Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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sábado, 4 de junio de 2011

Troncos de tamarindos en Trani

El espectáculo de una larga hilera de tamarindos mirando al mar suele ser habitual. Y lo habitual puede seguir siendo espectacular, digno de interés. Creo que el árbol, de la familia de las mirtáceas, es el melalecua deccusata, en donde el contraste entre las ramas y hojas, parecidas a las de algunas pináceas, pero más suaves y flexibles, contrasta con la base de troncos y ramas, retorcidas, irregulares. Yo siempre los he llamado tamarindos. De hecho, y ya que he citado las Églogas, en la IV, el "non omnes arbusta iuvant humilisuqe myricae", se suele traducir por "tamarindo". Y aduciendo otro texto virgiliano ("....dum teneras defendo a frigore myrtos...") no les gusta el norte ni el frío: la brisa que han de recibir tiene que ser suave. Su forma es casi una llamada a su utilización simbólica, para significar cosas como los rasgos de la condición humana, de una situación, etc.





sábado, 7 de mayo de 2011

"Como tú creces corazón de nudos...."


Haendel, suite para 
clave  7 In B Flat, HWV 440, 
3 Zarabanda: andante

Como tú creces corazón de nudos
y la espiral de los tiempos trabas
para cobrar la densidad del bosque
que urde el silencio con la luz que labras,

tronco, el más recio solitario y dulce,
envejecido y deshojado arañas
las galerías de los vientos mientras
las estaciones y las lluvias pasan,

para tejer aquel lugar tupido
donde las aves al cruzar amaban,
donde las luces no sabían ser
y la fatiga a descansar paraba.

Como tú, fiel a la raíz de barro,
con la pasión de no ascender sin nada.



sábado, 13 de noviembre de 2010

NADIE SE FIJA EN LOS TRONCOS


Y sin embargo también son distintos, no sé si hermosos, porque eso de la hermosura depende de un tilín interior que, a su vez, depende de nuestra particular historia. Mi buena colaboradora y colega, Diana, dejó en voz alta hace poco una creencia que yo he llevado dentro y no siempre he podido actuar de acuerdo con ella: “La inteligencia es belleza”. 
El problema es cuando esa señora, que también depende de ciertos subterfugios –palabra para mí llena de resonancias misteriosas– se mezcla hábilmente con lo que yo suelo llamar querencias animales, que suelen asentarse en rasgos físicos y terminan por invadir, probablemente desde el sexo, todo. Y ahí entra en juego nuestra pequeñez –¿o es nuestra miseria?– porque el animal prefiere oscuramente a veces lo que le es propio, es decir, la embestida, al refinamiento que pasa por el magín y embadurna las acometidas con deleites del espíritu, tal la música, la reflexión, el asentamiento verbal de la confusión. No siempre se logra, por ejemplo, la concordia de las partes, y no quiero hacer chistes malos.


El asentamiento verbal de la confusión, cuando se puede, alivia, pero no calma del todo, me temo. Existe –voy otra vez a esa palabra– el subterfugio de quitar empaque, importancia y sacralidad a las apariciones invasoras del animal, es decir, verbo y gracia, a las tareas del sexo y al comercio pornográfico. Pero ninguno de estos subterfugios nos salvará, salvará aquella parte de la condición humana que, cuando llega lo que llega, casi siempre desde una emoción que nos recuerda nuestra condición de seres vivos, baila con nuestra voluntad y se ríe de nuestras buenas maneras. Y en esos momentos de sensaciones nadie se fija en los troncos.