Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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sábado, 21 de enero de 2012

Quevediana, novedades antiguas y modernas

Voy a meter en el mismo saco de esta entrada dos cosas bien distintas; primero, la noticia de que se acaba de publicar toda la musa Erato, es decir una parte de la poesía amorosa de Quevedo, agrupada bajo la advocación de esa musa en la princeps de las poesías de Quevedo (El Parnaso español...., 1648). La edición es de Alfonso Rey y María José Alonso, dos prestigiosos quevedistas de la universidad de Santiago de Compostela, y se presenta con todo el empaque de una edición muy trabajada, a la que habrá que hacer comentario, sin duda, más por extenso en otro lugar, positivo, de salida, porque la musa amorosa de Quevedo no había sido nunca afortunada con una edición de este tipo, cosa que sí que le ha ocurrido, por ejemplo, a Clio, que tiene al menos dos ediciones modernas, una española y otra italiana. Erato había sido editada y comentada parcialmente en la vieja antología de aquella colección (Madrid, 1998) que prepararon Lía Schwartz e Ignacio Arellano, muy desigual en sus logros y en sus desgracias, si bien la parte amorosa, como la moral, era sin duda de lo mejor. 


La otra noticia es más concreta, sesuda y pormenorizada. Había dado cuenta de ella en este mismo blog hace unos meses, a raíz de un viaje a Nápoles cuando compartí mares con archivos. Luego he ido confirmando datos y, finalmente, ahora que vuelvo a Italia, esta vez a Pisa –por gentileza de mis colegas italianos–, para asentar líneas de investigación sobre Quevedo en Italia, pues ahora quiero llevar ese dato totalmente fijado y esclarecido, ya que concernía a cartas de Quevedo que estaban perdidas o que se habían citado como presunción, y que encontré en uno de los mamotretos que guardan las actas del parlamento italiano, en la Biblioteca Nacional de Nápoles, cuya es la foto que termina esta entrada. 


Vamos a colocar entre una y otra noticia, como frontera, dos vistas de la casa de la embajada y embajador de Venecia en Nápoles, la interior y la exterior. En ese hermoso jardín abandonado de la parte alta de la embajada me entretuve un buen rato pensando amores y leyendo versos; a Quevedo no le hubiera hecho mucha gracia, pero no eran sus versos los que leía.

Las fechas que me sirven para ordenar los originales llevan esta sucesión: 11 de setiembre de 1617 (la XXXV de Astrana); 12 de octubre de 6117 (la XLI de Astrana); 1 de enero de 1618 (XLV de Astrana); 4 de enero de 1618 (la XLVI de Astrana); 5 de febrero de 1618 (la XLVIII de Astrana). 

11 de setiembre de 1617
12 de octubre de 1617 (1)
12 de octubre de 1617 (2)
1 de enero de 1618
14 de enero de 1618
5 de febrero de 1618
He tenido que casar bastantes datos; pero la conclusión, me parece, es sencilla: existen dos copias u originales de estas cartas, una de ellas debe parar en la Societa Napoletana di Storia Patria, que fue consultado por Bustamante   (Un parlamento napolitano en 1617, Santiago, 1934), quien cita el Liber Praecedentirarum et Parlamentorum, t. VI, es decir, una especie de etiquetas; la verdad es que su viejo artículo es un poco confuso, pues también menciona las actas en el Archivo Municipal de Nápoles, y sin embargo llega a decir que "no tuve la fortuna de hallar los originales" (p. 395, nota). Astrana en su viejo Epistolario las cita como inéditas, sin haberlas visto, y las copia del artículo del historiador. Por esa confusión resolví buscar en los tres sitios: no hallé lo que buscaba en el Archivo, sí que hallé las actas en la Biblioteca, pensé que el Archivo di Storia Patria había sido destruido durante la segunda guerra del s. XX, y no es así, está cerrado por falta de personal que lo atienda, me comenta mi colega napolitana Encarnación Sánchez, quien tanto me viene ayudando a encontrar papeles.


Así las cosas, tomo como documento original las cartas de Quevedo que aparecen transcritas como tales en las actas oficiales del Parlamento, que son las que reproduzco, un hito más para la recolecta final de todo el epistolario que realiza mi bien amada discípula, ya colega, Mercedes Sánchez. Algún desajuste hay, porque mi MAC a veces reproduce mal, pero con los originales completos –que ya tengo– el epistolario traza ahora su camino sobre pilares ciertos.





lunes, 6 de junio de 2011

Cuatro textos (cartas) inéditos de Quevedo

Me produce una especial satisfacción dar a conocer en este ventanuco –que es de Google en parte, vaya por dios– algunos hallazgos de la investigación, que a veces saboreo y mantengo en suspenso para esos buenos amigos –la cifra se ha estabilizado en torno a 6000 al mes– que, bastante silenciosamente, y descansando mucho los fines de semana, leen estas páginas. Y eso es lo que voy a hacer ahora, porque encontrar cuatro textos, cuatro cartas, de Quevedo debería de ser buena noticia crítica o histórica. La verdad es que en el lugar donde me han aparecido ya había andado hurgando antes, pero no todos los días puedo venir a Nápoles, ni encontrar tiempo y dinero para completar estas tareas. Pero bueno, las cosas de Quevedo nuevas, que ya van siendo muchas, conviene airearlas. Algún día también publicaré el comentario de Zurita sobre el librito que había tenido la ocurrencia de imprimir don Diego y sobre los quebraderos de cabeza que le producía ese Lazarillo que estaban expurgando entre todos (esto último es suposición mía).Vamos a esperar a ver qué dice Paco Rico.


Las cartas de Quevedo se recogen en las actas del parlamento napolitano, que se encuentran manuscritas en la Biblioteca Nacional de Nápoles, con noticias muy puntuales y curiosas a veces. Ya comenté antes que se reunían en la sala capitular de San Lorenzo, el convento franciscano, que ahora ya está abierto al público y he podido visitar. Su texto completo va a aparecer –si los editores lo juzgan oportuno– en el número 4 de la revista Manuscrt.cao. Reproduzco –vía MAC– una página de las ocho que ocupan. El quevedista reconocerá que dice "Francisco de Quevedo y Villegas", pero que no es su letra; evidentemente, es la letra del secretario del parlamento: así aparecen también las restantes intervenciones o documentos: del duque de Osuna, las cartas del propio Felipe III, etc. Eso sí: es la mejor garantía de su autenticidad, pues los volúmenes van refrendados por baronía, síndicos y demás integrantes del parlamento.
La verdad es que he estado a punto dejarlo para otro viaje, pues he pedido el volumen séptimo de las actas, cuando en realidad el año 1616, que es el que quería, es el anterior; pero ya que lo tenía encima de la mesa –gracias a la eficacia de Florencia, que supo interpretar mis viejas notas, de la primera vez que lo había consultado–, pues me puse a repasarlo, y en 1617 y 1618 se copian las cuatro cartas de Quevedo con motivo de la entrega del donativo del parlamento napolitano, añadiendo además otra carta –también con letra del secretario– con el agradecimiento del duque de Lerma por los cincuenta mil ducados que le correspondieron a él de todo aquel trajín. Tengo que casar fechas, datos y circunstancias con mis archivos, que están en Madrid, claro.
Las cartas llevan las siguientes fechas (el dato es importante para seguir cuadrando las aventuras italianas de Quevedo): 

En Madrid a  de 2 de setiembre 1617
(en setiembre de 1617 contesta a la anterior el duque de Lerma, agradeciendo los 50000 ducados).
(Sigue texto  del parlamento de setiembre de 1618, fechado en Nápoles, naturalmente)
Sigue la más larga de Quevedo, del 12 de diciembre de 1617, en Madrid.
Otra más de primero de enero de 1618, en Madrid.
Otras más y final de 14 de enero de 1618.

Mi buena alumna, ya –mejor– colega, Mercedes Sánchez, que es quien mejor conoce el epistolario de Quevedo, sigue estando de enhorabuena: creo que con las dos descubiertas por María Hernández (y publicadas en la REC) y con las otras dos descubiertas por la propia Mercedes, y alguna más del Palacio Real, son casi una docena las novedades epistolares de don Francisco.
Tengo muchas más noticias y documentos golosos de esta BN, que, con el tiempo, iré difundiendo poco a poco. Quevedo merecía ir solo en esta ocasión.


A media jornada, y ya sabiendo el hallazgo, salí a tomar fuerzas y recuperar algo: fue un "risoto a la marinera", terminado con las fresillas que aquí no han desaparecido, y naturalmente un café que apenas cubría el culo de la taza, en un precioso restaurante local, cerca de Gambrinus, Trattoria San Ferdinando.


Volví, terminé la tarea y consulté el autógrafo de las silvas de Quevedo, maravilla que en la BN de Nápoles se conserva, tan deteriorado que ya no es posible su consulta más que en microfilme o digitalizado. Eso me llevó la tarde. Y salí cuando ya iban a cerrar, hacia las siete.

El atardecer era espectacular, olía a retama (hay muchas en la ciudad), jazmín y magnolia (están en flor ahora), una especie de perfume empalagoso que se mezclaba con la brisa del mar. Como mañana me vuelvo a Madrid, me premié en la pizzería del barrio con una piza margarita; porque vivo en el barrio más tumultuoso, ajetreado y peculiar de Nápoles, en Monteoliveti, metro de Montesando, al ladito de la calle Pignasecca. Casi nada. Y cuando compro la fruta y me sacan que soy español, me gritan: "Il barchilona, nadal...." Y yo en bajito, que no me oigan, respondo: "Quevedo, Ribera...."



viernes, 10 de diciembre de 2010

Colección de firmas de Quevedo (I)

La colección de firmas de Quevedo se organizará cronológicamente, e irá dispuesta, además, según remisión a documento. Los quevedistas han comentado ya en más de una ocasión la dramática distorsión que fue sufriendo en los trances finales, poco antes de su muerte: un códice de la BNE ha guardado las más de sus cartas, estudiadas y publicadas por Mercedes Sánchez, quien también ha descubierto hace poco el codicilo (publicado en manuscritcao); pero esa distorsión, aunque con torceduras de distinto signo, aparece en las cartas escritas deprisa, en los documentos informales....
Las tres firmas que presento ahora son de 1631-1632, una de las etapas más interesantes de su biografía, y también de las más oscuras, pues es cuando Quevedo decide pasar a la oposición política y buena parte de su actividad –lo sabemos ahora– se fragua en una especie de clandestinidad. Los datos se van adelgazando paulatinamente hasta 1639, el año de su detención.
Ofrezco además uno de los documentos casi entero, el del poder que otorga al Duque de Medinaceli para que redacte las capitulaciones de su matrimonio con doña Esperanza de Cetina (digitalizo la primera página y la última, que es la que lleva la firma, claro).


El texto dice (edito paleográficamente, con puntuación mínima):


"En dos de marzo de 1631= / Sepan quantos esta carta de poder vieren como yo, don francisco de quebedo Villegas, cauallero de la orden de Sanctiago, señor de la la Torre de Juan abad, doy todo mi poder cumplido quam bastante en derecho serrequiere al Excelentisimo señor don Antonio Juan Luis de laçerda, Duque de MedinaÇeli para que en mi nombre, representando mi propia perssona, pueda otorgar y otorgue las capitulaçiones para el cassamiento que trato con la señora Doña esperanza de mendoça, señora de Çetina, en la corona..."


Y esto que sigue es la hoja final:




Siguen tres autógrafos de la misma época; el primero, de un pleito de 1632 con la Torre de Juan Abad; el segundo una obligación por la que se obliga a pagar cierta cantidad de 28125 maravedíes en moneda de vellón, "por razón del nombramiento que su majestad, dios le guarde, ha sido servirme de hacerme de título de su secretario". El tercero, que usábamos como ejemplo en la entrada anterior de este blog, es de un poder de 1631.







Puede el curioso compararlo con la firma del codicilo, a la que aludíamos antes, que es la última de las ilustraciones.




Es indudable que estas noticias no hubieran podido redactarse sin la colaboración y el consentimiento de mis dos colaboradoras, Mercedes Sánchez y Diana Eguía.

domingo, 24 de octubre de 2010

El III Duque de Osuna y un retrato de Guido Reni


Hay una decena de lugares –quizá más– cuyo trasfondo histórico no he podido dilucidar en la poesía de Quevedo. Uno de ellos es el del soneto dedicado a un retrato que le hizo Guido Boloñés, y que dice así:


A UN RETRATO DE DON PEDRO GIRÓN, DUQUE DE OSUNA, 
QUE HIZO GUIDO BOLOÑÉS, ARMADO, Y GRABADAS DE ORO LAS ARMAS

  Vulcano las forjó, tocolas Midas,
armas en que otra vez a Marte encierra,
rígidas con el precio de la sierra
y en el rubio metal descoloridas.
  Al Ademán siguieron las heridas
cuando su brazo estremeció la tierra;
no las prestó el pincel, diolas la guerra;
Flandres las vio sangrientas, y temidas.
  Por lo que tienen del Girón de Osuna
saben ser apacibles los horrores
y en ellas es carmín la tracia luna.
  Fulminan sus semblantes vencedores;
asistió al arte en Guido la Fortuna
y el lienzo es belicoso en los colores.


 [La edición es paleográfica, a partir de Parnaso, 1948]

Los viejos editores nada comentaban sobre ese retrato y yo tampoco lo identifiqué en la antología anotada de Espasa-Calpe (Col. Austral), aunque luego apareció una noticia correcta en la antología de Lía Schwartz-Arellano; pero en ningún caso se llegó a dar con el paradero del cuadro; de manera que he vuelto a recorrer el camino en una doble dirección: por un lado, buscar en los catálogos de un pintor así llamado, que naturalmente es Guido Reni; por el otro, localizar los retratos del III Duque de Osuna, sobre todo los que se hubieran podido realizar durante su virreinato napolitano. Y he terminado parte de la investigación, aprovechando mi reciente viaje a Palermo, lo que incluye haberme servido de la información que me ha suministrado Paco Ledesma, el eficiente archivero del ayuntamiento de Osuna, que además de corroborarme que en Osuna no queda nada que recuerde la efigie del III duque de Osuna, me ha hecho llegar el precioso volumen sobre el archivo de Osuna (ilustración).

No puedo suministrar ahora todo el aparato erudito que he atravesado para llegar a esta nota, pues resultaría insoportable; pero sí que puedo allanar el camino a quien pueda dar la noticia y salto final, poniendo en claro que: 

Es indudable que existió el cuadro, desde luego, y que aparece mencionado en todos los catálogos de Guido Reni y en los panoramas de la pintura boloñesa e italiana del seiscientos, particularmente en artículos, trabajos y recensiones de A. Pérez Sánchez; (reproduzco alguna de sus pesquisas), pero nunca se dice inequívocamente que se haya localizado o inventariado el cuadro, aunque en algún caso se hacen referencias vagas como si el cuadro estuviera... en el Prado.

La otra posibilidad es que se hubiera quemado o destruido en cualquiera de los incendios que asolaron el Palacio del virrey en Nápoles, para lo cual haría falta proseguir con investigación local –en Nápoles– que reseñara los daños sufridos por aquel palacio. No creo, sin embargo, que Osuna se dejara su retrato allí. ¿O lo dejó como huella de su paso? También ese dato necesita aclararse con investigación local, que no he podido alcanzar, y para la que solicitaré ayuda. En mayo de 1896 se vendieron los bienes del más casquivano de todos los Osunas y en el “Catálogo de la venta de cuadros y objetos artísticos de la Casa de Osuna”, como se sabe, se relacionan varios cuadros (de lo que hablaremos Mercedes Sánchez y yo en otra ocasión); pero no el que buscaba. Véase Narciso Sentenach, “Catálogo...” y “La galería de la Casa de Osuna” en La ilustración Española y Americana”, 30 de junio de 1896, nº XXIV. Hay que buscar un cuadro "belicoso en los colores"; los ejemplos que ilustran esta entrada, de Reni, muestran hasta qué grado eso pudo ser cierto.






Y es que la cara, el rostro, la efigie de don Pedro Girón se nos ha ido por las tuberías del tiempo, hasta el punto de que se le recuerda por la medalla acuñada en Nápoles (1618), motivo incluso del póster reciente, el del Congreso de Nápoles (octubre, 2010), y cubierta de la buena monografía –a pesar del pésimo prólogo de Antonio Feros– de Luis M. Linde, Don Pedro Girón, duque de Osuna. La hegemonia española en Europa a comienzos del siglo XVII  (Madrid: Ediciones Encuentro, 2005). Véase:

http://books.google.es/books?id=hXfk03V5e3UC&printsec=frontcover&dq=Luis+M.+Linde&source=bl&ots=imSksluK6q&sig=Wc3CfVbIy314zJqB4-ZX2cweJUY&hl=es&ei=4ibETIv8D47KjAfwp-C5BQ&sa=X&oi=book_result&ct=result&resnum=5&ved=0CCwQ6AEwBA#v=onepage&q&f=false

Ese perfil creo que es el mismo que pude ver –gracias a Pilar Picavea– en la sala Goya de la BNE, particularmente el grabado de Antonio Porriño en su espléndido Teatro eroico e político.... (Nápoles, 1692), y en uno de los dibujos de Cordedera (signatura 15/27/17).., en ambos casos, a mi modo de ver, derivados claramente de la moneda, cuyo perfil y rasgos generales aceptan.... unos setenta años más tarde.

Lamento no poder todavía reproducir esas imágenes (trámites y plazos son más largos en la BNE). Queda además por cuadrar con todo ello la estatua que se abre en las cuatro esquinas de Palermo, a la que se abre la vía principal (véase fotografías) y que nunca  que yo recuerde, se ha utilizado para recordar al duque. Y queda por hacer una visita guiada a las "cavas" del Prado, en donde a lo mejor duerme el retrato.

El curioso lector encontrará en otras entradas de este blog muchas más inquisiciones sobre el auténtico retrato del III Duque de Osuna.

La nueva rebusca, en fin, en la que en varios momentos me ha ayudado  –a pesar de ser una gongorista– Enrica Cancelliere, me ha llevado a plantear otra vez la calidad y origen del busto de terracota de la BNE, que será objeto de un trabajo menos noticiero y más cumplido que daremos a conocer Mercedes Sánchez y yo, y para el que hemos contado con la ayuda y orientación de Concha Huidobro. En este último caso el itinerario de la investigación prácticamente se ha cumplido y redondeado.






martes, 5 de octubre de 2010

Góngora y las calabazas de Enrica


Porque Enrica Cancelliere es una gongorista que se ha atrevido a traducir el Polifemo de Góngora al italiano –recuerden la hazaña de Robert Jammes– y no tiene la enemiga de hace cuatrocientos años contra Quevedo, hemos hecho unas migas preciosas, que pasan por arroces, calabazas y Guido el Boloñés. No pasa nada si ustedes por el momento no entienden de qué va todo.

La parte que dicen seria afecta a los sonetos que don Francisco escribió al Duque de Osuna, que han sido objeto de comentario por parte de Enrica; uno de ellos se refiere al retrato que pintó Guido Boloñés. La parte ignominiosa se refiere a que yo no había podido saber de qué retrato ni de qué autor se trataba, cosa que ha empezado a aclararme Enrica y que, junto a la identificación de la autoría del busto de Quevedo de la Biblioteca Nacional de España, que estoy haciendo con mi amada discípula, hoy colega, Mercedes Sánchez, objeto será de publicación en esa maravillosa revista que Javier Maldonado y Diana Eguía llevan (manuscritcao).


¿Y las calabazas? Enrica y yo tenemos asuntos serios que tratar además de cómo el "infame turba de nocturnas aves" se ha traducido por un escorzo metonímico, sobre todo a raíz de las antipasta del restaurante (Il Brodo) del primer día, en donde, entre las antipasti o entremeses nos servimos unas calabazas agridulces que hicieron temblar los cimientos de la filología. Supe que Enrica sabía la receta, y desde entonces, Góngora y Quevedo volvieron a unos amores que nunca debieron perder. Estaba por copiarla, pero no así, al menos hasta que ensaye proporciones y tiempos y llegue al chupado de dedos, lo que haré, mientras Enrica me vigila con el SKYPE, que para eso está también la civilización.

De manera que ni corto ni perezoso me he ido hoy por la mañana, aprovechando un hueco, al mercado de Ballaró, al lado de la biblioteca "comunal" y he buscado calabazas (van en la foto); yo no sé si las encontraré de ese calibre y hermosura; ya de paso, he fotografiado a las "tunecinas" (¿una clase de berenjenas?"), los higos chumbos, el pez espada fresco, etc. En la biblioteca, sencillamente, no me han dejado ver el manusctrito del Discurso de las Privanzas de Quevedo... y me he tenido que marchar. En el mercado, no solo me dejaban mirar, sino que me reclamaban voceando la mercancía. ¡Qué tiempos!
Los mercados de Sicilia son catedrales.

jueves, 26 de agosto de 2010

Blas de Otero lee a Quevedo en liras

Así es. Aparece en las p. 187-188 de ese diario poético y riquísimo libro de versos que se acaba de publicar, Hojas de Madrid con La Galerna, y del que ya he dado cuenta varias veces en ese cuaderno. Por las fechas y las alusiones que asoman por aquí y por allá habrá de ser de hacia 1970.
Que Blas de Otero lea, asuma y profundice con variantes poesía de otros autores de todas las épocas y lenguas es uno de los rasgos, precisamente, de su quehacer; y Quevedo asoma con relativa frecuencia a sus versos. Lo que en este caso me ha llamado la atención es la consistencia del recuerdo, que construye seis sextetos, es decir 36 versos en un poema que titula con el nombre del polígrafo madrileño, “Francisco de Quevedo”. Por un lado el mantenimiento del recuerdo poético, por tanto; y por otro y además la factura del poema: dije sextetos, y lo son, pero igualmente hubiera podido decir “sextetos-lira” o “sextetos-mixtos”, raros  o exquisitos siempre como forma métrica, por más que alguna ocurrencia de Gil de Biedma los haya propagado en la poesía actual, en donde aparecen esporádicamente. Blas de Otero coloca siempre el heptasílabo quebrando en cuarta posición y mantiene rimas consonantes en distribución ABAbCC, es decir, construye la difícil red de una lira, que no he tenido tiempo de buscar si tiene antecedentes clásicos o no. Ya lo consultaré.
He aquí el poema:

Francisco de Quevedo

Madrid está buscándote en la noche
encabritada de bélicas estrellas,
una capa furtiva, un negro coche,
unas sombras grosellas,
y una espada sutil y puntiaguda
entre la llama de tu lengua aguda.

La mala leche corre por la vida,
el humo se destrenza en esqueletos,
nada se sabe de la luna herida,
nada de sus secretos.
Un tambor va rodando por el cielo,
o es esa luna huyendo a contrapelo.

El portal se arrebuja en los postigos
de una ventana macilenta y muda,
la habitación helada, sin testigos,
la sábana desnuda,
el papel blanco, helado, el fiel papel
hecho pavesas en la pluma de él.

Cómo de entre mis manos se desliza
el tiempo carcomido en tinta roja;
la vida puesta en el tablero, briza
la muerte y la despoja.
El reló da las cuatro, mas no suena
reloj que es desconsuelo y es arena.

Allí en el cielo inicia el día el ruido
de la luz, los pregones encarnados
de un astro inmensa y lisamente herido
por los cuatro costados;
Francisco se restriega y destumece
en la dudosa claridad que crece.

En Palacio hace frío y luto y miedo.
Sombras que se deslizan, dagas dicen
No he de callar por más que con el dedo
amenazan,  bendicen.
Lejos, San Marcos de León reposa
en silencio y palor de luna y fosa. 

codicilo del testamento de Quevedo, recientemente encontrado por Mercedes Sánchez

No es momento de comentar las liras, en las que he introducido cursivas para citas literales, que se amontonan hacia el final, pues podrían serlo también las referidas al reloj de arena, la gongorina “dudosa claridad”, y un léxico muy quevediano (“despoja”, “sombras que se deslizan...”, etc.) Es de notar, sin embargo, que el poema es extremadamente artificioso, acostumbrados como estamos a soluciones más fluidas en el caso de Otero; es posible, incluso, que le faltara un repaso final (¡esa rima en “él”!, el “palor” de la luna al final...) Parece como si hubiera dominado el Quevedo de las anécdotas, el espadachín de la corte, sobre el Quevedo real de los versos. No sé si, en estos casos, “los versos forzaron la materia”, como decían los clásicos.

Para detalles sobre el codicilo, puede verse el artículo de M. Sánchez en la revista manuscrt.cao, digital.