Santa María de los Buenos Aires (1536) es una ciudad que no extrañará demasiado a los españoles –a los madrileños– y viceversa, más que por detalles, extrañezas y sensaciones. Siempre recordaré que era el comentario que me hacía el profesor Isaías Lerner –bonaerense– cuando paseábamos por la calle Narváez (en Madrid). Cierto que Madrid tiene más enjundia artística e histórica, por su vejez; pero Buenos Aires también supera a Madrid en algo inalcanzable: la calidad de su gente.
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| Sante Fe 1234 |
Un modo de llegar a la ciudad cuando se está tocado por el virus de la literatura podría ser releer Adán Buenosayres (1948) de Leopoldo Marechal, aunque la odisea de su protagonista tiene muchas partes envejecidas en ese sentido. Otro modo más actual, pero en la misma línea, bien podría ser el de perderse en una calle de librerías y recorrer los anaqueles de novedades de todo tipo (historia, arte, novela, poesía, cocina, política....), lo que se puede abreviar –si no se tiene todo el tiempo del mundo– haciendo el mismo recorrido en ese monumento a las librerías que es El Ateneo, en la calle Santa Fe.
Sé que las posibilidades son muchas más, desde luego: la más anodina, por ejemplo y la más usual, superar un jet-lack, pasando una tarde haciendo zaping por los 70 canales de una TV: anuncios, programas, noticias y demás conformarán el conocimiento ocasional del advenedizo.
Este peregrino ha optado por realizar algún esfuerzo mayor, particularmente porque el mayor tesoro de esta ciudad monumental son –como dije– los argentinos, y se ha echado a la calle a verlos, hablarlos y tomar nota, con el pretexto de visitar el Museo Nacional de Bellas Artes, comprarse un cepillo de dientes, elegir entre Clarín y La Nación y recorrer el mercado artesanal de los sábados en la plaza Alvear. El mercado era una delicia: frente a los mercados europeos, dominados por la ropa, el de Buenos Aires está de verdad dominado por el ingenio de los artesanos, con sus puestecitos de bisutería, cueros, calzados, bombillas, cerámicas, etc.
He terminado la jornada –de invierno suave y soleado– en la gran librería, en donde siguen mandando Pizarnik, Cortázar (leyendas suyas había en las servilletas de una cafetería), Juan Gelman, Belli, Sábato.... No he visto a Oliverio Girondo. Hay una especie de multinacional de la cultura; y luego aquí como en otros países, un montoncito de libros desconocidos, que necesitan de guía. Ya lo veremos.
Al salir, el sol se ponía detrás de la iglesia –blanca– del Pilar y bajaba por la calle Alvear alargando sombras. Las cafeterías en las esquinas –el chaflán– de muchos barrios tenían gente también sentada en las terrazas.
Bien sé que eso era el centro, comercial y burgués, de la gran urbe, que en muchos casos se adivina sórdida y marginal, como todas las grandes capitales.
Bien sé que eso era el centro, comercial y burgués, de la gran urbe, que en muchos casos se adivina sórdida y marginal, como todas las grandes capitales.
He venido a trabajar un poco, a una reunión de colegas de la AIH (Asociación Internacional de Hispanistas), lo que me permitirá otras muchas cosas, como pasar un par de días en la Biblioteca Nacional y buscar libros viejos. Para mis colegas, hablaré sobre el taller poético de Antonio Machado y mantendré un diálogo con el director Eduardo Chapero Jackson sobre la película Los mundos sutiles, sobre AM, que invito a disfrutar en este enlace:
http://www.rtve.es/alacarta/videos/imprescindibles/imprescindibles-antonio-machado-mundos-sutiles/1597035/
http://www.rtve.es/alacarta/videos/imprescindibles/imprescindibles-antonio-machado-mundos-sutiles/1597035/
Lo del taller es algo que he ido desgranando en este blog a propósito de la batalla de los alejandrinos; y que me ha vuelto a recordar el cuadro de Eduardo Sívori (1847-1918) "En el taller", del Museo de Bellas Artes, que cierra esta noticia. Ah, y hoy he comprado Clarín; mañana, La Nación.


