Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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martes, 11 de enero de 2011

Arte, ingenio, circunstancia



Pasamos de manera rápida por una exposición el lunes –estaba cerrado El Prado– en la Casa de América, el Palacio de Linares, que ocupaba tres plantas con objetos irregulares: como muchas de las exposiciones de ahora lo primero que percibe el profano es el ingenio en un contexto de extravagancia y todo vale. El ingenio ha de apoyarse en circunstancias, es casi como el chiste del arte. No lo menosprecio en general; mi tantas veces citado viejo alumno y luego colega Pablo Moíño me enseñó la seriedad del ingenio en muchos aspectos. 
El comentario viene a cuento porque, además de las muestras de arte-ingenio-circunstancias que voy a integrar en esta entrada, hoy por la mañana he mantenido larga conversación con mi querida alumna Lucía, que está convencida de que la literatura es "innata" al hombre, a la humanidad, y de que ha existido siempre. Profe algo derribado ya, no he tenido fuerzas suficientes como para iniciar la siempre ardua batalla de las ideologías, y apenas le he podido insinuar que "la literatura no existe", que existe una actividad muy importante en nuestra sociedad –y en otras– que se suele denominar así –y esa sí que es importante–.... y después de unas cuantas vueltas por el campo, de concluir que en definitiva todo se resume en saber lo que denominamos "arte" y su parcela "literatura". 

Corresponde el centro de este círculo a la ilustración anterior, con la leyenda
yo no tengo ningún inconveniente en llamar arte a esa lámpara de los años cuarenta hecha con bolígrafos bic, al poster redondo del coleccionista de estampas de la Virgen (¡precioso cuadro!) o al resultado de recoger cartas de avisos varios para componer un mosaico del ingenio, la estupidez y la capacidad de echar a risas todo que tiene la condición humana.


Pero a renglón seguido añadiría que también me gustaría designar como arte a los modos que tiene de cubrirse con un manotazo la calva Ángel Gavilondo –mi ministro– o a la capacidad de encontrar el ritmo y la presión suficiente en la delicada tarea de concluir un asunto animal, sea el hombre o sea la mujer, con dosis distinta –supongo– de dulzura, tenacidad, ritmo y presión. 


La vieja pelea por las palabras. Los poetas deberían ser todos nominalistas, por principio. Un poeta de acción, un pragmático, quedaría entregado a una infinita melancolía –ausencia y pérdida de lo que no se sabe bien qué es– y sería un parado más en el universo de esta crisis que se han inventado. Vamos a dejarlo, porque voy a pedir otra vez la revolución, cuando en realidad lo que muchas veces se necesita es el arte animal al que antes aludía, prendido de unos ojos, como los que vi el otro día –no me había fijado– el domingo, grises. ¡Qué hermosos son los ojos grises! Y no es arte. La naturaleza no es arte. ¿Será arte el modo de mirar de aquellos ojos grises que se escondían detrás de unas gafas? ¿Dónde empieza el arte, en el ponerse las gafas, en elegirlas, en mirar detrás de los cristales? O más difícil todavía, ¿en combinar el gris de los ojos –natura– con el artificio de las gafas? 
Vinieron luego otros buenos alumnos a preguntarme, casi con avidez, cuestiones de filología –de lo que se llama literatura, vamos– que querían resolver con mi contestación, de manera que en algún momento me sugirieron que definiera con mayor contundencia, casi que cuantificara. Ahí es ello, que es una de las vetas espirituales –no vayamos a confundir todo, que esta entrada va muy mezclada–: no solo no hay que cuantificar, ni siquiera se debería alcanzar la definición, lo mejor es devolver al mar todo y que siga en su lograda y real complejidad; esa solución es más exacta que la otra, aunque no satisfaga nuestro imposible deseo de llevar al magín grandes dosis de conocimiento, para lo cual reducimos la realidad a perlas sintéticas, casi siempre falsas.
Tengo que volver a a hablar con Lucía.
Y tengo que hablar también con Moíño.
Y tengo que volver a mirar aquellos ojos grises.

***

Uno de los resultados inmediatos de esa Ortografía que las gentes se ha regalado estas navidades, con las 800 páginas y sus buenos dineros, es que es un modo de dar carta blanca en los usos. Un poco el ¡viva la virgen! al que íbamos a llegar por nuestra propia desventura vital. Ello explica los usos con caja baja que a veces rechinan a los más pacatos, cosa que da hasta vicio, fíjense si no qué bien se leen: víctor garcía de la concha, esperanza aguirre, zapatero, la ortografía de la real academia española, pedro álvarez de miranda.... tienen su encanto, a veces no se sabe bien si huelen o no, si hacen milagros o no, si son iglesia, calle o si tienen los ojos grises: azucena, almudena, recoletos, domingo, etcétera. Es una golosina. Y en el sin embargo encontramos cosas como: Ojos Grises, Chinita, Revolución.... (Recordad: siempre cuatro puntos suspensivos, como César Vallejo, con caja alta.)

miércoles, 16 de junio de 2010

Los textos se leen, los versos se recitan (I)

Los textos se leen, los versos se recitan. Uno puede leer los versos, por supuesto, y recitar la prosa; como uno puede comerse la cáscara y desechar la pulpa de la fruta. De lo que se trata no es de restringir la libertad del individuo que se molesta en cuanto le dicen que dos y dos son cuatro, sino de encontrar el espacio común del que resuelve compartir, por ejemplo y ahora, literatura, subespecie versos.



Benedetti y Gelman
Algunos de mis antiguos alumnos recordarán el tiempo invertido en clase en explicar detalladamente cómo se puede leer el verso y por qué y cuáles son los resultados de ese entendimiento verbal y sonoro. Y les habrá que recuerden como en los llamados exámenes finales convocaba a la clase para que cada uno leyera versos delante de los demás. No siempre pude seguir con esta prueba tan sencilla, porque un decano de mi "dificultad" (así digo, porque es realmente difícil llevar a cabo algo digno en  esos tugurios), aleccionado por colegas y alumnos, me advirtió que semejante ejercicio "invadía la intimidad" de los alumnos. Nunca pensé yo que ese era un modo de invadirles la intimidad, lo que suelo hacer mucho mejor mirándoles a los ojos, pidiéndoles que me enseñen lo que escriben o intentando que me inviten a una copa. El caso es que a raíz de esa protesta institucional sobre la calidad de mis exámenes invasores, esgrimida por un decano –que no sabía leer versos; bueno, tampoco hablaba muy bien–, introduje en mis clases una explicación sencilla de por qué la vergüenza literaria. Con Blüher y Ong al fondo, les expliqué que era normal que les diera vergüenza emplear la lengua natural, de la comunicación, en función secundaria, en este caso artística o literaria. Actos del lenguaje, función estética, etc. Y así, pasábamos vergüenza en voz alta, pero sabíamos de dónde procedía, que no era de la invasión de la intimidad. Por cierto, es hermoso eso de "invasión de la intimidad". A ver si el curso que viene –con otro decano que el de marras– en la encuesta del primer día, añado una pregunta menos tonta que las habituales del cuestionario oficial. Algo así como "¿Podríamos invadirnos la intimidad en algún momento?"

Recobro el hilo perdido. La lectura en voz alta de versos es una posibilidad de la lectura de poesía, que también puede recibirse en silencio o en coro o acompañada de parafernalia (cantautores, raperos, musicada, recitativos operísticos...) Si así se hace, puede "ejecutarse" (el término viene de Jakobson) de diversas maneras, ¡no de cualquier manera o de todas las maneras! Por otro lado no toda la poesía cobra mejor sentido al sonorizarse: el Cántico espiritual de Juan de Yepes (que así lo llama Moíño) fluye como el agua de una fuente y se bebe mejor leído en voz alta; su maestro, el agustino fray Luis de Léon, nos dejó algunas odas que son el resultado de un deslumbrante ejercicio poético e intelectual, al que hay que volver reflexivamente varias veces (por ejemplo para deshacer hipérbatos o captar desplazamientos atrevidísimos) para recobrar su significado literal. Cada autor, cada poema pide un tipo de consumición diferente. Lo iremos viendo y habrá ejemplos.
Por el momento lo que quería es: 
1º) que el decano no se quedara creyendo que tenía razón. Era una desrazón (ya saben que el sufijo des- dice la RAE no se debe utilizar así; también lo veremos en nuestro "Almacen de dobletes"); 
2º) que todos los que confiamos los unos en los otros (¡condición absolutamente necesaria en la relación maestro-alumno!) podamos invadirnos la intimidad; 
3º) que nos preparemos para leer versos en voz alta.


Traigo primicia de páginas venideras, porque la red brinda montones de ejemplos de varios tipos, desde los más sencillos a los más complejos; acabo de ver  uno  en el que  una jovencísima Ariadna Gil se desabrocha la blusa mientras recita uno de esos fragmentos estremecedores de Alejandra Pizarnik. Hermosísimo el ejemplo, aunque el recitado no es perfecto y la emoción viene agridulce y no se sabe si es por el desabrochado (este des- es correcto), que no culmina, o porque la poetisa argentina siempre cala. 
Al menos hay tres páginas que se pueden consultar, helas aquí con el ejemplo de lectura versal correcta de tres grandes poetas, la de Oliverio Girondo recitando  "Y de los replanteos"


La de Mario Benedetti "no te salves"


y la mejor de todas, la de Juamn Gelman, el "Lamento por Gallagher Benthman", de Los Poemas de Sydney West


que nos sirve como eslabón para la próxima entrada de este cuaderno, la quinta, referida a poesía actual en español, sobre este inmenso poeta argentino.

No hemos hecho más que empezar con la lectura de versos.