Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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jueves, 29 de diciembre de 2011

De la crisis a la desidia, pasando por la desvergüenza

He pasado hoy –por obligación– mañana y tarde en centros de documentación: por mis ojos han pasado documentos de Cervantes, Velázquez, Goya, Villamediana, el Duque de Lerma.... y he leído cartas de puño y letra de F. Listz, Wagner, Hernán Cortés, el Gran Capitán, Galdós, Víctor Hugo.... En el caso de la primera serie enunciada lo hecho en unas condiciones de precariedad que, en verdad, contrastaban con lo que iba pasando por mis manos y sufrían mis ojos, sufrimiento añadido porque las condiciones de trabajo en el Archivo Histórico de Protocolos de Madrid –las mismas o peores que las de hace veinte o treinta años-- eran degradantes: falta espacio, personal, digitalizaciones y reproducciones.... Falta todo, excepto la buena voluntad del puñado de gente que allí acude a trabajar o de los investigadores que tienen la paciencia de hacerlo y de intentar desojarse con los viejos lectores de microfilme. En algún momento he cruzado comentarios al respecto. La crisis.

Anotaciones autógrafas de Quevedo en el libro cuya portada se reproduce
en la otra ilustración

No, no es solo la crisis. Con cualquiera de las dietas de un senador o con las carteras de piel y los teléfonos que les regalan, o con cualquiera de los lujosos "audis" que se gastan.... sería suficiente para el presupuesto anual de un AHP decente. Y con un mirage se arreglaba el hermoso edificio que lo contiene, antes de que se caiga. Y con un día de campaña de elecciones se adecentaban todas las salas. Con dos viajes en primera de dos eurodiputados se pagaba el sueldo anual de un buen archivero. Y con lo que Gallardón ha invertido en despachos del nuevo ayuntamiento se digitalizaba todo el archivo, se llenaba el archivo de artilugios, se protegía de la humedad a todo el fondo y me compraban a mí unas castañuelas. Y así sucesivamente. Sin necesidad de llegar a las primas y los seguros de los consejeros de los bancos que nos van arruinando lentamente. O sea que no, que no es la crisis, es la desidia y la desvergüenza, que se apoya en la degradación cultural, que permite ocultar o minimizar todo este proceso inexorable hacia el embrutecimiento, para dar vía libre al enriquecimiento inmoral y la corrupción.

Por la tarde, en la Biblioteca Nacional, en donde he estado hurgando los autógrafos que citaba,  he intentado identificar el que adorna esta entrada, de Quevedo, uno entre miles que allí se conservan. La sala Cervantes estaba semivacía, exactamente siete personas. Es verdad, que no es modo de pasar unos días de fiesta en medio de estos papeles viejos; pero es a partir de estos papeles viejos como se descubre, organiza, da a conocer, publica, etc. lo que fuimos, parte de lo que somos, lo que si queremos ser personas todavía nos emociona y nos permite serlo plenamente.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Mañanas en el Archivo

[A Mercedes Sánchez ("merceditas"), estas notas de investigación]


Entre las muchas deformaciones profesionales que ya no puedo corregir está la de los archivos, particularmente los archivos históricos de protocolos, que suelen llevarte a rincones íntimos de épocas históricas diversas. Normalmente –y durante este año– hago mi recorrido de archivos los miércoles por las mañanas, día en el que no tengo clases en la universidad, y voy recopilando pacientemente las noticias, los documentos de unos cuantos temas de mi cartera profesional: Quevedo, el Conde de Villamediana, la historia de Madrid, Luisa de Carvajal.... aunque bien es verdad que con mucha frecuencia me atasco o me pierdo en los mil asuntos que aparecen por todos lados. Hay que comedirse, porque ¿cómo no ponerse a leer aquellas caprichosas cláusulas del padre fray Jerónimo de la Encarnación, que en 1635 vincula a su mayorazgo nada menos que un "pedazo de costilla de la dicha santa madre"   Teresa de Jesús? (AHPM, p. 5370). El trasiego de reliquias, a que tan aficionado era el rey Felipe (II), es extraordinario, y no afecta solo al último tercio del s. XVI. Todavía en 1632 cuando el joven infante don Carlos –el hermano de Felipe IV– agoniza en Palacio, allí le llevaron, "entre otras muchas", las imágenes de Nª Sª de Atocha –esta va siempre– la del Rosario del Convento de Santo Tomás, las de la Iglesia de las Maravillas, la de la Merced que estaba en San Ginés, así como los santos cuerpos de Francisco de Borja y San Isidro Labrador.... (AHPM, p. 3829). El estrafalario coleccionista Juan de Espina, al morir, en 1639 (AHPM, p. 7672) tuvo buen cuidado de enumerar algunos de sus bienes: guardaba, entre otras perlas, los últimos objetos que se manejaron o se vieron en la ejecución de don Rodrigo Calderón, entre ellos la cuchilla con que se le degolló: avisa que es la más grande de todas las que hay en el arca. Son curiosidades que a veces me llaman la atención por su conexión con detalles de la vida de alguno de mis temas de cartera: Quevedo, amigo de Juan de Espina, enumeró en su testamento el sudario de Santa Teresa, por ejemplo, y como es  bien sabido, narró la muerte de Rodrigo Calderón, que por otro lado era corresponsal de Luisa de Carvajal, a la que enterró en primera instancia en el convento de Portaceli de Valladolid, cuya fundación se puede seguir en p. 1615 (AHPM). Ya he publicado en este "blog" la recuperación del cuerpo, por orden directa del rey, para que se llevara a la Encarnación, donde ahora está, aunque en ese caso el documento original se encuentra en los archivos del Palacio Real, a donde también me gusta ir, los viernes, algunos viernes. En 1622 en otros documentos (AHPM, p. 4422) se trata de vender ese patronazgo, dañado, desde luego por el trágico final del marqués de Siete Iglesias. La cadena es muy complicada y se alarga continuamente.



La cosecha de cada día es tan numerosa que el investigador ha de comedirse para no perderse en la marea de la historia: ¡si resulta que Goya compró una casa en 1800! (AHPM, p. 21394) que hacía esquina a la calle del Desengaño con la calle Valverde; la placa madrileña le sitúa semiesquina a la costanilla de Santiago; y que a las espaldas de las casas que tenía Pedro Vergel –denostado por Villamediana– se levantaba el convento de las carmelitas (plaza de Santa Ana, por el nombre antiguo), cuya fuente estaba inundando aquellas viviendas (AHPM, p. 3347 y p. 4903). Por aquellos mismos años, en 1617, el Cardenal de Toledo regalaba la finca de "La Florida", riberas del Manzanares, a su sobrino el Duque de Lerma (AHPM, p. 2302), estaba en el lugar que llamaban "del molino quemado". ¿Algo que ver con La Florida actual? No sé... Demasiadas noticias. El famoso Juanelo Turriano –el que subió el agua del Tajo a Toledo– tenía un hijo "mínimo" en el convento de la Victoria (en 1602; AHPM. p. 2766), ninguna de las dos cosas le han permitido escapar de la cárcel, porque le pillaron cazando en los montes reales; quizá conoció allí a Miguel Rey, el "padre" de la mancebía, acusado de quedarse con una comisión excesiva de las prostitutas (AHPM. p. 750); que, por cierto, aunque ahora lo nieguen, también se recogían en Santa Isabel, la actual iglesia del opus, que no me han dejado ver. 
Algunas me llegan cuando ya he redactado y difundido en este blog lo que tenía antes. Por ejemplo, ese empeño del Duque de Osuna porque le enterraran en San Felipe, en los agustinos (ya hay una entrada en este blog sobre San Felipe), ¿se llevó a cabo? Porque no lo dice en el reconocimiento del codicilo (AHPM, p. 2235), cuya   "disposición" dejó de su puño y letra sin acudir a notario, ya que la enfermedad no le dejó terminar de testar, y que su hijo el Marqués de Peñafiel llevó –un par de hojas autógrafas– ante notario, en 1624. 
¿Y las placas que ahora atiborran las fachadas de Madrid? Veo la de Saavedra Fajardo cada vez que voy –todos los lunes– a la Biblioteca Nacional de España; la plaza se refiere sin duda a unos pocos años finales, cuando allí se levantaban los otros agustinos –los recoletos– para los que Quevedo escribió e imprimió por primera vez una obra, el Epítome a la vida de Sto Tomás de Villanueva. En realidad Saavedra Fajardo tuvo sus primeras casas en las afueras, en Colmenar (AHPM, p. 2712), y luego una vida muy ajetreada como diplomático.
En fin, a veces voy al archivo con algunos de mis alumnos –cuando sus ocupaciones se lo permiten– y les intento enseñar el manejo de ese precioso lugar, que en Madrid está a  espaldas del Museo del Prado, y bastante necesitado de soporte y ayuda. Cuando termino la jornada, me traigo fotocopiados algunos de los documentos que más me han interesado. Hoy lo he hecho, verbo y gracia, con el mentado testamento del duque de Osuna y con el contrato de venta del Padre Mariana de una edición de su historia de España, "en romance", en 7 de abril de 1606. Siempre me interesaron esos años del jesuita, que es cuando traba algún tipo de relación con  Quevedo. Por cierto, un poco cara esa historia (35 reales cada historia) y la letra un tanto endiablada (AHPM, p. 2435).
Todos estos sitios suelen estar semivacíos, casi desiertos, aunque en épocas de vacaciones se ve que acude algún investigador extranjero. ¿Ya no se trabaja con fuentes? Me han pedido hoy una colaboración para El Cultural de El Mundo y me lo he preguntado, porque ese viejo modo de trabajar está relacionado con procesos de digitalización que podrían vaciar archivos y bibliotecas. En otro momento seguimos.
Vamos a terminar con una nota moderna, una de las muchas referidas a ese admirable varón que fue López de Hoyos, el maestro de Cervantes, de quien todos hablan con respeto y que, al cabo, en 1576, quiere retirarse a una finca y casa cercana, a leer y meditar mirando al Manzanares.


Primera hoja del contrato aludido, que arranca con la fórmula (modernizo la transcripción):

sepan cuantos esta carta de obligación / vieren como yo Luis Sánchez, im/presor de libros, vecino de la villa de Madrid obligo por esta carta que debo e me / obligo de pagar y que pagaré al padre / Joan de Mariana / de la Compañía de  / Jesús, morador de la casa de la compañía / de la ciudad de Toledo o a quien  / su poder hubiere es a saber cuatro / mil reales de plata castellanos / de a treinta y cuatro maravedíes / cada ybi..." (etc.)

Son 114 historias, a 35 reales cada una. El documento tiene tres hojas, formularias, al cabo de las cuales no consta la firma del padre Mariana.

miércoles, 19 de octubre de 2011

El Conde de Villamediana, Juan de Tassis y Peralta

Protocolos formalizados mediante imprenta para documentos del Conde
Hay que diferenciar los apellidos o la numeración del título condal cuando se habla de Villamediana, el Conde, porque se trata de una familia con ramas que crecen a lo largo de todo el siglo y van dejando posos y recuerdos por todos lados, a la sombra del patriarca del clan, el Duque del Infantado.
Lo que más extrañe quizá sea la diferencia entre lo poco que se sabe de la tormentosa vida del Conde y la secuela de documentos que ha dejado a su alrededor: centenares, así se trate de la difusión de sus poesías o se trate de sus numerosos pleitos, gastos, gestiones y escándalos. La documentación es abrumadora. 
Firma auténtica del Conde de Villamediana (AHPM)
Creo que con la que he recogido hoy por la mañana en el AHPM puedo dar por terminada la recolecta de documentos. Cumple ahora darlos a conocer, de manera sucinta, confrontados con la investigación histórica acerca del Conde (Chiflet, Pinheiro da Vega, Narciso Alonso Cortés, Cotarelo, Rozas, Rosales....) y debidamente leídos, enlazados y justificados.
El final de las pesquisas ha sido la lectura detenida de los títulos de correo mayor  (de comienzos del siglo XVI, por la reina Juana y el Emperador) y todas sus vicisitudes (corroborado por Felipe II en 1556), con las ramificaciones familiares, particularmente en Italia –en el reino de Nápoles. Un documento de agosto de 1616 reproduce todos estos títulos y ramificaciones, y explica con nombres y apellidos la sucesión del título de correo mayor. Todo eso era necesario para que a la muerte en 1607 de primer conde de Villamediana, a quien no le dio tiempo a formalizar el mayorazgo que pensaba constituir con todos sus bienes, el heredero, el Villamediana poeta, Juan de Tassis y Peralta, se encuentra con que las deudas de su padre –de la herencia– son mayores que los bienes vinculados: se habla en el documento de 600.000 ducados, y se acompañan los censos cargados sobre sus bienes. Y se pone con manos a la obra: por un  lado redimir censos, cerrar deudas, arreglar finanzas....; y por otro, darse a todo tipo de lujos, caprichos y compras (también con abundante documentación). Ha otorgado poder en Madrid –en 1616, justo al volver de Italia, el año anterior– para vender el oficio de correo mayor en muchos sitios (Medina del Campo, Palencia, Mérida, Milán....), particularmente en Nápoles –aunque está arrendado– al hijo del Conde de Oñate. Al mismo tiempo, sin embargo, hay que formalizar el mayorazgo, lo que necesita de gestiones sin cuento, la mejor documentada, el expediente de testigos para confirmar que su padre murió sin haber formalizado el mayorazgo, pero que tenía preparado todo el expediente, y eso dicen una decena de personajes cercanos al viejo conde, entre ellos su viejo secretario en Londres, que ahora aparece como "contador" de los bienes del joven conde. Otro de los firmantes es el prestigioso abogado Francisco de la Cueva y Silva, al que Lope y Quevedo, por ejemplo, dedicaron versos.
Declaración de uno de los testigos (el licenciado Bedoya) en la formalización del mayorazgo del
Conde de Villamediana (AHPM)
El caso es que son varios los protocolos que se conservan con cuentas y cuentas y cuentas del Conde de Villamedian, hasta el punto de que hay protocolos enteros –legajos enteros– que desgranan deudas, censos, juros, obligaciones, etc. del Conde en notarías que han impreso la fórmula legal para no tener que escribir decenas de veces lo mismo.
Creo que hacen falta investigadores que tracen la biografía del Conde y trabajen críticamente sobre su vida y su obra.
La mayoría de las ilustraciones, sin pie, fueron obtenidas hace tiempo, años; en tanto que llevan pie las que tienen carácter textual y que serán objeto de exposición posterior, que en este caso proceden del AHPM.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Barreras de la investigación

Madrid sigue con un calor insoportable a las horas avanzadas del día, de manera que en el Archivo Histórico de Protocolos de Madrid he salido a preguntar dónde estaba el botijo, y estaba donde siempre, sudando, con un papel debajo para enjuagar el sudor. Con eso y con que quien me lo ha dicho ha sido Adri –de la que me he quedado totalmente prendado, como dios manda– he podido alcanzar el límite de la mañana para tomar refrigerio de menú en el Parterre, el pequeño restaurante que hace semiesquina de Alberto Bosch con Alfonso XII,  y que pertenece a esa estirpe de excelentes casas de comidas madrileñas, vigiladas y cuidadas por el dueño, con su abanico castizo de platos en el menú: gazpacho, ensalada, paella, emperador, conejo, huevos historiados.... Para que nada falte, paredes con cerámica de sabor talaverano, servicio eficiente y rápido; mucho ejecutivo sencillo de la zona –¡demasiadas corbatas!–. 

Me he puesto a leer algunas de las copias que he sacado de legajos hoy por la mañana e inmediatamente he lamentado que Adri no me acompañara a leer aquello entre sorbo y sorbo del tinto de verano, porque como se verá por la ilustración, el documento se las trae: demasiado viejo, demasiado dañado. Y es a este punto a donde quería llegar ahora, porque al reiniciar el curso –el mío– y proseguir con los temas que están en marcha (que si el Madrid histórico, que si la métrica, que si el Lazarillo y Villamediana, que si las recetas, etc.) había pensado soltar una primera entrega de documentos del Conde de Villamediana y rematar otra rebusca sobre el Lazarillo –en tanto Mercedes Agulló prepara la publicación del inventario de la biblioteca de Juan López de Velasco–; y aquella propuesta que me había llevado al inventario de un librero en 1572 en Madrid.
Pero resulta con el simbargo y vaya por dios que esos legajos cuanto más viejos son más pellejos, como los humanos, y que el legajo me ha devuelto estas páginas, la de abajo es una muestra. 
Espero que nadie me haya oído los tacos que he soltado delante del microfilme, porque estos legajos tempranos están microfilmados  (es un 600); tampoco nadie me los ha preguntado, como hace mi hijo cuando pierdo las gafas y mascullo palabros, que agudiza el oído y me persigue por la casa a ver si aprende tacos nuevos. 
"–¿Qué has dicho, qué has dicho....? 
– He dicho "caray".
– No, no era eso, terminaba la primera en "ones" y luego había otra que terminaba como en punta.... Anda, ¿qué has dicho?"


Está difícil de completar el Lazarillo, en lo que mí concierne –otra cosa es la compleja documentación de Mercedes Agulló, que ahora trabaja con Reyes Coll-Tellechea–, y está difícil, porque también me queda por llevar a letrería de ahora las caprichosas anotaciones de Felipe II, que como era rey pensaba que todo el mundo había de entender sus garabatos en las márgenes de otros escritos. ¡Y en garabatos dejó lo más interesante o, al menos, el diálogo más interesante sobre cosas de nuestra incumbencia! ¿Habrá alguien que se atreva a transcribir los de la biblioteca Zabálburu?
Otra de las rebuscas me ha llevado a un documento que me ha salido extenso, el testamento de Juan de Tassis, padre, en 1607. Sobre Villamediana he acumulado una rica documentación y no sé qué hacer con ella: procede de bibliotecas y archivos italianos, de la Biblioteca de Palacio Real, de la BNE y, desde luego, del AHPM, en donde hay aproximadamente un centenar de documentos suyos o de su contexto familiar (Alejandra, Pompeo, Antonio, Luis de Guzmán, etc.) con los que se puede rehacer buena parte de su vida cortesana. Yo creo que no sé han engavillado nunca, desde luego no los he visto en la sarta usual Cotarelo, Rozas, Rosales, Casanova, etc. Lo ilustro con su primera y su última página (son 20); me falta por corroborar si está en Pérez Pastor (Madrid), que no lo tengo cerca y la BN cierra muy pronto (a las 18).


De todos modos, como tengo que transcribirlo, seguiré indagando o alguien me avisará. 
Sería estupendo que refrescara y que pudiera transcribirlo, a la caída de la tarde, sentado en el banco del roble de las penas, con alguien que supiera hacerlo debidamente, alguien de archivos, vamos, con quien podría tomarme un botijo entero de paleografía.


sábado, 14 de mayo de 2011

La Biblioteca de Quevedo, cada vez más cerca


He tenido que volver a redactar esta entrada unas semanas más tarde, porque Carlos Fernández, al asentar lecturas y bibliografía, se ha dado cuenta de que el documento que yo le he pasado es el mismo con el que ya había trabajado, ¡en 1975! Maldonado. De manera que vamos a rehacer la tarea que se refiere a este documento, que ellos podrán matizar en algunos aspectos. 
Queda la historia menuda y cordial de aquella jornada de trabajo, que decía sí: "Al mediodía, Carlos (Fernández) Sofía (Simoes) y yo comimos en el Parterre, el pequeño restaurante con que termina la calle de Alberto Bosch antes de darse de bruces, en Alfonso XII, con el Retiro. Habíamos pasado la mañana en el Archivo Histórico de Protocolos, para considerar el estado de la cuestión de la biblioteca de Quevedo, de la que creo yo que, asediada por un lado por Francisca Muñoz y por otro por nosotros mismos, va a terminar por reconstruirse bastante bien. 


Es el caso que ya han terminado –los documentos de protocolos casi nunca se "terminan" del todo– la tarea de leer el documento y empezar a trabajar con otros aspectos. Para llegar luego al libro concreto, como en muchos casos hizo Maldonado, ha de darse la coincidencia de que alguno de los libros citados en el inventario –por ahora en este– coincida con alguno de los ejemplares que lleva la firma de posesión del autor. La firma de posesión del autor o, en su defecto, notas autógrafas, afecta en estos momentos a unos cuarenta libros, que forman, por cierto, capítulo de la próxima tesis de Diana Eguía sobre los autógrafos de Quevedo.

Les he entregado, por cierto, el segundo inventario –letra más difícil–, espero que no sea ninguno de los conocidos. Tendré que plantearles que hagan un inventario de inventarios. 
Como postre, de la investigación y del menú: los tres tomamos macedonia. 


Un gesto de temor cuando les dije que lo iba a contar en el blog, porque los quevedistas y otras gentes deben saber cómo va la investigación y qué se puede esperar de ella. De hecho, el exceso de generosidad puede provocar, como en este caso, que haya equivocaciones u olvidos que obligan a rehacer el camino. No me parece mal, como cura de humildad y para subrayar la necesidad de trabajar con los demás, estas equivocaciones, que en este caso han sido mías.
Crucé el Retiro para volver, por las plazoletas de Campo Grande, una de las zonas más sombreadas del parque, hasta desembocar en la Rosaleda, cuyo aroma atrae durante estos días.

miércoles, 20 de abril de 2011

La espada y la cruz de Quevedo

Tapiz en el Retiro de flores caídas de los castaños
Hoy por la mañana, miércoles santo, he aprovechado la tranquilidad de un Madrid que se vacía –ahora llega una tormenta, casi de verano– para buscar en el AHPM (Archivo Histórico de Protocolos de Madrid) la espada y la cruz de Quevedo. Lo explicaré, lo explicaré, aunque lo de buscar la cruz ahora, en la semana de pasión, parece natural.

AHPM
Para llegar al AHPM he de atravesar el parque del Retiro, ya que se encuentra detrás del Museo del Prado y cerca de la RAE, en el barrio de los Jerónimos. Estaba el Retiro solitario, primaveral, plagado de jardineros que debían de estar aprovechando las vacaciones y que es día laboral para rehacer caminos,, plantar césped, abonar, recortar setos.... No había casi césped, pero las flores de los castaños se encargaban de alfombrar el parque. Cuidaban sobremanera una de las zonas de robledos, el robledal donde está, precisamente el roble de las penas; pasé por allí, sonreí a los jardineros y acaricié con la mirada al roble.


El AHPM, aun con estas circunstancias que dije, tenía su público, vamos, que había unas diez personas, lo que para este país es bastante.
En mi cartera lleva lo de la espada y la cruz, pero claro, otros temas andan coleando por ahí cuando voy hojeando mamotretos –nunca mejor dicho–; de manera que he ido despreciando la boda y la muerte de Jáuregui, retablos y pinturas, la extraña localización de Salas Barbadillo, un tesoro de documentos de Margarita de Espinosa –casada con Juan de Santoyo, los avatares de los Isasi (secretarios de los austrias), los contratos de Juan de Ávila para publicar el "Audi, filia" (se lo tengo que decir a Julio, que sobre él hace la tesis), los documentos de los argensolas, incluso los documentos cervantinos, los de su hija, que creo recordar que se conocen, desde luego.... despreciaba todo, pero iba más despacio cuando asomaban Villamediana, Quevedo, Luisa de Carvajal, Leopoldo Jerónimo Puig, Alonso Cano, Herrera Barnuevo.

El roble de las penas, recibiendo mimos
Cuando Quevedo vuelve de Italia –un poco a contrapelo, por desavenencias con el antipático duque de Uceda–, lo hace con los bolsillos llenos: es sintomático lo que compra y en lo que invierte. Es entonces, por ejemplo cuando compra las casas en la calle de Cantarranas y cuando se hace con  el señorío de La Torre de Juan Abad. Adquiere también joyas y bienes –supongo que libros– y entre las joyas, la famosa venera de Santiago y, esa es mi primera búsqueda, un crucifijo de ébano y marfil, que está en su testamento, y que parece ser que hoy mantiene alguno de sus descendientes. También invierte en armas, es decir, en armas de calidad y lujo, como era usual. Consta también en el testamento de Quevedo la calidad de su armería particular.
La flor del castaño
En tanto que buscaba lo uno y lo otro –tenía pistas, claro– me salían constantemente al paso bastantes, pero bastantes, documentos sobre Juan de Tassis, el Conde de Villamediana, las más de las veces deudas por joyas, caballos, jaeces.... Los gastos del Conde son, a todas luces, exagerados, descontrolados, y habían empezado antes de la muerte del padre (1607), en Valladolid. Claro, que uno de los más llamativos es la obligación que emite a un cerero para pagar una enorme cantidad de dinero por la cera.... que en su mayor parte se había empleado en los funerales de su padre. Creo que el centenar de documentos del Conde podría ser más que suficiente para rehacer su biografía.



Por cierto y para terminar: he encontrado las dos cosas que buscaba, e irán en entradilla independiente. Las armas –espada, sobre todo– que encargó. Y la cruz, o al menos una cruz que se describe como de esas características, en un curioso documento de 1616. Lo reproduciré en breve.
Al volver, me pasé por donde está el fresno de olor: y estaba en flor.

Fresno de olor

martes, 22 de marzo de 2011

Nobleza y administración. Las raíces de Quevedo

Voy a dar a conocer un documento –creo que nunca lo he subrayado públicamente, ni con las implicaciones que tiene–, que señala claramente cómo en la ascendencia materna de Quevedo hay una rama de la alta administración del estado, con adornos de la nobleza media. Recuerdo rápidamente que la rama paterna –la de Pedro de Quevedo– procedía de la Montaña (el valle de Pas) y exhibía un timbre de pureza de sangre y orgullo ancestral que les permitía enlazar con la nobleza cortesana. Ya que en efecto, en este caso la rama materna era una "Espinosa", la abuela, Felipa de Espinosa, madre de Margarita de Espinosa, a quien Quevedo dedicará en 1613 el Heráclito Cristiano, y de María de Santibáñez, la madre de Quevedo, que servía como "azafata" o "ayuda de cámara" en el Alcázar, al igual que la abuela.
Pues bien, el documento, de 1592 (protocolo 704 del AHPM) se abre así: "Sepan cuantos esta carta de obligación vieren como nos el licenciado Francisco de Albornoz, comendador de la encomienda del teshoro, de la orden y caballería de Calatrava, del consejo supremo de Castilla de su majestad, y doña Felipa de Espinosa, su mujer, residentes que somos en esta corte...."
 

Son preguntas que se puede hacer el historiador a continuación: por qué han bailado tanto los apellidos y por qué la madre de Quevedo tomó el de Santibáñez, en tanto que su hermana se llamaba Margarita; por qué Quevedo nunca adujo esta ascendencia, etc.


Habrá, en primer lugar, razones de la vida privada que ya difícilmente sabremos, como cercanías y tutorías que solo ocasionalmente asoman en los papeles; por ejemplo la tía y una hermana de Quevedo debieron educarse al arrimo de la abuela, y por eso llevan su apellido. La madre, sin embargo, optó por el Santibáñez, más alejado entre los de  la abuela, porque esa rama se estaba haciendo muy fuerte en la administración de Palacio, como muestran los numerosos Santibáñez de la documentación. El escritor, finalmente, adoptó el apellido paterno, probablemente cuando pasó a ser el mayor de los hermanos –por muerte de otro mayor–, es decir, el que iba a conservar la ascendencia humilde pero noble de los llegados del norte; la misma razón por la que eligió el "y Villegas".  En fin, tampoco he dilucidado, todavía, si el matrimonio de Felipa con Francisco de Albornoz es el que originó la prole o es posterior. El "Albornoz" quedó, en todo caso, perdido.
El documento se lee bastante bien.

domingo, 20 de marzo de 2011

Quevedo y La Torre de Juan Abad

En noviembre de 1598 se protocolizan los censos de La Torre a favor de María de Santibáñez, la madre de Quevedo, con licencia del rey, y se presentan y firman, por tanto, las escrituras. Ese importante conjunto documental ocupa medio centenar de folios del protocolo 1644 del AHPM, de Gonzalo Fernández. Y este censo está en el origen del señorío del escritor sobre la villa manchega, lo que rematará a su vuelta de Nápoles, hacia 1620, obteniendo, en efecto, el señorío, como compensación o adquisición por las deudas que la villa no pagaba. El conjunto fue integrado como hecho documental en mi propia biografía de Quevedo. Lo que ahora publico, con la referencia correcta por si se quiere utilizar de modo más extenso, son: la licencia del Rey, la nota de protocolos dando noticia del censo adquirido por María de Santibáñez, y las primeras y últimas hojas del conjunto que describe la transacción.



sábado, 19 de febrero de 2011

Testamento del padre de Quevedo (1586)


Quevedo quedó huérfano de padre en 1586, cuando contaba seis años y era el segundo hijo; la madre, María de Santibáñez, aun alumbró a la última hija, María, meses después de la muerte de Pedro de Quevedo, cuyo testamento reproducimos aquí. Algunas dificultades de su lectura se pueden solucionar con mi viejo interlineado, de cuando leí el documento por primera vez, por lo que he preferido conservarlo, para el aficionado a leer estos viejos legajos. El testamento paterno es importante para conocer la trama familiar, las condiciones económicas de la familia, las actividades, sus conexiones en la corte, etc. Son nueve folios, que se amplían pinchando sobre ellos, para facilitar su lectura.






viernes, 11 de febrero de 2011

Los primeros documentos de la familia Quevedo

Entre los primeros documentos de la familia de Quevedo, asentadas ya las dos ramas en Madrid, he seleccionado esta carta de pago de Felipa de Espinosa (1577, el escritor nacerá en 1580), la abuela, la figura más interesante –es quien consigue que al escritor le paguen los estudios los reyes–; figura como testigo del documento su hija María de Santibáñez –la madre de Francisco–; y se extiende la carta de pago en nombre de Antolín de Santibáñez y Margarita de Espinosa, su otra hija (en el documento Felipa los llama "hijos"). Ojo al documento anterior que termina el primer folio, en donde firman Pedro de Quevedo y Juan de Alderete. La documentación que he exhumado de don Francisco es muy rica, muy rica. 

Las nuevas condiciones de la investigación permiten ahora poner a disposición de investigadores y curiosos las fuentes primarias de la investigación, cosa que no podía hacer más que referencialmente cuando hace ahora unos catorce años tracé su biografía.




miércoles, 9 de febrero de 2011

Muere Pedro de Quevedo, documento testamentario para que de sus hijos y de sus bienes se ocupe la madre, María de Santibáñez (1586)

Tutela de los hijos de Pedro Gómez de Quebedo y doña María de Santibañez, su muger.... Eso dice el encabezamientgo del documentos que ofrecemos, del nueve de diciembre de 1586, y que sirve para explicar cómo quedaba la familia de Quevedo a la temprana muerte del padre, cuando él contaba seis años.  La madre se nombra como "viuda mujer que fue de de Pero Gómez de Quevedo, escribano de cámara de sus altezas, "su marido es fallesçido y pasado desta presente vida puede haber seis o siete días", y en su testamento la nombró por tutora y curadora de las personas y bienes de Pedro de Quevedo, Francisco de Quevedo, y doña Felipa y doña Margarita, sus hijos legítimos", "todos menores de doce años" "y al próximo o próxima que nasciere de que quedó preñada...." Será la hermana menor, María, que morirá a los 16 años. Luego, lo que se transcribe realmente es parte del testamento del padre.


Ahí se ve que el testamento fue dictado el 27 de noviembre de ese mismo año. La segunda hoja recorre todas las formalidades testamentarias. También las siguientes formalizan la tutela de la madre, con las formas usuales, y suministran poca información adicional, a no ser la de la firma de un testigo que sí aparecerá en la biografía familiar del escritor: Juan de Santoyo. 
No he digitalizado todas las páginas, muy repetitivas de las fórmulas de recolectas de datos.

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