embargo, aspectos de la sintaxis y de la rima, pero no se ocupa nunca de la composición estrófica. Cosa rara. Algo sugiere Micó de vez en cuando, en sus preciosos ensayos gongorinos. Pero siempre me ha preocupado que en la edición clásica de las Soledades no se interrumpiera la tirada –si se ha de interrumpir– allí donde se abre estrofa. Quizá tengan culpa los pareados, que llenarían la página de blancos, y que en la configuración estrófica no podemos englobar en todo lo que ha sido antes un juego de rimas. Es decir AbCDdAEE no puede ser una octava, sino un sexteto con un pareado (AbCDdA+EE). En todo caso, sigue siendo un misterio cómo editar las silvas, todas, saltándose a la torera su forma métrica.... y lo que es peor, sin que se emplee el juego de su forma métrica para otro tipo de consideraciones. Verbo y gracia, Góngora crea una auténtica catedral métrica, por un lado; y lo que a mí más me interesa, provoca ondas de imitación, diferenciación y rechazo que repercuten en toda la poesía de su tiempo, por ejemplo en Quevedo. Todo eso ocurre desde mayo de 1613.
Es el caso que en las Soledades no hay ni un solo verso suelto, aparte algún error menor, subsanado, lo que puede interpretarse como “porrazo” (a la manera de Jáuregui) o como “sinfonía”, que es lo que a mí me admira, porque da pie a que del otro lado –las últimas silvas de Quevedo y su Sermón estoico– el polígrafo madrileño haga lo contrario…. con versos sueltos, lo cual se verá en este mismo lugar en unos días, aunque ya he adelantado algo.

Esa extraña musicalidad de las Soledades, basada en el juego estrófico y la distancia de algunas rimas, se acompaña de una verdadera ostentación estrófica que, sin duda, deslumbró al joven Quevedo cuando la leyó (1614). Quevedo todavía no se había atrevido a dejar muchos versos sueltos, sin rima, y se basaba esencialmente en el hábil manejo del sexteto-lira-; pero estaba empezando a escribir sus silvas liberando versos. Entonces leyó las Soledades.

Así se abre las Soledades: una décima-lira (suprimo el “lira” en adelante, siempre lo será), un septeto, un sexteto, cuatro pareados, otro cuarteto…. Y así sucesivamente (sería aburrido el análisis total, que he hecho), en donde se encuentran octavas-liras (52-59, 356-363, 405-412, etc.), sextetos (62-67, 76-81, 212-217, 259-264, 281-286, 297-302, 309-314, 344-349, 350-355, 368-374, 419-424, 440-446, etc.), décimas (473-481, 571-580, etc.) y formas más raras, como una novena (562-570)…. Es posible que me haya equivocado en algún caso, pero Góngora dilata esos componentes estróficos, se va atreviendo cada vez a más (lo observó bien Jammes en el caso de las rimas) hasta alcanzar la estrofa de 20 versos (958-977), en donde juega con el malabarismo de las rimas. Toda una sinfonía que deslumbró a todos, en su mayoría incapaces de esa expresión poética.
Quevedo reaccionó, desde luego, e intentó hacer lo mismo en los antípodas, es decir, fue dejando cada vez más versos sueltos y construyó su “Sermón estoico” (circa 1624-5) derrochando versos sueltos, que se asentaban en el ritmo y en otros efectos distintos de la rima. Ya lo veremos. También poetizó cosas distintas: la poetización de Góngora había sido sencillamente el puro arte poética; en las nuevas silvas de Quevedo se ensancha el sentido histórico y moral.
Pero no podemos ver nada de esto en las ediciones de Góngora.


¿Será posible que se vuelva a editar las Soledades de una manera cabal, que explique y subraye su composición?

lunes, 30 de noviembre de 2020

Versos sueltos en las Silvas de Quevedo,

La entrada se va a referir a todo el corpus de las silvas quevedianas -en el estado que están–, es decir, editadas a veces sin la autoridad de su autor, con una referencia bastante directa a las Soledades de Góngora, tal y cono lo ha editado Carreira, cuyo texto cito, y al Sermón Estoico, entre otras cosas. Pues todo está comprometido en el erudito estudio, en principio métrico, pero con la mar de referencias a cómo humilló el poeta cordobés a las silvas quevedianas –y a todas las que andaban escribiéndose hacia 1613. Veremos también, aunque en otro momento, la confirmación de Quevedo con el Sermón estoico.

El examen completo de estas minucias métricas lleva unas 30 páginas, que a mí me hubieran resultado insufribles, y el detalle del análisis alcanza las 70 páginas. Pero como ya he visto que nadie las ha hecho y, sobre todo, que nadie ha sacado consecuencias sobre la habilidad artística de Góngora para señalar su pericia métrica, frente a cierta innovación de Quevedo, que luego mantiene y aun acrecienta...., pues me he resuelto a publicar el resumen, con el advertimiento de que los resultados 1) pueden servir para mejorar la edición de muchas silvas, todavía en pañales, sobre todo las que no aparecieron en Parnaso; 2) también han de servir para rastrear cuándo y cómo se fueron corrigiendo, es decir, para establecer una cronología relativa.

Establezco algunas ideas previas, que son discutibles, como casi todo en la poesía de Quevedo. De hecho acabo de enviar a una buena amiga, y profesora, de Santiago, otro trabajo sobre las silvas, que habrá de publicarse (¡en 1922!) en la revista Caliope, en donde doy pie a otro tipo de cuestiones, algunas tan sencillas que el lector convendrá conmigo: Quevedo se llevó a Italia un cartapacio con las silvas, que allí siguió trabajando, viajó a Madrid en 1615 y allí leyó las Soledades de Góngora. Dejó una copia en Nápoles (probablemente porque la puso en limpio). Cuando el año final trabaja sobre su poesía, se puede considerar que da por corregidas y publicables las que aparecen en Parnaso (1648). Alderete, su sobrino hereda papeles y tareas, lo que inserta en Tres musas (1670) contiene tanto copias ya corregidas de las silvas como copias deturpadas, un montón de papeles, que todavía tengo que leer.

¿Y qué quiere decir lo de "versos sueltos" en las silvas? Pues es algo que Quevedo fue acrecentando según fue asentándose sobre el corpus de silvas. Por ejemplo, ningún verso suelto (sin rima y sin estrofa) en B201, muy temprana, que se forma con tres sextetos (13-18, 19-24, 36-41) y un quinteto lira (29-33), organizado con la apertura de tres cuartetos (hasta el v. 12) con otro que cierra (42-45) y un solo pareado (34-35). Es lo normal para el joven Quevedo, que venía de los sextetos lira, que seguirán apareciendo para conformar sus silvas, insertadas entre cuartetos y pareados. Un solo verso suelto (el 38) en B136. Ninguno en la B135,  ni en B291,  ni en B 383... Lo mismo pasa en la extensa B142, que también se abre con un sexteto lira y lleva un solo verso suelto (93). Todo este análisis puede hacerse –ya lo he hecho– más minucioso. Por ejemplo la B143 no tiene ningún verso suelto y aparece publicada solo en Tres Musas, porque el poeta quizá no acabó por corregir el v. 15 que genera un extraño octeto lira (aBbaaCaC),  que nunca utilizó Quevedo en ningún otro lugar. Curiosamente le deslumbrará Góngora con juegos semejantes, desde el comienzo de las Soledades, que se abre con estrofa de 14 versos, un septeto lira, un sexteto lira.... sin versos sueltos. 

En las que no están en el ms. de Nápoles y son más tardías aparecen cada vez más versos sueltos. En B141, que no está en BNN son sueltos los v. 15, 30 y 43. Lo  mismo que en la otra del reloj, la B141, que se abre con un verso suelto. Hubo de escribirlas para hacer juego con los otros relojes, algo más tarde. 

Compárense con las más tardías, como la B 202 (sueltos 13, 30, 37, 42, 45, 62, 65, 68, 71, 72, 83-84, 87, 93-04); o con la B204  (sueltos  4, 8, 30-31, 46, 49, 54-55, 58, 61-62, 64, 68, 78, 80, 82-83, 87, 90-91, 94, 100, 106-107, 112, 129, 135. Nunca había alcanzado tanta soltura, a no ser en el Sermón estoico, que analizaré en otro momento, en donde los versos sueltos se derrochan.  También se han de considerar despacio las que están en el taller ecdótico (Al pincel, El sueño, etc.) que se refinarán sin  duda con nuevos criterios.

El trabajo –que ya tengo hecho– abre, como dije, muchas posibilidad es a la cronología, corrección paulatina de las más, edición crítica, etc. con multitud de detalles que iluminan su tarea, y con su reacción ante esa enorme y acendrada silva que son las Soledades, que también dejo para otro momento, lo mismo que su cotejo con el manuscrito de Nápoles, que es sumamente interesante desde ese punto de vista.

Y que, por cierto, ilustra esta entrada.

Correcciones. En la silva B400, muy temprana (BNN), que aparece solo en Tres Musas, fácil es la enmienda de este sexteto, sabiendo que Quevedo no dejaba versos sueltos y su preferencia por el sexteto lira:  

de hurtarte al sol a fuerza de arboleda / y de hacer que te ignore /sed que no fuere de divinos labios; / y que de bruto y torpe pie no pueda / mientras el sol la seca margen dora / hacer a tu cristal turbios agravios.... (sencillamente ha de corregirse a "dore", en rima). 

Quevedo empieza por abrir el campo a las silvas, pero viene sobre todo de los sextetos-lira, que conforman las más, con cuartetos-lira y pareados. En aquellas más tempranas no suele dejar versos sueltos, traba todo –se siente más seguro como versificador. Poco a poco va a abriendo la silva a posibilidades  nuevas, en donde aparecen los versos sueltos, que en las más tardías duplica, incluso llega a un quinteto (en la B289, dedicada a la muerte del Duque de Osuna, véase 6, 9, 21, 24 y 29) como si así se abriera el campo al discurso libre. Para entonces ya ha leído la deslumbrante silva de las Soledades, en donde Góngora, desde el comienzo, ha empleado toda la gama (septetos, octavas-lira, sextetos desde luego...) En el Sermón estoico va a los antípodas del cordobés: tema moral, multitud de versos sueltos, eso sí, con parecida extensión.