HAN GANADO LOS MALOS

Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

jueves, 23 de octubre de 2014

Despedida de otoño


En el muro que hay enfrente de mi casa
el otoño encendió todas las hojas
el viajero se va otra vez lejos
en busca de otras gentes     de otras cosas

La mañana es de niebla    pero tibia
cada vez que me voy prende una rosa
a destiempo   como siempre que se ama
agridulce el color    triste el aroma

paseo y me despido    de Qingdao
del neón que estalla    del pregón que acosa
de los ojos que escapan a los míos
tiendas  calles   comidas gentes ropas...

lo que lejos estaba viene al lado
que estos versos finales lo recojan.




miércoles, 22 de octubre de 2014

El mercado

Muchas cosas se me han quedado en el tintero, y eso que me he preocupado de señalarlas casi al mismo tiempo que las vivía, para dejarlas en el blog, a veces con conexiones extrañas y en lugares lejanos. El caso es que no quiero que, aunque ya no pueda dar noticia, por falta de tiempo y de espacio, de los mariscos de Qingdao –todo un espectáculo–, de la fábrica de cervezas más famosa de China, del cielo artificial, del museo del vino... y otras muchas más de este tipo, no quisiera olvidarme, aunque solo sea en imágenes, de los mercados de China, algunos de los cuales –no los de la calle, que son todos los mercados y todas las calles– grandes y céntricos son muy representativos de la vida de estas ciudades.


Daré noticia rápida de uno de los más grandes y populares de Qingdao, que recorrí una mañana, entre tenderos sonrientes que siempre respondían con amabilidad a mis preguntas, normalmente las de cómo se llama o cómo se cocina, aunque luego no entendiera lo que entre ellos hablaban y reían, que merecido lo tengo por hablar tan mal su lengua.


El espacio se dividía más o menos en verduras y frutas, carnes, pescados y platos preparados, aunque había lugar para las especias y las hierbas y otras tiendas más localizadas (las de animales vivos, por ejemplo, con patos, gallinas, etc.) La exposición puede ser casi visual, pues ya empezó con unas berenjenas alargadas:















































martes, 21 de octubre de 2014

Marea baja




En Rinyan Lu los plátanos se doran,
al invierno parece que se marchan;
cerca, Mozart da la hora en un colegio.
Tarde de octubre y sol. Marea baja.

Día de pescadores en las rocas.
Pica el sol. Abriremos el paraguas.
Pinqin lu, que se va con los enhebros,
entre prados y pinos se remansa.

Templete de glicinias ya sin flor
de sombras un balcón abren trenzadas
y desde allí se ve toda la costa.
Por fin hay mucha gente que se baña.

Menos mal que me he traído bañador.
Entré en el mar. Sentí que me abrazabas.




Coloquio entre historia y literatura






El parque de Zhongshan


los jardines empedrados con los senderos marcados
El parque de Zhonshang está desierto
grato rincón que en la ciudad se calla,
es el reino apacible del silencio
donde todo parece que se calma.

Es el reino en el suelo de la aucuba,
en tanto las glicinias se encaraman;
solo quedan las flores de mil tiestos
componiendo el dibujo de una plaza.

Por la senda que encuevan las glicinias
el viajero después sigue su marcha,
va buscando los restos de Huiqian
la vieja ciudad Qing que aquí estaba.

En el aire no queda más que el nombre,
un árbol, unas piedras y una placa.

glicinias
la plaza con los tiestos de colores
El viejo cedro
El parque de Zhonshan está vacío
de vez en cuando algún músico ensaya
melodías antiguas de su tierra
que acompaña con música de flauta.

El otoño adormece estos lugares.
Rodeo el lago, barcas amarradas,
sauces, camelias, pinos, cedros, arces,
senderos de madera y piedras blancas;

con los evónimos de todo tipo
los jardineros el camino trazan;
entre rocas levantan los templetes
su perfil de pagoda solitaria.

El jardinero ya hizo su trabajo.
El caminante pensativo pasa.



plátanos centenarios al lado del campo de nenúfares o lotos

Historia de un paraguas chino


De repente, cuatro gotas, y unos segundos después la calle se llena de vendedores de paraguas. Son unos paraguas bellísimos, casi perfectos, de una simplicidad abrumadora, transparentes, con las ballenas plateadas y los enganches o caperuzas blancos. Los hay con algún dibujo de color, pero el transparente se lleva la palma. Naturalmente que compré uno y pedí que lloviera. A mares, luego ha llovido. Pero yo llevaba mi paraguas transparente de diez yuanes (algo más de un euro), como mucha gente, que se podría usar y tirar; pero ¿cómo voy a tirar yo mañana, cuando emprenda un largo viaje en tren, un objeto tan sencillo, práctico y hermoso?


Otras veces el invento no está tan logrado, pero es de una funcionalidad apabullante, como he constatado en uno de los grandes mercados de comida fresca: en las tiendas tienen unos mínimos ventiladores a los que se ha enganchado una cinta de colores, muy fina, tanto, que al girar el aparato la cinta baila graciosamente por encima de todos los productos, como figura alada de ballet.... y espanta moscas y mosquitos, sin necesidad de agresiones palmeadas ni de productos químicos.


 

Acaba de sacar APPLE un teléfono que aquí cuesta más de 6000 yuanes, es decir, unos 650 euros, algo inalcanzable para los humanos sencillos; pero los chinos, casi al mismo tiempo, ya están vendiendo atriles, creo que de plástico, que agarran al aparato (puede ser cualquier otro teléfono y también cualquier tableta) y lo mantienen fijo a la altura y con la inclinación que uno quiera. Creo que costaban algo menos que el paraguas, es decir, no llegaban al euro. 
Esa es una de las preguntas que llevo en la mochila cuando ando hurgando o de paseo, “shen ma yong?”, “¿para qué sirve?”, porque si uno se para en los modestos puestos del mercado nocturno encuentra mil maravillas, probablemente inútiles, pero deliciosamente traviesas, como una lupa con doble aumento contiguo (¡para leer los caracteres chinos de los teléfonos móviles!), todo tipo de ropa, bolsos, zapatos y calcetines de función específica (deporte, agua, trabajo, chancleta, bota....) ¿Qué son inútiles? Más inútiles me parecen los teléfonos móviles de 650 euros, que te despiertan con Las bodas de Fígaro, o los inmensos coches que no caben en las callejuelas del mercado.

Para ilustrar, un despliegue del paraguas en mi habitación (no soy supersticioso).

Me compré la lupa.



lunes, 20 de octubre de 2014

EL AMIGO CHINO


La amistad es un concepto, me parece, lleno de contenido en China, creo que tanto en el mundo masculino como en el femenino, y que es en el seno de esa relación en donde se fraguan otras muchas. Para el extranjero que anda algo perdido por ahí resulta especialmente grato encontrarse de vez en cuando con situaciones sencillas que generan algún tipo de relación y que, si se dan las circunstancias, desarrollan el lazo de la amistad. El viajero, que es de suyo parlanchín, ha generado bastantes situaciones de este tipo –la mayoría causadas por malentendidos y sufrimientos del idioma–; algunas de ellas se han continuado en relaciones de amistad y generosidad –la generosidad es el primer rasgo de la amistad– que favorecen sobremanera la integración, así sea precaria, con la precariedad del tiempo, en lugar ajeno.

Mucha suerte he tenido con esas relaciones de amistad, que han tenido –y supongo que así seguirán– sus modos y lugares, la mayoría no parecen adecuados para exponer aquí; pero otros tantas son como una continuación de algunas de las viñetas anteriores, tales las culinarias y gastronómicas, momento y lugar del que los chinos disfrutan muchísimo y que les reúne con familiares y amigos. Dicen que es un rasgo que comparten con los hispanos. Puede ser. Yo encuentro que es más interesante un cierto sentido del humor y la complicidad, que se manifiesta discretamente, al menos en el campo de las relaciones colectivas, que otras son los de otros campos.

Pedí a a mis amigos que, cuando fuéramos a comer o cenar, a ser posible, me llevaran a comer a los lugares que ellos normalmente frecuentan, de comida china. Y así hemos hecho un largo recorrido que hasta me puede avergonzar exponer, pues no parece sino que no he salido de entre platos y copas. Y no es así, no es así. 
Adelgazaré los ejemplos a 1º) un día de olla china (la hot pot, universal); 2º) otro día de comida de fideos usual, al mediodía, para partir la jornada de trabajo; 3º) otro día de comida de barrio, la olla. En cada caso he ido acompañado de amigos distintos. 
Nunca ha sido demasiado caro, pero sí que me ha llamado la atención una cierta igualdad o nivelación de precios, sean cuales sean sus contenidos e ingredientes.

Para hacer un alto en el trabajo acudimos a un restaurante en el que prácticamente lo único que se servían eran unas enormes cazuelas que se traían hirviendo –yo creo que de cerámica, aunque al estar teñidas de negro parecían de hierro fundido, por eso hice la foto, de lejos, a la mesa de al lado, con dos damas, que sonrieron– en las que dominaba la pasta (fideos grandes o menores, de varios tipos), con algún ingrediente (de carne o pescado) en el caldo, que comíamos directamente de la cazuela o nos servíamos en unos cuencos pequeños; en dos platitos añadidos nos sirvieron un acompañamiento –se piden– que en nuestro caso era de algas, uno, y de fideos de soja, otro.  


Todo muy caliente, pues se depositaban las cazuelas en la mesa directamente. Y de las dos cazuelas y los dos platos íbamos comiendo. La bebida era, ciertamente, dispar: además del agua caliente, que siempre te llevan al principio –a veces en termo–, la gente pedía bebidas internacionales de poca gracia (coca colas, espráys, etc.). En algún caso vi cerveza, de Qingdao, desde luego. Sin  postre. Unos cuarenta yuanes en total, es decir, dos euros y medio por barba. Por cierto, quemaba mucho, estaba muy rica y no pudimos acabarla, la cazuela de quien me acompañaba picaba bastante; la mía, no, así lo pedí.

Olla china
El entrar y venir de la gente en el restaurante anterior, que no cierra, que permanece abierto hasta casi media noche, se debía al ajetreo y horario de trabajadores, comerciantes, gentes de todo tipo, etc. En el caso que voy a comentar ahora, después de las seis de la tarde, la hora de cenar, bien se veía que la gente iba expresamente a cenar y pasárselo bien. La sala, bastante amplia, estaba llena, y se iba renovando según quedaban mesas libres. Lo esencial ahí era pedir la olla. 
Mis dos acompañantes, chicas en este caso, estuvieron durante bastante tiempo eligiendo los acompañamientos de lo que iba a ser el plato esencial: la olla, que nos trajeron en una gran cazuela de hierro, abierta, y que depositaron encima de la mesa o, mejor dicho, encima de un fogón eléctrico de la mesa que se regulaba –por el camarero– lateralmente; el fogón formaba parte de la mesa y se gobernaba, por el camarero, en unos botoncillos laterales de la propia mesa. Otro invento chino, pensé, adecuado a sus costumbres. Aquello hervía constantemente. Se distinguían varios huesos de cordero (sobre todo costillas). 

Ingredientes seleccionados para la olla

A la olla hirviendo mis comensales iban añadiendo los ingredientes que con mucho cuidado habían elegido antes y que, en nuestro caso, fueron cuatro: coles chinas, flores de loto cortadas en rodajas, tofú y otro ingrediente que no recuerdo hoy muy bien qué era. A medida que se iban cociendo y ablandando nosotros los íbamos cogiendo, palillos en ristre, y comiéndolos; aunque era la carne pegada a los huesos del cordero lo que parecía ser la razón de aquel plato, que tampoco pudimos acabar. Para comer aquella carne, ayudándose de los dedos, calzábamos guante de plástico en la mano izquierda. Tres comensales, salió a unos 10 euros cada comensal (unos 270 yuanes). Ni postre, ni bebida, que fue agua caliente. El caldo de aquella olla, por lo que vi, no se tomaba como sopa. También vino un platito de cacahuetes en vinagre con cebolla y salsa agridulce, que ya había comido antes, y que es –me dijeron– muy popular. El ambiente de aquel lugar no era de descanso en el trabajo, sino de final de jornada y algo de fiesta.


Entramos –va la tercera– en un sitio más o menos limpio y apacible de un pueblecito pesquero invadido por el desarrollo de la costa, lugar que habrá sido de veraneantes, y una mujer nos llevó a la pared en donde se exponían las fotografías de los platos, sobre lo que los cuatro comensales, en este caso, mantuvieron discusión, hasta decidir. Yo elegí el que tenía berenjenas. Se sirvieron cinco platos y una sopa de marisco, que oficiaba de bebida –no había otra–; de entre los platos, sabrosísimas resultaron las berenjenas con hortalizas, yo deduje que rehogadas; a mí también me encantaron los fideos de tofú; no llegué a probar el guiso de pulpo; y excepcionalmente buenas las verduras, de las que discutimos si eran judías finas –creo que no–, ajitos tiernos –creo que sí– u otras. Se completaba todo con unas croquetas de batata y mandela (eso dijeron mis compañeros que era). 
No pongo los nombres en chino para no marear demasiado, pero el del "pisto" de berenjenas tenía, como muchas veces en chino, un nombre consecuente con lo que era: "de la tierra tres productos frescos", para señalar a las patatas, los pimientos y las berenjenas. 

Unos seis euros por cabeza. Salimos a tomarnos un helado en algún bar que mantuviera amistad con el mar: el helado costaba tanto como la comida de un comensal.
Hubiera podido pontificar sobre aquellas verduras tan deliciosas, pero llevo sobre mi conciencia que durante estos días se celebra en Qingdao (hasta el 24 de octubre) la Feria Internacional de Horticultura y no he ido a visitarla. Está a unos 25 kms. del centro y del lugar donde yo más o menos vivo, es decir, y como dicen aquí “muy cerca”; pero no es la distancia lo que me ha arredrado, sino la magnitud y complejidad de esa feria, para la que hubiera necesitado al menos dos semanas, visitándola a diario. No hubiera hecho nada más que eso, uno de mis muchos vicios preferidos. Entiéndase bien: no es que tenga muchos vicios, que los tengo, sino que muchos son los preferidos y he de acudir a todos para mantenerlos activos y vigorosos.
Después de la última cena aludida, una de mis amigas me trajo un regalo amistoso, que cuadra perfectamente para esta entrada, pues en esa especie de carteles –todavía no sé cómo se llaman– escriben los chinos con su mejor caligrafía, como ella ha hecho. Es un viejo poema chino lo que ha dibujado-escrito y más o menos dice que “Dentro de este país hay amigos muy cerca, porque aunque se vayan o estén muy lejos, los sentimos al lado” (versión libre mía). Firma Inés, pero sabido es que los chinos eligen nombre europeo cuando tratan con extranjeros, un modo gentil de acompañamiento.