Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

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jueves, 19 de agosto de 2010

Democracia en la Universidad Autónoma de Madrid

Hacia finales del curso pasado, en una de las últimas reuniones de departamento en mi Universidad (la Autónoma de Madrid) asistí a uno de esos linchamientos democráticos habituales en ese extraño lugar, que tanto prestigio puede llegar a alcanzar a quien no sabe lo que allí se cuece. Un profesor muy conocido –nacional e internacionalmente– con más de cuarenta años de dedicación docente y un currículum de muchas páginas, con una larguísima estela de actividades docentes y académicas, que nos hizo llegar en compendio, se jubilaba y, al amparo de la legislación actual, solicitaba del departamento que se tramitara su petición para que se le nombrara “profesor emérito”, lo que le permitiría continuar durante un par de años más con tareas docentes reducidas y completar su sueldo que, en los casos de profesores de universidad, se va a la mitad y a la miseria cuando se aproxima la vejez.
Juzgó el departamento que la petición podría tramitarse a la instancia superior (junta de Facultad, que a su vez la tramitaría a la Junta de Gobierno, que resolvería) acompañada de un informe del propio departamento y que tal informe emanaría de una votación, que enseguida se pidió “secreta”. Todo fue bastante rápido y voy a ahorrar los detalles que, por lo demás, pocos fueron, porque nadie solicitó los documentos objetivos que, según nuestro hacer académico, podrían servir para sustentar un informe: encuestas a los alumnos que fueron suyos (¿no se hacen también para eso?), valoración de comisión ajena o independiente, consideración de publicaciones, tesis dirigidas, tareas extraescolares cumplidas, tribunales... Ni uno solo de esos aspectos apareció por ningún lado y no hubo tiempo de leer la decena de páginas de su currículum o de valorar sus mejores publicaciones –entre las que hay una decena de libros, por ejemplo–, que muchos de los colegas del departamento –de otras especialidades– no conocían. Hubo un profe, el menda lerenda, que pidió que se tramitara sin informes y que, al no conseguirlo, se negó a votar, pues preveía que aquello podría terminar en acorralamiento y degradación. Otra profe hubo que por razones personales pidió no votar. El resultado de la consulta fue, si no me equivoco (“sí” o “no”, sin mayores explicaciones; al informe positivo, sí; al negativo, no): 28 votos no, dos en blanco, ninguno sí. Y se pasó al punto siguiente. Nadie “explicó el voto”, como se hubiera podido hacer, según estatutos y buen sentio. Y en cuanto a las actas, hace tiempo que se prohibieron recoger en grabación y se aprueban, así como las enmiendas, por votación. De manera que el colectivo puede votar si se dijo o no lo que se dijo, aunque el sujeto dicente presente enmiendas. ¿Ven ustedes la pescadilla, perfectamente trabada para el engaño?
La pregunta es: si no se votó de acuerdo a criterios docentes y de investigación, ¿cuáles son los criterios que sirvieron para negar a un colega la condición de emérito? Los personales, claro. ¿Y por qué nadie expuso las razones del voto? ¿Y cómo se puede esgrimir criterios personales para corregir, enmendar, castigar, etc. la tarea docente e investigadora de un profesor y elevarlos a trámite legal y objetivo que impida su promoción final, al jubilarse, a la condición de emérito? ¿Esa condición de profesor emérito depende de las personas con las que tomas o no tomas café, con las que te cruzas por los pasillos, o depende de tu tarea durante décadas, de tus publicaciones, de tu labor profesional?  A mí no me gustaba nada el antiguo decano de la facultad, ni su modo de vestir, hablar, andar, resolver o no resolver las cosas... ¿Puedo apoyarme en ese rechazo “personal” para erigirme en juez objetivo que interviene en su promoción profesional y universitaria? ¿O tendría que intentar objetivar mi opinión, de plasmarla en datos que incluso las personas, los expertos, de otros lugares con función semejante, acordaran conmigo? Bueno. No hace falta seguir por camino trillado.
Se trata, obviamente, de una modalidad vieja de perversión que envenena aún más el inmenso tugurio de nuestras universidades, en donde campa la corrupción y otros vicios peores. Hace poco lo denuncié en medio público (una página de opinión de un periódico nacional, que he visto reproducida por muchas partes; remito a una de ellas: http://www.almendron.com/tribuna/19427/universidad-decadencia/). Entonces regía –rector– nuestra universidad Ángel Gabilondo, catedrático de metafísica, lo que parece que le permitía subir a los aires de la inopia, a donde probablemente le llegaban trasfigurados por su propia inercia metafísica. Lo que le permitió subir a ministro, de educación, claro.
Y así seguimos.
A mi viejo compañero –tan admirado y querido por muchos de sus alumnos; tan polémico en cuestiones de su campo como debe ser un profe de universidad; tan reconocido como entregado al conocimiento y discusión de su campo filológico; tan zarandeado por su profunda honestidad humana y docente; tan alejado de mis principios, ideología y modo de actuar en muchos casos– le envío un abrazo de reconocimiento por la inmensa tarea que día tras día cumplió durante casi medio siglo, aunque unos cuantos coleguillas le hayan negado las migajas de ser “profesor emérito”, condición para la que reservaban “una votación democrática”, es decir y exactamente: lo que nunca será una votación democrática.