Cuaderno de pantalla que empezó a finales de marzo del año 2010, para hablar de poesía, y que luego se fue extendiendo a todo tipo de actividades y situaciones o bien conectadas (manuscritos, investigación, métrica, bibliotecas, archivos, autores...) o bien más alejadas (árboles, viajes, gentes...) Y finalmente, a todo, que para eso se crearon estos cuadernos.

Amigos, colegas, lectores con los que comparto el cuaderno

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sábado, 19 de noviembre de 2011

"Todo depende de los días, clara...."

  
Todo depende de los días, clara,
para qué vamos a engañarnos, claro,
algunas veces aparece cerca,
otras resulta que ya se ha marchado,

así que no se sabrá nada seguro,
por eso el viento está desorientado,
sin resolver hacia qué esquinas ir,
sin decidir qué cómo ni qué cuándo;

para explicarlo sobran los adverbios,
los adjetivos son para enredarlo,
varias preposiciones mantendremos
y una lista de gestos acabados,

y la terca mirada de la piedra
que con la lluvia tierra llora y barro.

martes, 5 de abril de 2011

Cancionero de Clara: "¿Por fin vamos con Clara? Primavera...."

A M.A.M.

¿Por fin vamos con Clara? Primavera
parece que nos dice que ya es tiempo
de que florezca todo lo que andaba
bajo la penumbra, oculto, y con las lluvias

hasta las sombras quieren luz y aire,
dejar en libertad  el pensamiento
y entregar a las manos las caricias
que escondieron los sueños más secretos.

¿Amaremos a Clara finalmente?; 

a lo mejor es la única salida
posible para tanta primavera
y no seguir tirados en la hierba.

Morderemos la fruta de sus labios
como fresas maduras y jugosas.

domingo, 6 de febrero de 2011

Prologuillo al segundo volumen de la Biblioteca de Autógrafos Españoles

El II volumen de nuestra Biblioteca de Autógrafos Españoles, dedicado también a autores de los s. XVI-XVII, ya está en pruebas finales, y nuestro editor –Emilio Torné– y nuestra responsable del volumen –Carolina F. Cordero– me han pedido la notilla que lo encabece, que es la que sigue. El volumen III, preparado por Víctor Sierra, está ya en talleres, sobre autores del siglo XVIII. Y esta misma tarde de primavera invernal Javier Maldonado –que controla el volumen del s. XX junto con Diana Eguía y Grisel Estayno– ha empezado a enviar una segunda carta de invitación a algunos autores, cosa que, lógicamente, cumple hacer en los dos volúmenes finales, el del s. XX y el del s. XXI, que esperamos que esté en el taller –mexicano ahora– de Paula. En fin, Jan Cerezo y Tibi López andan elaborando las plantillas del volumen del siglo XIX. En algún momento desechamos realizar un volumen medieval, porque faltaban los autógrafos, por razones tanto ideológicas como materiales; pero es reflexión que en estos momentos anda en la cabeza del profesor Francisco Javier Hernández.

La ilustración que sigue proviene de una cala investigadora que efectuamos hace unas semanas Emilio, Ely y Clara en la Biblioteca y el Archivo del Palacio Real. Es un fragmento de una carta autógrafa de Villamediana (1610), que Ely en otro momento transcribirá. Inédito, desde luego, y como se lee, de su correspondencia al Conde de Gondomar.




Prologuillo

Dicen que es incierto el futuro de la letra manual y que, cuando se termine el periodo del teclado y del ordenador, llegará plenamente –ya ha llegado– la escritura de voz y la escritura mental, directamente del cerebro a, por ejemplo, la pantalla. Esperemos que no suceda el viceversa: que se lea nuestro pensamiento y nos lo escriban. Mientras tanto la vieja caligrafía y todas las palabras que terminan en –grafía o son de su familia están siendo atacadas por sistemas rápidos, funcionales, en los que domina el lenguaje fáctico, el contacto, sobre el comunicativo; y casi por esas mismas razones el desplazamiento estético se  deshace del lastre lingüístico y busca una vez más los apoyos de otros sistemas. Y digo una vez más porque solemos denominar a estas conmociones históricas “vanguardias”.
Es difícil saber lo que va a ocurrir exactamente, pero sí parece que la dirección es la del futuro. Por si acaso, la RAE se ha despachado con sus ochocientas páginas de Ortografía, que se quedarán mañana por la tarde “obsoletas”. Y ahora va el calificativo entre comillas porque era uno de los que yo creía que jamás se iban a naturalizar en español, y ahí lo tienen, vivito y coleando, absurdo y pedantón, como para animar a presagios.

La lucha por el sistema de fijación de la lengua es un campo de agramante –voy de minúsculas, por lo de la ortografía de supra–; la lengua es un big ban en expansión hacia el infinito y más allá. Afortunadamente las dos cosas se pueden atravesar ahora con zancos para llegar a la estepa solitaria, en donde van quedando los llamados “clásicos”, tímidamente anclados por si alguien les quiere preguntar qué fue de sus amores, de sus luchas, de sus bienes y males, qué se hizo el rey don juan.... (pongo cuatro puntos, como valle-inclán, recuerden que este prólogo va desaforado y tiene que terminar en la palabra “revolución”). Los clásicos cada vez nos dirán menos, no cabe duda, y se empecinarán en esencializarse, buscando reacciones constantes –pena, tristeza, alegría, melancolía, placer, dolor....– a causas que ya mis alumnos más jóvenes encuentran inextricables. Pero, ¿cómo se puede uno pasar doscientas páginas por haber visto unos ojos?  Y no se crean que la lejanía es la de siglos. Esplendor en la yerba (1961), la peli de Elia Kazan, no funcionaría hoy, bastaría un polvo rápido para cargarse toda la tensión de la trama. Estos días, por la muerte de María Schneider, he visto desacralizar y ridiculizar todos los mitos del cine erótico y progre de los setenta. Lo que parece evidente es que hay que ajustarse –el que le interese– los lentes de la historia para entenderla. Pero ese es otro cantar. Cantares, cantares, cantares que ya no se cantan así como así.

Si los clásicos guardaron algo que mereciera la pena, en el terreno literario se lo encomendaron al papel, la pluma, la tinta....; pero sobre todo a su capacidad para dibujar letras y componer lienzos de los que emanaran significados; porque, querido lector, el sonsonete burlón con que Góngora cantó al oído de una dama el “Ahora que estoy despacio / cantar quiero en mi bandurria”, mientras la dama, que a lo mejor tenía los ojos zarcos, se lo devolvía en pillerías, ese, no se ha conservado más que en testimonios indirectos de que así fue.

Y las letras había que dibujarlas, lo que se aprendía, con sangre, según el refrán, en las escuelas hasta hace bien poco. El dibujo de las letras y de sus enlaces y disposición es lo que estudia la Paleografía, aun cuando la disciplina no se suele usar en referencia a la letra del siglo XVI y posteriores, que entonces se habla de escritura.

La escritura de nuestros autores clásicos era, como la de las gentes de hoy, diferente según aprendizaje, uso, circunstancias y personalidad. Y se puede, claro que se puede, caminar desde las letras a las cuatro circunstancias antedichas, entre las cuales la última es la que nos lleva por un camino más problemático.

En este segundo volumen de la Biblioteca de Autógrafos Españoles –nótense las mayúsculas– completamos la colección de autógrafos de nuestras primeras plumas, nunca mejor dicho, aunque no la cerramos, pues aún luego nos han surgido otros autógrafos desconocidos, que podrán ser añadidos en nuestra güeb, poco a poco.

Un instrumento es, pues, para trabajar e investigar en el campo de la Filología; aunque a nosotros mucho nos gustaría que el lector lo convirtiera en fetiche y se enviciara con sus dibujos y sobre ellos trabajara e incluso investigara y encontrara nuevos textos de Cervantes, Lope, Antonio Carvajal, José Martí, Lorca, Concha Piquer, Esperanza Aguirre, Franco, Maribel Gutiérrez (no sé quién es esta dama), Perico el de los Palotes, Beatriz Montañez, Ronaldo, Julio Iglesias, Ángel Gabilondo, Pablo Jauralde, la sirena varada, si te he visto no me acuerdo, los Bakugas, Calderón... con los que acrecentar y profundizar los caminos que nos llevan a la Revolución.


miércoles, 29 de diciembre de 2010

Clara


Llevo un tiempo mirando a Clara, discretamente, creo que sin que ella se dé cuenta. Es demasiado joven para saber lo que puede haber detrás de algunas actitudes y gestos de los adultos. Nos vamos a ir, pero le pido que me espere un momento mientras entro en el bar y le dejo sentada en la terraza. Eso me permite, por lo demás, rebajar la emoción que me produce y disimular. Atardece en madrid, una hora mágica para mí.
La memoria selectiva no me deja recordar muchos otros detalles del madrid destartalado y ruidoso que yo conocí, y sin embargo, sin embargo, mantiene contra viento y marea detalles absurdos que no tendrían por qué haberse conservado con tanta nitidez, en este caso inextricablemente unidos al atardecer. Me acuerdo por ejemplo y con precisión fotográfica,  de la mirada casi suplicante de aquel hombre –solo ahora pienso que era bastante viejo– mientras yo esperaba en el metro de Goya no sé qué; fue el tiempo que calle y cielos pasaron de los azules suaves, que se iban diluyendo, a los azules densos de la noche. Volvía de un partido de fútbol, y tendría que ser verano o poco antes, porque no me había cambiado el pantalón de deportes, los calcetines gruesos me picaban y constantemente me agachaba o me movía para rascarme las pantorrillas, o me hacia un hueco en la camiseta para soplarme y refrescarme el pecho; cansado como debía de estar, me acuerdo que buscaba asiento cómodo y me movía de un lado a otro, arrastrando una bolsa de deportes, que estaría, como yo entonces, sucia, maloliente, desordenada.... Modo despreocupado de vivir que solo se permite la adolescencia. Tenía ganas de llegar a casa, hacia calor, sentía sed y no me afectaba tanto como otras veces el juego de colores del atardecer; una sensación que más tarde he intentado describir de mil maneras, y que casi nunca lo he conseguido. Sensación de pérdida, que entonces probablemente, no relacionaba con ninguna otra circunstancia, se quedaba en sensación. Y aquel hombre me volvió a mirar; pensé que se había confundido; los pocos años que yo tenía no me llevaron a extraer ninguna otra explicación, sencillamente, no me paraba a pensarlo. Aquella mirada tan peculiar, sin embargo, prendió en mí durante unos segundos; la sentí, y me fui con ella: ternura, pasión, deseo, secreto, vergüenza, tristeza, soledad.... cuántas cosas he ido descubriendo en aquella mirada, que no supe interpretar, como el comentario jocoso del quiosquero, que debía de haber observado todo: “¡Cómo le tienes, chaval....!”, que se reía mientras yo entraba en el metro.
Al pasar hoy por delante de los espejos del bar y decirle a Clara, que me esperaba, que volvía enseguida, mientras, desaliñada, jovial e indiferente buscaba sabe dios qué en el bolso, he reconocido aquella mirada en mis ojos.

[Denis Antonio]