Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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miércoles, 26 de junio de 2019

La luz cuando termina y un tratado general de la ternura



Dentro de poco volveré a un rincón gallego, al norte de Cedeira.... que este verano se echa de menos, porque mientras el resto de España se ahoga de calor, allí se mantienen las caricias del mar. Una de las fotos muestra las hortensias blancas de una de las entradas a mi "pazo" (lo llamo así por la envidia del fresquito, eh), con otra ocupo el ojo de la cámara; pero la ñprimera muestra el mar de Pantín, con "la luz cuando termina".

hortensia blanca       y nubes de poniente
tierras del norte      con la luz vestidas
paisajes     que suceden     a paisajes
oreados por las lluvias      que los limpian

a su término      el mar siempre aparece
canción de espumas      y      rumor de brisas
junto al mar      lo que empieza     y lo que fue
intuye que no es más      que travesía

caminos con parada       en la belleza
ascensos   sin porqué     a la armonía
junto al tiempo     que viene con nosotros
y no sabe    tampoco    lo que mira

esplendor    de la senda     sin destino
esplendor     de la luz     cuando termina


TRATADO GENERAL DE LA TERNURA, CON SU MENTA AL CABO

Tratado general de la ternura
recogido      en catorce versos llanos
que enseñan    a aceptar todos los gestos
que brotan   al venir    enamorado

de lágrimas ardientes   no se trata
ni de pasión    o variedad de llantos
es algo   que nos da    naturaleza
agua al mar   luz al sol    verdor al árbol

lleva su ejemplo    en otros versos simples
que cuentan una historia    y citan clásicos
para que no se piense   que el soneto
es pensamiento baladí    inventado

todos los versos    se han de leer   con voz
algo quebrada    y con suspiro  al cabo


II

He puesto     menta fresca en la ventana
entre    gardenias    pensamientos    cintas
ha sido     un ramalazo de ternura
incompatible con vivir deprisa

pero   nadie   me ve   cuando las hojas
en mis yemas   los dedos   las deslizan
y simulo    discretamente            que
aun recuerdo   la voz   de barbolilla

o me llevo las manos    a la cara
a la antigua   manera   cervantina
tema del arcipreste     y de azorín
"por lo perdido     mano en la mejilla"

y que   a nadie     le asuste la ternura
ni el cariño     o rendirse a las caricias


viernes, 22 de julio de 2011

Cortar y el camino del jabalí


La casa vieja de los veranos se encuentra en un lugar cuya vegetación se define bien por cómo llaman los lugareños a lo que yo diría “cuidar o arreglar el jardín”: cortar es el nombre más usado, porque se trata siempre de librar a la tierra –o a los cultivos, si se tratara de huerta– de todo lo que crece sin permiso, sean malas hierbas, sean semillas de castaños, laureles, eucaliptos, nogales, higueras, guindos, abruños, etc. que sencillamente han prendido siguiendo el curso natural de la reproducción “no asistida”. 
De manera que debajo de los guindos del camino hay siempre retoños de guindos, que se han de arrancar; y debajo de los avellanos, avellantitos; los retoños de los laureles son más viajeros, y suelen aparecer en escondrijos sombreados, como arbolitos diminutos; los de los castaños, si uno se descuida, aparecen un buen día con un metro de altura y ramificaciones, normalmente en cunetas o cruces de terrenos, quizá como los eucaliptos.... 
el camino del jabalí, entre enebros

Da pena, a veces, arrancarlos, pero no hay otra solución, si de verdad esta zona es la que tiene uno de los índices de crecimiento mayor de Europa, casi como la selva. Y así debe de ser: la glicinia, año tras año, echa sus brazos al horreo y se propaga por todos lados, con centenares de ramificaciones, con una fuerza inaudita; los varios tipos de boj necesitan podarse casi constantemente, lo mismo que las fucsias –sobre todo la que llamana de “pitiminí”, a la que no arredran las zarzas, con las que convive propagándose casi a ojos vistas.... Y así podría seguir ejemplificando con varias decenas más de especies (ortigas, celidonas, aucubas, lavandas, enebros, deutzias, saúcos, camelias....). De entre todas las especies, señeras las hay, que mantienen su jerarquía solitarias: un tejo dorado, la enorme secuoya, el ciprés del himalaya, un alcornoque, algunos chamecíperos, etc. De ellos se encarga lo que aquí llaman “el temporal”, que a mí al menos me ha derribado los árboles más viejos: un nogal, o más grandes: un chamecípero. Sin embargo, cuando uno desea quitar un árbol porque está mal situado o es peligroso o sabe dios qué, hay que ver como se resiste a desaparecer por las buenas. Por peligroso quise suprimir el estramonio o datura –sabido es que es muy venenoso y de una fragancia, sus flores llamativas, embriagadora–:
invasión de hortensias

durante dos o tres años, después de cortarle, seguí persiguiendo sus raíces y abortando los brotes nuevos. Pues este año me lo he vuelto a encontrar, hecho y derecho, rozagante, con más de metro y medio de altura; algo semejante a lo que pasa con una de las dos grandes higueras que había: la que derribó el viento hacia un barranquillo –una serventía– rebrota todos los años, y el año pasado dio buena cosecha de higos, que yo no vi madurar. Y esa es la manera de comportarse de los saúcos, que bien se ve que son de la tierra –se le consideraba árbol sagrado–, y que rebrotan una y otra vez, como si la poda no fuera con ellos.
saúco
Seguir hablando de árboles, arbustos, plantas y demás sería nunca acabar, habida cuenta de lo que he señalado del crecimiento exagerado que humedad y temperatura suave causan en esta comarca. De manera que ya me he habituado también a llegar y “cortar”, sobre todo para despejar los caminos necesarios para moverse alrededor de la casa. Lo más inmediato siempre es cortar la parra virgen, que ya ha llegado a las tejas; la glicinia que devora el hórreo; hacer camino para moverse entre las hileras de bojs; rebajar la altura de todos los hebes, aligustres y demás, para que dejen pasar el sol a otras partes; contener la masa de hortensias, celindas y laureles, sobre todo para que no se conviertan –los últimos– en árboles imposibles de podar; atajar los caminos de las mil enredaderas y trepadoras que ya han ascendido por los muros; o de las vivaces –como las fresas– que están invadiendo todo....
Curiosamente, es una tarea condenada al fracaso: si cualquier año yo no “cortara”, por la razón que sea, el saúco dejaría sin luz a los limoneros; el castaño ahogaría a los manzanos; las ortigas terminarían con las azaleas; los acebos serían atacados por enormes aucubas y el membrillo del Japón, aliado con los agracejos, terminaría con una especie muy valiosa de pino que allí al lado medra.
Y me río cuando paso la tarde, tijera en mano, “cortando” y amontonando lo cortado –que ahora no se puede quemar– en montañas enormes, porque es una tarea, casi, ya se habrá adivinado, como la de la existencia misma: salir al paso siempre de lo que ocurrirá, inevitablemente, cuando ya nos queden fuerzas para seguir.
fucsia de pitiminí

Y mientras tanto, aprovechando estas moralejas existencialistas, he comprobado que el jabalí ha cambiado su ruta, en vista de que se lo puse difícil en la anterior, cuando bajaba desde el monte cruzando la carretera, al lado de uno de los castaños; ahora se ha abierto dos caminos, uno de ellos descarado y mucho más cercano a la casa, entre tres enebros jóvenes (se ve muy bien la foto); el otro, un poco más allá, aprovechando un hueco en la cerca de bojs, a modo de desafío. Tú me cierras uno, yo te abro dos. Me dijeron que le gustaba dormir (¿con la familia?) debajo de un gran castaño que está en la esquina de un ferrado, algo alejado de la casa, posiblemente esperando a que haya cosecha de castañas, que yo no puedo recoger, porque para octubre yo estaré ya hablando con mis alumnos de los versos de Garcilaso y de cómo Lope se ganaba la vida escribiendo comedias, y se distraía en un pequeño huerto que tenía en casa.






miércoles, 17 de noviembre de 2010

Epístola a Grisel

Grisel,  te mando tres fotografías, en la primera verás la hortensia que te traje de Galicia, lozana y rozagante ella en el momento de elegirla cariñosamente para ti; estuvo nada más llegar en un alféizar exterior de una ventana;  en cuanto llegó el frío pensé que recordaría el clima dulce de donde la extraje y la pasé al interior, con luz y acomodo, en lugares en donde estuvieron plantas tan queridas como una gardenia o un ciclamen rojo reventón; incluso le decía cosas cariñosas –recuerdo perfectamente haberle preguntado que si le gustaba Mozart. Un día, al volver del cole, vi que habían encedido la calefacción y la hortensia, la tuya, me miró raro, como reprochándome sabe dios qué cosas desde su incapacidad verbal. Le insistí sobre Mozart y para hacerle una gracia le cité también a Paulina Rubio, quien como sabrás, acaba de tener un churumbel con un famoso, no me acuerdo quién, porque, la verdad, Paulina Rubio se lleva todo mi interés cuando está en pantalla. El comentario me viene del "Corazón corazón" del mediodía  en la primera, que todos –es decir, las plantas y yo– vemos a la hora de comer, mientras alcanzamos el telediario y nos enteramos de la crisis. Por la noche repetimos circunstancias –bandeja, cena, caja tonta...– solo que con Beatriz Montañés, que es más agradecida y me sublima, a decir verdad, infinitamente más que Paulina, sobre todo por esa pátina de intelectual progre que permite barruntar que será mujer liberada y generosa en sus haceres. Bueno, es el caso que tu hortensia a lo de Paulina Rubio me contestó dejando caer una de sus hojas más amarillas.
Así la situación, se fue ajando día tras días hasta convertirse en esta birria de palos que ahora es y que verás por la foto, mírala. La mata de raíces por debajo del tiesto testimonia la exuberancia y placer con la que se daba a la tierra y a las lluvias en el lugar gallego donde florecía.La otra foto recoge el rincón de una de  las ventanas exteriores donde vive, y vive bien, la otra hortensia, la mía, que me traje el año pasado y que está rodeada de viejas amigas, entre ellas unas violetas a las que no les cabe más que hablar.
Se me ocurre que la salvación de tu hortensia habrá de pasar forzosamente por una poda severa y la consagración de la primavera. Hasta entonces, si te parece, en cuarentena en el alféizar, junto a unos semilleros en los que están brotando las semillas que me traje de Palermo, es decir, secuoyas, almeces, ficus... gigantescos que se han debido crecer que esto es jauja y ya han brotado. Se van a quedar de piedra cuando vean el metro y medio de altura que tienen para hacerse mayores.
Algunas cosas más de última hora: no sé de qué color serán las hojas; no, no te cambio la tuya por la mía, porque las plantas y sus dueños somos seres vivos que establecemos relaciones sentimentales con nuestros semejantes y cercanos, y esas cosas no pueden hacerse a la ligera.
En fin, ando brujuleando libros para saber qué ocurre con la adaptación y resistencia de las hortensias, que he encontrado en todo el mundo y que luego, sin embargo, parece morirse al primer resfriado: pero no se resfrían con los veinte bajo cero de Boston, o con las heladas del invierno granadino... En algún momento me dijeron que eran subespecies.  Ya te diré, ya te diré. Y te seguiré teniendo al tanto de lo que pasa con tu hortensia, Grisel.

viernes, 27 de agosto de 2010

Que se va el verano

La hortensia blanca empieza a abrirse
Y las últimas tareas se amontonan. La tarde se ha ido en una larga sesión de jardinería, de la que doy cuenta generosamente ilustrada, antes de recoger aperos, ramos, tiestos, esquejes, semillas y recuerdos nuevos, los de este verano, que ha sido generoso con los visitantes, pues ha prodigado la luz y ha reducido las lluvias. Por aquí, si la lluvia no llega en dos o tres días, fruncen el ceño y “hay sequía”, dicen. Pues ha habido una larga sequía y hasta ha habido un día, ayer, que el viento del sur elevó la temperatura hasta unos insoportables 27 grados. Fueron solo unas horas, eso sí. Lo contaré en “El paso de las borrascas del Atlántico”.


He visto, verbo y gracia, que muchas de las hortensias –rojas, azules, blancas...– están preparando la floración para setiembre. La floración depende de cómo y cuándo se hayan podado. Las blancas del porche, que alcanzan más de dos metros, han empezado a estallar, primero como botoncillos amarillentos y luego en fases paulatinas, que no duran más allá de las 48 horas, hasta alcanzar ese blanco purísimo que tienen en este caso. Luego se ajan lentamente, y entonces pueden cambiar el color, a veces radicalmente, por ejemplo pasando de azul a rojo. Estrella me enseñó en Boston de qué manera componía ramos secos de hortensias, muy decorativos, como si fueran ramos de encajes.



Las ilustraciones muestran las fases de floración de las blancas [la variedad es siempre la macrophylla]; en una de ellas aparece el jardinero –cosa rara– canturreando con el IPod era una canción de Moustaky, la de “le jeune facteur est mort”: es un testimonio de la verdad, pues todas las fotos de este cuaderno –menos las históricas (yo no fotografié a Blas de Otero, por ejemplo; no le conocí) y las más de las erótico verdes, que son fáciles de encontrar– están tomadas por mí, desde luego, sea con el teléfono, sea con una pequeñísima cámara doméstica, que guardo en la funda de gafas que se ve en la foto.



También seguirán fructificando las zarzamoras: los ramos sostienen por igual moras agraces y maduras. Casi siempre en el camino, serán alivio del peregrino goloso. La zarza es muy difícil al comienzo, dura y espinosa, pero si se le deja madurar y meterse entre árboles y plantas, termina por ofrece su fruto. No, no voy a hacer la comparación fácil con uno de los géneros de nuestra raza, porque además creo que no es verdad. Con las moras hubiera debido hacer la clásica mermelada, pero me han dicho que pare de meter azúcar en mi cuerpo, y era literal, no se referían a ternuras, alicientes, viajes y otras dulzuras. Por cierto, se me ha olvidado el nombre que aquí se da a los muros de piedra que sostienen los caminillos, el mío es una falsa “serventía”, y cuando me lo dijeron, por conocido, creí que me acordaría. He buscado en la b- del DRAE y no lo he encontrado. 

No sé cuándo pierden flor y hoja las fucsias –los “pendientes de la reina”, que en lugares más piadosos llaman “pendientes de la virgen”– que están ahora en su mejor momento, precisamente hermanados con las zarzamoras, con las que ya dije que les gusta hacer camarada: en los tallos espinosos se apoyan sin que parezcan asustarlas. Y las zarzamoras mezclan su “morado” de finales de agosto con el reventón de la variedad más frecuente de fucsias, que yo creo que es la de la foto, aunque muy abundante e invasora es la de “pitimini”, es decir, la de flor menuda. Mi amigo y colega Mario tiene una enorme variedad de hortensias y de fucsias en su jardín de Villarrube, pueblecito cercano, de donde también son otros egregios filólogos; pero no hay que preocuparse, cuando nos vemos tratamos poco del campo filológico, que ha sido muy mal cuidado y abonado y está dando una cosecha infame.

La siguiente viñeta exhibe tres plantas que no he controlado: las pequeñas violetas silvestres, que están por todos lados, y son bien simpáticas; las fresas salvajes, que a modo de enredadera van invadiendo el suelo y que ya dieron su fruto a comienzos del verano (en esta tierra), a modo de fresas pequeñas y muy sabrosas. Y la glicinia o glicina, que ya se ha ido tan alto, por el hórreo, que no he podido cortar más que los tallos de dentro y los que habían invadido el tejado: esperaré al invierno, cuando deshoje, que resulta más fácil; pero hay que hacerlo, porque los tallos que echa se endurecen en tronco de un año para otro y son capaces de derribar un campanario. Y aquí sí que se podría extraer moralina para la conducta humana, claro. Lo mismo he tenido que hacer con la parra virgen, que me tapó ventanas, y que ha quedado mal. Lo que hace daño hay que arrancarlo de raíz, para que no rebrote con el mismo mal debajo del brazo.
avellana recién caída
De los avellanos, he visto que uno de ellos, el que ha dado fruto, tiene todavía bastantes avellanas madurando en rama, y como a diario recojo unas cuantas, decir quiere eso que va poco a poco suministrando alimento a los cuervos. Aunque no he visto nunca a los cuervos comiendo avellanas –sí nueces–. Verdad es que el fruto de la avellana se esconde doblemente, debajo de las hojas, por un lado, y con una falda ocre por otro, como se ve en las fotos. Incluso he podido fotografiar una recién caída en tierra. Cuando llegue la próxima primavera, habrá media docena de avellanitos pujando a la sombra del actual; y tendré que arrancarlos. Hoy he quitado algunas varas, “más rectas que las de un avellano”, porque arañaban la pintura del coche.
Los retoños de avellano no medrarán, pero sí lo hacen los tres retoños de enhebros con los que quiero tapar el lugar por donde entra el jabalí –recuerden que duerme bajo el castaño–: parecen pequeños, pero los dos más grandes tienen año y medio, y la mitad es la que tiene el menor. 

enebros para tapar el hueco del jabalí
No tengo a mano toda mi biblioteca de  jardinería, pero se trata de una variedad que en los manuales señalan como de “crecimiento lentísimo”. Aquí medran a ojos vistas: ahí están los que planté hace dos años en un ferrado, el de abajo –el único que tengo, todo esto es muy reducido–, a partir de esquejes, son ya mayorcitos. Todos son retoños, por esqueje, de los grandes enebros que el temporal dejó escorados. El que me derribó el nogal. Pero ya hay otro nogal abriéndose al aire y al sol; le pueden ustedes ver bien lozano, con solo doce meses de edad desde que lo planté a partir de una nuez enraizada y un año en tiesto. ¿Cuánto tiempo tardará en dar comida a los cuervos? 

nogal joven en el ferrado
Retoño de castaño
Dicen que las manchas que afean de vez en cuando las hojas no son enfermedad, que es el ácido de la central de “As Pontes”, que riega sulfuro en cien kilómetros a la redonda (es de carbón). Todavía guardo una caña para varear nueces que me hice cortando el cañaveral invasor de un frente de la casa y para hacer licor de nueces (que se hace con frutos todavía verdes); pero no lo he plantado “a marco real”, veo ahora, y le acecha cerca un árbol jabonero, creo que es un “serval” o “mostajo”, que Antonio de Ortigueira regaló a Javi, a poco de nacer; y un arce pequeño, que quizá haya que trasplantar. Los retoños de los laureles y de los castaños son los más abundantes; los laureles –romanos, en este caso– ya no proliferan, porque el temporal tumbó todos los que sostenían un talud que baja al río, aquí como en todo el valle. Siempre me suelo llevar uno pequeño a la corte, que tengo en una ventana, para menesteres culinarios. 
Lo de los castaños es más grave, porque medran mucho. El que he fotografiado ha ido a brotar en un lugar imposible, en medio del jardín al lado de unas piedras, y habrá que arrancarlo; no merece la pena trasplantarlos.
enebros, tuyas y ciprés plantados hace dos años
capullos de camelias
No hay que preocuparse por estas pérdidas, ni por la llegada de un tiempo sin flores. Lo camelios ya han empezado a echar capullos, y darán flor a partir de enero: los hay blancos, rosas, rojos... Quizá unas semanas antes haya florecido el jazmín de invierno [Jasminum Nudiflorum], de flores amarillas, y sin olor, como casi todas las de invierno. Y en cuanto se descuiden, enlazarán con las azaleas, que son muy tempranas, y luegos los lilos –que he conseguido que florecieran–, las varitas de san Juan [deutzias], etc. etc. etc. El tiempo dispone sus cosas con cierto orden. Se va el verano ahora. Lo anuncian las últimas hojas del árbol de Júpiter [lagerstroemia indica] que divide los caminos del jardín: han empezado a cambiar el color, en cuanto me vaya ofrecerán sus fuegos artificiales. Perennes quedarán, presidiendo todo, el libocedro [libocedrus decurrens], la secuoya (que me regalaron en Edad de oro, y me traje desde Madrid; hoy sube unos quince metros), la tuya, el cedro del himalaya, los enebros, el pino, los acebos, el olivo, el Tejo dorado [Taxus fastigiata aurea]... sobre un fondo de aligustres, Bojs y laureles.
La parra tiene mala solución

sábado, 31 de julio de 2010

Historias de jardín


Las ilustraciones que vienen ahora muestran la vida cotidiana de unas cuantas plantas, al margen de los casos del nogal y las higueras, y también de la datura, que está creciendo nuevamente a pesar de los intentos por hacerla desaparecer. 


En la mayoría de los casos se trata de cuestiones sentimentales, con sus ribetes poéticos; así lo que le está ocurriendo al mirto o arrayán, que nombro dos veces porque todavía me acuerdo de una vieja discusión entre Antonio Carreira –el gongorista– y Mario Hernández– el lorquista–  para dirimir de qué manera puede ser que Polifemo “cuelgue” o apoye sus armas en un mirto, al comienzo del Polifemo gongorino, si se trata de arbustos de escaso tronco. En Galicia se llama muchas veces “mirto” al boj y no al arrayán, que he visto poco por aquí. 


El caso es que mis arrayanes han florecido –como se ve– este año acariciados por el sol de la tarde, que es el que reciben, y hacía el crepúsculo se inclinan de tal manera que voy a construirles un arco-guía para que adornen la entrada al jardín. Sus flores blancas desprenden un olor suave, delicado; los aromas florales en estas tierras del norte no suelen ser muy llamativos, excepto quizá el del heliotropo, que me tiene realmente impresionado, porque su exquisito perfume a casi chocolate llena toda la casa. Y es que el heliotropo tiene su historia: le tome una mata a Mario, que a su vez lo había traído de fuera, y se aclimató enseguida, de modo tal, que le di lugar delante de los muros del frente de la casa, a pleno sol de la tarde, debajo de un acebuche. A los dos o tres años ha crecido como suele –seca ramas de un año a otro–, trepando por el acebuche (como se ve), hacia las ventanas de la casa, que se llena toda de su fragancia. Lo curioso es que los visitantes me preguntan que cuál es ese árbol que se parece al olivo (el acebuche es un olivo silvestre) y que tiene esa floración azulada y aromática.

Otro de los casos dignos de párrafo es el del último abruño. Tres abruños, quizá ciruelos silvestres, había en un pradito del jardín que daban su cosecha en verano, de frutos tan dulces que los vecinos me los pedían para hacer “licor de abruños”. Estaban ya aquí, viejos, hace diez o doce años, de manera que no sé si fueron los temporales o la edad lo que les fue destruyendo, hasta el punto que solo queda uno, en una hilera de laureles, que yo creía tronco muerto: miren ustedes cómo ha fructificado este año, aunque ya no hago licor de nada –hubo un año que Mario y yo hicimos bastantes–, recogeré los abruños antes de que se estropeen, como última cosecha quizá. Aunque para licores, los guindos de este año se han punteado de todas las bolitas rojas y han dejado el suelo lleno de guindas: ha sido sobre todo en mayo, aun me ha dado a fotografiarlos, al lado de la carretera, haciendo cierre, llenos de pájaros. Al año que viene tendré toda la cuneta llena de pequeños guindos nacientes, con sus raicillas brotando el hueso. La mayor invasión, sin embargo, ha sido la de la glicinia o glicina, que trepa al hórreo y al tejado: tengo que reconducirla por el patio, y no es fácil. Y como siempre, la invasión de las hortensias, azules, rojas, rosadas... quería conseguir algunas blancas y, al otro lado de la casa, en una entrada con porche, lo he logrado, han crecido más de dos metros y están dando unas flores blancas, perfectas, gigantescas. También ha exagerado un poco la parra virgen, como se ve por la foto (debajo hay cuatro ventanas, tapadas), que ya he comenzado a quitar del todo, porque hubo un año que dio la vuelta a la casa, por el tejado, y colgaba por el otro lado. Es una pena, por el dorado de sus hojas en otoño... pero en otoño yo no suelo estar aquí.


Bueno, en otra ocasión les hablaré del jazmín de invierno, los saúcos, los limoneros, los (¿o será las?) altramuces, el cornejo y el caso del alcornoque caído, que se me ocurrió traer de Portugal. ¡Buffff...!