HAN GANADO LOS MALOS

Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

martes 21 de febrero de 2012

El milagro de las camisas



Costumbre la de andar en solitario,
hábito de querer sin que te quieran,
fomenta los paseos por la tarde,
comer con libro y cena con bandeja;

los domingos pijama y zapatillas
y a media tarde, porque sí, una siesta,
versos cuando me dé la gana y plancha,
plancha que se amontona y que se deja

para cuando mejores tiempos lleguen
o el milagro de las camisas venga,
el de aquellas que limpias y planchadas
aparecen colgadas en sus perchas.

¡Versos para las tardes solitarias,
camisas con sus rimas de franela!




lunes 20 de febrero de 2012

Bah


Bah, qué compuesto tan maravilloso
de cansancio desdén y tontería;
con bah se acaban todos los problemas
y se logra la paz de cada día,

que cada día hay que lograr la paz
o sabe dios qué hay que lograr al día
lograr que no suceda nada nuevo
y así mientras no sangren las heridas;

bah se sostiene sin explicaciones
y nunca llega a la melancolía,
permite conservar la compostura
explicarnos la pena y la fatiga,

sin buscar el remedio que no existe
sin encontrar para el final la rima.

sábado 18 de febrero de 2012

El Retiro, febrero



La luz remonta oscuridad y noche
a los pinos el sol presta sus brazos,
los silencios que andaban recogidos
salieron a senderos solitarios;

sus penas organiza el caminante,
cada una y su motivo a cada lado:
hacia el sol tristezas pasajeras
y la pena de amor, allí, en un banco,

donde hubo no sé qué como si rosas
incendios en las noches de verano
el húmedo calor de la azucena
tersura de un jacinto enamorado;

el frío de febrero me estremece
esta tarde sin falta iré al botánico.

El Instituto Valencia de Don Juan


EL INFANTE DON FERNANDO
(Bartolomé González)
Se le llama el palacio de Osma, un edificio neomudéjar de finales del s. XIX, en una esquina de la C/Fortuny, cerca de la Plaza de Rubén Darío, con azulejos de Zuloaga en las fachadas y una de las colecciones de cerámica más ricas que se pueden ver en Madrid; pero lo que es la parte museística está cerrada, aunque yo he podido dar un paseo rápido, con un becario muy amable, que me ha llevado, sobre todo, a ver el presunto retrato de Quevedo, de Velázquez, de su taller.... o quizá de Vander Hammen, que figura asimismo con tres grandes retratos cortesanos, en una sala en la que hay otros tres de meninos e infantes, de Bartolomé González. Todo visto muy rápido: supongo que hace falta dinero para mantener todo el edificio vivo, pero los ejemplos cercanos del Museo Sorolla, del Romántico, del Lázaro Galdiano, del Cerralbo... animarían a hacerlo: todos aquellos están llenos de público que acude y que disfruta.
La sala de investigación, en la biblioteca, sin embargo, está viva, digitalizados los más de sus fondos y servida por eficiente bibliotecaria; eso sí, con pocos, muy pocos puestos para la investigación (¿tres, cuatro...?) El proceso de digitalización ha seguido las mismas pautas que la biblioteca Zabálburu: exhaustivo, preciso, largo como todas las digitalizaciones (se tarda tres o cuatro veces más en encontrar lo que se busca que si se manejara el original o una copia) y equívoco (se pierde la conciencia del volumen, del legajo, de las circunstancias). Pero bueno, está mejor que nada y se conservan los originales.
El fondo es muy rico, riquísimo, aunque no se han catalogado los papeles de los investigadores que por allí anduvieron el siglo pasado, que es una de las cosas que hubiera querido ver (papeles de Moñino y de Felipe C. Maldonado, por ejemplo; que los hay).
Recorreré sus fondos con mi método –artesanal– durante una temporada, larga, pues solo abre lunes, miércoles y viernes de 10 a 14. Y pediré algunas copias, con cautela de profesor pobre, pues se pida lo que se pida (hasta 200 digitalizaciones en cada CD), siempre cuesta 15 euros (un CD), de manera que las cartas que iba buscando –y que he encontrado– de Bartolomé L. de Argensola, 15 euros; y la carta autógrafa de don Diego Hurtado de Mendoza, diciendo que se le dé licencia (en 1571) para volver a Madrid, desde Granada, al Cardenal Inquisidor, otros quince. Y así sucesivamente. De manera que para no arruinarme definitivamente he ido agrupando peticiones, que me darán la próxima semana, pues ya he visto que es la misma amable bibliotecaria quien las hace. Y entonces las daré a conocer, como otros documentos curiosos que allí se encuentran, pues se reparte con la Zabálburu buena parte de los documentos de las décadas finales del reinado de Felipe II, entre otras cosas.


viernes 17 de febrero de 2012

Los negocios de Quevedo con los frailes

Los negocios de los frailes con Quevedo y ambos con la villa de La Torre de Juan Abad, pues para lo que se reúnen en una notaría de Madrid en 1618 –tres días después de que por allí pasara el Conde de Villamediana; y dos antes de que lo hicieran los frailes de San Jerónimo– es para convenir qué hacían con el censo que la villa les había vendido a todos. Quevedo tiene dinero fresco, acaba de volver de Italia, y está organizando cabalmente su hacienda. Como explica este documento de julio de 1618, por el que se reúnen, como han por costumbre los mínimos del convento de la Victoria "llamados por son de campana tañida" con el regidor de La Torre, en representación del concejo, justicia y regimiento, ya que la villa vendió e impuso sobre los propios y rentas un censo a favor de María de Santibáñez, viuda mujer que fue de Pedro de Quevedo, escribano de cámara de la reina doña Ana.... en 1598.
María de Santibánez –la madre del escritor– murió y en la partición de sus bienes correspondió parte de esta renta a su hija María –la hermana menor– quien en una  de sus cláusulas testamentarias dejó una memoria de misas que habían de pagarse también con esas rentas de la Villa, de la que se hace cuenta, porque la deuda de los intereses corridos es grande y la Villa, arruinada, ha venido en quiebra y concurso de acreedores. Es entonces cuando "el señor don Francisco de Quevedo caballero del hábito de Santiago vecino de la villa de Madrid, por tener el resto" de la deuda, y por comodidad "y buena obra" compra el principal y corridos de la deuda que el convento posee...
El documento sigue, es largo y prolijo (12 folios, y apéndices), porque, como era costumbre reproduce además todos los documentos anteriores implicados. 
Está bastante claro que, a estas alturas, el escritor ya había pensado hacerse con el señorío y que estaba comprando las deudas de La Torre, para tener todo en sus manos, como así va a ocurrir un par de años después.
Otra curiosidad de este documento: uno de os firmantes es Lucas Montoya, afamado predicador en la corte y amigo de Quevedo.

El ritmo de los días y la tierra



El Retiro dejó la madrugada
empapada de lunas y de nieblas,
esperando a que avance la mañana
las luces tiende entre las ramas secas;

estos días de invierno en el aïre
bien conocen lo que es la trasparencia,
y el rocío que piensa ser la nieve
casi blanco se arrastra por la hierba;

y vuelvo a caminar, el tiempo al lado
me toma de la mano y me pasea:
estos arces cuajados de botones
nuestros serán si llega primavera.

Todo será dejarse ser al ritmo
que los días recorren y la tierra.

Garcilaso el melodioso (III), la dulzura


Antes de seguir con Garcilaso el melodioso vamos a hacer una estación en su dulzura, una de las palabras más empleadas por Garcilaso y de las más significativas, porque es un calificativo, no un término común, algo que ha de seleccionar cada vez que se lleva a los versos; término genérico para la calidad grata que conmueve al guerrero, al cortesano, al humanista, pues esas tres cosas –que no siempre se conjugarán armónicamente– era el melodioso Garcilaso, cuya poesía logró cambiar el cauce de los versos para siempre en nuestra lengua.  O para un siempre que, por lo menos, atraviesa nuestro todavía, aunque el lector actual que no sepa leer históricamente quizá se sienta empalagado con esta antología, en donde “dulce” y su corta familia etimológica reconstruyen un paraíso idealizado de mil objetos, situaciones, personas:

el agua dulce desta clara fuente….
no se te acuerda de los dulces juegos….
de sus bellotas dulces despojaba….
dulces y graciosísimas doncellas….
del sacro Tormes, dulce y claro río….
Ay viento fresco y manso y amoroso, / almo, dulce, sabor, esfuerza, esfuerza / tu soplo…
no ajena compañía dulce y cara….
cantando / tan dulce que a una piedra enterneciera….
Filomena sospira en dulce canto….
mi lengua en dulces modos y sutiles….
con el suave canto y dulce lira….
en el remar liviano y dulce viese….
al fin era dejado con su esposa / dulce, pura, hermosa, sabia, honesta….
un viejo en cuyo aspecto  se via junto / severidad a un punto con dulzura…
lleno de un sabio, honesto y dulce afecto….
maestra de la umana y dulce vida…
yo seré dulce, más que sano amigo….
Dentro en mi alma fue de mi engendrado / un dulce amor…
con dulce son que el curso al agua enfrena….
Oh dulces prendas por mi mal halladas / dulces y alegres cuando dios quería…

Buscaba del toledano la dulzura como lugar de reposo para su vida –para la vida sostenida en los versos, idealizada en versos–, y la encontraba en sus desvíos imaginarios hacia la expresión acordada: el universo mitológico del humanista, el refugio en el alma interior del sujeto que se creía libre, la emoción de la naturaleza del burgués, y a veces, solo a veces, el miedo pánico a la inmensa soledad que espera al hombre moderno, que impreca entonces a la naturaleza.  Expresado todo con esa frescura de quien maneja con desparpajo la lengua y puede exagerar lo que siente: amor, pasión, emoción…. y el rosario de efectos que convirtieron el corazón de los poetas en laboratorios sentimentales, y sus versos en un inagotable madrigal de lamentaciones.

Con sus versos debajo del brazo he ido paseando por el Retiro buscando la dama lejana de quien enamorarme –basta adivinarla a lo lejos–, para   entenderlos  mejor.