No cupo en la entrada anterior el testimonio fotográfico de unas cuantas cosas, que voy a ofrecer ahora, no sea que les dé pena –con el soneto de la “pena”, irán– de ese menosvaler, que no es tal. Así ocurrió con el árbol de Júpiter, plantado en la bifurcación del jardín, que conserva una historia sentimental y anecdótica propia: en las fotos es el que va hacia arriba por encima de los tiestos, en su base, y empieza a teñir las hojas de las ramas más altas, las de la izquierda según se mira, de un color indefinido entre rosa, morado, púrpura... Cuando yo me vaya, lo hará con todo su cuerpo y, al darle el sol de la mañana –es el que tiene, orientado a levante– parecerá a los pájaros una gigantesca mariposa. A la izquierda (en la foto final) sobresale una rama del arce dorado, el esplendor de una buganvilla que me regalaron Mamen y Gonzalo, las deutzias ya sin flor... El tronco, irregular, con mil desviaciones, es huesudo, liso, sin corteza visible. Y eso es curioso porque, cuando lo planté, muy tierno, de apenas medio metro, y empezó a pujar, observé que por las mañanas aparecía con el tronquito dañado por rozamientos y pequeñas hendiduras. Javi –cuatro o cinco años entonces– y yo hicimos pesquisas y acabamos por averiguar que era el tronco fresco y joven que utilizaba el ciervo para aliviar los males de su frente, y que con ese árbol, por las noches, se frotaba hasta dejar las huellas inequívocas de los cuernos y pelar el tronco. Para que no terminara por cargárselo compramos un producto recomendado, ya que, como luego comenté con algún vecino con fincas de frutales, podían cargarse media docena de árboles jóvenes en una noche de desesperación. El producto, infame, maloliente y carísimo, no hizo efecto. Javi se levantaba todas las mañanas, iba al árbol y me gritaba “¡Otra vez, otra vez!”.
Así hasta que Gabriel –nuestro labrador amigo, que corta la hierba cuando me voy– me dijo que eso no hacía nada, que lo mejor era grasa de oveja, ya que el olor de las ovejas espantaba a los ciervos. También me repugnaba a mí, y a Javi. En fin, el caso es que con unos y otros procedimientos, mimado y protegido, el árbol de Júpiter terminó en un par de años por alzarse hasta los dos metros y endurecer su tronco, que dejó se ser plato apetecible de la “¿brama?” de los ciervos.
Ahora ya ha alcanzado los cuatro metros y pico, que es poco más o menos, su estatura de adulto. Y digo yo que vive tranquilo.
Y el soneto de la “Pena” (de “Filosofía Barata”, en China destruida)
No se va fácilmente tanta pena.
Se cobija, me temo, en circunstancias
que forman parte del trasiego inútil
que sin motivo traen noches y días;
no se va como siempre, ahora resulta;
no viene del rincón de los recuerdos,
tampoco la vejez es su motivo,
ni la carencia de unos ojos claros,
ni la traída soledad que cuentan,
ni el miedo al miedo o al misterioso azar,
ni las miserias de combates necios,
ni la secreta historia del futuro...
Me parece que es algo muy más simple.
Sencillamente creo que es la pena.

