Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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sábado, 3 de octubre de 2015

Fiebre de letras y libros


Ha debido de pasar algo en Madrid, porque se ha desatado una ventolera de temas librescos y caligráficos, aparentemente sin ponerse de acuerdo, en lugares dispersos. San Jerónimo ha debido sobrevolar la capital, que se ha llenado de exposiciones relacionadas con la actividad humana –de vez en cuando subida a intelectual y artística– de hablar, leer, escribir y escuchar, las cuatro funciones que yo solicitaba que cuidasen a mis antiguos alumnos, sobre las cuales podía caer o apoyar –un viejo resabio de Blüher– la intención estética.


Sin embargo, si se consideran una por una, parecen naturalmente derivadas del tiempo, la institución o la oportunidad. Esto es: parece normal que en el viejo Matadero, en la subsección que se llama "La casa del Lector", una de la salas recoja una docena de san Jerónimos, casi todos con su libro por algún lado, aunque solo un par de ellos con péñola y varios, con harto descuido, han pintado solo los palos de la cruz, un león desmedrado por los rincones y los paños que desnudan, sin motivo libresco alguno. El de Murillo luce en medio de esa tristeza, y la calva del de Renci brilla allí como una luz que ilumina una sala de deshechos (los reproduzco; el catálogo, 24 euros, fuera de mis posibles).
Desechos abundan en las restantes salas, excepto en la de la Literatura imposible; y entre aquellos restos, en una de las salas, formando tropa, entre otros, con futbolistas y toreros, Víctor García de la Concha, todo un acierto su ubicación.

Ya había visto la curiosa sala de aquellos objetos que los autores pensaron que eran libros –se dice en algún lugar– y que son libros en la frontera de la tradición, algunos realmente emigrados; allí se podrá dar un repaso a lo más típico de Brossa, Ullán, Pino, Scala (el representado con mayor cantidad de ejemplos), los oulipianos –incluyendo Perec–, muchos derivados de Queneau, etc. en muestra muy ilustradora, que se acompaña de un muro de cuadros de tema semejante (hechos normalmente con letras o con recuerdos literarios, así el Eloge de  Blaise Cendrars). Es muy interesante la sala. 


Para que la felicidad del visitante sea completa, en el gran patio del Matadero, concurso de grafitis para todas las edades. 
Y para desintoxicarse de tanta letra, un paseo por los pasillos de las sesenta canciones seleccionadas como representativas de la música que trabó nuestras emociones durante las décadas finales del siglo que se fue, entre las cuales hay diez carpetovetónicas, por cierto. Me he sentido aliviado al comprobar que entre las sesenta no faltaba Françoise Hardy, con cuyo recuerdo me suelo emborrachar de pasión y melancolía.



Si alguien quiere pasar a mayores, puede irse a la exposición de Caligrafía en la Biblioteca Nacional, con la que tiene muchos puntos de contacto, desde luego. La guardo, sin embargo, para otro día, ¿no?

martes, 23 de octubre de 2012

La casa del lector (Madrid)



La semana pasada se anunció, a bombo y platillo, la inauguración –realeza incluida–, de La casa del lector, en el centro cultural El Matadero, de Madrid. Con ese título, allí que me fui el sábado, a ver qué era eso. Bajé además el Paseo de las Delicias, que hacía mucho que no recorría, el viejo camino de Madrid al río y al sotillo, ocupado ahora por un barrio próspero, como son algunos barrios de Madrid, castigado por edificaciones apiñadas, constructores avarientos y ayuntamiento permisivo, con algún remanso que puede todavía sentirse aludido por el nombre, como los ensanches de la plaza de Luca de Tena, hasta llegar a las explanadas del Matadero que, esas sí, se abren sin agobios, porque se dejaron como estaban y se acomodaron para otros menesteres, Menos mal, porque eso es lo mejor que allí se encuentra uno: el espacio, el espacio abierto y respetado, tratado para que siga siendo y no para amontonar cosas. En algunos casos –muy pocos– los árboles, los plátanos de sombra, doblan en altura a las fachadas de las casas, delicia, esta sí, que poquísimas veces ocurre en Madrid y, en general, en las ciudades comidas por las inmobiliarias. Hice la foto correspondiente, porque además en la fachada había una simpática peluquería china (¿trilingüe?).

Plaza de Luca de Tena


Luego, el Matadero ofrecía muchos paseos, rincones, sitios.... de actividades muy difíciles de adivinar (talleres, cinetecas, salas con Wi-fi, una explanada con terraza y dos extraños artilugios mecánicos (en una de las fotos).... y la casa del lector, pues a lo que parece tiene muchas aulas (asientos con pupitres en alineaciones horizontales), por el momento vacías, un enorme parque infantil, una extraña exposición de objetos y cuadros relacionados con el mundo del libro y las letras, en el que se prodigan las citas de Borges. 


Me volvió a parecer lo más interesante el espacio mismo, la blancura de vigas y paredes, el ver lejos, arriba y abajo, una especie de enorme edificio para jugar al escondite, probablemente para que los niños jueguen. No entendí su función, si es que su función era museística. Luego vi que en otro sitio cercano había un teatro (se representaba un Chejov modernizado, dependía del Teatro Español) y, muy típico de estos centros españoles, un goloso bar lleno de gente.

Cuando salí de ver unas y otros edificios y naves –no me dio tiempo a ver todos– se había hecho de noche y los edificios se habían iluminado de rojo. Pensé que el paseo hasta allí y el deambular de un lado a otro, curioseando, había sido grato, aunque la conexión con la lectura resultase extraña. Quizá irse allí a pasar la tarde leyendo....