Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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lunes, 15 de julio de 2013

Teatro en la Plaza de San Martín

El final de la calle Florida se abre a la plaza de San Martín, que he atravesado varias veces, quizá por la sensación de paz que del arbolado viene. Y hoy la he atravesado, al anochecer, regodeándome en la cantidad de ingenio artístico que había podido ver por las calles de Buenos Aires; y la amabilidad con que iba a terminar un largo día, que comenzó por el Botánico –una verdadera sorpresa– y siguió con un largo itinerario de lugares, gentes y experiencias: el cambio de moneda para los autobuses, sin poderlas conseguir (al final compré chicles por cantidad de seis pesos y pagué con diez: necesitaba tres monedas); el subte –el metro–, los conciertos callejeros, la calle Defensa y la aglomeración de San Telmo un domingo por la mañana, el mercadillo de reciclados, más librerías, la vieja universidad.... Todo eso iba pensando cuando cruzaba la plaza y uno de esos árboles tropicales llovió sobre mí una molesta mancha blanca que me humedeció la cabeza y, probablemente, la cazadora; miré hacia arriba y me limpié, al tiempo que una pareja que venía detrás hacía lo mismo. Vaya por dios. La mujer de la pareja, de mediana edad, pequeña, morena, amable, probablemente mestiza, sacó una servilleta y una botella de agua para que se limpiara el hombre, también de las mismas características, y luego me ofreció otra a mí. Durante un rato nos limpiamos y nos apresuramos a salir de bajo los árboles; incluso, con exquisita amabilidad, el varón me avisó que me había manchado por detrás, y me frotó con la servilleta y el agua amablemente, mientras yo hacia lo propio con una de las manchas que él llevaba, me quitaba la mochila cuidadosamente, y les agradecía. ¿Dejará mancha?, pregunté: ellos como nativos tendrían que saberlo. La mujer, con apariencia de bondadosa, me comentó: "Con agua y jabón todo sale".
Nos separamos. En un banco me paré a reponer mis bártulos y ver el tamaño del desastre del árbol tropical, justo castigo a mi larga estancia en el Botánico hoy por la mañana. En otro banco, una pareja se agazapa abrazada y quieta. Arriba, un cartel prevenía: "Parque vigilado por cámaras para evitar la delincuencia". Luego, me fui, paseando, por la calle Libertadores y paré brevemente en un comercio chino para comprar alguna bebida. Pagué con billetes del bolsillo derecho y me extrañó no encontrar el resto del dinero –que no había podido cambiar, al ser domingo– ni la tarjeta de crédito con el d.n.i. en el izquierdo.
Y me di cuenta. Me habían robado. La representación –de verdad– fue perfecta: es un modo de corroborar el ingenio de los argentinos, que naturalmente se manifiesta en todos los campos. Volví rápidamente a mi apartamento para dar de baja a la tarjeta, mientras repasaba morbosamente los detalles de la escena: el habla melosa de la mujer, que tenía ojos oscuros como el azabache y pelo negro, suelto; los del caballero que se deshacía en amabilidad, su acento lleno de gracia; la solicitud con que se ocuparon de todas mis cosas. Y la cantidad de veces que me habían contado cosas semejantes, que yo siempre pensaba, "¡Qué torpeza no darse cuenta! A mí no me pasaría".
La locutora encargada de anular la tarjeta, sin embargo, fue lenta, ineficaz, torpe: me anuló todas las tarjetas, incluso las que no me habían robado; me tomó los datos tres o cuatro, siempre mal, y me advirtió que iba a tener que pagar por todo (mensajes, teléfonos, avisos, etc.) Casi que prefiero la representación de mis cacos de San Martín, aunque me haya costado trescientos euros. 
Además, las manchas se han ido con agua.

Plaza de San Martín


sábado, 22 de enero de 2011

Librerías madrileñas (II): Bardón



Bardón


Bardón
Bardón es un nombre de prestigio para los bibliófilos; y un placer a medias para el visitante: ocupa un lugar muy especial en la geografía madrileña, una fachada a la plaza de San Martín, a un lateral de las Descalzas. Y a medias, porque como, por otra parte, es lógico, no es librería para pasar un rato husmeando libros. El local, eso sí, forrado de estanterías con libros, es limpio e impresiona, pero hay que tirar de ordenador, de catálogo, naturalmente. Me tomaré venganza yendo este domingo a la Cuesta de Moyano, que conjuga sol, libros y Retiro. En Bardón estuve ayer a última hora de la tarde, ya noche  –probablemente una de las más frías del invierno madrileño, con el termómetro bajo cero–; entre brevemente, recogí el cataloguillo de la ilustración y no resistí la tentación de sacar algunas fotos de las Descalzas, procurando que no saliera el telón de fondo de un enorme Corte Inglés; un intento vano del fotógrafo para detener el tiempo.... y algo de la desidia urbanística, imparable, me temo. 
Librería cafetería "La buena vida"
Fernando Contreras
Berceo

Callejeé luego por los alrededores, porque, como las cerezas, un lugar llevaba a otro, y me asomé a la plaza de San Nicolás, donde hay otra librería para bibliófilos (Berceo); y aun me asomé a la calle de Santiago (otra más: Fernando Contreras) y así fui terminando mi itinerario –otro día pararé en La Librería, la madrileña, ahora en la Calle Mayor–, entre lápidas y recuerdos (Valle Inclán, Ercilla, Juan de Herrera, Eugenio d'Ors, Larra, Velázquez....), hasta alcanzar la Plaza de Oriente, de donde venía un coro de ópera que no supe distinguir: en una enorme pantalla de la fachada del teatro de la ópera se ofrecía al público externo el concierto que se estaba tocando dentro (¿era el homenaje a Plácido Domingo?). 

Plaza e iglesia de San Nicolás
Bóvedas de San Gi

Definitivamente congelado, entré en el café del Oriente y pedí una chocolate con picatostes; mientras me lo servían, bajé al restaurante y obtuve algunas fotos de la vieja iglesia de San Gil, de las bovedillas de ladrillo sobre las que se ha levantado toda la edificación moderna, y de los restos arqueológicos, sabiamente conservados mediante un piso acristalado que deja ver parte de los cimientos. Reconfortado por el chocolate, calle Arenal arriba, volví a tomar el metro de Sol, nuevo enlace, al parecer muy efectivo, al que le han salido dos ampollas horrorosas en medio de la Plaza, un intento de "modernidad" absurda.


Opera nocturna, con el Palacio Real al fondo




Los alumnos que me soportan y con los que paseo a veces están de exámenes y les he echado de menos; pero al llegar a casa tenía un mensaje de Ely, que me hablaba de algunos finales gramaticales, y le conté brevemente mis andanzas, impresionado todavía por una enorme luna llena que se asomaba al final de mi calle, saliendo por el este de Madrid.

Luna llena al final del bulevar (Madrid, 21 de enero 2011)